Los Lances De Amor Y Fortuna
Comedia Famosa

Personas que hablan en ella

  • Lotario, conde de Urgel.
  • Aurora.
  • Alejo.
  • Estela.
  • Celio.
  • Diana.
  • Conde de Ruisellón.
  • Rugero.
  • Soldados.

Primera Jornada

Suenan cajas y salen, de camino, Rugero y Alejo.
Rugero
¡Gracias a Dios que he llegado,
noble Barcelona, a verte!
Alejo
Y no ha sido menor suerte
que tanto bronce animado
hoy con salva nos reciba.
Rugero
Mal articuladas voces
rompen los vientos veloces.
Dentro
¡Viva Aurora!
Otro
¡Estela viva!
Rugero
No pudo engañarse ahora
entre el rumor el oído;
las hijas del Conde han sido
las dos, Estela y Aurora.
¿Qué será?
Alejo
¿Qué te da pena?
¿Que voces al viento escriban
que Aurora y Estela vivan?
Vivan muy enhorabuena
y vamos a la posada,
donde nosotros también
vivamos, porque no es bien,
después de tanta jornada,
morirnos sin descansar.
Rugero
¿A la posada sin ver
a mi hermana y sin saber
qué ocasión pudo causar
tal novedad?
Alejo
Sí, por Dios,
a la posada y, después
de haber descansado un mes
y de haber dormido dos,
saldremos de mejor gana
por Barcelona tú y yo,
a ver si viven o no
y a visitar a tu hermana.
Rugero
A las puertas de palacio
dividida en bandos vi
mucha gente; desde aquí
escuchemos.
Alejo
¡Lindo espacio!
Salen por una parte Estela y el conde de Ruisellón y por otra Aurora, Lotario y gente.
Estela
Ya sabes, hermosa Aurora,
y ya todo el mundo sabe,
de mi justicia informado,
cómo el Conde nuestro padre,
que Dios haya, en Margarita
su esposa, que eterna yace
en mejor imperio, tuvo
dos hijas; mas con tan grande
diferencia que las dos
hemos de ser, aunque iguales
en sangre, no en el valor
que comunicó una sangre,
pues el Conde, antes que el nudo
del matrimonio enlazase
dos almas, de su hermosura
firme galán, tierno amante
la sirvió. Si fue culpada
en este amor, tú lo sabes,
pues publicaste naciendo
sus necias facilidades.
Si fue su esposa después,
también fue su dama antes
y el futuro matrimonio
no la disculpó de fácil.
Casose con ella en fin,
que es el yugo más suave,
cuando a su coyunda llegan
dispuestas dos voluntades.
Nací yo y, el Conde muerto,
tú, por mayor, te llamaste
condesa de Barcelona
sin ser legítima parte,
pues hay cláusula que diga
y hay antigüedad que mande
que, si hay legítimo hijo,
este herede y, cuando falte,
el bastardo y natural;
luego a mí es bien que me aclamen
por señora, siendo yo
legítima, pues durante
el matrimonio nací,
y tú natural, pues antes
que fuese su esposa, fuiste
fruto humilde, si no infame.
Quise por piadosos medios
convencerte y obligarte,
haciendo campo del duelo
jurídicos tribunales;
pero tú, con más poder,
con más industria o más arte,
hiciste a los jueces tuyos,
que no hay cosa que no alcance
sin justicia el interés,
pues quien la tiene no sabe
sobornar; quien no la tiene,
como del medio se vale,
consigue lo que desea;
y por eso en tiempos tales
vemos valer las mentiras
y padecer las verdades.
Saliste con la sentencia,
pero yo, viendo parciales
los jueces, para mí apelo
de una sinrazón tan grande.
Ya no quiero que te informen
de mi justicia legales
derechos, sino las voces
de la trompeta y el parche;
y así trueco hojas de libros
a las hojas de diamantes,
los consejos a las fuerzas,
los depuestos tribunales
a la campaña, las plumas
que atrevidas se deshacen
entre los rayos del sol,
a cuyo metal se abaten,
a las plumas lisonjeras
de los vistosos plumajes,
que en opuestos tornasoles
son primaveras del aire.
La toca trueco a la malla,
que en las escuelas de Marte
el soldado que pelea
es el letrado que sabe.
Señores hay que me sigan,
príncipes hay que me amparen,
reyes que me favorezcan
y vasallos que me aclamen
su legítima señora;
y, cuando todos me falten,
no podré faltarme yo,
que soy de mí misma atlante,
pues el invencible acero
será en mi mano bastante
para postrar a mis pies
montes de dificultades.
Suene alentado el clarín,
resuene oprimido el parche,
gima el bronce repetido
y abrasado el plomo brame;
que no solo a Barcelona
pienso gobernar triunfante,
pero sujetar después
del mundo las cuatro partes.
Aurora
Si la pasión y el enojo
en tu discurso dejasen
lugar adonde cupiese
el desengaño, bastante
le vieras en tus razones,
pues la que juzgas más grande
en tu favor, hoy pudiera
contra ti misma informarte.
También confieso que el Conde
–quiera el cielo que descanse
en mayor quietud– murió
sin que entre las dos dejase
declarada la justicia,
causa de enojos tan grandes;
confieso que, enamorado
de una dama, cuya sangre,
cuyo valor y virtud
vive en estatuas de jaspe
–que no es bien, cuando no fuese
tal, que yo la murmurase,
porque ¿quién me honrará a mí
si yo misma no sé honrarme?–
solicitó sus favores,
de cuyas finezas, antes
que se casase, gozó
anticipadas señales,
mas no antes de ser su esposo,
porque, si entonces amantes
se dieron palabra, ya
se casaron, que es bastante
matrimonio para el cielo
la unión de dos voluntades,
y, cuando no fuese así,
el día que llegó a darle
la mano, legitimó
mi persona. Y esto baste,
sin el común parecer
de hombres doctos, a quien hace
tu malicia lisonjeros,
cuando en ocasiones tales
a los que sabios gobiernan
y a los que juzgan leales
no hay soborno que los venza
ni interés que los ablande.
Mas cuando de la sentencia
a ti apeles y arrogante
el templado acero vistas,
cuyos hermosos celajes
sirvan de espejos al sol
y, en tornasoles errantes,
hecha una selva de plumas
la celada, retratase
un sol que entre pardas nubes
sepultando estrellas sale;
cuando el valeroso conde
de Ruisellón hoy te ampare
con dineros y con gente,
como esposo y como amante;
cuando en tu ejército asistan
uno o muchos desleales
–no sé si alguno me escucha,
no importa; paso adelante–,
que te ofrezcan su favor,
que su señora te llamen,
siendo causa entre las dos
de tantas enemistades;
no importa, que también yo
sabré, altiva y no cobarde,
vestir el templado acero
y en un caballo arrogante,
parto que engendró la tierra,
hijo del fuego y el aire,
sabré humillar tus soberbias,
humillar tus vanidades,
deshacer tus pensamientos,
postrando altivez tan grande.
Y así, Estela, antes que llegue
con acciones semejantes
a romper montes de acero,
despojo a mi ofensa fácil,
antes que llegue ofendida
a vencerte y derribarte,
parte el estado conmigo,
mandemos en él iguales;
tuyo será, siendo mío;
no te muevan, no te ablanden
imposibles pretensiones
tan lejos de ejecutarse.
Y este no es temor, pues cuando,
como tú dijiste, brame
el bronce y el plomo gima,
sonando el clarín y el parche,
no habrá temor que me venza,
no habrá furia que me espante,
asombro que me estremezca
ni muerte que me acobarde.
¿Qué me respondes?
Estela
Que quiero
mandar sola y no es bastante
tu razón a convencerme
con fingidas humildades.
Hoy te declaro la guerra.
Aurora
Pues bien será desterrarte,
que apartar al enemigo
es razón. Sal al instante
de Barcelona.
Estela
Sí haré,
y me huelgo de dejarte
en el Estado que tienes,
por tener más que quitarte.
Ruisellón
Aurora, no te parezca
que con amenazas tales
como tu valor promete
la venzas ni me acobardes.
De tu Estado –si es que es tuyo–
Estela saldrá al instante
para ser señora en otro,
mientras vuelve a coronarse
en este, pues faltará
luz al fuego, aliento al aire,
agua al mar, flores al suelo,
antes, bella Aurora, antes
que mi Estado, hacienda y vida
a Estela divina falten.
Unos
¡Viva Estela!
Otros
¡Aurora viva!
Aurora
Pues la guerra declaraste,
guárdate de mí, que soy
fuego que un monte deshace.
Estela
Yo, rayo hijo de ese fuego.
Aurora
Ira soy que vierte sangre.
Estela
Yo, soberbia que la bebe.
Aurora
Yo, un basilisco.
Estela
Yo, un áspid.
Vanse todos; queda Alejo y Rugero.
Alejo
¿A qué hemos venido acá?
¿A sólo guerras, señor?
Rugero
Si la guerra altivo honor
fuera de la patria da,
en ella será forzoso
darle más adelantado.
Dime: ¿a cuál te has inclinado
de las dos?
Alejo
Estoy dudoso
hasta agora.
Rugero
¿En qué lo estás?
Alejo
Pues me preguntas en qué,
direlo: en que yo no sé
en qué parte están los más.
Mas dime tú a quién te inclinas.
Rugero
Son dos prodigios humanos,
dos sujetos soberanos,
son dos mujeres divinas,
son de la hermosura dueños
y Aurora es ángel en fin.
Alejo
Y Estela es un serafín,
si hay serafines trigueños.
Rugero
Es Aurora...
Alejo
No prosigas,
que estás obligado ahora
al conceto del aurora
y no quiero que le digas.
¿Mas hablas de veras?
Rugero
Sí.
Alejo
En un punto, en un instante
¿puede un hombre hablar amante?
Rugero
Bien puede ser.
Alejo
¿Cómo? Di.
Rugero
Cuando amor con arco y flecha
los corazones hería,
espacio el alma tenía
para morir satisfecha
de un blando dolor; después
que pólvora se inventó
y armas de fuego tomó,
hace el efeto que ves;
y así en un punto amor ciego
vence ya, porque no es bien
que mate despacio quien
mata con armas de fuego.
Vanse y salen Lotario y Celio.
Lotario
No hay mujer, Celio, en rigor,
que, aunque se muestre ofendida,
le pese de ser querida,
que es un examen amor
del ingenio, del valor,
de la hermosura estremada,
la discreción celebrada,
y siendo imposible cosa
que una sienta ser hermosa,
lo es que sienta ser amada.
Yo quiero y, aunque no alcanza
mi amor cobarde hasta agora
merecer tan gran señora,
no he perdido la esperanza.
Todo vive a la mudanza
sujeto y más la mujer;
y así, aunque hoy la llegué a ver
ofenderse y despeñarse,
espero que por mudarse
ha de venirme a querer.
Ame y sienta su rigor
hasta ver la suerte mía,
que al fin vence quien porfía
y más en guerras de amor.
Celio
Si tú eres conde y señor
de Urgel y por tu persona
digno de mayor corona,
¿qué temes, cuando a tu estrella
nada excede Aurora bella,
condesa de Barcelona?
Aquí viene.
Sale Aurora y Diana.
Lotario
(El sol me ciega
si la miro: hermosa es).
Hoy a esos invictos pies
un nuevo soldado llega,
que a vuestro servicio entrega
un escuadrón de soldados,
donde vienen alistados
para amaros y serviros
lágrimas, penas, suspiros,
pensamientos y cuidados.
Por capitán viene amor
resuelto a cualquiera daño
y por cabo el desengaño,
cabo y fin de su rigor.
Por artillero mayor
el corazón, porque luego
que os mira, turbado y ciego,
rayos a los vientos da;
¿qué mucho, si en él está
toda la esfera del fuego?
Luego os vienen a servir
de centinelas mis ojos,
bien que mis penas y enojos
no los dejarán dormir:
ellos sabrán resistir
sueño a la noche y el día.
Y para perdida espía
viene mi loca esperanza,
que bien este nombre alcanza
mi esperanza por ser mía.
Para hacer minas también
conmigo vienen los celos,
porque siempre sus desvelos
lo más escondido ven;
ingenieros son, a quien
ninguna máquina yerra,
pues en la amorosa guerra
saca a luz su resplandor
estratagemas de amor
de debajo de la tierra.
Esto os ofrezco y después
mi vida, Aurora, entre tantas;
que es bien sirva a vuestras plantas
vida que tan vuestra es.
Todo se ofrece a esos pies,
triunfad, y vuestra persona,
digna de mayor corona,
la imperial ceñida vea,
por que todo el mundo sea
de quien es hoy Barcelona.
Aurora
Invicto conde de Urgel,
cuya heroica frente viva,
ya coronada de oliva,
ya ceñida de laurel,
no es ser altiva y cruel
el no ofreceros la vida
a esa acción agradecida,
porque, dudosa y turbada,
no sé si estoy obligada,
no sé si estoy ofendida.
Si aqueste favor merezco
como mujer que amparáis
y de amor os olvidáis,
a vuestras plantas me ofrezco,
yo le estimo y le agradezco;
pero si el favor intimo
que ofrecéis (mal me reprimo),
como mujer que queréis,
que amáis y que pretendéis,
ni le agradezco ni estimo.
Así a un tiempo combatida,
no sé desta acción dudosa
si he de responder quejosa,
Lotario, o agradecida.
No fue ofensa el ser querida,
el decírmelo lo fue;
mi respuesta en vos se ve,
diga vuestra voz turbada
si queréis que esté agraviada
o que agradecida esté.
Lotario
Es argumento en amor
tan sofístico y tan nuevo
que a determinar no atrevo
de dos males el menor.
No sé cuál me esté peor,
o no amaros, o no veros
obligada; si el quereros
es ley, fuerza es agraviaros;
pues, si os ofende el amaros,
¿qué hiciera el aborreceros?
De cualquiera suerte muero
en el loco amor que sigo,
si le callo y si le digo,
si os aborrezco o si os quiero.
Y pues que la muerte espero
cada punto, cada instante,
máteme un amor constante,
que necia elección hiciera
quien de mudable muriera,
pudiendo morir de amante.
Así el favor que miráis
amor fue quien lo causó;
sabed que os adoro yo
y vos no lo agradezcáis,
aunque, si vos misma halláis
que la culpa de amor fue
el decirlo, yo amaré
callando, por que se escriba
que soy una estatua viva
que se ofrece a vuestra fe.
Yo os doy palabra que siga
vuestra justicia y derecho,
sin que dé muestras el pecho
y sin que la lengua diga
que es amor el que me obliga;
pero vos, divino encanto,
no estéis satisfecha tanto,
que podrá ser –no os asombre–
que la aurora que os dio el nombre
os dé su amor y su llanto.
Vase.
Diana
¡Qué en ti, señora, estuviste!
Y no sé en leyes de amor
si es crueldad o si es rigor
el que tanto se resiste.
Aurora
¡Qué bien, Diana, dijiste,
pues no es valor ni crueldad!
Valor, pues la voluntad
a ajeno dueño rendí,
ni es crueldad, pues que ya vi
otro dueño con piedad.
No sé qué digo –¡ay de mí!–,
más bien, Diana, lo sé:
yo vi, yo quise, yo amé.
Ya lo dije, ya rompí
el secreto; y, pues de ti
fío los necios enojos
de mis fáciles antojos,
salgan con cordura poca
los suspiros a la boca,
las lágrimas a los ojos.
Mucho, Diana, te fío,
pero bien está mi pecho
de tu lealtad satisfecho;
vuelvo, pues, al llanto mío.
Blasonaba mi albedrío
de libre –mal blasonaba–
y un día, que lugar daba
a necias melancolías,
sola por las galerías
del jardín me paseaba.
El mar a una parte vía,
que, con azules bosquejos,
entre las sombras y lejos
varios países fingía;
a otra un jardín, donde había
flores de rizadas plumas,
tal que es razón que presumas,
entre lejos y colores,
al jardín un mar de flores
y al mar un jardín de espumas.
Allí el viento levantaba
edificios de cristal
y el aura aquí celestial
los de rosas humillaba;
allí el agua murmuraba,
de los céfiros herida,
y en las hojas repetida
la tierra aquí; y en tal calma
toda era sombras el alma,
toda imágenes la vida.
Dispuesta la voluntad
a amar entonces vivía,
que amor es filosofía
hallada en la soledad.
La ociosa curiosidad,
al parecer me culpaba
de que yo sola no amaba
y díjele: “Yo también
amara si hubiera a quién”.
Divertida en esto estaba,
cuando a mis pies un retrato
de un hombre –que acaso allí
perdió alguna dama– vi,
cuyo pincel no fue ingrato
al dueño. Suspensa un rato,
dudé si era cierto o era
una imagen lisonjera
de mi misma fantasía,
a quien el alma decía:
“A este amara si a este viera”.
En fin, los vanos desvelos
de un triste, o la privación
de una imposible afición,
o la espuela de los celos,
o la fuerza de los cielos,
que su máquina perfeta,
siempre en sí misma inquieta,
contra mi pecho previno
en aquel punto el destino
de algún amador planeta.
Fue, en fin, mi desdicha –vi
un hombre– o mi estrella fue:
a este quise y a este amé,
mi libertad a este di.
Advierte, Diana, aquí
si yo en mis locos desvelos
celos tengo y amor –¡cielos!–,
con tan estraño rigor
que ni sé a quién tengo amor
ni sé de quién tengo celos.
Diana
Con admiración te escucho;
¿que no sabes cúyo fue?
Aurora
A nadie lo pregunté.
Diana
Muestra. Yo conozco mucho.
Lo diré (conmigo lucho).
Aurora
Mira, Diana.
Diana
¡Ay de mí!
Aurora
¿Hasle conocido?
Diana
Sí.
Aurora
¿Sabes su nombre?
Diana
¿Pues no
he de saberle, si yo
ese retrato perdí?
Aurora
¿Qué dices? Midan los cielos
mi dolor con tu dolor.
Mis celos dije y mi amor,
tu amor dijiste y tus celos;
unos son nuestros desvelos;
presto, Diana, vengaste
tu agravio.
Diana
Señora, baste
la presunción hasta aquí,
que, aunque es verdad que perdí
el retrato que tú hallaste,
tu temor ha sido vano,
porque el retrato que ves...
Aurora
No dudes, di cúyo es.
Diana
Es de Rugero, mi hermano.
Aurora
Hoy nueva esperanza gano
con tal desengaño yo.
Diana
Cuando de aquí se partió
a Italia, para una dama
que amaba...
Aurora
¿Y ya no la ama?
Diana
No, pues della se ausentó.
Se retrató y disgustado
me lo dejó a mí y no a ella.
Aurora
¿Y era esa dama muy bella?
Diana
No hermosa, mas con agrado.
Aurora
¿Y está muy enamorado
todavía?
Diana
No sé, señora.
Aurora
¿Sábeslo tú?
Diana
¿Quién lo ignora?
Aurora
¿De qué?
Diana
Selo claramente
de que es hombre y está ausente.
Aurora
¿Y era su nombre?
Diana
Leonora.
Sale Alejo.
Alejo
¡Válgate Dios, por Diana
o por diablo! ¿Dónde estás?
Diana
¡Ah, soldado! ¿Dónde vas?
Alejo
A besar de buena gana
con toda esta boca alana,
por el gusto deste día,
el pie de vueseñoría;
tragaré, cuando le bese,
el chapín, como si fuese
chapín de pastelería.
Diana
¡Alejo!
Alejo
Señora.
Diana
Cesa
de loquear.
Alejo
A esto nací.
Diana
Considera que está aquí
mi señora la Condesa.
Alejo
A mí, pecador, me pesa,
y mucho, de haber llegado
tan grosero y tan turbado
a vuestras plantas, señora,
mas no fuérades Aurora
a no haberme deslumbrado.
Beso, no el pie ni escarpín
que el pie alabastrino toca,
ni aún besa mi sucia boca
el zapato, ni el chapín,
ni la tierra, que está al fin
tan cerca; si no se yerra
mi memoria, aquí se encierra
piedra de un rayo, esta beso
y vendrá a quedar mi beso
a siete estados de tierra.
Diana
Es un loco...
Alejo
¿Quién lo ignora?
Diana
...que así a mi hermano entretiene.
Aurora
¿Viene Rugero?
Alejo
No viene,
porque ha venido, señora.
A la puerta queda agora
esperando a ver su hermana,
la bellísima Diana.
Mas yo, que no sé esperar,
me entré hasta aquí, hasta topar
tu hermosura soberana,
por no perder mi porqué.
Aurora
Esta cadena te doy,
que, estando con guerras hoy,
es bien que albricias te dé
de que en mi campo se ve
tal soldado.
Alejo
¿No dirás
tales?, puesto que verás
que somos los dos iguales,
dos tales, y aun dos por cuales,
que él ni yo no somos más.
Aurora
Di que entre Rugero a verme.
Diana, tu pecho fiel
no le descubra mi amor;
y pues de ti me fié,
débate más mi secreto
que tu sangre. Advierte, pues,
que el día que mi afición
digas a Rugero, en él
he de vengarme. Tirana,
más que piadosa, seré.
Diana
Conocerás mi lealtad.
Mas dime, ¿cómo sabré
si hace, visto, el mismo efeto?
Y es fácil, como me des
una seña.
Aurora
Pues Amor
y Marte a un tiempo se ve
en mi pecho –estame atenta–,
los dos la seña han de ser:
Marte, si parece mal,
Amor, si parece bien.
Lo primero que nombrare
me ha parecido.
Sale Rugero.
Rugero
A tus pies
llega, bellísima Aurora,
un soldado, cuya fe
pretende, abrasado y ciego,
resistir y defender
tanto fuego, tantos rayos,
como el águila, que ve
al sol mismo y en el viento
reina de las aves es.
Mas no soy águila yo,
mariposa sí, que, al ver
haciendo a la llama visos
las alas de rosicler,
muere en su mismo deseo.
Mas si con vida me ves,
tampoco soy mariposa,
sino aquel pájaro, aquel
prodigio que nace y muere
hijo y padre de su ser,
pues en mis propias cenizas
perdí la vida y después
la volvió a resucitar
tal favor y tal merced,
siendo mi vida a la llama,
al fuego y al sol también,
mariposa, si se quema,
águila hermosa, si os ve,
y fénix, si muere y vive
a vuestros ojos, por que
sea solo un corazón
imagen de todos tres.
Aurora
Seáis, Rugero, bien venido.
Ya, ¿qué tengo que temer,
si en mi defensa se emplea
de vuestro brazo el poder?
Alzad, no estéis en la tierra,
Rugero, porque no es bien
que quien merece los brazos
tanto sin ellos esté.
Dad los vuestros a Diana,
vuestra hermana, que yo sé
que ha días que lo desea.
Llegad a hablarla.
Rugero
Después,
señora, hablaré a Diana,
que ahora no es tiempo.
Aurora
¿Por qué?
Rugero
Porque en la presencia vuestra
ni ha de buscar, ni tener
el alma segundo objeto,
señora, porque no es bien
mudar a segunda especie
la gloria que en vos se ve.
Si no es para mejorarse,
¿quién se mudó? Siendo, pues,
cierto mi argumento, yo,
que he llegado a merecer
veros, ¿por qué he de dejar,
hasta que vos me dejéis,
pues no puedo mejorarme?
Aurora
¡Qué argumento tan cortés!
Diana
Dice bien Rugero y yo
perdono al tiempo esta vez
la dilación por tal causa. (
¿Qué te parece?).
Aurora
(No sé).
Diana
(¿Quién vive, Marte o Amor?).
Aurora
(Yo te lo diré después).
Mucho habéis estado ausente.
Rugero
Mucho, que no pudo ser
poco, estándolo de vos.
Aurora
Aunque por disgusto sé
que os ausentasteis, quisiera,
solamente por saber
–que en efeto fue el primero
delito de la mujer–,
quisiera que me dijerais
todo el caso cómo fue,
que tendré gusto de oírle
muy despacio.
Rugero
No podré,
que está ya muy olvidado,
pero la obediencia es ley.
Diana
(¿Qué tenemos, paz o guerra?).
Aurora
(Yo te lo diré después).
Rugero
En la ilustre Barcelona,
a cuyo altivo dosel
el mar con rizas espumas
argenta el sagrado pie,
nací noble, que en un hombre
la dicha primera es,
Moncada, al fin, deudo tuyo,
que no hay más que encarecer.
El ocio y la juventud,
¿a quién libraron, a quién,
del yugo de amor? Perdona,
que es fuerza, si has de saber
la causa, que hable de amor
en tu presencia.
Aurora
Está bien;
prosigue, di.
Rugero
En un caballo
por Barcelona pasé
un día, que mis desdichas
todas nacieron en él;
que este día en una reja
con más cuidado miré
una dama, a quien serví
algunos días...
Aurora
Tened,
que vais muy aprisa;
poco os han llegado a deber
ese caballo, esa dama,
pues la relación hacéis
sin pintar uno ni otro,
que es de relaciones ley.
Rugero
No es importante el caballo,
y, si la dama lo es,
¿quién en presencia del alba
pintará la noche? ¿Quién
con el sol verá un lucero
ni una llama, cuando esté
lleno de rubias estrellas
el cristalino dosel?
¿Quién pintó un cárdeno lirio
en presencia de un clavel?
¿Un alhelí de la rosa?
Y al fin, bella Aurora, ¿quién
pintará ajena hermosura
donde la vuestra se ve?
Pues más quiero que mi voz
sujeta, señora, esté
a descuidos de ignorancia
que a culpas de descortés.
Aurora
Las vuestras perdono y quiero
muy por extenso saber
cómo fue todo.
Rugero
Escuchadme,
que desta manera fue.
Diana
(¿De qué ramas le coronas?
¿Es oliva o es laurel?
Declárate ya).
Aurora
(No puedo;
yo te lo diré después).
Rugero
Salí en un caballo hermoso,
a quien el docto pincel
de naturaleza hizo
con más estudio y a quien,
hijo del viento, engendró
en las orillas de aquel
centro de animados rayos
un andaluz cordobés;
todos los cuatro elementos
hicieron un mapa en él:
tierra el cuerpo, mar la espuma,
viento el alma y fuego el pie.
Este, pues, aire sin plumas,
rayo sin luz, este, pues,
ocupaba tan señor
de mis acciones y de él
que su instinto no tenía
más obediencia o más ley
que el gobierno de las manos
y la elección de los pies;
cuando en un balcón, señora,
que, o por asistir en él
un sol, o por ser azul,
pedazo del cielo fue,
vi una dama, vi al sol mismo,
que más triste alguna vez
por el balcón del oriente
le he visto yo amanecer.
Al hacer la cortesía
hasta el suelo me incliné,
que, por lisonjear al dueño,
sabe un bruto ser cortés.
Doradas hebras al viento
flechaba, que amor cruel,
cansado del arco y flecha,
trocó al aljaba la red.
Cejas grandes, ojos negros,
que sobre la blanca tez
muestra que la oposición
es hermosura también.
Pequeña boca, que junta
era un hermoso clavel
y partida dos rubíes,
que, sirviendo de cancel
al tesoro de sus perlas,
dejaban ver o no ver
el marfil, tal vez negado
o concedido tal vez.
Manos blancas, gentil talle
y en todo tan gentil fue
que con ser Amor su dios,
con amor no tuvo fe.
En fin era, en breve suma,
del soberano poder
el más dilatado amago
que hizo el natural pincel;
era un rasgo...
Aurora
Bien está,
Rugero.
Rugero
No os enojéis
si como fue os lo repito,
que desta manera fue.
Aurora
Aunque fuese, habéis andado
muy grosero y descortés;
bien que la pintarais quise,
no que la pintarais bien.
No prosigáis, que no quiero
que en el cándido papel
de mis orejas se imprima
la imagen de quien hacéis
vuestras razones matices,
siendo la lengua el pincel.
Rugero
Señora.
Aurora
Basta, Rugero.
Rugero
Mirad que la causa fue
vuestro gusto.
Aurora
Y mi pesar.
Diana, conmigo ven.
Diana
(¿Eres Venus o eres Palas?).
Aurora
(No sé, Diana, no sé.
Marte venció con los celos,
Amor venció con la fe;
guerra dice quien le oye,
paz publica quien le ve;
laurel es, si he de olvidar,
oliva, si he de querer;
y al fin, ya Venus, ya Palas,
entre el favor y el desdén,
venció Amor para conmigo
y Marte para con él).
Tocan.
Mas ¿qué es esto?
Sale Lotario.
Lotario
Bella Aurora,
sal donde tu hermosa vista
del necio vulgo resista
la turbación, porque agora,
viendo que Estela se parte,
ya de la piedad movidos,
ya del interés vencidos,
muchos, valiendo su parte,
que no se ausente desean,
o por ostentar edades,
o por valer novedades,
y como a ti no te vean,
sus lágrimas te harán guerra,
porque, a todos despidiendo,
va con engaños diciendo
que su hermana la destierra
de Barcelona; de suerte,
que allí tu presencia importa.
Este alboroto reporta.
Aurora
¿Pues Barcelona no advierte
que queda en su amparo Aurora,
hermana mayor de Estela,
y sin engaño y cautela
su legítima señora?
Si Estela a sí se destierra,
yo ni la fuerzo ni sigo;
quédese a mandar conmigo
y cese por mí la guerra.
Viva en Barcelona altiva,
teniendo en ella igual parte,
por que entre el Amor y Marte,
muera Marte y Amor viva.
Vanse.
Rugero
Pues desta ocasión espero
honrarme, no me neguéis
los brazos que me debéis.
Lotario
¡Oh, valeroso Rugero!
¿Quién duda que una ocasión
hoy tenga a los dos aquí?
Rugero
Yo sólo diré de mí
que la justa pretensión
de Aurora sigo y por ella
daré mil veces la vida,
dichosamente perdida
en su servicio. ¡Qué bella,
qué cuerda, qué generosa!
Le dio igual naturaleza
el ingenio y la belleza.
¡Qué liberal! ¡Qué piadosa!
Siempre la paz pretendió.
Cuando razón no tuviera,
por sus virtudes se hiciera
señora del mundo.
Alejo
Yo,
mientras que los dos habláis,
ver en lo que para quiero
esta novedad.
Lotario
Rugero,
bien claramente mostráis
en lo que cuerdo decís
y en lo que valiente hacéis
la fama que merecéis,
la opinión que conseguís.
¿Quién, Rugero, no procura
servirla en esta ocasión?
Rugero
Su valor, su discreción
y celebrada hermosura,
que en competencia se atreve
a la luz que nos fatiga,
¿qué voluntades no obliga,
qué corazones no mueve?
Que haya quien niegue me espanto
su valor.
Lotario
Basta, Rugero,
que bien que la alabes quiero,
mas no que la alabes tanto.
Aparte
(Siempre amor fue desigual,
pues de lo que quiere bien
siente que le digan bien,
siente que le digan mal.
No hicieron cosa los cielos
tan sujeta a sus mudanzas;
celos dan las alabanzas
y los desprecios dan celos.
El nombre en ajenos labios
siempre dar penas pretende,
pues con lisonjas se ofende
y se ofende con agravios.
¿Cómo con Rugero haré,
que, aun para alabar su nombre,
ni la imagine ni nombre?).
Rugero
¡Qué cuerdamente que fue
publicando paz! ¡Por Dios
que es su valor singular!
Lotario
¿En ella volvéis a hablar?
Rugero
Hablo porque calláis vos.
Lotario
Aparte
(Mucho Rugero atropella.
Al principio de un engaño
puede remediarse el daño;
direle mil males della).
Callo porque nunca yo
lo que es dudoso afirmé
y, aunque la sirvo, no sé
si tiene justicia o no;
pues si Estela no tuviera
también su justicia clara,
estas guerras no intentara
ni el de Ruisellón la diera
favor. Esto es cuanto a esto;
cuanto a que hermosa se ofrece,
lo es, si a vos lo parece,
para vos; pero es muy presto.
En cuanto el haber pensado
que es tan cuerda, tan discreta,
prudente, sabia y perfeta,
quedaréis desengañado.
Rugero
Aurora es señora mía
y, dejando aparte el ser
la más principal mujer,
cuyo honor es sol del día,
quien pensare que no fue
la más bella y más hermosa,
cuerda, afable y generosa
del mundo, sustentaré
solo, desnudo o armado
en el campo, en la estacada,
cuerpo a cuerpo, espada a espada,
que a lo menos se ha engañado
y a lo más mentido.
Lotario
Presto
será tu muerte castigo
de mi agravio.
Sacan las espadas, y salen Aurora, Diana y Alejo.
Alejo
Fuera, digo.
Aurora
¿Espadas aquí? ¿Qué es esto?
Rugero
Es satisfacerme así
de una ofensa.
Lotario
Es defenderme
de una injuria desta suerte.
Aurora
¿Cómo me amparáis a mí
los dos y reñís los dos,
si causa de entrambos fue?
Lotario
Yo, señora, la diré.
Rugero
Y yo también.
Aurora
Callad vos,
Rugero, y hable el de Urgel.
Lotario
(¡Válgame el ingenio hoy!).
Aurora
(Así no verán que estoy
apasionada por él).
Rugero
A ningún temor me obliga
que hoy el Conde en tu presencia
diga, Aurora, la pendencia,
mas temo que no la diga.
Quédese en aqueste estado
y lo que ello fuere sea.
Lotario
El que partidos desea
ya se confiesa culpado;
siempre al silencio se obliga
el que sin razón se ve.
Aurora
Decidme vos cómo fue.
Rugero
No hayas miedo que él lo diga.
Lotario
Mientras tu vista procura
apaciguar aquel bando,
quedamos los dos hablando
de tu valor y hermosura,
y dije: “Cuando no fuera
la legítima señora,
por sus virtudes Aurora
reina del mundo se hiciera,
demás de que su justicia
es clara”. A esto respondió:
“No hablo en esas cosas yo,
porque la humana malicia
a Estela no la moviera,
sin tener justicia clara,
a que guerras intentara
ni el de Ruisellón le diera
favor. Esto es cuanto a esto;
cuanto a que hermosa se ofrece,
lo es, si a vos os lo parece,
para vos”. Mas descompuesto
le repliqué: “Es muy mal hecho
y en un caballero espanta
que tenga distancia tanta
entre la lengua y el pecho”.
Dijo que no me tocaba
reñir por causa tan poca.
Yo le dije: “Sí me toca”;
y con cólera más brava
proseguí: “que es luz del día
Aurora...” No digo aquí
lo más que dije de ti,
y que lo sustentaría
en el campo, como era
todo nuestro honor Aurora.
Esta es la verdad, señora.
Rugero
¡Pluguiera a Dios que lo fuera!
Porque yo soy...
Aurora
Bien está.
Rugero
...quien...
Aurora
...me desprecia y ofende.
Rugero
...tu fama...
Aurora
...borrar pretende.
Rugero
Es engaño.
Aurora
Baste ya.
Rugero
Óigame tu Alteza.
Aurora
Mucho
debo a mi paciencia.
Rugero
Yo
soy...
Aurora
...quien en mi ofensa habló.
Diana
¿Esto de Rugero escucho?
Rugero
No, sino quien sólo intenta
que su fama eterna vuele.
Como en el teatro suele
errarse el que representa
y otro que los versos sabe
decirlos por el que erró,
así suspendido yo
a tu enojo hermoso y grave,
tardé en hablar siendo fiel
y enmendome mi contrario;
mas cuanto ha dicho Lotario
son versos de mi papel.
Y, aunque tu rostro me ciega,
¡viven los cielos, que yo
soy el que te defendió!
Aurora
Tarde la disculpa llega.
A Lotario he examinado
con muestra más verdadera
y en mi ofensa no dijera
quien estaba enamorado;
así a creerle me obligo,
pues vos no lo estáis de Aurora,
sino sólo de Leonora.
Venid, Lotario, conmigo,
muestren mis favores hoy,
con agrado y con desdén,
lo que puede el hablar bien.
(¡Ay, Diana, muerta voy!).
Vase Aurora, Diana y Lotario.
Rugero
¿A quién no espanta y admira
ver, con tanta novedad,
que padezca la verdad
a manos de la mentira?
¡Oh, pasión dura y cruel
de la estrella en que nací!
Yo las gracias merecí
y viene a gozarlas él.
Ya no tendré dicha alguna,
pues, aunque en tanto rigor
de mi parte esté el amor,
de la suya la fortuna.
Y, si en la opinión dudoso
mi amor es amor hurtado,
finezas del desdichado
serán premios del dichoso.
Sal, oculto resplandor
de la verdad: ¿dónde estás?
Veremos quién puede más,
la fortuna o el amor.
Vase.

Segunda Jornada

Salen Aurora y Diana.
Diana
Esta es la verdad, señora.
Aurora
Diana, en vano procuras
a mis desdichas consuelo
ni a mis ofensas disculpa.
Diana
Que él fue el que te defendía
con mil juramentos jura.
Aurora
Algo había de decir;
pero tú, Diana, juzga
que, si de un hombre tuvieses
mil experiencias seguras
de su amor y sus finezas
y de otro apenas una,
que antes creyera que había
vuelto a las espaldas suyas
por ti el que había querido.
¿Quién lo niega? ¿Quién lo duda?
Rugero es el que me ofende.
Diana
Satisfación que es tan justa
hoy te diera con su muerte
a no mirar que es locura,
pues ya su vida le importa
para que el tiempo y fortuna
saquen la verdad a luz;
y, pues se dice que nunca
quiebra, esperemos del tiempo
las experiencias que apura.
Aurora
¿Y si llega la experiencia
cuando ya mi pecho ocupan
resucitados deseos
entre esperanzas difuntas?
Mas con todo, quiero hacer,
pues tú lo pretendes, una
experiencia entre los dos;
sabré, con arte e industria,
quién me ofende o quién me obliga.
Diana
Verás cómo se disculpa.
Y pues vienes a alegrarte
a estos jardines, que usurpan
al año la primavera
y aquí la tienen por suya,
treguas den Amor y Marte,
señora, a las penas tuyas
y alégrate.
Aurora
Mal podré,
porque tarde llega o nunca
el contento al desdichado.
Sale Lotario.
Lotario
Ya vuestra Alteza, si gusta,
podrá en el mar divertirse;
en su orilla está una urca,
que es cisne de plata y oro,
siendo los remos las plumas.
Nada, pensando que vuela,
cuando sus cristales surca.
Entre vuestra Alteza en ella;
será, si su espalda ocupa,
toro de mejor Europa,
Proteo, el de luz más pura.
Sale Rugero.
Rugero
El de Ruisellón y Estela,
siendo su armada junta,
vienen contra Barcelona,
cuyo poder se asegura
la vitoria. Esto he sabido;
ahora vuestra Alteza supla
por el aviso el pesar,
si de mi boca le escucha;
que, aunque vuestra Alteza esté
adonde todos procuran
divertirla y darla gustos,
yo, que no he sabido nunca
lo que son, mal podré darlos
y así estos pesares sufra,
que de un hombre desdichado
son dádivas como suyas.
Aurora
El mismo semblante tienen,
cuando en mis estremos luchan,
las glorias que los pesares,
pues ni aquestos me disgustan
ni aquellos me dan contento;
y por mostrar que se aúnan
tanto en mí que los estima
igualmente mi fortuna,
a los dos hoy doy las gracias
de las dos nuevas. (Escucha,
Diana, que ésta es la experiencia
que mi desengaño busca).
Y ya que los dos estáis
presentes, de aquella duda
pasada a los dos absuelvo.
Mi pecho a ninguno culpa
y no creo que ninguno
diga de mí cosa alguna
que me ofenda; y, si lo dijo,
quizá por causas ocultas,
le perdono.
Lotario
Tus pies beso
dos mil veces. Hoy pronuncias
la sentencia de mi vida.
Tanto se aumente la tuya
que imites la edad luciente
del sol, que por siglos dura.
Aurora
Pues ¿no llegáis vos, Rugero,
a darme las gracias?
Rugero
Nunca
di gracias del beneficio
que no he recibido. Injusta
es tu liberalidad
para conmigo, si escusas
el enojo de esa suerte
de quien te ofende e injuria.
Lotario, que lo agradece,
debe de ser –¿quién lo duda?–
quien ha menester perdón;
yo no, que donde no hay culpa,
el perdón está de más.
¿De qué servirá la cura
donde jamás hubo herida?
No hay respuesta sin pregunta,
satisfación sin agravio
ni sin delito disculpa.
Lotario
(¡Vive Dios, que estoy corrido!
El temor me cegó; mucha
es mi turbación). Rugero,
si agradecido me escuchas,
no fue porque en mi favor
agora el perdón resulta,
sino por ver olvidada
la ofensa que, siendo tuya,
publiqué yo. Esto agradezco
solamente.
Rugero
¿Que aún procuras
desmentir esos colores
que en tus mejillas dibuja
el temor?
Lotario
¿Temor en mí?
Aurora
¡Lotario, la espada empuñas?
¡Rugero, qué es esto? ¿Es bien
que esto en mi presencia sufra?
Lotario
Esa mi brazo detiene.
Rugero
Esa me enfrena.
Diana
(¿Qué juzgas
desta experiencia?).
Aurora
(No sé,
en pie se queda la duda,
si bien voy más consolada;
y por mostrar que no turban
mi pecho las novedades,
llegue a la orilla la urca).
Entrad, Lotario, conmigo.
Aparte
(Desta manera se escusa
su muerte, quedando solos,
y la sospecha importuna
que de mi amor resultara,
si a Rugero en tales dudas
nombrara). Quedaos, Rugero.
Diana
Yo, con la licencia tuya,
no entraré en el mar, señora.
Aurora
Ya sé que del mar no gustas.
Diana
Resisto mal su rigor.
Aurora
Quédate en tierra. (¡Ay, Fortuna,
y cuántas veces amor
a su costa disimula!).
Lotario
Llegue la barca a la orilla,
voces dulces y confusas
rompan los vientos y todas
saluden al alba juntas.
Vanse todos y queda Rugero solo y cantan.
Canta
En vano se atreve, en vano,
a quien la suerte no ayuda,
que el valor da la osadía
y el galardón la fortuna.
Quien no tiene ventura
ofensas halla donde agrados busca.
Rugero
¡Quien no tiene ventura
ofensas halla donde agrados busca!
Sale Alejo.
Alejo
Quiero preguntarte ¿a quién
tales suspiros envías?
Dime, amante Jeremías
de doña Jerusalén,
¿hay lamentación de amor?
Rugero
Vuelve, Alejo, al mar cruel,
verás mi desdicha en él,
oirás en él mi dolor.
Alejo
Ya volví y, cuando temía
escuchar de un monstruo fiero:
“¡Ay de ti, triste Rugero,
si no lloras noche y día!”,
quieto miro el mar; no creo
que será tu dolor mucho,
pues dulce música escucho
y un dorado barco veo
solamente.
Rugero
Pues advierte
que, aunque quieto el mar se ostenta,
yo estoy corriendo tormenta,
yo estoy bebiendo la muerte.
Estas voces que has oído
con amorosa atención
exequias, exequias son
de la vida que he perdido.
El barco ataúd famoso
es, que dice: “En este puerto
yace un desdichado, muerto
a manos de un venturoso”.
En él Lotario y Aurora
van y la voz me asegura
que quien no tiene ventura
en vano suspira y llora.
Alejo
A caber consuelo en ti,
sólo lo pudiera ser,
cuando ves el barco, ver
que si va Lotario allí,
también los músicos van,
que los favores de Aurora
los estorbarán ahora
y después los contarán;
tú sabrás cuanto han hablado.
Muy triste Marte se vio
por saber quién le cantó
a Vulcano su cuidado
y díjole el vil herrero:
“¿No he de saber cuánto pasa
y no pasa, si en mi casa
tengo músico y cochero?”.
Mas dejando esto, mucha
es mi turbación, señor,
porque en el barco un rumor
de tristes voces se escucha.
Rugero
¿No ves que les hace guerra
y que no les da lugar
para poderse acercar
un viento que de la tierra
los aparta?
Alejo
Ya los remos
resistirán su rigor.
Rugero
Y ya con fuerza mayor
tierra y mar en sus estremos
luchan con violencia suma;
y él, que sus furias desata,
montes fabrica de plata,
torres levanta de espuma.
Todo el reino de cristal,
monstruo de vidrio, gigante
de zafir, es nuevo atlante
de la esfera celestial.
Tanto se atreve violento
que ya será Aurora bella
nuevo signo, nueva estrella,
nueva luz del firmamento.
Alejo
Ya en los abismos se encierra.
Rugero
Entre las ondas veloces
sirvan de norte mis voces:
¡ah, patrón, a tierra, a tierra!
Alejo
Ya triste y desesperado,
sin remedio alguno, choca
en esa desnuda roca.
Rugero
Ya roto y despedazado
en breves partes está.
Alejo
Bien de los celos de Aurora
estarás vengado ahora.
Rugero
Argos su vista me da
o el cielo quiere que vea.
Tanto la piedad le mueve
que en guerras de nieve a nieve
cristal con cristal pelea;
y así, entre los dos violento,
seguro podré fiar
tanto fuego a tanta mar,
tanta llama a tanto viento.
Alejo
Señor, ¿qué intentas? ¡Señor!
Rugero
No hay peligro en que repare.
Vase.
Alejo
¡Leandro te valga y ampare,
que es amante nadador!
Poco riesgo le amenaza,
aunque al mar se haya arrojado,
que de todo enamorado
la cabeza es calabaza.
Mas yo, que no sé nadar,
rompiendo vientos veloces
con mis lastimosas voces,
ánimo les quiero dar:
todo mortal abadejo,
que agora en remojo muere,
salga a tierra si pudiere;
tome de mí este consejo.
Vase. Sale Rugero con Aurora en los brazos.
Rugero
Si en los brazos se ofrece
nuevo sol, de las ondas dividido,
hoy diré que amanece
segunda vez, segundo oriente ha sido
ese reino de plata,
a cuyo abismo el cielo se desata.
Mas ¡ay de mí! ¡Qué miro!
Nuevo dolor, nuevas desdichas creo,
mayor estrago admiro,
si la llama que traigo helada veo,
en cuya sombra obscura
duerme el sentido y vela la hermosura.
¡Ah, mi bien! ¡Ah, señora!
Oye siquiera quejas repetidas
de un alma que te adora
y que rindiera a tu beldad más vidas
que el mar sediento bebe.
No oye, ni ve, ni alienta, ni se mueve.
El cristal de su mano
helado yace, pálido el semblante;
piedad espero en vano.
¡Oh, clavel deshojado, oh, flor fragrante,
oh, maravilla fría
cuya edad es el término del día!
Ni el eco me responde
ni sé lo que me ordene el albedrío.
Iré a ver si hay donde
pueda llevar este cadáver frío.
Tú en tanto, peña dura,
depósito serás de su hermosura.
Vase. Sale Lotario.
Lotario
¡Qué dulce cosa es la vida!
Agonizando me saca
el ansia de vivir, siendo
de mi tormenta la tabla.
¡Oh, madre tierra, qué bien
me recibes! Dulce patria
eres. ¡Mal haya quien fía
del viento sus esperanzas!
En un punto, en un instante
sierras y edificios de agua
me coronaron de nubes
y en otro abismo de plata
me escondieron, siendo el barco,
al medir esta distancia,
en monumentos de arena
válida tumba y mortaja.
¡Oh, cuántas vidas le debes
a la tierra! Mas de cuantas
tu hambriento rigor destruye,
tu sedienta furia acaba,
ninguna, ninguna, ¡ay, cielos!,
causará desdicha tanta
como la infelice Aurora.
Lloren aquesta desgracia
cielo, sol, luna y estrellas,
tierra, viento, fuego y agua;
y yo más que todos llore,
llore, pues no pude darla
favor cuando agonizando
la vi en las ondas. El alma
parece que me repite,
entre sombras y fantasmas,
la misma imagen. ¡Ay, cielos!
¿Si es idea que retrata
mi ilusión y mi deseo?
Mas no, verdades son claras,
pues veo entre aquestas peñas
pálida, triste y helada
a Aurora. Sin duda el mar
la arrojó de sus entrañas
a esta orilla, por no ver
sus estragos y venganzas;
o, indigno de merecerla,
de sus ondas la traslada
a este monte, como suele
dejar en conchas de nácar
las perlas que el mar concibe,
hijas del sol y del alba;
o como entre los peñascos,
desde sus ondas saladas,
envuelta en blancas espumas
la ballena escupe ámbar.
¡Ay de ti, Aurora infelice!
¡Ay, Aurora desdichada!
Aurora
¿Dónde estoy? ¡Válgame el cielo!
¿Quién me nombra? ¿Quién me llama?
Lotario
Quien llorando está tu muerte
y ya, rendido a tus plantas,
en venturosas albricias
de tu vida ofrece el alma;
quien vive, si vives tú,
quien, si tú mueres, se mata,
porque más tu vida estima.
Aurora
¿Quién, sino amor, intentara
tan peligrosa fineza
y tan venturosa hazaña?
Pues me respondes quién eres,
oye y con mucha mudanza
sabrás quién soy. Yo soy quien
de tu valor obligada,
a tu amor agradecida,
después de esperanzas tantas,
ésta por última estima.
La vida te debo; basta
que reconozca la deuda
por lo menos quien no paga.
Lotario
(¿Qué es lo que escucho? Si aquí
me ofrece con mano franca
sus favores la fortuna,
ningún temor me acobarda.
Si el mar la arrojó piadoso
y ella piensa que la amparan
mis brazos, a nadie ofendo
en concederlo). No haga
tales estremos tu Alteza
con quien no la sirve en nada.
Aurora
Mucho te debo.
Lotario
Es engaño,
pues con sola una palabra,
cuando la vida me debas,
más que me debes, me pagas.
Salen Celio y Diana.
Celio
Hacia esta parte los vi
desde aquellas peñas altas.
Diana
¿Es posible que te veo?
No lo creo.
Aurora
Sí, Diana,
posible es, porque a Lotario
le debo ventura tanta.
Él, a riesgo de su vida,
me ha librado.
Lotario
Mucho agravia
tu Alteza a quien no la sirve.
Salen Alejo y Rugero.
Rugero
Entre aquestas peñas pardas
la dejé, habiendo sacado
un rayo sin luz, sin llama
una antorcha, una venera
sin aljófar, una caja
sin joya; que es esto al fin
una hermosura sin alma.
Alejo
A las voces que tú diste,
discurriendo a partes varias,
como yo, desde esas quintas
todos los vecinos bajan;
y aun me parece que veo,
si no es que el temor me engaña,
viva a Aurora.
Rugero
Vuestra Alteza
me dé, señora, las plantas
y viva felices años,
siempre altiva, siempre ufana,
más que el sol estrellas dora
y flores matiza el alba.
Apenas desde esta orilla
vi que los cielos desatan
las furias y que en un punto
gime el viento y el mar brama;
apenas vi el barco pobre
cómo zozobrando andaba,
poca vitoria del viento,
fácil despojo del agua;
apenas vi que en la roca
se quiebra y se despedaza,
cuando...
Aurora
..arrojándoos al mar
y, nuevo bajel con alma,
haciendo remos los brazos,
sujetasteis su arrogancia;
y, recibiéndome en ellos,
entre espumosas montañas
me sacasteis. ¿No es verdad?
Rugero
Sí, señora.
Aurora
Si esperara
aquese favor de vos,
muriera en mi confianza,
peligrosa enfermedad
que hoy a muchas necias mata.
Si no llegara Lotario
antes que vos, ¡qué burlada
me hallara, señor Rugero,
librando en vos mi esperanza!
Mi muerte pudistes ver
desde la orilla con tanta
flema, ¿y al mar no os echasteis?
¡Poco amor! Lotario estaba
hoy en su mismo peligro
y pudiera, sin que en nada
fuera culpado, salvar
su vida; y aventurarla
quiso por librarme a mí.
Y es fineza más bizarra
la que, sin temer peligros,
de un riesgo a otro riesgo pasa.
Rugero
¿Que Lotario os libró?
Aurora
Sí,...
Alejo
¿Qué Lotario o qué Lotaria?
Aurora
...que vos queréis vuestra vida;
sois muy temeroso de agua.
Rugero
¿Dícelo él?
Aurora
Yo lo digo.
Rugero
Pues si tú lo dices, basta.
Es Lotario más dichoso.
Alejo
¡Vive Dios!...
Rugero
Alejo, calla,
que es quien lo dice su Alteza.
Alejo
Miente su Alteza.
Rugero
¿Que aún hablas?
Vive tú y vive dichosa
por siglos y edades largas.
Ya, ya te ha dado la vida
quienquiera que pudo darla,
que a mí, como vivas tú,
sólo el saberlo me basta.
Sólo te responderé
al tenor con que me infamas
que estoy mojado y no pude,
teniendo paciencia tanta,
mojarme desde la orilla.
Aurora
Está bien, Rugero, basta.
Vase.
Lotario
Yo no busqué la ocasión,
pero no he de despreciarla,
que no he de cerrar la puerta,
si se entra la dicha en casa.
Vase.
Alejo
¡Buenos habemos quedado!
Rugero
¿Hay estrella más contraria?
¿Hay vida más perseguida?
¿Hay suerte más desdichada?
¿Hay hombre más infelice?
Alejo
¿Hay mujer más temeraria
ni Lotario más dichoso
en cuantos Lotarios se hallan?
¿Hay hombre más remojado
y hay lacayo con tal plaga
que, oyendo lamentaciones
de la noche a la mañana,
esté en tinieblas de amor?
Rugero
¿Lotario la libró?
Alejo
Calla,
que es quien lo dice su Alteza.
Rugero
¿Qué haré?
Alejo
Enjugarse.
Rugero
¿Qué traza
daré...
Alejo
Irte a una chimenea.
Rugero
...para que hoy Aurora salga
deste engaño?
Alejo
Echarla de él.
Rugero
¿Cómo...
Alejo
A coces y puñadas.
Rugero
...diré que fui quien la dio
la vida?
Alejo
Llegando a hablarla.
Rugero
¿Qué me dirá, si la digo
hoy, Alejo, que se engaña
en pensar que fue Lotario?
Alejo
Dirate muy remilgada:
“Mucho queréis vuestra vida;
sois muy temeroso de agua”.
Rugero
¡Maldígate el cielo, amén!
¿Eso tú me dices?
Alejo
Calla,
que es quien lo dice su Alteza.
Rugero
Pues si ella lo dice, basta;
y yo la hago juramento
que en la guerra con las armas
y con mi hacienda en la paz
he de servirla y amarla
sin que sepa que yo soy,
pues no pretende más fama
ni más agradecimiento
que amar quien de veras ama.
Vanse. Salen Estela y el Conde.
Conde
Ya desde aquí la ilustre Barcelona
se mira opuesta a la celeste cumbre,
pues a la luz del alba se corona,
opuesto el ceño de una y otra lumbre
el mar, que sus estremos aprisiona
–mucha prisión a mucha pesadumbre–
cuando en su espejo, ¡oh, traición!, retrata
la luna de zafir ceñida en plata.
Estela
¿Qué puede responder, ilustre Conde,
la que tan obligada teme y duda?
Harto el silencio con callar responde,
harto dice la lengua a veces muda;
pues si el conceto, que en el alma esconde,
no es posible que igual al labio acuda,
calla quien ama a estremos semejantes,
que el silencio es retórica de amantes.
Sólo me pesa que esta quinta sea
y la sierra que ocupa nuestra gente
la hacienda, que destruye y que saquea,
de Rugero mi primo, porque ausente
ni contra mí ni en mi favor pelea.
Conde
Es Rugero mi amigo y, si presente
en Barcelona a esta ocasión se hallara,
su verdad defendiera y amparara.
No ha sido ésta elección, ha sido engaño
a fuerza por el sitio que hemos puesto;
más fácil es de redimir el daño
después de la vitoria.
Salen dos soldados con Alejo.
SOLDADO 1º
Llega presto.
Alejo
Lléguenme ellos a mí –¡rigor estraño!–,
si importa. ¡En mil peligros estoy puesto!
SOLDADO 2º
Este hombre hemos hallado...
Alejo
Engaño ha sido.
SOLDADO 1º
¿Por qué?
Alejo
Porque no estaba perdido.
SOLDADO 2º
...que solo hacia tu campo se venía
y espía parece.
Alejo
Preguntarle quiero
para enmendarme, ¿en qué parezco espía?
Conde
¿Quién eres?
Alejo
Un lacayo hacia escudero
de un desdichado que en la traza mía
conoceréis, de un pobre caballero,
cuya hacienda, honra y vida es desgraciada:
sirvo, en fin, a Rugero de Moncada,
desgraciado en la hacienda, pues ahora
en un punto la suya ve perdida;
en la honra, porque siempre de él se ignora
la alabanza que tiene merecida
en la vida también, pues sirve a Aurora,
que le aborrece y de su honor se olvida.
Y llévase tras sí mi poca dicha,
que es de participantes su desdicha.
Estela
¿Que Rugero, mi primo, en Barcelona
sirve en esta ocasión a Aurora bella?
Alejo
Más valiera que no, pues su persona
ni es estimada ni se acuerdan della.
Y si aquesa hermosura que te abona
llegara mi señor a conocella,
no fuera contra ti.
Estela
¿Que mal contento
Rugero está de Aurora?
Alejo
Así lo siento;
que un pobre caballero que ha venido
de tan largas ausencias empeñado,
que a riesgo de su vida la ha servido
en más de una ocasión, que se ha mostrado
en su defensa fuerte y atrevido,
que la sirve su hermana y no la ha dado
una ayuda de costa ni un sustento,
claro ha de estar que no ha de estar contento.
Sólo a mí tiene ayuda desta costa,
que le ayudo a gastar lo que no tiene,
y a ti, cuyo rigor pienso que aposta
hoy a acabar con sus haberes viene,
pues hoy su poca hacienda por la posta
tu gente ha despachado y no previene
otra esperanza; todo cuanto había
guardado en esta quinta lo tenía
y tan guardado está que eternamente
lo verá de sus ojos.
Estela
Si Rugero,
como tan cuerdo, sabio y tan prudente
y al fin como tan noble caballero,
ya que de Aurora esos rigores siente,
a mi campo se pasa, hacerle espero
tanta merced que su valor no ofenda
falta de galardón, fama ni hacienda.
Y tú, por que lo digas así, vete
libremente y también dirás a Aurora
la vitoria que el cielo me promete
saliendo desta empresa vencedora.
Conde
Descuidados están y, si acomete
de improviso la gente, ¿quién ignora
que ya la fama en tu alabanza vuela?
Pues vámonos llegando.
Todos
¡Viva Estela!
Vanse. Salen Lotario y Diana.
Lotario
¿Qué hace su Alteza?
Diana
Rendida
al temor que discurrió
sus sentidos, se quedó
en una silla dormida
en este jardín.
Lotario
Y en él
serán con su vista hermosa,
sus mejillas nueva rosa,
sus labios rojo clavel.
Diana
No te acerques y despierte
al ruido.
Vase.
Lotario
¿Qué temor
puede acobardar mi amor,
puede contrastar mi suerte?
Si dicen que la fortuna
favorece al atrevido,
yo, que tan dichoso he sido,
no pienso perder ninguna.
Mas ya a su hermoso arrebol
hacen mis sentidos salva;
hoy en los brazos del alba
desmayado he visto el sol.
En su blanca mano tiene
unas flores; si es Aurora
del cielo, en la tierra es Flora,
pues sembrando rosas viene.
¿Si me atreveré a tomar
aquel ramillete? Sí,
pues si dijeren que fui
atrevido, disculpar
puedo atrevimiento igual:
las rosas –responderé–
de Aurora no las quité,
sino de un bello rosal.
Esta arena blanda y bella
salpica una clara fuente;
húmeda está, fácilmente
diré mi ventura en ella:
“el que a tu rara belleza
aquellas flores hurtó,
el alma en prendas dejó,
que esta es la mayor riqueza”.
Vase y sale Rugero.
Rugero
Sin que ninguno me vea
hasta el jardín he llegado;
pienso que el cielo me ha dado
la ocasión que amor desea,
que en él Aurora dormida
está y, por no despertarla,
todos quisieron dejarla.
¡Oh, nueva luz, nueva vida
de las plantas! Aunque obscura
la nube del sueño esté,
bien por sus claros se ve
el cielo de la hermosura.
Aquí las joyas pondré
sin que diga cúyas son,
pues en aquesta ocasión
los muchos alcances sé.
¿Letras en la blanda arena
deste jardín, ¡ay de mí!,
a sus plantas? Dice así,
si es que acierto a leer mi pena:
“El que a tu rara belleza
aquellas flores hurtó,
el alma en prendas dejó,
que esta es la mayor riqueza”.
Otro antes que yo llegó
y con intentos mejores,
pues él vino a llevar flores
y a dejarlas vengo yo.
Borraré el mote amoroso,
no sabrán que aquí llegó;
húrtele la dicha yo,
que a un traidor, un alevoso,
señas pondré, que por ellas
no se sepa quién ha sido
el que ha llegado y traído
aquí estas joyas bellas:
“Quien en aquesta ciudad
guerra espera por momentos,
a tales atrevimientos
da licencia; perdonad”.
Vase.
Aurora
Hola, ¿qué es esto? Que aquí
ruido sentí juraría,
pero en las hojas sería
el viento. Mas no; si aquí
un pequeño cofre veo,
cierto es que alguno llegó
y que él también me llevó
el ramillete. No creo
que haya ladrón tan felice
a quien dé el sueño tirano
tales prendas de mi mano.
Pero así un rótulo dice:
“Quien en aquesta ciudad
guerra espera por momentos,
a tales atrevimientos
da licencia; perdonad”.
¡Diana!
Sale Diana.
Diana
Señora.
Aurora
Di,
¿quién en el jardín entró
estando durmiendo yo?
Diana
A sólo Lotario vi.
Aurora
Mal el testigo primero
empieza a decir. ¡Ay, triste!,
como Lotario dijiste,
¿no dijeras a Rugero?
Sale Lotario.
Lotario
¿Cómo se siente tu Alteza?
Aurora
Mala estoy, mi muerte creo,
pues cuanto oigo y cuanto veo
todo me causa tristeza.
(Y es verdad, pues te oigo a ti
y en ti veo aquesas flores
cuyas vistosas colores
son veneno para mí.
Cada matiz diferente
una yerba es ponzoñosa,
un áspid es cada rosa,
cada flor una serpiente.
Pero quizá será engaño,
que acaso pudo cogellas;
así sabré si son ellas
y máteme el desengaño).
¿Qué flores habéis cogido
del jardín?
Lotario
Las que aquí veis,
en cuya enigma sabréis
que cifras de amor han sido.
Aurora
¿Por qué?
Lotario
Porque el alma, llena
de temor, dice que tiene
un bien perdido y no viene
a ser torre sobre arena.
Es una dicha soñada,
pues el cielo permitió
que pueda tenerla yo;
es una ventura hurtada,
pues, sin voluntad del dueño,
hoy en mis manos la ves.
Y con saber que al fin es
hurto, carácter y sueño,
no me costó muy barato,
que sabe amor lo que fue
lo que por prendas dejé.
Aurora
Ya ¿qué pretendo, qué trato
de desengañarme más,
si en cifra, sueño y arena,
gloria hurtada y propia pena,
bastantes señas me das?
Tú, que con estremo igual
cada momento me pones
en nuevas obligaciones,
ya altivo, ya liberal,
no sé, no sé cómo diga
que venciste mi desdén,
porque no es mujer a quien
un buen término no obliga.
Si fue contra ti algún día
esquiva mi voluntad,
ya tu liberalidad,
tu agrado, tu cortesía
la venció; y así se ofrece
más agradecida ya.
Lotario
Aparte
(¡Válgame Dios! ¿Qué será
lo que tanto me agradece?).
Si, porque el alma he dejado
en prendas, que yo no sé
si otra cosa te dejé,
destas flores, te ha obligado,
no fue liberalidad.
Aurora
Amorosos pensamientos
a tales atrevimientos
dan licencia; perdonad.
Muy bien el mote entendí
y estimé lo que mostró
tu amor liberal.
Lotario
Si yo
en el arena escribí
que el alma en prendas dejaba
destas flores, verdad fue,
pues sólo el alma dejé,
que es lo que más estimaba.
Aurora
¡Qué bien tu cordura dice
que lo una vez ofrecido
nunca ha de ser repetido!
Lotario
(¿Hay confusión más felice?).
Vase Lotario y salen Rugero y Alejo.
Rugero
Ya ¿qué tengo que esperar?
Alejo
Esto es solo lo que pasa:
Estela vive en tu casa
sin quererla tú alquilar.
Rugero
¡Válgame el cielo!
Aurora
¿Qué es eso?
Rugero
Señora.
Alejo
¡Qué desvarío!
Rugero
Un suceso como mío,
sabrás que es malo el suceso.
Estela en mi quinta ha entrado
y mi hacienda ha destruido.
Alejo
Y pagarnos no ha querido
aun medio año adelantado.
Aurora
¿Cuándo os tengo de escuchar
o cuándo queréis que os vea,
decid, decid, que no sea
para darme algún pesar?
Nunca habéis llegado a verme
que no haya sido anunciando
desdichas. ¿Andáis buscando
malas nuevas que traerme?
De vos, Rugero, escuché
si gente Estela tenía,
de vos supe que venía,
de vos si ha llegado sé.
¿Qué es esto? ¿Tanto os holgáis
de las penas que advertís,
que todas me las decís
y ninguna remediáis?
¡Cuán al contrario se halla
en otro un amor tan justo,
pues no diciendo el disgusto,
aun el beneficio calla!
Y por que veáis los dos
que haberme dado me niega,
Diana, ese cofre llega
de Lotario.
Alejo
¡Vive Dios!
Rugero
Calla.
Alejo
Que este es de Rugero...
Rugero
¿Qué dices?
Alejo
...y que él ha sido...
Rugero
¡Mientes!
Alejo
...quien eso ha ofrecido.
Aurora
¿También vos sois embustero?
Alejo
¡No están los embustes malos,
pescadas las joyas!
Aurora
¿Vos
fingir así? ¡Vive Dios,
que haga mataros a palos!
Alejo
Morir yo a palos no puedo.
Aurora
¿Cómo os libraréis?
Alejo
Muy bien,
porque antes que me los den...
Aurora
¿Qué?
Alejo
...me moriré de miedo.
Aurora
Vos, que siempre me tenéis
una pena prevenida,
no me habléis en vuestra vida,
que yo sé que excusaréis
mil disgustos, porque creo
que nunca es para alegrarme
y sé que venís a darme
un pesar siempre que os veo;
porque a tal punto ha llegado,
como dicen, el temeros,
que ya no quisiera veros
ni haberos visto pintado.
Vase.
Rugero
Si siempre que a veros vengo
un disgusto se os previene,
nadie da lo que no tiene
y así doy yo lo que tengo.
¿Cómo ha de dar alegría
quien siempre tiene tristeza?
Parto así con tu belleza
el caudal y hacienda mía,
pues sirviéndoos en secreto,
dirá una cifra desde hoy
en mi escudo que yo soy
en amarte más perfeto,
por que en mi suerte importuna
quede el cielo satisfecho,
examinando en mi pecho
lances de amor y fortuna.

Tercera Jornada

Salen Alejo y Rugero, con un escudo con cuatro eses pintadas en él y una banda en el rostro.
Rugero
Guarda, Alejo, ese escudo
donde nadie le vea.
Alejo
Cuéntame, pues, ahora,
lo que ha pasado.
Rugero
Di la vida a Aurora,
porque muerto el caballo...
Alejo
¡Mal haya quien tal dio!
Rugero
Calla.
Alejo
Ya callo.
Rugero
...cayó rendida en tierra,
cuando el furor de la trabada guerra
en la campaña hacía
una esfera de fuego, y mi osadía
levantó al sol del suelo.
Atlante fui, la máquina del cielo
entre rayos y asombros
felice aseguré sobre mis hombros
cuando, para más gloria,
ya su gente cantaba la vitoria.
Alejo
¿Al fin allí dijiste
quién eras?
Rugero
No hice tal.
Alejo
¡Qué mal hiciste!
¿Esperas, pues, que con azar más fuerte
un fullero de amor trueque la suerte?
Rugero
No es posible, que tengo
señas muy claras; antes me prevengo
a la mayor venganza.
Alejo
¿Si él también a saber la seña alcanza
y mete a su provecho
en garitos de amor el naipe hecho?
Rugero
No es posible ni puede,
porque entonces el cielo le concede
a Aurora el desengaño
mejor, porque verá...
Alejo
Temo tu daño.
Rugero
...si esta acción se atribuye,
que hizo así las demás, pues bien se arguye
que el que en esta la miente
en todas ha mentido.
Alejo
Así lo siente
un cofrade, que dice
que el mentir es la cosa más felice
y el estar uno loco,
porque es de mucho gusto y cuesta poco.
Rugero
En fin, vine rodeando largo espacio,
que como vivo a espaldas de palacio,
Alejo, no quisiera
que alguien me viera entrar o me siguiera.
Alejo
Y vienes tan contento
como si te esperara un opulento
banquete, donde hallaras
en blancas mesas diferencias raras
de cazas de la tierra, aves del viento,
peces del saladísimo elemento,
pues ya no hay que comer hasta este día,
si no te comes una pierna mía,
pues que empeñar, en casa
están nuestras alhajas tan por tasa
que, si no empeño agora
algunos palos que me preste Aurora
defendiendo a Lotario,
no tengo nada encima.
Rugero
¡Oh, tiempo vario!
¡Oh, inconstante fortuna!
¡Oh, riguroso hado! ¡Oh, importuna
suerte!
Alejo
¡Cuerpo de Cristo!
Las estrellas jurara que había visto.
Rugero
Admiro así mi estado.
Alejo
Admírate otra vez de esotro lado,
que un duende no tuviera
mano de hierro más pesada y fiera.
¿Con qué, señor, me diste?
Pero ¿qué es lo que veo? ¡Bien hiciste!
Otra vez te provoca,
admírate otra vez, quiebra mi boca.
¿Sortijón? ¿Diamantazo?
No diera la de lana igual porrazo.
¡Gracias a Dios que al fin destos estremos
ya qué vender tenemos!
Rugero
No tenemos.
Alejo
Que empeñar no es muy malo. Yo estoy loco.
Rugero
Ni qué empeñar tampoco.
Alejo
Pues duélame el porrazo y diga ahora:
¡Gracias a Dios, que hay que le dar a Aurora!
Rugero
Y dices bien, que para Aurora bella
es aquesta sortija. Hasta que a ella
se la dé, que esta caja honestamente
la ha de guardar, el sol eternamente
la ha de ver, hasta tanto
que la mire en sus manos.
Alejo
No me espanto,
que una mujer que tanto le agradece,
ese cuidado y mucho más merece.
Rugero
De locuras acorta,
que no sabes, Alejo, lo que importa.
Y es verdad, pues no sabes
que de mis hechos son señas tan graves
que me la dio su mano
cuando la di la vida, y así es llano
que nadie hurtarme puede
la dicha que el diamante me concede.
Alejo
Ni lo espero saber, pues ya no espero
vivir; pero quejarme sólo quiero
de que tu mano tal rigor prevenga
que en penas semejantes
para romperme la cabeza tenga,
y no para otra cosa, los diamantes.
Si de hambre murieses,
¿cómo hicieras después? ¿Y qué importaba
la fama que dejaba
el caballero de las cuatro eses?
¿No respondes? Rendido
al cansancio o a la hambre, se ha dormido.
¡Oh, qué sutil intento!
¡Famoso noguerado pensamiento!
Si la sortija cojo,
hago tres cosas: vengo aquel enojo
de Aurora, pues a ella
nunca se la dará; luego con ella
aseguro la vida de mi amo,
ladrón piadoso de su honor me llamo,
viviendo deste modo;
y coma yo, que importa más que todo
que, una vez empeñada,
segura está la piedra y más guardada
para cuando importare.
Meto el dos bastos y Caco me ampare.
¿Topé la caja? Sí. ¡Qué hermosa y bella
es la piedra! Pondrele un canto en ella
que, si él mismo no quiere que la vea
el sol hasta que sea
de Aurora, está con eso
más engañado por el son y el peso. Llaman.
Llamaron a buen punto:
todo parece que ha llegado junto.
Rugero
¿Qué es eso?
Alejo
Que han llamado
a la puerta.
Rugero
¿Y quién es?
Alejo
Es un soldado.
Rugero
¿Soldado a mí? Entre, pues.
Sale un soldado.
Soldado
Antes que bese
tus pies, deja admirarme de que fuese
tan humilde posada
palacio de un Rugero de Moncada.
Y ahora dame tus manos.
Rugero
Prolijos son excesos cortesanos
y así su cumplimiento está excusado,
porque yo soy también pobre soldado.
Decid, ¿qué me mandáis?
Soldado
Solo quisiera
hablaros.
Rugero
Pues, Alejo, salte afuera.
Alejo
Y yo lo deseaba.
Rabiando por buscar a Celio estaba,
que me preste el dinero
con que comprar alguna cosa espero.
Vase.
Soldado
Dijera los peligros que he pasado
hasta el haber llegado
a vuestra casa, porque fuerza ha sido;
pero baste deciros que he venido
con ánimo y cautela
con esta para vos.
Rugero
¿Cúya es?
Soldado
De Estela.
Rugero
¡Dichosa el alma vive!
¿Estela a mí? Veré lo que me escribe.
Lea.
“Primo, yo he sabido vuestras quejas y vos no me habéis ignorado
mi justicia; y así, para que quedemos yo satisfecha y vos vengado,
vení a mi ejército, donde disculparé vuestros agravios, adelantando
vuestra persona. Ahí van de primera muestra las joyas que ese
soldado lleva, y de creencia esta carta. Dios os guarde. Vuestra
prima, Estela”.
Si en una ocasión tan fuerte
no os disculpara en rigor
la exención de embajador,
yo mismo os diera la muerte.
Pluma aqueste acero fuera,
papel la tierra sucinta
y vuestra sangre la tinta
con que a Estela respondiera.
Pero ya que os ha librado
la ley que os aseguró,
decid a Estela que yo
jamás estuve engañado
en la justicia de Aurora;
y que, aunque tan pobre vivo
y quejoso, no recibo
esas joyas y que ignora
que, humilde y pobre, me fundo
en que más contento estoy
sirviendo así a Aurora hoy,
que siendo señor del mundo.
Esto decid a su hermana
y llevad con el recado
las joyas, antes, soldado,
que os eche por la ventana.
Soldado
Obligarte pensé así,
no ofenderte.
Vase.
Rugero
Ya lo veo,
pero en mis dudas aquí
conmigo mismo peleo.
¡Defiéndame Dios de mí!
Y a mi pecho desleal
de la fortuna no es bien
quejarse en estremo igual;
ya me dio el bien, pero es bien
que vale menos que el mal.
Pero ¿qué notable estremo
de desdicha poner pudo
sombra al resplandor supremo?
Mi desgracia, ¡qué bien dudo!
Mi desdicha, ¡qué bien temo!
Cuando aquesto a pensar llego,
fuego arrojo por despojos,
fuego a los aires entrego,
fuego vierto por los ojos,
¡que me abraso, fuego, fuego!
Sale Alejo con algo que comer, huyendo.
Alejo
¿Dónde está el fuego, señor,
que aquí no estoy satisfecho
de su furia y su rigor?
Rugero
Bien dices, que está en mi pecho,
porque todo es fuego amor.
Alejo
¿De donde agora salió
tal frialdad, haber pudiera
fuego?
Rugero
Sí, Alejo. ¿Pues no?
Alejo
Por poco nos sucediera
hoy lo que le sucedió
a un poeta con su ama:
como dicen que se inflama
de un espíritu su pecho,
de cuyo ardor satisfecho
es el corazón la llama,
él enfurecido estaba
y tanto se divertía
del afecto que llevaba,
que todo cuanto escribía
a voces representaba.
Llegó el paso de un león
a aquella misma ocasión
que con la comida entraba
el ama y, como él estaba
llevado de su pasión:
“¡Guarda el león!”, con voz fiera
dijo. Y el ama ligera,
que ya temió sus cosquillas,
con puchero y escudillas
rodó toda la escalera,
diciendo: “¡Ay, Virgen sagrada,
librad a Mari Guisada
de sus uñas importunas!”,
quedando el amo en ayunas
y la rucia ama rodada.
No pienso que es menester
aplicallo, cuando llego
a casa con qué comer.
Y puesto que no hizo el fuego
lo que el león pudo hacer,
siéntate a comer, pues ves
que te traigo qué, señor.
Rugero
¿Con qué pagaré cortés
agora tanto favor?
Alejo
Con no reñirme después.
Llaman a la puerta.
Rugero
¿Llaman a la puerta?
Alejo
Sí.
Rugero
Quita todo esto de aquí.
Sale un paje.
Paje
La Condesa, mi señora,
que vais a palacio agora.
Rugero
Iré, si la sirvo ansí.
Alejo, ya en mi conceto
alta ocasión me prometo.
Trae ese escudo. ¡Oh, si vieses
discifradas ya las eses
del amante más perfeto!
Vanse y salen Celio y Lotario.
Lotario
¿Hiciste ese escudo?
Celio
Sí,
pintadas las cuatro eses
tal, que en los dos engañarse
el mismo artífice puede.
Lotario
Si el que vence por industria
se corona de laureles
y es tan celebrado como
el que por las armas vence,
y que hasta aquí en mi favor
tuve a la fortuna siempre,
pretendo, pues es mudable,
dejarla antes que me deje
y valerme del ingenio.
Venza la industria la suerte,
que harto hace la fortuna,
pues que la ocasión me ofrece.
No fuera traidor, si el cielo
no me hiciera que lo fuese,
atribuyéndome glorias
que ya es fuerza que sustente;
demás de que por amor
ninguno este nombre tiene.
Celio
Dices bien, y no lo fuera
más al yerro que pretende
entre traiciones de amor
mezclar otras.
Lotario
¿De qué suerte?
Celio
Hoy Alejo me pidió
que unos dineros le preste
sobre esta sortija.
Lotario
A vella.
Prosigue, ¿qué te detienes?
Celio
Díjele que me esperase
en su casa y brevemente
le llevaría el dinero.
Lotario
¡Ella es! ¿Qué te suspendes?
Celio
Fui a su casa y della vi
salir encubiertamente
y con recelo un soldado
a quien yo vi algunas veces
sirviendo al de Ruisellón.
Dudé si era o no y halleme
tan empeñado que quise
seguirle y vi claramente
que de la ciudad salía
entre unos mercaderes
disfrazado y encubierto,
de donde claro se infiere
que Rugero se cartea
con Estela.
Lotario
Tú me ofreces
con una ocasión dos dudas,
y es una pensar que ofende
Rugero a Aurora, y la otra
ver que este anillo parece
a otro que he visto en sus manos,
y con mirar que es aqueste
de tan estraña labor,
más mis confusiones crecen.
¿Pudo ser de Aurora?
Celio
Sí.
Lotario
Di, ¿cómo?
Celio
Muy fácilmente,
que Alejo es muy despejado
y pudo ser se le diese
celebrando algún donaire.
Lotario
Bien discurres, bien adviertes;
si es de Aurora, porque es suyo,
si no, porque se parece.
Toma el dinero que diste
y el que Alejo te trujere,
que yo me quedo con él;
que, si Aurora no le tiene,
veré si es suyo el diamante,
fuera de que no se puede
imitar tanto una piedra
tan perfeta y excelente.
Tú, Celio, trae ese escudo
y al descuido, si pudieres,
haz que Aurora te le vea
y a este mismo puesto vuelve.
Vase Celio y salen Aurora y Diana.
Aurora
Amor, que en mi pecho vives,
amor, que en mi llanto mueres,
un día te doy de plazo,
un día de vida tienes,
pues, si Rugero no es,
¿a quién mi pecho le debe
dos vidas en dos acciones,
a quién di aquel excelente
diamante que yo traía?;
que desmentirse no puede
diré, contando y midiendo
del tiempo las horas breves,
de las horas los minutos:
corre veloz, por que llegue
a un mismo tiempo a mi pecho
o el desengaño o la muerte.
Lotario, ¿qué haces aquí?
Lotario
Dándome estoy parabienes
de que la divina fama
hoy tus vitorias celebre.
Aparte
(¿Cómo veré si el diamante
en sus blancas manos tiene?).
Aurora
Aparte
(¿Cómo sabré si éste es?
Diré mejor: ¿si no es éste?).
Lotario
(¿Qué ocasión podré tomar
para que los guantes deje?).
Aurora
(¿Con qué ocasión saldré ya
de confusiones tan fuertes?).
Lotario
Oí decir que en una mano
un golpe tu Alteza tiene.
Aurora
Engaño, Lotario, fue.
Lotario
No podré satisfacerme
del cuidado que he tenido,
si no es, señora, que llegue
a ver las señas.
Aurora
Si a mí,
con ser mías, no me duelen,
no queráis más desengaño.
Peor pudiera sucederme,
si no llegara a aquel punto
un soldado tan valiente
que me dio vitoria y vida.
Lotario
Eslo mucho quien bien quiere.
Aurora
(¿Qué espera mi sufrimiento?
Mi desengaño, ¿qué teme?
¿Qué duda mi confusión?
Muera, sabiendo que muere.
No le hablaré en el diamante,
porque si acaso no es éste,
no se advierta para hacer
engaños. ¡Cielos, valedme!).
Quisiera que me dijerais,
pues vuestro ingenio se atreve
a competir con Apolo,
de quien tanta luz le viene,
qué es lo que quieren decir
de un escudo cuatro eses.
Buena ocasión os he dado,
pues, siendo tan excelente
vuestro ingenio, mostrará
en esto el valor que tiene.
(Y bien he dicho el valor.
¡Plega a Dios que no lo muestre!).
Lotario
(¡Vive Dios que estoy confuso!
Mas no son precisas leyes
de las enigmas y cifras
decir una cosa siempre.
Campo abierto es el ingenio,
decir varias cosas pueden
cuatro eses. Pues ¿qué dudo?
Todo el ingenio lo vence).
Puesto que el ingenio mío
no es tan grande, pues tú quieres
que discifre aquesas letras,
solo por obedecerte
y darte gusto lo haré.
Aurora
(Ofreciose fácilmente.
Él es).
Lotario
Acertar quisiera
a agradarte.
Aurora
(Si eso temes,
acertarás a agradarme,
como a discifrar no aciertes).
Salen Rugero y Alejo.
Rugero
(Guarda ese escudo y ninguno
le vea). Si es que merece
mi boca el suelo pisar,
permíteme que le bese.
Aurora
Para mi bien o mi mal,
Rugero, a buen tiempo vienes.
Rugero
¿Qué me mandas?
Aurora
Que escuches
de Lotario lo que quieren
decir, por alto blasón,
de un escudo cuatro eses.
Rugero
¿Y para aquesto, señora,
me has llamado?
Lotario
(¡Favorece
este atrevimiento, amor,
pues tú le disculpas siempre!).
Un amante que no alcanza
por fruto de firme amor
sino desdén y rigor
sirve una desconfianza
sin galardón ni esperanza;
y con fin de obediente,
siente el ver que eternamente
ha de quedar satisfecho
su cuidado; así su pecho
en un punto sirve y siente.
No es bastante el sentimiento
a que deje de servir,
que sintiendo ha de sufrir
más rigor y más tormento.
Y nunca al favor atento
sirve, siente y sufre el daño,
y, aunque toca el desengaño,
no hay quien a olvidar le obligue,
que después de todo sigue,
ya su estrella o ya su engaño.
Sirve nunca mereciendo,
siente jamás esperando,
sufre sus penas amando
y sigue su amor sintiendo.
Y desta manera entiendo
que a declararlas me obligo
las eses, pues así digo
a tu belleza que amante,
quejoso, triste y constante,
sirvo, siento, sufro y sigo.
Aurora
(¡Declarose mi tormento!
Nunca amaras ni sintieras,
ni esperaras ni dijeras
por cifras tu pensamiento.
¿Qué espera mi sufrimiento?
Mi desengaño ¿qué espera?).
Alejo
Para hablar de esa manera,
yo también, señora, he sido
quien tu vida ha defendido;
si en eso consiste, espera.
Cuatro eses ha de tener
el amor siendo perfeto
(¡Dios me saque deste aprieto!).
Por la primera ha de ser
sabañón, que ha de comer;
y pruébase esta verdad
en que la necesidad
el respeto al amor pierde,
que toda hermosura muerde
y masca toda deidad.
Después de comer, no hay duda
que ha de vestirse esta dama;
en la segunda se llama
sastre el amor, por que acuda
a esta belleza desnuda.
Y el amante, que no ha sido
para dar plato y vestido,
aunque a su fineza pese,
será a la tercera ese,
viendo y callando, sufrido.
Y para el que no sufriere
tanta desdicha y afán,
es el amor sacristán
que le entierre, pues se muere;
de donde claro se infiere
que todo amor ha tenido,
o verdadero o fingido,
las eses deste blasón,
siendo el amor sabañón,
sacristán, sastre y sufrido.
Aurora
Aunque loco, bien advierte
que el ingenio pudo hallar
dos sentidos para dar
a un desengaño la muerte.
¿Qué decís vos?
Rugero
De otra suerte
yo las letras entendí
y, si me dieras a mí
licencia, dijera hoy
lo que siento.
Aurora
Yo la doy.
Rugero
Pues está atenta.
Aurora
Di.
Rugero
Sabio ha de ser amor, viendo la fama
del sujeto que estima hermoso y grave,
porque no sabe amar quien solo ama
el cuerpo, si es que el alma amar no sabe.
Solo ha de ser amor, sola una dama
ha de estimar en su prisión suave,
que un esclavo no sirve a dos señores
ni caben en un alma dos amores.
Solícito ha de ser, no procurando
ocasiones al gusto solamente,
sino las del pesar también, mostrando
que el gusto estima y los pesares siente.
Secreto en fin, pues ha de callar, cuando
algún favor o alguna acción intente.
Y así será el amor, siendo perfeto,
sabio, solo, solícito y secreto.
Aurora
(Vuelva el amor, vuelva a encender la llama
del pecho).
Lotario
Aunque en la cifra hablar pudieses,
no me podrás quitar la altiva fama
del caballero de las cuatro eses;
por este escudo el orbe así me llama.
Descúbrele.
No le desmentirás, aunque trujeses
otro, siendo muy fácil, contrahecho.
Rugero
Tú sabrás si es muy fácil, pues lo has hecho;
pero aqueste es el mío.
Aurora
(En nueva duda
una vez me acobardo, otra porfío;
no sé a cuál de los dos a un tiempo acuda,
ya me aseguro y ya me desconfío.
Pero ¿qué espera el alma ya, qué duda?).
¿Cuál de los dos tiene un diamante mío?
Declárese.
Rugero
¡Oh, qué dicha tan segura!
Yo le tengo.
Lotario
¿Es aqueste por ventura?
Rugero
Por desgracia será, porque el diamante
que busca Aurora en esta caja viene,
comparado a mi amor, menos constante.
Aurora
(Muchas dudas el cielo me previene.
Lotario, en desengaño semejante,
es el que la sortija misma tiene
y Rugero la ofrece. Ya no dudo,
disculpando el diamante y el escudo).
Lotario
¿Es esta la piedra bella
que en el cielo soberano
de tu bellísima mano
fue, señora, errante estrella?
Rugero
Abre esta caja y en ella
luego el diamante verás
que tú por señas me das.
Alejo, ésta es la ocasión.
Lograré mi pretensión.
Aurora
(No sé yo qué espero más:
ésta es la misma. Mas quiero
ver la caja. ¿Qué temor
es éste?). ¿Es cifra de amor
aquesta piedra, Rugero?
Rugero
¡Qué es lo que miro!
Alejo
¿Qué espero,
habiendo el daño causado?
Aurora
Si es que piedra habéis llamado
desta suerte a mi belleza,
piedra seré en la dureza.
Rugero
Y yo en lo inmóvil y helado.
Aurora
Decid, ¿qué ha significado
esta piedra? ¿Enmudecéis?
¿No habláis? ¿No me respondéis?
¿Qué decís?
Rugero
¡Soy desdichado!
Vase.
Alejo
Breve respuesta te ha dado;
mas, si por lo que él calló
puedo, señora, hablar yo,
sabrás que es Rugero fiel
y que fue sin duda a él
a quien tu mano le dio
el diamante. Yo le hurté,
por que en desdicha tan fiera
de hambre no se muriera,
la piedra en la caja eché
y la sortija empeñé
en Celio, de donde es llano
que haya venido a la mano
de Lotario.
Aurora
¡Qué quimera
tan descarada! ¡Que quiera
un necio, un loco, un villano,
hacerme creer a mí
que a Rugero le di yo
la sortija, que él la hurtó
y que echó la piedra allí,
que él la empeñó, porque así
venga a Lotario! ¿Qué espero?
Pícaro, vil, embustero,
quimerista, enredador,
más que Rugero traidor
y más falso que Rugero;
pues con causa me provoco,
hoy morirás.
Alejo
¡Ay de mí!
Aurora
¡Hola! ¿No habrá gente ahí
que mate a palos un loco?
Alejo
Sí habrá; vete poco a poco
en mandarlo, que ya están
prevenidos y lo harán
cuando de aquí salga..., aunque
no me tocarán.
Aurora
¿Por qué?
Alejo
Porque no me alcanzarán.
Vase.
Aurora
Ya en los estremos que hago
conocerás que no es nuevo
confesar lo que te debo
y negar lo que te pago.
Callando te satisfago
una y otra acción honrada
cuando, viéndome obligada,
te doy por respuesta a ti
la que me dieron a mí,
que es decir: “Soy desdichada”.
Lotario
Aunque amor mi pecho abrasa,
nunca tan humilde ha sido
que ha de esperar que el olvido
le desocupe la casa.
Y pues mi desdicha pasa
a tal desengaño, llegue
el tuyo, Aurora, también,
porque mi pecho no es bien
que más verdades te niegue.
Rugero es buen caballero,
él vida y joyas te dio.
Con industria quise yo
quitarle el bien que no espero.
Y pues merece Rugero
las glorias que a mí me ofrece,
gócelas, pues las merece,
y diga mi voluntad,
pues se muere, la verdad.
Aurora
Bien tu humildad me parece.
Lotario
Y pues las verdades digo
que tan mal me están a mí,
las que te están mal a ti
también a decir me obligo.
De todo el cielo es testigo;
sabe, inquiere, busca y cela
quién con engaño y cautela
en traje de mercader
suele a Rugero traer
cartas del Conde y de Estela;
procura saber y oír
lo que en tu deshonra pasa:
quien de noche entra en su casa
de día suele salir.
Algo había de añadir,
que yo en la pena que ves
no espero más gloria, y, pues
de todo advertida estás,
remédialo, y no podrás
quejarte de mí después.
Vase.
Aurora
¿Qué es esto, Diana?
Diana
Yo,
aunque me pese, creeré
que necio Rugero fue,
pues tu favor no estimó;
pero traidor, eso no.
Y para que yo lo crea
es menester que lo vea.
Aurora
Y yo tanto me resisto
que después de haberlo visto
tengo de dudar que sea.
¿Cómo sabré lo que pasa
en su casa?
Diana
¿Quién lo impide?
Un jardín sólo divide
tu palacio de su casa
y, cuando la noche, escasa
de luz, salga de occidente,
pasaremos fácilmente
adonde acechar podemos
a Rugero y de él sabremos
si este habla verdad o miente.
Aurora
¿Podré pasar?
Diana
Buen remedio.
Fácil es de publicar
que se cayó y derribar
una tapia que está en medio.
Aurora
Bien dices, no hay otro medio;
las dos iremos. Rigor
de un desatinado amor,
ya pienso que agradeciera
que Rugero ingrato fuera,
como no fuera traidor.
Vanse y salen el Conde, Estela y soldados.
Conde
La noche, que siempre ha sido
funesta sombra del sueño,
en nosotros ha engendrado
bizarros atrevimientos.
SOLDADO 1º
Bien dije yo que era fácil,
sin padecer algún riesgo
como viniésemos solos,
entrar hasta aquí encubiertos;
porque, como es esta guerra
entre naturales mesmos,
dejan entrar y salir
muy fácilmente, diciendo
que es a vender y comprar,
hasta un número pequeño,
tal que no les dé cuidado.
Estela
Si logramos nuestro intento,
segura está la vitoria,
porque teniendo a Rugero
de nuestra parte, ¿quién duda
la gloria del vencimiento?
Pues según Leonardo dice,
le vio en su pobre aposento
el escudo de las eses,
que fue nuestro asombro y miedo,
porque es fuerza que tan pobre
pague en agradecimientos
este amor y este cuidado.
SOLDADO 2º
Esta es su casa.
Conde
Esperemos
que pase un hombre que agora
ocupa la calle y luego
llamaremos.
Sale Alejo.
Alejo
¡Ay de ti,
pobre y desdichado Alejo!
Rota traigo la cabeza,
desgonzado traigo el cuerpo,
derrengada traigo el alma.
¡Ay de mí, yo vengo muerto!
Estela
Entró en casa.
SOLDADO 1º
Este es, sin duda,
su criado.
Conde
Hablarle quiero.
Oye, hidalgo.
Alejo
¿Hablan conmigo?
Conde
Con vos hablo.
Alejo
Pues no entiendo
por hidalgo, porque yo
soy villano y mucho menos,
porque si ellos pecho pagan,
yo he pagado espalda y pecho.
Conde
¿Sois de Rugero criado?
Alejo
Criado fui de Rugero
cuando viví.
Conde
¿Estáis herido?
Alejo
Tanto importa, a palos muerto.
Si acaso Aurora os envía
oficiales de refresco
para acabar esta obra,
duélaos saber que tengo
a ruedas, y de fortuna,
salmonado todo el cuerpo.
Conde
Amigo, fin diferente
y más en provecho vuestro
me obliga; decidme, pues,
desta verdad satisfecho,
si es que está Rugero en casa,
si podré hablar a Rugero,
advirtiendo que le importa.
Alejo
Como estamos ya tan hechos
a llantos, aunque decís
que por bien venís, no os creo,
pero él no está agora en casa;
mas vendrá, si esperáis, presto.
Si le queréis aguardar,
entrad, caballeros, dentro;
que aquí estaréis más seguros.
Conde
Bien decís; esperaremos
en su casa, que es mejor,
porque le importa el secreto
a él también, como a nosotros.
Alejo
Pues entrad y, mientras vuelvo
con luz, en este portal
estaréis.
Conde
Aquí os espero.
Estela
Si hoy a Rugero llevamos,
la vitoria y triunfo es nuestro.
Vanse y salen Aurora y Diana.
Diana
Fácilmente hemos llegado
hasta su mismo aposento,
si es que puedo distinguir
ser aqueste, andando a tiento.
Aurora
Ven conmigo y habla paso,
Diana, que no sabemos
si hay alguien que nos escuche.
Diana
¿No será mejor acuerdo
estarnos en un lugar
quedas, sin andar a riesgo
de topar una escalera?
Pues para lo que queremos
luz ha de haber y. guiadas
de sus hermosos reflejos,
más advertidas entonces,
escoger sitio podemos.
Aurora
Dices bien y aun me parece
que viene la luz a tiempo,
que, aunque no quisiera, había
de tomar tan buen consejo.
Diana
Acercándose va.
Aurora
Aquí
con la escasa luz ver puedo
a esta parte un corredor
y allí una sala.
Diana
Este puesto
nos conviene; desde aquí
apartadas escuchemos
lo que pasa.
Aurora
La pistola
me da, que viven los cielos,
que, si Rugero es traidor,
he de matar a Rugero.
Salen Alejo, Estela y el Conde.
Alejo
Entrad, señor, y sentaos,
que, si yo mal no me acuerdo,
desde que con luz os vi,
de haberos visto me huelgo.
Conde
¿Conoceisme?
Alejo
Creo que sí
y tengo mucho contento
de veros, porque con vos
y el hermano compañero
he de vengarme de Aurora.
Aurora
¡Diana, mi muerte veo!
¿No es aquel el Conde?
Diana
Sí.
Aurora
¿No es aquella Estela? ¡Ah, cielos,
verdades, verdades son
las traiciones de Rugero!
Estela
¿Por qué tan quejoso vives
de mi hermana?
Alejo
Porque tengo
sobradísima razón.
Porque hoy la dije lo cierto
de un caso que ella ignoraba,
me entregó sin ningún duelo
al brazo seglar de pajes,
condenado a mantear; y ellos
con tal gana lo tomaron,
que al más mínimo boleo
andaba de viga en viga
como bruja por el techo.
Pero yo se lo perdono
si con vosotros me vengo
desta Aurora, desta alba,
noche para mí.
Aurora
¿Qué espero...
Diana
Repórtate.
Aurora
...que no salgo
a matar un embustero?
Dentro ruido.
Rugero
Esta, Lotario, es mi casa.
Entrad, no temáis.
Lotario
No temo.
Alejo
Mi señor es el que llama
y, pues viene hablando, es cierto
que no viene solo. Allí
os retirad, que no quiero
que os vea, si no es seguro
el huésped que trae.
Conde
Tu ingenio
previene muy bien. ¿Adónde
estaré?
Alejo
En este aposento.
Escóndense; sale Lotario y Rugero.
Lotario
Nunca Lotario temió.
Rugero
Así lo he creído. Alejo,
salte afuera.
Lotario
Pues ¿qué hacéis?
Rugero
¿No lo veis? La puerta cierro,
y, después de haber cerrado,
pongo la llave en el suelo.
Oídme agora.
Lotario
Ya escucho.
Aurora
(¿En qué puede parar esto?).
Rugero
No os saqué al campo, Lotario,
porque salir no podemos
de Barcelona por causa
del sitio; y así, resuelto
a reñir con vos, os dije
que me siguierais y, haciendo
como tan valiente al fin
y gallardo caballero,
me seguisteis, que el temor
no vive en altivos pechos.
A mi casa os he traído,
Lotario, con este intento,
por ser campo más seguro.
Si no lo está vuestro pecho,
tomad esta luz, mirad
el más oculto aposento
y, si hubiere algún testigo,
yo me juzgo desde luego
por el más vil, más infame
y cobarde caballero.
Pero, después de quedar
de mi trato satisfecho,
me habéis de dar por escrito
que yo he sido el que primero
dijo alabanzas de Aurora,
cuando vos en su desprecio
hablasteis, y que trocasteis
entonces las suertes; luego,
habéis de firmar también
que yo fui, pues es lo cierto,
el que del mar la sacó,
y aquí de barato os dejo
las joyas, que no he de hablar
en cosa que tenga precio;
que contrahicisteis después
el escudo y con ingenio,
arte o encanto, me hurtasteis
también el diamante bello
que disteis a Aurora. Todo
lo habéis de firmar o, expuestos
los dos a un peligro igual,
medir el templado acero
y, riñendo en esta sala
brazo a brazo y cuerpo a cuerpo
me habéis de quitar la vida,
–que vendré a sentirla menos,
pues me quitasteis a Aurora–
o yo la vuestra, advirtiendo
que si en este desafío
quedáis a mis manos muerto,
os doy mi fe y mi palabra
de tener siempre en secreto
vuestros engaños. Si vos
me diereis muerte, en el suelo
está la llave; escapaos,
pues yo con cualquier suceso
he de quedar esta noche
de mi agravio satisfecho:
o vivo, desengañado,
o honrado después de muerto.
Lotario
Ya que atento os escuché,
a todo iré respondiendo
como lo oí: aquí estoy
solo en vuestra casa, creo,
y así no me satisfago,
porque ya estoy satisfecho
de vuestro valor. Y así,
respondiendo a lo primero,
digo que es verdad que yo
hablé en ofensa y desprecio
de Aurora, a quien estimaba,
pero fue la causa dello
sentir que vos la alabaseis
tanto. Dudando y temiendo,
como amante pretendí
divertiros el deseo
y hacer que no os empeñarais
en amar, error de celos;
y así, si sentí al revés,
no fue traición ni mal hecho,
cuando lo que siento callo,
el decirla lo que siento.
Yo salí del mar a nado
cuando entre unas peñas veo
a Aurora, que, desmayada,
estaba sola y, volviendo,
me agradeció a mí su vida;
diga ella si a mi pecho
esta acción se atribuyó,
pues ignorando el suceso,
callé por no desmentirla.
Bien me sucedió esto mesmo
con las joyas, que hasta hoy
no supe ser vuestras; luego
no hubo engaño de mi parte,
si fue la causa de haberlo
unas flores que yo mismo
le quité estando durmiendo.
Sólo el escudo me culpa;
que en lo del diamante, es cierto
que a Celio, un criado mío,
le empeñó un criado vuestro;
y así, cuando dijo Aurora
en tan dudoso suceso:
“¿Quién tiene un diamante mío?”,
respondí, de engaño ajeno:
“¿Es aquéste por ventura?”.
Si lo fue, ¿qué culpa tengo?
Toda esta satisfación
doy porque en este aposento
estamos solos los dos,
que a haber un testigo, es cierto
que no la diera, porque,
ya que empeñado me veo,
he de sustentar valiente
que yo soy el caballero
a quien Aurora le debe
las finezas que habéis hecho;
y he de empezar castigando
el altivo atrevimiento
de llamarme a desafío,
pues no quedaré bien puesto,
si, siendo de vos llamado,
sin reñir con vos me vuelvo.
Sacad la espada.
Rugero
Ésta es.
Sale Aurora.
Aurora
Y yo antes que tú, pues tengo
mayor parte deste agravio,
satisfacerme a mí quiero.
Traidor, cuanto has confesado
escuché.
Rugero
¿Qué es lo que veo?
Aurora
Y como me has ofendido,
quedar satisfecha espero
con tu muerte.
Lotario
Aquesta ha sido
traición, pues, cuando yo vengo
solo, traes contigo a Aurora.
Aurora
Es engaño, que tú mesmo
me has traído.
Lotario
¿De qué suerte?
Aurora
Diciéndome que Rugero
era traidor, cuya causa
me obligó a venir a verlo
encubierta.
Lotario
Y, cuando vengas,
Aurora, con ese intento,
¿podrás quejarte de mí,
si yo prevenido y cuerdo
antes te desengañé?
Aurora
Es verdad, yo lo confieso;
y, pues contra ti ayudé
a Rugero con mi esfuerzo,
agora, puesta a tu lado,
me ayuda contra Rugero.
Rugero
¿Contra mí? ¿Por qué?
Aurora
Porque eres
traidor.
Rugero
¿Yo traidor? El cielo
sabe mi lealtad.
Aurora
Y yo
sé que en aqueste aposento
están el Conde y Estela,
que han venido con secreto
a solo tratar mi muerte
y te has escrito con ellos.
Rugero
¿El Conde y Estela aquí?
¡Cielos! ¿Qué encantos son estos?
Salen.
Estela
Ya que sabes dónde estamos
encerrados, conociendo
que es imposible escaparnos,
por mejor partido tengo
el entregarnos rendidos
y tratar cualquier concierto
que hacer quisieres. Y agora
doy palabra que Rugero
no sabe que estoy aquí.
Es verdad que con intento
de que mi parte ayudara
le escribí, mas noble y cuerdo
respondió que te servía;
y pensando con mis ruegos
convencelle, vine a hablalle.
Esto, señora, es lo cierto.
Agora dame la muerte.
Aurora
Los brazos, Estela, tengo
para mi hermana; y, pues ya
se acaba con tal suceso
nuestra guerra, disponed
los partidos, que yo aceto
cuanto los dos dispusiereis;
que tales albricias debo
en nuevas de un desengaño,
que le pago y agradezco
dando a Rugero la mano
de esposa.
Rugero
Tus plantas beso.
Lotario
Nunca mejor se lograron
los engaños, que en efeto
siempre vive la verdad.
Confuso y corrido quedo,
pero por satisfacer
las ofensas de Rugero,
hoy me caso con Diana,
haciendo el agravio deudo.
Alejo
¡Abran aquí o vive Dios
que eche la puerta en el suelo!
Todo lo he estado escuchando
por el pequeño agujero
de la llave, y a las bodas
no hay quien se acuerde de Alejo;
pero a las mentiras no hay
quien se olvide de él.
Aurora
Ya espero
satisfacerte.
Rugero
Y aquí,
senado, acabe con esto
del amante más perfeto,
como las eses lo dicen,
perdonando nuestros yerros.
FIN
CC0 1.0
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