Saber Del Mal Y El Bien
Comedia Famosa

Personas que hablan en ella

  • DOÑA LAURA.
  • DOÑA JACINTA.
  • DOÑA HIPÓLITA.
  • EL CONDE DON PEDRO DE LARA.
  • DON ÁLVARO DE ATAIDE.
  • GARCÍA, CRIADO DE DON ÁLVARO.
  • EL REY.
  • ORDOÑO.
  • ÍÑIGO.
  • JULIO, CRIADO DEL CONDE.
  • FABIO Y LUCINDO, CRIADOS.
  • LICIA, CRIADA DE HIPÓLITA.

Primera Jornada

Salen doña Hipólita, Laura y Jacinta de caza, con galas y plumas.
Laura
En tanto que el gran planeta
con ardientes rayos dore
el mundo, hurtando su injuria
la oposición de dos soles
puedes descansar en esta
parte más remota donde
tejidas nubes de hiedra
rústicamente se oponen
al sol, porque, defendido
el sitio a las sinrazones
del tiempo, el fuego lo dude
para que el fuego lo ignore.
Jacinta
Aquí puedes descansar
en tanto que los veloces
caballos, envidia hermosa
de Flegón, de Etón y Etonte
pagan en coral y nieve,
nieve, coral, fruta y flores.
Hipólita
Doña Jacinta de Silva,
doña Laura de Quiñones,
amigas mías en quien
igualmente amor dispone
un alma y un albedrío,
dando generoso y noble
un corazón a tres pechos
y a un pecho tres corazones,
aquí con vosotras quiero
hoy divertir los rigores
de un amor que engendra en mí
vanas imaginaciones.
El rey don Alfonso, hijo
de doña Urraca, a quien pone
o la envidia o la traición
injustamente en prisiones,
porque dicen que trataba
de entregar el reino al conde,
mi hermano don Pedro, y esto
la tiene en aquesta torre
donde vivimos; en fin,
el rey don Alfonso, joven
tan galán y tan brioso
que en Venus, madre de amores,
le dio Marte la fiereza,
le dio la hermosura Adonis,
a mis desdenes constante
solicita mis favores,
siendo al laurel de sus rayos,
la Clicie de sus ardores,
por cuya causa mil veces
a caza viene a estos montes,
y por esto o por temor
mi hermano levanta sobre
los hombros de su privanza
máquinas y presunciones.
Aconsejadme las dos
en tal caso, pues conocen
en la ocasión vuestros pechos
dónde está el peligro y dónde
el interés.
Jacinta
Si permites
el consejo a mis razones,
¿qué mujer no es ambiciosa?
¿Cuál no previene y dispone
antes el mando que el gusto?,
que el poder todo lo rompe,
y si en la esfera del mundo
el rey es sol de los hombres
y tú de tan gran planeta
la inteligencia y el móvil,
ama al rey.
Laura
Mal la aconsejas,
pues si el rey es sol y en orbes
de zafir alumbra, ¿quién
no vive atento al desorden
de sus rayos? Pues apenas
una nube se le opone,
cuando todos al instante
su mancha y yerros conocen;
lo que no sucede cuando
turban los aires veloces
una nube, porque son
más notados los mayores.
Dicen dentro.
Dentro
¡Muera! ¡Matalde!
Don Álvaro Viseo, muy herido y ensangrentado, baja despeñándose de un monte a los pies de las damas y con un pan en las manos y la espada desnuda.
Álvaro
Villanos,
¿tantos para solo un hombre?
¡Válgame el cielo!
Laura
¿Qué es esto?
Jacinta
Precipitado del monte
un hombre baja.
Laura
Y bañado
en el rojo humor que corre
de sus venas, ya parecen
lengua de sangre las flores.
Hipólita
Aunque el horror y el espanto
son de mis plantas prisiones,
el ánimo generoso,
la piedad altiva y noble
me llaman a socorrelle.
[Llegando] Hombre infelice, a quien pone
la Fortuna en tal estado
que en las entrañas de un roble
es tu sepulcro una peña
y tu pirámide un monte,
si acaso te deja el alma
últimas respiraciones
para que hoy a tus sentidos
puedan penetrar mis voces,
oye lástimas y quejas
de quien aún no te conoce
y llora desdichas tuyas,
que puede ser, si las oyes,
que cobres nuevo valor,
que nuevo espíritu cobres,
que es vida de un desdichado
hallar quien sus penas llore.
Álvaro
Hermosísimas señoras,
cuya voz, cuyas acciones
ninfas os dicen del valle,
diosas os llaman del bosque,
no ha sido el mayor agravio
de mis pasados rigores
rendir la vida a la acción
del hado antes que al golpe,
sino el haberla guardado
de tan furiosos rigores
para morir a esos pies
donde mi sangre me estorbe
el veros. Mas si en vosotras,
para mi dicha, dispone
piedad y hermosura el cielo,
muévaos el ver cómo corre
de mi rostro a vuestras plantas,
siquiera porque fue noble,
copioso raudal de sangre
de las heridas atroces,
sino también de los ojos,
pues tales son mis pasiones
que no estrañaré de mí
que sangre mis ojos lloren.
Salen el rey, el Conde, Íñigo y Ordoño [de caza].
Rey
¿Qué es esto?
Hipólita
Mejor lo diga
este asombro que mis voces,
este espanto que mis penas,
este horror que mis razones.
Rey
¿Quién eres?
Álvaro
Quien a tus plantas
es bien que la vida cobre
antes de hablar y después
te responda. Señor, oye:
un pobre soy que ahora, huyendo
en mi patria los rigores
de la Fortuna, que tienen
Fortuna también los pobres,
desesperado de hallar
piedad alguna en los hombres,
huyendo de los poblados
me salgo al campo a dar voces
por ver si entre fieras hallo
tan rigurosos favores,
y no fue en vano, pues tuve
en desiertos horizontes
el cristal de esos arroyos
y la yerba de esos montes,
y no esta piedad divina
en las humanas acciones
de vuestra gente, pues yo
viéndoos, señor, nuevo Adonis,
seguir las fieras, herir
las aves, medir el bosque,
procurando algún sustento
llegué a vuestros cazadores,
que estaban dando a los canes
el tosco manjar que comen.
Envidioso de los brutos
dije humilde: «Dad a un pobre
algún sustento», mas ellos
soberbiamente responden
que no tienen qué me dar;
y, desesperado, entonces:
«¿Cómo lo que dais a un perro
se sabe negar a un hombre?»,
dije, y la necesidad,
que el mayor respeto rompe,
ni hay agravio a que se rinda
ni hay peligro a que se postre,
me obligó a quitar a un perro
aqueste pan y feroces
vuestros criados sacaron
las espadas: ¡qué rigores!
Saqué la mía y, rendido
más a la hambre que a los golpes
de sus aceros, aunque
eran muchos, caí del monte,
donde bañado en mi sangre
te pido que los perdones
mi muerte, pues fue piedad
darla con fieras acciones
a un hombre tan desdichado
que la cara no conoce
del bien, porque siempre tuvo
agravios, penas, rigores,
llantos, miserias, y hoy muere
desdichado, humilde y pobre.
Rey
Conde.
Conde
¿Señor?
Rey
Con cuidado
haced curar a ese hombre.
[A Íñigo]
Y vos, sabed quién ha sido
dueño de una acción tan torpe.
Conde
Venid, señor, en mis brazos,
que mueven vuestras razones
a lástima y, cuando no
fuera del rey este orden,
por mí lo hiciera.
Álvaro
Los cielos
os paguen acción tan noble,
que esta es la primera dicha
con que el cielo me socorre,
porque ha de ser la postrera.
Llévanle el Conde, Íñigo y Ordoño.
Laura
¡Qué dignas son tus acciones
de tu pecho!
Hipólita
Plega al cielo,
invicto Alfonso, que logres
las esperanzas altivas
coronando en tus pendones
el águila de dos cuellos
a dos imperios conformes.
Mas poco son dos imperios:
dueño te aclame del orbe
la fama con letras de oro
sobre láminas de bronce.
Rey
La primera vez ha sido,
Hipólita, que he llegado
a tanta nieve postrado,
a tanto fuego rendido
y que piedades ha oído
mi rendimiento constante:
mucho tiene de diamante
tu desdén y tu rigor,
pues que sin sangre el amor
no fue a labrarte bastante.
¡Pluguiera a Dios fuera mía
la que venció tu crueldad!
Debiérale esa piedad
a tu rigor este día,
a mi pena tu alegría,
que en los estremos del hado
no hay hombre tan desdichado
que no tenga un envidioso
ni hay hombre tan venturoso
que no tenga un envidiado.
Bien su condición se advierte
en mí, que estoy envidiando
a un mísero agonizando
en los brazos de la muerte,
a un hombre que desta suerte
piedad y lágrimas das,
en cuyo efeto verás
que no hay, de mudanza llenos,
bien que no pueda ser menos,
mal que no pueda ser más.
Hipólita
¡Jesús, señor! Vuestra alteza
viva, fénix español,
la edad luciente del sol,
que en alta naturaleza
una acaba y otra empieza
sin temer mudanza alguna
de la imagen de la luna,
ni el olvido se le atreva
porque sus aplausos deba
al tiempo y a la Fortuna,
que yo no soy tan cruel
como os habré parecido,
pues ningún rayo ha excedido
la majestad del laurel:
reservadas viven dél
las hojas que mauseolo
son de la ninfa de Apolo,
y así estáis de mi rigor
libre vos solo, señor,
porque sois mi laurel solo.
Rey
¿Luego ya con sus favores
podrá coronarme el sol,
siendo el laurel español
rey de las plantas y flores?
Hipólita
Bastará que sus rigores
resista privilegiado.
Rey
Nunca estuvo en peor estado
mi pensamiento amoroso,
pues ni el bien me hace dichoso
ni la pena desdichado.
Hipólita
¿Luego vuestra majestad
más estimara un rigor
cierto que un dudoso amor?
Rey
Sí, porque la voluntad
adora allí la crueldad
que vida y muerte le daba.
Un hombre que se criaba
con veneno adolecía
de un grave dolor el día
que el veneno le faltaba.
Yo así, que siempre adoré
rigores tuyos; yo así,
que tus desprecios sentí
y tus desdenes amé,
con veneno me crié,
y estoy de gloria tan lleno
cuando siento, lloro y peno
tu desdén y tu rigor,
que adoleciera mi amor
a faltarle este veneno.
Aborréceme y verás
que habrá más bien que me ofrezcas,
pues cuanto más me aborrezcas
tengo de quererte más.
Los rigores que me das
amor en el alma escribe
y por glorias los recibe.
¿Así ausentas tu belleza?
[Hace que se va y para]
Hipólita
Esto es dar a vuestra alteza
el veneno con que vive.
Vanse las damas y salen Íñigo y Ordoño, que traen preso a García, lacayo de don Álvaro.
Íñigo
Todo el monte he discurrido
y solo este hombre he topado
que haya en su temor mostrado
la gran culpa que ha tenido
en este caso, porque
entre dos peñas le vi
escondido; y cuando así
hallarle pude, tal fue
la turbación que callando
ni se absuelve ni disculpa,
con que confiesa su culpa.
Rey
¿Quién eres?
García
[Aparte]
(¡Estoy temblando!
Si al rey le digo que soy
un criado del que allí
riñó con su gente, aquí
vengará su enojo hoy.
Pues disimular pretendo
y decirle que yo he sido
quien su gente ha defendido,
porque así librarme entiendo).
[Al rey]
No es bien que yo por callar
pierda la vida, que espantos
en la corte ha dado a cuantos
la han perdido por hablar;
y así disculparme quiero
diciendo cómo y por qué
me escondí. La causa fue
para limpiar este acero
que estaba en sangre bañado,
pues llegando a tiempo yo
que vuestra gente sacó
las espadas, a su lado
cerré luego con aquel
que era el de la ardiente espada
y tiré una cuchillada
tan soberbia y tan cruel
que si, como dio en el suelo,
en la cabeza le diera,
hacerle algún mal pudiera.
Al fin por piedad del cielo
no le alcancé. Mas ¿no vio
tu majestad este día
una herida que traía?
Rey
Sí.
García
Pues no se la di yo,
pero tanto le apreté
que, haciéndole retirar,
hasta aquí le hice rodar.
Aquesta la causa fue
de hallarme escondido allí
descansando.
Rey
En fin, ¿tú fuiste
el que las heridas diste
a este hombre.
García
Señor, sí.
Rey
Pues dente...
García
[Aparte]
(Dichoso he sido:
lindamente he negociado).
Rey
…garrote, a un árbol atado,
porque necio y atrevido
siquiera no se disculpa
delante de mí y porque
confiesa él mismo que fue
el agresor desta culpa.
García
Suspende la rigurosa
sentencia, señor, que has dado
a un hombre tan desdichado
que en su vida acertó en cosa,
pues por librarse fingió
lo que agora le acrimina,
porque no hay mayor gallina
en todo el mundo que yo.
Yo, señor, haber reñido,
yo haber sacado la espada,
yo haber dado cuchillada
la mayor mentira ha sido
que he dicho en toda mi vida
—aunque las he dicho buenas—,
porque soy hombre que apenas
fui ni aun mental homicida.
Criado soy del que aquí
con vuestra gente riñó
y, pensando agora yo
escaparme, esto fingí,
porque mi suerte se note.
Y, pues digo la verdad,
mande vuestra majestad
suspender este garrote,
que, aunque a la desdicha mía
este falte, sobrarán
garrotes, que hartos nos dan
los fulleros cada día,
y no será bien que aquí
pregone, perdiendo yo,
que un rey fullero me dio
muerte de garrote a mí.
Rey
¿Si este es loco?
Íñigo
No lo dudo.
García
Si es que conmigo los pones,
dos Sénecas, dos Platones
son Vinorrio y Pollocrudo.
Manda que me dejen ir
libre deste fiero ultraje,
que yo hago pleito homenaje,
gran señor, de no servir
a hombre que saque jamás
la espada con los señores
monteros y cazadores
de sus reyes.
Rey
Libre estás.
Vase García.
Y tú, Íñigo, haz poner
la carroza. (Antes que el sol
entre en el mar español,
pienso a este sitio volver).
Sale el Conde.
Conde
Ya le han curado y no ha sido
de peligro ni cuidado
su mal, porque, desmayado
a la sangre que ha perdido
o al golpe de la caída,
flaqueza alguna mostró,
pero luego que cobró
con tus favores la vida
pudo ya sentirse bueno.
Lo que te aseguro aquí
es que hombre en mi vida vi
de más perfecciones lleno.
Si es valiente, ya le viste
cuando en alto levantada,
rayo de acero, su espada
la admiraste y la creíste.
Es muy bien hecho y brioso,
porque habiéndole mandado
dar un vestido ha quedado
muy galán y muy airoso.
Es discreto al parecer,
aunque por tal no le aprecio,
que es, cuanto fácil un necio,
difícil de conocer
un discreto; pero en calma
la voz, la lengua en prisiones,
agradece con acciones,
que son afectos del alma.
Rey
De manera le has pintado
que, si un hombre igual hubiera,
dignamente mereciera
ser de todo el mundo amado;
y, cuando no fuera así,
saber que a ti te agradó
bastaba para que yo
le estimase. Y pues aquí,
con suerte tan importuna,
después de prodigios tales
a tus piadosos umbrales
le ha arrojado su Fortuna,
hazle algún favor y advierte
que quiero, Conde, que sea
tan grande que en él se vea
lo que te estimo, de suerte
que hoy he de ver si has llegado
a lugar tan poderoso
que puedas hacer dichoso
a un hombre tan desdichado.
Vase el rey.
Íñigo
[A Ordoño aparte]
(¿A qué más ha de llegar
su amistad y su privanza?
Ya no tiene la esperanza
más término a que esperar.)
Ordoño
Dignamente ha merecido
el lugar que el rey le ofrece.
Íñigo
[A Ordoño aparte]
(¿Pues cómo, si le merece,
le tiene? ¿En qué le ha servido
para pasar esto aquí?
¿Don Pedro en qué mereció
su gracia? ¿En que pretendió
ser rey de Castilla? Di.
¡Bueno es que altivo y cruel
tenga presa a Urraca bella
y lo que es castigo en ella
hacerlo favor en él!
Ordoño
De esa manera asegura
el reino, que no pudiera
sin él hoy...
Sale el Conde.
Conde
[Aparte]
(¡Envidia fiera!:
tu veneno ¿qué procura?).
¿Qué se trata, caballeros?
Íñigo
En decir con la razón
que os quiere el rey...
Conde
[Aparte]
(Estos son,
palacio, tus lisonjeros).
Íñigo
…y pocos favores hace
a un hombre que su cuchilla
pudo hacer rey en Castilla.
Conde
Íñigo, Íñigo, si nace
de ignorancia o de malicia,
la ignorancia despertad
o la malicia templad,
que es soberana justicia
el rey, aunque yerre. Vos
no lo habéis de remediar,
porque nadie ha de juzgar
a los reyes, sino Dios.
Vanse y salen Laura y Hipólita.
Hipólita
Dime, ¿qué evidencia tal
imaginación te ofrece?
Laura
No más de que me parece
que este es hombre principal.
Hipólita
¿En qué lo ves?
Laura
Lo primero
en verle tan desdichado,
pues ya parece que el hado
niega, cruel y severo,
la ventura a la nobleza,
porque efetos no se ven
adonde opuestas no estén
Fortuna y naturaleza;
de donde tan recibido
este argumento ha quedado
que vale, ¿este es desgraciado?
Sí. Luego este es bien nacido.
Hipólita
La mayor dicha del suelo
en tener nobleza está,
que si las riquezas da
la Fortuna varia, el cielo
la sangre; y no hay duda alguna
que esta es la dicha mayor
cuanto es más noble y mejor
el cielo que la Fortuna,
luego si el bien más dichoso
en la sangre ha consistido,
vale, ¿aqueste es bien nacido?
Sí. Luego este es venturoso.
Laura
Sin nobleza no pudiera
ser de ánimo tan valiente,
que solo él a tanta gente
las espaldas no volviera.
Hipólita
Estas acciones no son
hijas de la bizarría:
el morir no es valentía,
sino desesperación.
El hombre más alentado
es un hombre finalmente
y el que a su riesgo es valiente
llámale desesperado.
Laura
¿Y tan cuerdas las razones,
las palabras tan limadas,
las penas tan declaradas,
tan medidas las acciones?
Quejarse de la Fortuna
ningún hombre humilde sabe,
porque en su pecho no cabe
sino una queja importuna
llorada rústicamente.
Hipólita
Con el viento el mar se altera,
con celos brama una fiera
y un monte con causa siente.
Luego lágrimas y acciones
en los hombres han de hallarse,
que para saber quejarse
a nadie faltan razones.
Laura
¿Y el verle ahora tan galán
con un vestido prestado,
con aseo y sin cuidado,
no le acredita?
Hipólita
Ahí están
tus engaños, y he sentido
que eso te parezca bien.
¿Qué puede ser hombre a quien
viene cualquiera vestido?
Laura
¡Qué rigurosa y cruel!
¡Solo en deslucirle das!
Hipólita
¡Qué temeraria que estás
en volver tanto por él!
Laura
Siento, Hipólita, ver cuánto
culpas su merecimiento.
Hipólita
Y yo también, Laura, siento
ver que tú le alabes tanto.
Sale García [lacayo].
García
[Aparte]
(Aquí me trae mi deseo
buscando... ¡Válgame Dios!,
[Veelas]
o son dos damas o dos
arcángeles con manteos!).
Hipólita
¿Qué es lo que buscáis?
García
Señora,
aquí...
Laura
Decid.
García
…busco yo
un amo que Dios me dio,
que es aquel a quien agora
dieron no sé qué disgusto
sin Dios, sin razón, sin ley
los montereros del rey;
y yo tuviera por justo
que tras los enojos fieros,
si las dos más lisonjeras
sois las señoras monteras,
mujeres de los monteros,
me dejéis entrar a verle.
Hipólita
¿No hubiera sido mejor
en la ocasión con valor
ayudarle y defenderle
que venirle a ver agora?
García
Pues si yo estuviera allí...
Laura
¿Qué?
García
…¿no me dieran a mí
también? Es cierto, señora.
Hipólita
¿Cómo a tan pobre señor
servís?
García
Porque yo soy tal
que, aunque él me paga muy mal,
le sirvo mucho peor,
Y así de aquesta manera
los dos podemos vivir,
pues no hallara, si me fuera,
ni yo otro a quien servir
ni él otro que le sirviera.
Laura
¿Y quién es él, en efeto?
García
¡Qué terrible tentación!
Con demonios san Antón
nunca se halló en tal aprieto
como con ángeles yo.
Pero con decir concluyo
que soy criado; mas cúyo,
eso no lo diré yo.
Hipólita
Esperad de mis favores.
Laura
Si este desengaño toco,
rico te haré.
García
Poco a poco,
mis ángeles tentadores.
Hipólita
Deseamos saber quién es.
García
Y yo deciros deseo
que es don Álvaro Viseo,
un gallardo portugués;
pero callarlo he jurado...
Laura
(Aparte)
(¡Hágante los cielos bien!).
Hipólita
(Aparte)
(¡Maldígate Dios, amén,
que gran disgusto me has dado!).
García
...y no lo puedo decir.
Laura
¿Ves, Hipólita, si yo
digo bien?
Hipólita
¿Y quién fio
que este no pueda mentir?
García
Mas él mismo viene allí
y no quiero que me vea
con las dos, porque no crea
esta liviandad de mí,
porque solo este secreto,
después que soy su criado,
de cuantos supe he contado;
mas soy criado, en efeto.
Vase y sale don Álvaro [muy galán].
Álvaro
[Aparte]
(Dime, ¿hasta cuándo, Fortuna,
objeto tuyo he de ser
o cuándo tengo de ver
en tu faz piedad alguna?).
Laura
Hablarle, Hipólita, quiero
y hacerle, pues su valor
conozco, un cortés favor,
que solo este amor espero
lograr, pues si su presencia
tanto te desagradó,
podré aventurarme yo
segura la competencia.
Hipólita
¿Pues puedo, Laura, ¡ay de mí!,
competir contigo yo?
Laura
Llámale tú, porque no
me declare tanto aquí
que al favor que le he de dar
presuma que mi afición
busca también la ocasión.
Hipólita
¿Yo también le he de llamar?
Laura
Oficio es entre las dos
de amiga discreta.
Hipólita
[Aparte]
(Muero
de celos). ¡Ah caballero!
Álvaro
¿A mí me llamáis?
Hipólita
A vos.
Álvaro
Al nombre no respondí
porque un hombre que ha llegado
tan pobre y tan desdichado
no puede entender por sí
título que a serlo llega
de quien por sí lo adquirió.
Hipólita
[Aparte las dos]
(¿Ves si el criado mintió,
pues ser caballero niega?).
Laura
(Más con negarlo declara
serlo, pues, si humilde fuera,
antes se desvaneciera
con el bien que se humillara).
Álvaro
Si enojos, señora, son
que mi atrevimiento espera,
porque con alas de cera
he tocado la región
del fuego, donde, abrasadas
las hojas que el aire mueve,
son mariposas de nieve
con visos iluminadas,
castigue tanto esplendor
mi inadvertencia en los ojos
flechando penas y enojos
rayo a rayo y flor a flor.
Laura
Más piedades que castigo
aqueste cuidado dice.
¿Cómo os sentís?
Álvaro
Tan felice
que a mí me pregunto y digo:
«¿Quién soy?»; y desvanecido
le respondo a mi cuidado:
«Quien hoy fuera desdichado
si dichoso hubiera sido»,
pues todo el pasado mal
no iguala al presente bien
como ahora mis ojos ven.
Laura
Yo os vi a mis plantas mortal.
Álvaro
Es la vida un girasol
que tiene hermosura incierta,
pues ¿quién no vive y despierta
a los alientos del sol?
Muerto llegué a vuestras plantas,
flor marchita entonces fui:
a vuestros rayos viví.
Laura
¿Y cómo de penas tantas
estáis?
Álvaro
Solo en este brazo
un golpe tengo cruel.
Laura
[Dásela]
Poned esta banda en él.
Álvaro
Será de mi cuello lazo,
será...
Laura
¿Qué ha de ser? Callad,
porque aqueste no es favor
ocasionado de amor,
sino de necesidad.
Vase.
Hipólita
[Aparte]
(Alma, ¿qué es esto que ves?).
Álvaro
Perdonad a un atrevido,
que por ser agradecido
bien puede ser descortés,
en fe de lo cual me atrevo
a saber cómo se llama
esta bellísima dama
a quien tanta piedad debo.
Hipólita
[Aparte]
(¿Otro lance a mí me pones?
Pues aunque quieras perderme,
vencerte sabré y vencerme.)
Doña Laura de Quiñones.
Vase y sale el Conde y Julio, [criado].
Conde
Vuélvete, Julio, que allí
está el galán forastero
que a solas hablarle quiero
por saber quién es aquí.
[Vase Julio]
Álvaro
Pobre y miserable un día
llegó a los pies de Alejandro
el doctísimo Tebandro,
celebrado en la poesía,
y queriendo con alguna
merced el César romano
hacer las paces en vano
del ingenio y la Fortuna,
le dio tan preciosos dones
que desvanecer pudieran
a la ambición, cuando fueran
los átomos ambiciones.
Suspenso el sabio quedó
sin responder, temeroso
a la merced; y dudoso
Alejandro preguntó:
«¿Cómo el bien das al olvido
y a la memoria el agravio?
¿Tú, cómo puedes ser sabio
siendo desagradecido?».
A quien Tebandro miró
diciendo: «Si el gusto está
en la mano del que da
y del que recibe no,
yo no debo agradecerte
el bien que me haces aquí;
tú has de agradecerme a mí
el darte yo desta suerte
ocasión en que mostró
tu pecho grandeza tal,
pues no fueras liberal
si no fuera pobre yo».
Fácil es la aplicación,
ilustre don Pedro, a quien
debo la vida y el bien,
pues si en aquesta ocasión
favor mi desdicha alcanza,
tú la fama esclarecida,
y si tú me das la vida,
yo te he dado la alabanza;
y así soy más liberal,
pues tú una vida me has dado
que, en efeto, es bien prestado,
y yo una fama inmortal.
Conde
Confieso que agradecido
debo ser y que he quedado
en la ocasión obligado
y en el término excedido,
y así, porque empiece yo
a pagaros lo que os debo,
si está el bien en dar, me atrevo
a pediros...
Álvaro
Eso no;
porque si os ha de costar
la vergüenza del pedir
lo que habéis de recibir,
poco tengo yo que dar,
y tan poco que he pensado
daros en esta ocasión
escarmientos, que en fin son
dádivas de un desdichado.
Pero si dijo un discreto:
«Aunque amigo pobre fui,
más que oro y plata te di,
pues que te di mi secreto»,
estimad el don en mucho,
que del pecho no saliera
si para el vuestro no fuera,
y escuchadme.
Conde
Ya os escucho.
Álvaro
Yo soy, ilustre don Pedro
de Lara, español Atlante,
en cuyos hombros se asienta
la quinta esfera de Marte,
yo soy —el aliento aquí
turbado, la voz cobarde,
torpe la lengua y helado
el pecho quieren que falte
valor para pronunciar
mi nombre, y mis ojos hacen
con lágrimas y suspiros
competencia al mar y al aire—
don Álvaro de Viseo.
Ya lo dije; no os espante,
sabiendo quién soy, el verme
tan pobre y tan miserable,
que representar tragedias
así la Fortuna sabe
y en el teatro del mundo
todos son representantes:
cuál hace un rey soberano,
cuál un príncipe y un grande
a quien obedecen todos;
y a aquel punto, aquel instante
que dura el papel es dueño
de todas las voluntades.
Acabose la comedia
y, como el papel se acabe,
la muerte en el vistuario
a todos los deja iguales.
Dígalo el mundo, pues tiene
tantos ejemplos delante;
dígalo la Fama, pues
no hay muerte en que no se halle;
dígalo quien ayer era
hermano de un condestable,
de un Conde de Guimarans
cuñado, y deudo por sangre
de otros muchos caballeros,
todos nobles y leales
y muertos a manos todos
de la envidia, monstruo infame
disimulado en lisonjas
como entre flores el áspid.
En un público teatro
—mas ¡ay memorias, dejadme!,
¡no me atormentéis, recelos!,
pues todos no sois bastantes
para quitarme la vida;
pero repetidme, dadme
con mi desdicha en los ojos,
porque ya que no me mate
puedan dejarme a lo menos
con dolor tantos pesares—
a don Pedro de Coimbra
vi agonizando en su sangre
—¡ah, plega a Dios no la oiga
cuando inocente le aclame!—
y al condestable, ¡ay de mí!,
en palacio —¡duro trance!,
¡fuerte error!, ¡triste desdicha!,
¡espectáculo admirable!—
muerto a las manos de un rey,
y aquel que poder tan grande
tuvo le vi reducido
a siete pies de un cadáver.
Yo, viendo que del castigo
todos fuéramos iguales
habiéndolo sido todos
en ser vasallos leales
—que esta era la culpa mía,
pues ruego a Dios que él me falte
y arrojadas de sus manos
culebras de fuego bajen,
que los cielos se me cierren,
se me enfurezcan los aires,
se me abra en vetas la tierra,
se me retiren los mares
y, yo enemigo de todos,
rabiando me despedacen
el corazón y a bocados
se coma y beba mi sangre
si en el enojo del rey
tuve en ningún tiempo parte—
ni sé por qué nos castiga
con escándalos tan grandes.
Yo, viendo, pues, tan cercana
mi desdicha, por librarme,
no de la muerte, pues fuera
lisonjeramente amable,
sino de tan vil indicio,
y por esperar que saque
la verdad su luz rompiendo
estas nubes que deshacen
tanto esplendor como el sol
en tornasoles cambiantes,
que en tumba de mármol muere
y en cuna de flores nace,
a Castilla vine, donde
estoy tan pobre que a nadie
oso mirar porque entiendo
que todos mis penas saben,
sino solamente a vos,
a quien descubro mis males,
a quien mis desdichas digo,
cuento mis adversidades
por daros, ya que no puedo
satisfaciones bastantes
a tanto honor, desengaños
de la Fortuna inconstante;
porque esta diosa...
Conde
Detente,
espera, aguarda, no acabes
tan peligroso discurso,
no prosigas, no me mates;
porque afligido no sé
lo que siento al escucharte,
que el corazón por los ojos
deshecho a pedazos sale.
Ya sé, Álvaro, ya sé
que esa diosa que en altares
vivió idolatrada un tiempo,
en quien dieron ignorantes
los hombres bultos de bronce
sobre colunas de jaspe,
es de aspecto tan confuso,
de tan dudoso semblante,
de tan engañoso trato
y de condición tan fácil
que a quien la mira parece
que diversos rostros hace,
como el girasol que muestra
verdes y rojos celajes.
Ya sé que pone las plantas
sobre una rueda a quien trae
tan veloz el tiempo que
no hay discurso que la alcance;
y ya sé que su hermosura
es maravilla que nace
al alba y muere a la noche
como efímera fragante.
Y, siendo así que he llegado
yo mismo a desengañarme,
aun prevenido la temo
esperando cada instante
el golpe, y ansí he pensado
que de aquel rayo tan grande
tus voces han sido el trueno,
pues han venido delante,
y témole por estar
en tan levantada parte,
porque el rayo y la Fortuna
su mayor efeto hacen
en la eminencia del monte,
que no en la humildad del valle,
pues aquí vive seguro
el lirio, que humilde nace,
y allí no el roble que quiso
ser contra el cielo gigante.
Yo, pues, viendo que del rey
y el reino tengo las llaves,
quiero tener hoy en vos
un espejo en que mirarme,
un ejemplo en que temerme
y un sagrado en que ampararme
y, al fin, un despertador
que con voces desiguales
me esté tocando al oído
cada punto, cada instante,
porque ansí representando
una tragedia —escuchadme,
que en vuestro concepto mismo
quiero también explicarme—,
si representando un hombre
en Roma en carros triunfales
una tragedia, mandó
que el cuerpo desenterrasen
de un grande amigo y que siempre
se le tuviesen delante,
porque el sentimiento allí
tanto en él se transformase
que llevado del afecto
pudiese en acciones tales
mover el pueblo llorando,
yo, teniéndoos por imagen
de la Fortuna, pues fuistes
de la Fortuna un cadáver,
teneros delante quiero
porque pueda transformarme
tanto en vos que mis afectos
vuestro dolor arrebaten.
Y fuera desto, si todo
en las cosas naturales
con la oposición se aumenta,
porque viene a conservarse
un enemigo con otro,
juntemos hoy dos caudales:
yo pondré contentos míos,
poned vos vuestros pesares;
yo venturas, vos desdichas;
y así vendremos iguales
a saber los dos a un tiempo
de glorias y adversidades,
porque quiero que seamos
los dos amigos tan grandes
que dejemos admiradas
a las futuras edades.
Álvaro
Si no acierto a responder,
no os admire, no os espante,
que, como mi pecho nunca
esperaba el bien, no sabe
cómo le ha de recebir.
El cielo, señor, os guarde
los siglos que el mundo cuenta
de aquel prodigio que sabe
su sepulcro y cuna siendo
gusano, ceniza y ave;
que el que yo de mí os ofrezco,
si es satisfación bastante,
es un amigo leal.
Conde
Solo eso pudo obligarme,
porque, como está Castilla
deshecha en parcialidades
con mi privanza, no sé
si tengo de quien fiarme,
y así me faltaba solo
un amigo.
Álvaro
Si mi sangre
os da fianzas de mí,
yo lo soy vuestro.
Conde
Pues dadme
palabra que no seréis
ingrato.
Álvaro
Un traidor me mate
si no fuere eterno ejemplo
de los amigos leales.
Conde
Pues yo os pondré en tal lugar
que la envidia no os alcance.
Álvaro
Tendréis en mi pecho entonces
un escudo de diamante.
Conde
Tendré al menos un traslado
en quien llegue a consolarme
cuando sepamos los dos
de los bienes y los males.
[Vanse]

Segunda Jornada

Salen García y Julio [criados].
Julio
Venga en buen hora el señor
García. ¿Cómo le va?
Más gordo y más lucio está
después que es gorra. Mejor
vida debe de pasar
ahora en la corte que cuando
se andaba briboneando,
que otros llamamos tunar.
García
¡Que aquesto tengo de oír
de un lacayo! ¿Qué he de hacer?
Julio
Callar, en fin: por comer
todo se puede sufrir.
García
García, ¿que esto consientes?
¡Paje!
Julio
¡Gorra!
García
¡Que me corra
desto, pringonazo!
Julio
¡Gorra!
García
Eres un potaje y mientes.
Julio
Ya toca aquesto en honor:
¡Saca la espada!
[Sacan las espadas].
García
Sí haré
y con ella te diré
mi sentimiento mejor,
porque en sacando la espada
y con gran desembarazo
revuelta la capa al brazo,
calo el sombrero, voyme y no hago nada.
Vase.
Julio
Por la mano me ganó
en esta fuga ligera,
pues si un poquito se espera
y él no huye, huyera yo.
Salen Íñigo y Ordoño.
Íñigo
El rey ha despreciado
nuestros consejos, pues tan sin cuidado
hoy en nada repara.
Por complacer al gran Conde de Lara
a la reina ha traído
al alcázar y aquí más advertido
la tiene.
Ordoño
Esas son cosas
a los ojos del vulgo sospechosas,
cuanto más a los nuestros.
Íñigo, haced los sentimientos vuestros
más reportados, cuerdos y advertidos,
porque el palacio es ojos, es oídos,
y no sabéis quién os oye y ve.
Íñigo
Yo puedo
quejarme a voces, pues sin premio quedo
de mis servicios.
Ordoño
¡Ved si en vano he hablado!
Cuanto habéis dicho sabe ese criado.
Julio
[Aparte]
(Haré yo desta suerte
que no le oí ni vi).
Vase.
Ordoño
Tu daño advierte.
Salen el rey, el Conde y don Álvaro.
Conde
[Dicen aparte]
Mandó tu majestad, para que viese
si soy tan poderoso que pudiese
hacer felice a un hombre desdichado,
que le pusiese en tan supremo estado
que excediese al deseo:
dile grandes riquezas, mas no creo
que estas le hagan dichoso,
que el ánimo desprecia generoso
a la codicia, bestia tan ingrata
que con su aliento a quien la engendra mata,
y viendo que no es dicha la riqueza,
por levantarle a la mayor grandeza,
polo, centro y cenit de glorias tantas,
le traigo, gran señor, a vuestras plantas,
porque viéndose en ellas
venza la oposición de las estrellas.
Veréis así que soy tan poderoso
que a un desdichado pude hacer dichoso.
De rodillas.
Álvaro
Y tanto que, corrida
la Fortuna mirándose excedida
de vuestra invicta mano,
en vano anhela, solicita en vano
al centro derribarme
de mis desdichas, pues a coronarme
de rayos, si me humilla, me levanta:
tanto fue tu poder, mi dicha tanta.
Rey
¿Qué merced le habéis hecho?
Álvaro
Esta, señor, porque de mí sospecho,
aunque haya recibido
muchas, que esta no más merced ha sido.
Estando el sol delante,
¿qué estrella no es caduca o qué fragrante
rosa de color bella
no es pálido despojo de una estrella?
¿Qué flor, la más hermosa,
no es marchito desmayo de una rosa?
¿Qué planta, qué hoja verde
con una flor la vanidad no pierde?
Pues así, aunque he tenido
dicha, señor, con tu presencia ha sido
planta, flor, rosa y estrella
a quien el sol desluce y atropella.
Rey
[Al Conde]
¡Bien dispuesto concepto!
¡Qué galán! ¡Qué brioso! ¡Qué discreto!
Conde, sabed su calidad, y della
me avisaréis, porque conforme a ella
hacerle merced quiero.
Conde
Ya yo estoy informado y considero
que es tal que, aunque en la cámara sirviera
a vuestra majestad, lo mereciera,
porque es...
Rey
Decid.
Conde
…don Álvaro Viseo,
de la Fortuna mísero trofeo.
Sangre tiene de rey.
Rey
¿Y si ofendido
queda porque le amparo habiendo sido...?
Conde
Tu majestad no crea
de tan ilustre sangre acción tan fea,
que no es posible que hombres que han llegado
con amorosas leyes
a solo ver el rostro de los reyes
traición intenten.
Rey
Pues ¿de qué está lleno
el mundo?
Conde
De ponzoña y de veneno
con que a la fama y la virtud altiva
la envidia postra, la ambición derriba.
Rey
Vos la merced le hicisteis;
no he de quitarle lo que vos le disteis.
Vase.
Conde
[Aparte]
(No quiero darle agora
la nueva por no darle en dos testigos
a un tiempo con un bien dos enemigos).
Íñigo, Ordoño, vuestras manos beso.
Íñigo
Atlante al fin de tan prolijo peso,
no os dejan los cuidados
hallar de vuestros deudos y criados.
Sale Julio.
Julio
Agora a buen tiempo llego.
Escucha, señor, aparte,
que tengo un poco que hablarte
que importa y ha de ser luego.
[Apártale]
(Mira cómo hablas delante
deste Íñigo y sabrás
que no habla muy bien detrás).
Conde
Loco, bárbaro, arrogante,
necio, vil, traidor, villano,
que así es justo que te llame;
tu lengua ha mentido, infame,
y, por no manchar la mano
en sangre tan vil, aquí
templo la cólera mía.
[A los otros]
¿Qué pensáis que me decía?
Que hay quien dice mal de mí,
y es mentira, porque ¿quién
creyera que hablasen tal
de quien a nadie hizo mal
y a los que puede hace bien?
¿Qué agravios causó el poder?
Íñigo y Ordoño, ¿yo
tengo algún quejoso? No:
a todos pretendo hacer
gusto. Pues cuando quisiera
murmurar alguno aquí
y dijera mal de mí,
¿no mintiera? Sí mintiera,
sí mintiera.
Íñigo
[Aparte los dos]
(¡Estoy turbado!).
Ordoño
(Él ha hablado con los dos
cuerdamente).
Íñigo
(¡Vive Dios,
que he de matar al criado!).
Vanse [los dos]
Conde
Tú vete de casa luego,
que no has de servirme más.
Julio
Advierte, señor, que estás,
sin causa, de enojo ciego.
Vase.
Conde
[Aparte]
(Poco airosos han quedado:
vive Dios que me han temido.
De que Julio se haya ido
en estremo me ha pesado).
Ya estamos solos los dos:
esta es la primer coluna
del templo de la Fortuna
que empiezo a labrar en vos.
El rey merced os ha hecho,
don Álvaro, de una llave
de su cámara.
Álvaro
Hoy alabe
la Fama tu heroico pecho.
Conde
Cumplimientos, ¿para qué?
Álvaro
Estos no lo son en mí.
Conde
Desde el instante que os vi
a serviros me incliné;
fuerza de mi estrella ha sido
y, así, no me agradezcáis
nada que en mi amor veáis,
y sabed que yo he sentido
haber despedido aquí
a ese criado; y porque
estos no piensen que fue
ceremonia, os pido aquí
que con gusto mío vos
le recibáis, pues será
lo mismo, puesto que ya
tan uno somos los dos,
y así nadie habrá que pueda
por tan fácil condenarme
ni él por ingrato culparme,
pues ni se va ni se queda.
Álvaro
En esta parte también
tengo que rogaros yo.
García ayer me pidió
que mis venturas le den
parte a él; y, así, desea
serviros, señor, y creo
que tan altivo deseo
es digno que suyo sea.
Así espera adelantarse,
cansado ya de seguir
mi fortuna hasta morir.
Conde
¿Cómo ha de poder negarse
cosa de que gustáis vos?
Desde aquí quedan trocados
entre los dos los criados.
Sale García.
García
[Aparte]
(Aquí están juntos los dos.
Ponerme delante quiero
porque se acuerde de mí
y de lo que le pedí,
pues sirviendo al Conde espero
verme más grave algún día).
[Llega]
Ya la Fortuna, señor,
trueca el desdén en favor.
Álvaro
¿Pues de qué es tanta alegría?
García
[Aparte a él]
Pasaba por el terrero
y la dama que te ha dado
la banda, que te ha contado,
me dijo: «¡Ce, caballero!».
Yo le dije: «Así me llamo»;
y ella con tierno ademán
me dijo...
Álvaro
¿Qué?
García
«Tan galán
sois vos como vuestro amo».
Álvaro
¡Maldígate el cielo, amén!
García
¡A ella la maldiga el cielo,
que lo dijo! Mas recelo
que le respondí muy bien.
Álvaro
¿Cómo?
García
Díjela muy grave:
«¿Tan galán? Aqueso no;
que mucho más lo soy yo».
Pero aquí el discurso acabe,
que más venturoso has sido
si su hermosura codicias,
pues me dijo que en albricias
de no sé qué que ha sabido
una joya me ha de dar.
Álvaro
Y tú, ¿qué has de darme a mí
por otras nuevas que aquí
te puede el mundo envidiar?
Ya eres del Conde criado.
García
Esclavo suyo seré.
[Al Conde]
Dame la mano.
Conde
¿Por qué
a don Álvaro has dejado?
García
Dicen que por mejoría.
Conde
¿Y aquesa es lealtad perfeta?
García
No sabes tú lo que aprieta
la hambre de mediodía.
¡Es grande cosa el comer!
Escucha lo que pasó
a un hombre que se casó:
el padre de su mujer
se obligaba a sustentarle
y leyendo el escribano:
«Ítem, el señor fulano
se obliga desde hoy a darle
tanto tiempo de comer»,
dijo el triste desposado:
«¿No dice más? Pues errado
viene y echado a perder,
porque se ha de declarar
lo que yo he de recebir
que ahí, señor, ha de decir
de comer y de cenar».
Y respondiéndole: «En esto
se entiende», dijo: «No hay tal,
porque hay suegro literal
que no entiende más del texto
sin la glosa; y por quitar
pleitos que pueden venir,
de cenar ha de decir
o no me quiero casar».
Ved si le apretaba bien
la hambre noturna.
Conde
Sí.
García
Demás que yo sirvo en ti
a don Álvaro también;
que solo este honor adquiero.
Conde
Ahora bien. Quedaos con Dios,
que tengo que hacer.
Álvaro
Y a vos
os guarde.
García
[Aparte]
(Seguirle quiero).
Conde
¿Tal puntualidad, García?
Vase.
García
Yo perderé ese cuidado,
porque, en fin, cualquier criado
sirve bien el primer día.
Vase.
Álvaro
Por aqueste corredor,
línea y eclítica breve
de hermosos soles que dan
a un ocaso mil orientes,
desde el cuarto de la reina
bizarras las damas suelen
bajar a aquestos jardines,
Chipres donde Venus duerme.
Quiero esperar a la vista
por si tan dichoso fuese
que doña Laura pasase,
doña Laura, a quien le debe
mi humildad tantos favores
y mi amor tantos desdenes.
Mas doña Hipólita llega.
¡Qué airosa y qué bella viene!
Si lo que es obligación
en Laura divina hubiese
de ser eleción, amara
a Hipólita. Mas detente,
imaginación, que en vano
a mirar el sol te atreves.
Sale Hipólita y Licia, criada.
Hipólita
[Aparte las dos]
(Este es aquel forastero
de quien hoy hablamos, este
es don Álvaro Viseo).
Licia
(Parece que hablarte quiere).
Hipólita
[Aparte]
(Y parece que mi pecho
lo desea y lo aborrece,
porque en mí mis pensamientos
pelean confusamente
por llegarse y por huir,
bien como la abeja suele,
bien como la mariposa
que se acobarda y atreve
a la rosa y a la llama
hasta que confusamente
enamoradas las dos
la luz y la pompa pierden.
Licia).
Licia
(Señora).
Hipólita
[Aparte]
(Yo temo
que esta ocasión me despeñe;
y así, por si llega a hablarme,
estar a la vista puedes
y, si vieres en mí afecto,
acción o razón que puede
declararme, estorba entonces
la ocasión, que en fin advierte
mejor el lance el que mira
que el que juega; ya me entiendes).
Álvaro
[Llega]
Como a la primera causa
de mis esperados bienes
vengo a hablaros, porque, en fin,
ya paga quien agradece.
De la cámara soy ya
y estas honras y mercedes
todas nacieron de vos
y así a vuestro centro vuelven.
Hipólita
[Muy grave]
Haber sido causa yo
de efetos tan diferentes
agradezco a mi Fortuna;
tanto la vuestra se aumente
que la Fama no la olvide
y la envidia no la acuerde.
Álvaro
Si porque soy más dichoso
me habláis tan severamente,
mejor me estaba con ser
desdichado, pues alegre
os vi el rostro, no enojado;
ved que ingratitud parece
ver que donde hallé la vida
entonces, agora encuentre
la muerte, pues bastará
un átomo solamente
de vuestro enojo a matarme,
y en una causa no pueden
verse efetos tan contrarios
como fueron vida y muerte.
Hipólita
Sí pueden, pues a un aliento
una llama vive y muere,
una flor ofrece al áspid
ponzoña y también ofrece
miel dulcísima a la abeja;
una víbora ¿no tiene
la ponzoña y la triaca?
Luego, don Álvaro, pueden
verse en una misma causa
dos efetos diferentes
y tanto que sean trasuntos
de la vida y de la muerte.
Álvaro
No sé en qué pueda enojaros
quien os sirve.
Hipólita
No se entiende
que esto lo digo por vos,
sino por mí.
Álvaro
¿De qué suerte?
Hipólita
¿No puedo estar triste yo
y, advirtiendo que proceden
de un amor gustos y celos,
que son enemigos siempre,
haber hecho este discurso?
Licia
[Llega]
Allí prevenido tienes
el recado de escribir.
Hipólita
¿Qué dices?
Licia
[Aparte a ella]
(¿Que no me entiendes?
Yo te vi ya declarada).
Hipólita
(Aparte)
(¡Ay Licia! A buen tiempo vienes,
porque me iba despeñando
amor lisonjeramente.
Vuelva mi respeto en mí
y tú a tu contrato vuelve).
[Retírase].
Álvaro
Más fácil fue presumir
que contra mi pecho fuese
el enojo que pensar
que dar cuidado pudiese
amor a quien al Amor
se le ha dado tantas veces,
fuera de que en vuestros labios
imposible me parece
aun el haberle escuchado,
porque el amor que se atreve
a palacio no es amor.
Hipólita
¿Pues qué?
Álvaro
Una deidad que mueve,
una estrella que arrebata,
una inclinación que vence,
una humana adoración
a lo hermoso solamente,
un respeto a lo divino
que ni desea ni quiere
más premio que solo amor.
Hipólita
¿Y entre ese respeto y ese
temor, esa adoración
que arrebata y que suspende,
entre esa deidad que inclina
en palacio haber no puede
quien quiera esperando?
Licia
Mira
que ya es tiempo de que entres
en el cuarto de la reina.
Hipólita
[Aparte las dos]
(Bien dices, Licia. Dejeme
llevar de mi pensamiento.
Ya voy, al contrato vuelve).
Álvaro
Este es amor en palacio.
Hipólita
¿Y vos queréis de esa suerte
la vuestra?
Álvaro
Sí, y obligado...
Hipólita
¿Pues qué atrevimiento es ese,
el que confiesa que aquí
ni aun al sol ha de atreverse
de amor?
Álvaro
Digo que la quiero;
pero como digo siempre...
Licia
[Aparte las dos]
(Advierte...)
Hipólita
(Déjame, Licia.)
Licia
(...que Laura y Jacinta vienen).
Hipólita
(Si te mandé que avisases,
ya te digo que me dejes,
aunque despeñar me veas;
que las más cuerdas mujeres
pueden callar con amor,
pero con celos no pueden).
[A él]
¿Cómo delante de mí
se pronuncia desta suerte?
Álvaro
Huir el rostro a tu rigor
será lo más conveniente,
pues no puedo disculparme.
[Aparte]
(¿Qué abismo, cielos, es este
de enojos y de favores,
de desaires y desdenes,
de quejas y de lisonjas,
que ni se ven ni se entienden?).
Vase.
Licia
Ya están contigo las dos;
mira si mi voz te miente.
Salen Laura, y Jacinta y Lucindo, criado.
Hipólita
[Aparte]
(Pues no puede mi deseo
declarar más penas, llegue,
estorbando, a sustentarse:
deme amor ingenio y deme
la industria celos y arte
para estorbar sutilmente
sus favores. Yo he de hacer
que jamás a amar se lleguen
con ingenio y con industria.
Esto ha de ser desta suerte).
Laura
[Al criado]
(Oye aparte: busca en casa
del Conde al hombre que fuere
de don Álvaro crïado,
y esta le da).
[Dale una joya y vase Lucindo]
Hipólita
[A Licia]
(Vete y vuelve
prevenida deste engaño).
Dale un papel.
Licia
(Verasle fingir de suerte
que le creas).
Vase.
Hipólita
¿Qué mujer
no sabe fingir si quiere?
Laura
[Aparte las dos]
(Jacinta, así por saber
todos los secretos deste
caballero, a su criado
granjeo liberalmente).
¡Hipólita!
Hipólita
¡Laura hermosa!
Jacinta
¿Pues qué soledad es esta?
Hipólita
Fineza que ya me cuesta
una pasión amorosa.
Laura
Es muy filósofo amor;
la soledad le recrea.
Jacinta
¡Bien haya quien no desea
su agrado ni su rigor,
su favor ni su desdén!
¡Bien haya quien no esperó
su gloria y bien haya yo,
que en mi vida quise bien!
Sale Licia.
Licia
Señora, ya declarada
contra ti de amor la guerra,
ardides el campo encierra:
conviene estar avisada.
Oye lo que agora oí
de quien lo sabe muy bien;
y a ti te importa también,
Laura hermosa.
Laura
¿Cómo ansí?
Licia
Sabiendo que eres amiga
de Hipólita mi señora,
Alfonso pretende agora
que tu misma lengua diga
si Hipólita quiere bien
en otra parte, ofendido
de solo haber presumido
que esto causa tu desdén.
Y para aquesto ha mandado
a don Álvaro Viseo,
forastero, que el deseo
te consagre enamorado,
que te sirva cuidadoso
fingidamente y así
pretende saber de ti
este secreto amoroso.
Laura
¿Qué dices?
Licia
Lo que es verdad.
Por eso, aunque ya le veas
muy constante, no le creas,
que es fingida voluntad.
Vase.
Jacinta
Y aun por eso él se atrevió;
que aun a mirarte no osara,
si el rey no se lo mandara,
un hombre que aquí llegó
por suerte tan lastimosa.
Hipólita
Yo, Laura, nada diré
porque en esta parte sé
que llego a ser sospechosa;
pero ya yo lo sabía.
Jacinta
Tú tienes, Laura, un amante
muy finísimo y constante:
quiérele por vida mía,
porque todo lo merece
y está muy enamorado
y granjea su criado.
Vase.
Hipólita
¿Pues aquesto te entristece
y esto te suspende así?
Tú, Laura, en aquesta parte
no tienes de qué quejarte,
que todos quieren así.
¿Cuál hombre de engaños lleno
de solo fingir no trata?
[Aparte]
(Muera así quien así mata:
no lo hace mal el veneno).
Vase.
Laura
¡Ay amor, falsa sirena,
cuya queja, cuya voz,
rompiendo el aire veloz
dulcísimamente suena
y está de traiciones llena!
¡Ay amor, serpiente ingrata,
que en sus afectos retrata
la pasión que me provoca,
pues halaga con la boca
a quien con la cola mata!
¡Ay amor, veneno vil,
que viene en vaso dorado!
¡Ay amor, áspid pisado
entre las flores de abril!
¡Mal haya una vez y mil
quien tus engaños consiente!
Miente tu lisonja, miente
tu halago, tu voz, tu pena;
porque eres, amor, sirena,
áspid, veneno y serpiente.
Sale don Álvaro.
Álvaro
[Aparte]
(Fuese Hipólita y quedó
Laura: ¡venturoso he sido!).
Laura
[Aparte]
(¡Oh, qué falso que ha venido
a que le escuchase yo!).
Álvaro
Amor la ocasión me dio.
Perdonad, Laura, si llego
a mirar al sol tan ciego
que resisto su luz pura,
salamandra de hermosura
como otras lo son del fuego.
Hoy, que del rey tan honrado
me miro, Laura, no sé
si me atreva a decir que
más firme y más alentado
a vuestros pies he llegado
solo a deciros que he sido
tan feliz que he merecido
adoraros.
Laura
[Aparte]
(¡Qué rigor!
¿Dónde hay verdadero amor,
si este puede ser fingido?
Ireme sin responder
porque de mi enojo temo
un grave y notable estremo).
Álvaro
¿Qué es esto que llego a ver?
¿Pues en qué os puede ofender
mi amor que obligue a poneros,
sol hermoso? Si a ofenderos
llegó el alma con amaros,
mal podrá desenojaros,
pues mal podrá no quereros.
Laura
[Aparte]
(Si fingida voluntad
puede imitarse tan bien,
si es tal la mentira, ¿quién
conocerá la verdad?).
Álvaro
Volved, señora, escuchad
voces de un pecho rendido:
si el verme así habéis sentido
porque quisierais que fuese
hechura de amor, no os pese
verme así, porque yo he sido
un hombre tan desdichado
que ahora está envidiando a un can
el sustento que le dan.
Nada, Laura, me ha trocado
la dicha: a tus pies postrado
estoy.
[De rodillas]
Laura
[Aparte]
(Si así con fingir
saben los hombres mentir,
¿quién dice de las mujeres?
¡Déjame, honor! ¿Qué me quieres,
que no lo puedo sufrir?).
Villano, mal caballero,
que noble no puede ser
quien engaña una mujer.
con amor tan lisonjero:
ni el honor vuestro mi fiero
rigor causa ni he sentido
veros del rey tan querido,
porque me excedáis; que así
estáis tan lejos de mí
como antes de haber subido.
Vase.
Álvaro
¿Qué es lo que pasa por mí,
que yo a mí mismo pretendo
entenderme y no me entiendo?
¿Qué vi? ¿Qué escuché? ¿Qué oí?
Cuando tan pobre me vi
los favores merecía
de Hipólita y Laura; hoy día,
rico, me dejan las dos.
¡Qué juntos andan, ¡ay Dios!,
el pesar y la alegría!
Sale Julio.
Julio
[De rodillas]
A tus pies vengo a arrojarme,
¡oh gallardo portugués!,
y de tus invictos pies
no tengo de levantarme
si tu amistad no destierra
el enojo que se asconde
en las entrañas del conde
contra mí, pues que no yerra
quien yerra por acertar.
Álvaro
Julio, no me atreveré
a pedirlo porque sé
que dello le ha de pesar;
pero lo que haré por ti
será recebirte yo
con su gusto; él me mandó,
Julio, que lo hiciese así.
En tanto, pues, que se pasa
el enojo, aquí estarás
conmigo; así no te vas
ni sales fuera de casa.
Vase.
Julio
Digo que de ti recibo
mil honras: tu esclavo soy,
pues honrado desde hoy
contigo en su casa vivo,
y aunque yo mercedes tales
por ti vengo a recebir,
solo agradezco el vivir
por morir a sus umbrales.
Sale García.
García
¡Venga en buen hora el buen Julio!
¿Cómo va? Diz que ha quedado
criado huérfano del conde,
mi señor.
Julio
Trocó las manos
la Fortuna, pues ya soy
de don Álvaro crïado.
García
¿Conceptico? ¡Bueno, bueno!
Pero la hambre, no me espanto,
los ingenios sutiliza.
Acuda y le daré algo;
que al buen Julio, sí, en verdad,
le quiero como mi hermano.
Acuda, acuda.
Sale Lucindo con una caja en que habrá una joya.
Lucindo
Más fácil es preguntar
que errar. Señores hidalgos,
digan ¿cuál es de los dos
de don Álvaro el crïado?
García
El señor Julio o Agosto:
por lo seco y por lo flaco
le pudierais conocer.
Lucindo
Pues para vos, señor, traigo
en esta caja una joya
que vale muchos ducados.
Ya sabéis quién os la envía;
[Dásela]
y así será aquí escusado
deciros el nombre. El cielo
os guarde, señor, mil años.
Vase.
Julio
[Aparte]
(¿Joya para mí? ¿Qué es esto?
¿Si me la dio por engaño?
Pero no, pues preguntó
mi nombre).
García
[Aparte]
(Yo estoy rabiando.
¿Joya para Julio? ¡Cielos!).
Sale Fabio, [valentón].
Fabio
[Aparte]
(Solo a que se vaya aguardo
el hombre que está con él).
Julio
Advierte aquí cómo cuando
quiere el bien hallar a un hombre,
le halla en cualquiera estado.
García
No pierdo las esperanzas
de que es de carbón.
Julio
[Abre y saca la joya]
Pues abro:
diamantes son.
García
(Si esta fuese
la joya que me ha mandado
a mí Laura, ¡vive Dios
que me ahorcara!).
Fabio
(¡Qué despacio
están! Para darle a uno,
yo no puedo esperar tanto.
El que a aqueste lado estaba,
dijeron. ¿Si se ha mudado?
Pero ¿qué importa? Ya sé
que es el que fuere criado
del Conde). Digan voacedes:
¿cuál de los dos a quien hablo
sirve a don Pedro?
García
(Hoy verás
que, si joyas vienen dando,
es mucho mejor la mía).
Yo sirvo al Conde.
Fabio
A este lado
he de hablar solo con vos,
que os traigo cierto recado.
García
(Agora, Julio, verás
si es mucho mejor).
Julio
(Aguardo
la joya).
Fabio
Ya es tiempo. Este
es el recado que os traigo.
Dale [una cuchillada] y vase, [y cae García].
García
¡Muerto soy! ¡Jesús, confi...
Julio
¿Qué joya es esta?
García
¡Es el diablo
que me lleve!
Julio
¿Qué te dieron?
García
Aquí en la cabeza un tanto
y en la cara un cuanto.
Julio
¿Cómo?
¿En la cara? Aqueso es malo.
García
Y aun todo; mas ahí verás,
que a quien dan no escoge. Vamos,
llévame, Julio, por Dios,
en casa de un cirujano,
que este beneficio simple
me le convierta en curado.
[Aparte] (Por un instante me erró
la dicha que había esperado
y por otro me acertó
la desdicha. ¡Ah, cielo santo!
Para Julio hubo diamante
tan grande como un guijarro
y un guijarro para mí
como un diamante, que en vano
sus estados muda el hombre,
que el que fuere desdichado
no estará de su fortuna
seguro en ningún estado).
Julio
¿De dónde pudo venirte
esta herida?
García
Yo la aguardo
de tantas partes que antes
me huelgo y discursos hago
diciendo: «¡Gracias a Dios,
que salí deste cuidado!».
Vanse. Salen Íñigo y Ordoño.
Íñigo
Trocó Fabio la suerte
y a García infelice dio la muerte.
Ordoño
Siempre severo el hado
castiga al inocente, no al culpado;
y por esto quisiera
tener yo parte en vuestra envidia fiera.
Íñigo
Según eso ya puedo
hablar con vos y deponer el miedo.
Pues oiga el alma atenta
lo que ofendida la razón intenta:
yo estoy en un estado
que, envidioso de verme mal premiado,
tanto este afecto sigo
que he ejecutado lo que agora digo:
la firma contrahíce
del Conde y una carta en ella hice
con tan grande cuidado
que a las manos del rey habrá llegado,
fingiendo que la envía
a su hermano Manrique, en que decía...
Pero el rey viene; luego
os diré lo demás.
Vanse y sale el rey leyendo una carta.
Rey
Turbado y ciego,
lo que estoy viendo dudo.
¿Esto pudo ser cierto? No, no pudo,
porque no corresponde
a mi amor que traición quepa en el Conde,
pero entre mis papeles
la carta estaba: ¿hay penas más crueles?
¡La cólera me ciega!
¿Quién sino el Conde a mis papeles llega?
Segunda vez la leo
por ver si es ilusión esto que veo.
[Lee el rey para sí y] sale el Conde.
Conde
Los pies, señor, te pido.
Rey
¡Oh Conde, a qué mal tiempo habéis venido!
[Paséase el rey y detrás el Conde]
Conde
¿Cómo, señor, airado
el rostro me volvéis? ¿Vos enojado?
¿Vos sin gusto conmigo?
Como a sombra del sol sus rayos sigo.
¿Qué es esto?
Rey
¿Conocéis aquesta firma?
Conde
Mía parece; el alma lo confirma.
Rey
Pues leelda, si es vuestra.
Conde
[Aparte]
(Horror su rostro y su semblante muestra).
Lee.
«Por reinar no hay traición...». Señor, no es mía.
Rey
[Aparte]
Leed, leed más (¡vive Dios que se ha turbado!).
Conde
[Aparte]
(¿Quién vio veneno en vaso tan penado?).
Lee
Por reinar no hay traición, ni privanza como reinar.
La reina padece, el rey me teme, el pueblo me ama. Yo
estoy de la pasada ocasión arrepentido.
Rey
Conde, aunque yo no crea
que esta traición de vuestro pecho sea
y que la envidia derribaros quiso,
ya que verdad no sea, es un aviso
que me despierta y llama
viendo que el rey os teme, el pueblo os ama.
Yo soy rey y yo puedo
vivir sin vos, atropellando el miedo
que ese brazo me daba
cuando infante en Galicia me criaba.
Sabed, Conde, o culpado o perseguido,
que soy rey, que hasta aquí no lo había sido.
Conde
¿Cómo, señor, pueden ser
obras de un pecho tan limpio
las que vos oís enojado,
las que yo turbado admiro?
Yo, que en vuestra infancia, cuando
el clavel recién nacido
desplegado no se abría
de su rosado capillo,
despreciando inconvenientes,
atropellando peligros,
de vuestra primera cuna
os saqué en los brazos míos
y en las mantillas, que así
lo canta el pueblo atrevido,
dije: «¿Cómo, castellanos,
confusos y divertidos
os mostráis, teniendo rey
que, aunque agora tierno niño,
gigante será que dé
miedo a los futuros siglos?
Este es vuestro rey, hidalgos,
de Alfonso y de Urraca hijo,
ligítimamente dueño
de las Barras y Castillos».
Esto dije, y en la iglesia
mayor os obedecimos,
yo el primero. Mas no es mucho
no os acordéis de servicios
que en aquella edad os hice;
pero que advirtáis os digo
que antes que vos fuerais rey,
era yo leal: testigos
son los cielos. En ausencia
vuestra, a ser más atrevido,
quisieron hacerme rey,
y quizá, señor, los mismos
que hoy quieren hacerme nada.
¿Pues cómo se ha convenido
obedeceros infante
y joven no? Quien no quiso
sin peligro coronarse,
¿cómo querrá con peligros
tan grandes? ¿Cómo perdiendo
la gracia vuestra, rey mío?
Mi señor, mirad que anda
en palacio un basilisco
que con la vista da muerte,
monstruo de sus laberintos.
No cerréis, señor, los ojos,
Vase el rey [muy severo y grave]
ya que cerráis los oídos
a mis quejas, a mis voces,
mis lágrimas y suspiros.
Mas no los podéis cerrar,
porque aqueste aliento mío
llegará al cielo rompiendo
esos velos cristalinos
que el sol viste de topacios
y la luna de zafiros.
Sale don Álvaro.
Álvaro
¿Qué estremos, Conde, son estos?
Conde
¡Ay, don Álvaro! ¡Ay, amigo!
Ya esta llama se desata,
ya caduca este edificio,
ya se desmaya esta flor,
ya da este monte crujidos.
Estos son de mi privanza
los últimos parasismos.
y yo despierto de un sueño,
de un letargo, de un delirio.
He visto al rey enojado,
disgustado al rey he visto.
¡Con qué congojas lo siento!
¡Con qué afectos que lo digo!
Cuando el cristal despeñado
con undoso precipicio
desde la cumbre de un monte
baja hecho sierpes de vidrio,
con poco caudal nos causa
tal escándalo y ruido
que finge a los moradores
las siete bocas del Nilo;
y es porque bajo yo así
que agora me precipito
y en mi sentimiento caigo
desde la cumbre al abismo:
bravo estruendo pienso hacer.
Dadme un descanso, un alivio
entre rosas o entre peñas;
Álvaro, consejo os pido.
Pero no, no me le deis,
que ya de un discurso mío
me acuerdo: un cadáver soy,
y en vuestro rostro he leído:
«Como tú te ves me vi;
veraste como me miro».
Álvaro
El mundo todo es presagios,
el cielo todo es avisos,
el tiempo todo mudanzas
y la Fortuna prodigios.
No desmayéis, porque agora,
manso arroyo cristalino,
bajáis despeñado al valle
desde alcázares y riscos,
que al agua precipitada
pudo luego el artificio
levantarla cuanto pudo
despeñarla el precipicio.
Mientras más bajéis, más fuerzas
cobráis, más valor, más brío
para levantaros solo.
Don Pedro, una cosa os digo:
que los enojos de un rey
son cometas cuyos giros
anuncios son de sucesos
adversos; por eso huildos,
pues no se examinan culpas
si se ejecutan castigos.
Pase el enojo el cometa
severo; y en tanto, amigo,
ausentaos vos, que yo quedo
en palacio, donde afirmo
que no os vais, pues que se queda
este pecho, que es lo mismo.
Yo cuidadoso sabré
quién son vuestros enemigos
y, aventurando la vida,
¿qué es la vida?, poco he dicho:
el ser, el honor, el alma,
felice en vuestro servicio,
sacaré a luz la verdad
destos nublados que han sido
la noche de vuestro honor,
hasta que claros y limpios
deje el sol, venciendo sombras,
cabellos crespos y rizos,
haciendo nubes de nácar
claras troneras de vidrio.
Conde
Poca fuerza contra mí
la Fortuna habrá tenido
si este bien no me ha quitado,
que es mucho bien un amigo.
Pediré licencia al rey
para ausentarme; advertido
vivid en palacio vos.
Y sola una cosa os digo
porque no desconfiéis
de mí, y es que no he tenido
culpa.
Álvaro
¡Jesús! ¿Tal agravio
a mi amistad? De vos fío
lo que debo y, cuando no
lo hiciera, el haberos visto
padecer os disculpara,
pues ya dice el haber sido
infeliz ser inocente,
que dar sin culpa castigos
es inclinación del hado
y es de la Fortuna oficio.
Conde
Dadme los brazos, que el pecho
[Abrázanse]
os responde agradecido.
Álvaro
Y a vos el alma os responda,
deshecha en los ojos míos.
Conde
Obligación vuestra es
levantarme por caído.
Álvaro
Sí, como vuestro el caer
por levantado lo ha sido,
de modo que ya los dos
navegamos un mar mismo.
Conde
Sí, pues los dos igualmente
del bien y del mal supimos.
Vanse.

Tercera Jornada

Salen Ordoño, el rey y Íñigo y don Álvaro.
Rey
[Aparte los dos]
Dejadme solo; ninguno
quede conmigo.
Íñigo
[Aparte los dos]
(¡Cruel
melancolía!).
Ordoño
(¡Notable!).
[Vanse los dos y don Álvaro hace que se va].
Rey
Álvaro, pues ¿tú también
me dejas?
Álvaro
Quien dice a todos
a nadie exceta.
Rey
Así es;
mas quien la ley establece
puede derogar la ley.
Quédate solo conmigo;
serás tú solo a quien dé
parte de mis sentimientos,
que no es posible que un rey
viva sin tener un polo
con quien partir el poder,
que Atlante no sustentara
tanta máquina a no ser
el Olimpo de los cielos
parda coluna también.
Mas ¿cómo a tantos favores
posible ha sido que estés
suspenso? ¿No me agradeces
la eleción y que te dé
lugar en el pecho mío?
Álvaro
No, señor invicto, pues,
más que agradeceros, tengo
que dudar y que temer.
Los lógicos naturales
suponen que un hombre esté
en un desierto que solo
haya pisadas en él.
Naturalmente este hombre
tal silogismo ha de hacer:
aquí hay pisadas, aquí
ha habido gente; y también
naturalmente es forzoso
que haya de seguirlas, pues
ha de ir donde fueren ellas;
discurso que suele hacer
un bruto, si es que los brutos
discurren, pues que se ve
por las estampas seguirse
unos a otros tal vez.
Este principio asentado,
la aplicación oye dél:
en el monte de Fortuna
perdido estoy, pues no sé
por dónde he llegado a verme
en su eminencia, ni quién
me guíe; pero animoso
subir quise cuando hallé
en el camino la estampa
de un desafirmado pie
que me decía: «No subas,
pues que yo bajo. ¿No ves
en mis avisos que vas
a subir para caer?».
Y era la verdad, pues cuantas
señales consideré
todas hacia mí venían.
Pues si un bruto capaz es
de un instinto que le enseña
este argumento, ¿por qué
ha de faltarme a mí cuando
voy por camino que en él
están vivas las memorias
de don Pedro? Luego es bien
que dude, tema y procure
seguirle, perdido, a él,
o que espere a que se borren
las estampas de sus pies.
Rey
Si hubiera, Álvaro, creído
que traidor el Conde fue,
no hubiera el Conde quedado
con la vida. Yo llegué
a desengañarle solo
de que pudiera sin él
vivir. ¿Díjele yo más,
Álvaro, de que era el rey?
Si por esto me pidió
licencia, di, ¿fuera bien
detenerle?
Álvaro
No, señor;
¿pero quitarle después
rentas, lugares y villas?
Rey
Eso solo fue temer
que no estuviese don Pedro
retirado con poder
mayor que yo; ese castigo
materia de estado fue.
Álvaro
Sí, mas con tanto rigor
que ha llegado a menester
valerse, señor, de algunos
amigos para comer.
Rey
Desengañe su arrogancia,
escarmiente su altivez,
que no ha de tener ninguno
enterezas con su rey.
Y esto, don Álvaro, aparte:
en tu vida me hables dél
ni con él te correspondas,
que vive Dios que si sé
que le escribes, que me enoje.
Quiero desta suerte ver
si los rigores ablandan
hoy de Hipólita el desdén
más que un tiempo los favores,
porque me dicen que es
pulítica del amor
tratar mal por querer bien,
y apurando esta verdad,
escucha lo que has de hacer:
salió apenas de la corte
el Conde, cuando también
ella salió de palacio
y vino a esta quinta, a quien
el Tajo sirve de alfombra
y las nubes de dosel.
Yo vengo a caza por verla
y tú has de decirla que
compre la vida del Conde
con un favor que me dé,
o de todos sus rigores
tengo de vengarme en él.
Esto le dirás y yo,
para llegar a saber
cómo me sirves y cómo
ella te responde, haré
destas murtas y jazmines
un apacible cancel
y, escondido entre estas peñas
que el paso forzoso es
por donde ella cada día
sale al campo, escucharé
su respuesta. Espera tú
en esta parte hasta que
el aurora de la tarde
salga hermosa a florecer
con las manos cuantas flores
profano marchitó el pie.
Aquesto has de hacer.
Álvaro
Señor,
ya tú sabes que llegué
a tus plantas por el Conde;
no se compadece bien
solicitar yo el amor
de hermana suya después
que solicitó mi dicha.
Y por última merced
te suplico que a otro mandes
que este recado le dé,
pues no es decencia que sea
yo el tercero suyo.
Rey
Bien
te disculpas; pero dime,
¿a quién valieras, a quién
en la ocasión ayudaras:
a tu amigo o a tu rey?
Álvaro
A mi rey.
Rey
Pues yo lo soy;
ya sabes lo que has de hacer.
Escóndese [el rey].
Álvaro
¡Oh inconstancia desigual
de nuestro discurso! ¿Quién
aplausos gozó del bien
sin las pensiones del mal?
Pues mi pecho, en pena igual,
del bien y el mal ha sabido,
solo una cosa te pido,
Fortuna, y es, pues que estoy
contigo en paz, desde hoy
des mi memoria al olvido:
déjame en aqueste estado,
ni envidiado ni envidioso,
donde ni aflija al dichoso
ni consuele al desdichado,
y supuesto que has llegado
a un punto fijo, detén
la rueda y en tu vaivén
otro mi lugar ocupe;
déjame a mí, que ya supe
de tu mal y de tu bien.
Salen García y el Conde [por el otro lado]
García
¿Dónde vas?
Conde
Tras mi deseo,
discurriendo y vacilando,
por este monte buscando
a don Álvaro Viseo,
pues de su nobleza creo
que, viéndome como estoy
y cuán infelice soy,
remedio a mi pena sea,
para que en los dos se vea
lo que va de ayer a hoy.
No puedo en palacio, no,
por ser conocido en él,
buscarle, ¡ah suerte cruel!;
y así hoy, que a caza salió
el rey, ocasión me dio
para que en el monte pueda
hablarle porque conceda
a mi llanto pena alguna.
¿Estos son, diosa Fortuna,
los efetos de tu rueda?
García
¿Qué diosa o qué calabaza?
Dila una deidad sin ser,
una inconstante mujer
que asegura y amenaza;
mas no ha sido mala traza
para aliviar tu dolor
venir buscando, señor,
a don Álvaro, pues creo
que su amistad, su deseo,
su obligación, su valor,
su justo agradecimiento,
su condición generosa,
liberalidad piadosa
y propio conocimiento
alivien tu sentimiento.
Conde
¿No es el que está solo?
García
Sí;
llega y confía, que aquí
toma puerto tu fatiga,
y basta que yo lo diga.
Conde
[Aparte]
(Temblando llego; ¡ay de mí!).
Álvaro, si ha sido mucha
mi desdicha, bien se advierte,
pues llego...
Álvaro
[Aparte]
(A ocasión tan fuerte
que el rey te mira y escucha).
Conde
…con la vergüenza que lucha
por decir y por callar.
¿Cómo se podrá explicar
quien solo sabe sentir
o cómo sabrá pedir
quien solo ha sabido dar?,
en cual ocasión ninguna
persona que a los dos viera
en los dos no conociera
el rostro de la Fortuna.
Desde el monte de la luna
ayer la mano te di
para levantarte a ti;
caí del lugar primero,
donde quedaste, y espero
que tú me la des a mí.
¿Cómo te podré decir
la miseria de mi estado
sin decir que te he llegado
a haber menester pedir?
No vengo yo a recebir
de ti lo que me has debido;
no a cobrar de ti he venido
deudas de plazos tan breves:
no pido porque me debes,
sino solo porque pido.
Álvaro
[Aparte]
(¡Ay cielos! ¿Qué puedo hacer,
que el rey me mira y advierte
mis acciones? ¿De qué suerte
le pudiera responder
sin ser ingrato ni ser
desleal? Si algo le digo,
se enojará el rey conmigo;
si callo, ingrato seré
a tanta amistad. ¿Qué haré
entre mi rey y mi amigo?
Muera el amistad y muera
con ella mi vida, pues
esta entre mis dudas es
la eleción más verdadera).
[Hace que se va].
Conde
Pues ¿cómo desta manera
te vas sin que el labio abras?
Tu mismo sepulcro labras,
si nombre de ingrato cobras.
¿Qué he de esperar de las obras
de quien niega las palabras?
No me ofendo, antes me obligo
de que en desdichas tan graves
vuelvas la espalda, pues sabes
que está segura conmigo.
¿Así te vas y de amigo
borras los ilustres nombres?
Pues, Álvaro, no te asombres
diga la Fama importuna
que en buena o mala fortuna
las dichas mudan los hombres.
¡Vive Dios que has de escucharme
y, ya que no merecí
otro galardón de ti,
que no has de poder quitarme
este gusto de quejarme!
¿Eres tú aquel a quien yo
quise tanto? ¿El que me dio
palabra de que por mí
volvería ausente?
Álvaro
Sí.
Conde
¿Y no te disculpas?
Álvaro
No.
Conde
Pues ¿por qué, ingrato, por qué
conoces el beneficio
para negarle? ¿Es indicio
de lealtad, amor y fe?
¿Qué me respondes?
Álvaro
No sé.
Vase.
Conde
¿Hay más penas, más enojos?
Si lágrimas son despojos
que disculpan los agravios,
nada me digan tus labios,
que harto me han dicho tus ojos.
No responde y enmudece;
llegaré yo a presumir
que calla por no decir
penas que el cielo me ofrece.
Pues más fácil me parece
haber mi mal presumido
que su ingratitud creído
y es más cierto haber pensado
que yo sea desdichado
que tú desagradecido.
García
¡Vive Cristo, que se fue
y que solo respondió
una vez sí y otra no
y, por última, no sé!
¿Yo no te lo dije? A fe
que si tú a mí me creyeras,
que nunca a hablarle vinieras.
Aguarda mientras le digo
que es un desleal amigo.
Vase.
Conde
Ya, pensamiento, ¿qué esperas?
¿Qué esperas, memoria mía?
¿Qué espera mi confianza
si ha faltado la esperanza
que en un amigo tenía?
Que era infeliz no creía
mientras probaba el castigo
de los cielos; ahora digo
que lo soy, ahora lo creo,
pues tan infeliz me veo
que ya no tengo un amigo.
Árboles, peñas y flores,
pues faltan para mis quejas
a los hombres las orejas,
ténganlas vuestros rigores.
¡Vive Dios que son traidores
los que matarme han querido!
Íñigo y Ordoño han sido,
porque a los dos desmentí,
los que se vengan de mí.
Rey
[Al paño]
(Su llanto me ha enternecido.
Mucho hago en resistir
el dolor y el sentimiento
que a sus estremos atento
mil veces quise salir
a hablarle y, por no decir
adónde estoy, he callado.
Gente a esta parte ha llegado
ya; los que esperaba son.
Yo he perdido la ocasión
de haber agora escuchado
a Hipólita, porque allí
está el Conde y ella viene.
Retirarme me conviene;
no me vea el Conde aquí.
Aunque la ocasión perdí,
por lo menos ha servido
haber estado escondido
de haberme desengañado
que el Conde no está culpado.
Sabré cierto y advertido
la verdad).
[Vase]. Sale García.
García
Ya dije que era
ingrato, soberbio, vano,
mal caballero, villano
y que, si yo le cogiera
cuerpo a cuerpo, yo le hiciera
que menos ingrato fuese.
Conde
Y él, ¿qué dijo?
García
El cuento es ese,
que nada me respondió
Aparte
(porque no lo dije yo
de manera que lo oyese).
Conde
¡Ay García! ¿En qué consiste
el ser yo tan desdichado?
García
En que yo soy tu criado.
Conde
¿Por qué es mi suerte tan triste?
García
Porque a mí me recibiste.
Conde
¿Hay desdicha más cruel?
¿Cómo, García, de aquel
traidor podré asegurarme?
¿Qué haré yo para vengarme?
García
Acomodarme con él;
quedarás de tus cuidados
vengado, pues desde hoy
serás muy feliz, que soy
la peste de los criados.
Tres romanos celebrados
dueños del caballo fueron
Seyano y los tres murieron.
Si azar el caballo es,
hable el mundo de otros tres
que en lacayo azar tuvieron.
Conde
¿Qué haré?
García
Despedirme a mí,
que de mi mala figura
se anda huyendo la ventura.
Suena ruido dentro.
Conde
¿No has oído gente?
García
Sí.
Conde
Mucho sentiré que aquí
me vean.
García
Pues mientras pasa,
detrás desta peña escasa
de sombras podrás ponerte.
Conde
Dices bien. ¡Oh, avara suerte!,
¿aun peñas me das por tasa?
Escóndese y sale don Álvaro por una parte y Hipólita por otra [cada uno a su lado del tablado].
Álvaro
[Aparte]
(Ya llega Hipólita adonde
el rey escondido intenta
escuchar entre los dos
mi cuidado y su respuesta.
Aquí fue donde quedó
y detrás de aquellas peñas,
que a pesar del tiempo viven
de verdes hojas cubiertas,
veo el bulto. ¡Qué turbado
llego a tan loca experiencia!
¡Perdona, lealtad; perdona,
amistad, porque esto es fuerza!)
Bella Hipólita, que es esto
ya te habrán dicho las señas
tu desdicha, porque dice
infeliz quien dice bella,
escúchame atentamente,
entre lágrimas y quejas,
los sentimientos que el alma
da desde el pecho a la lengua.
Conde
[Al paño]
(García, ¿qué será aquesto?).
García
(Calla, para que lo sepas).
Hipólita
Álvaro, ¿qué turbación,
qué suspensiones son estas?
Hablad, que turbada el alma,
hablad, que la vista atenta
a vuestras razones vive,
no de otra suerte que llega
un hombre al mortal veneno
que ha de matarle y espera
a que le mate el dolor,
muriendo desta manera
entre el temor y la duda
de cobarde el que pudiera
morir de animoso. Hablad,
declaraos de presto y sea
la desdicha quien me mate
y no los temores della.
Álvaro
El rey, mi señor, a quien
tu celebrada belleza
liberalmente castiga
cuanto avaramente premia,
ofendido de que haya
a la majestad defensa
y tenga el honor sagrado
en quien ampararse della,
deponiendo el gusto quiere
valerse ya de la fuerza.
Hipólita, un poderoso
ofendido ¿qué no intenta?
Para lo cual me mandó
que yo de su parte venga
a decirte que si mides
igualmente la belleza
con el rigor, él también
medirá igualmente atentas
la crueldad con la justicia,
tomando de otra manera
contra tu sangre las armas.
Y aquí te pido que adviertas
cuán mansamente castiga
por tu respeto su ofensa,
y así dice que si tú
de ser ingrata no dejas,
dejará de ser piadoso,
que tú en esta parte seas
juez de tu causa, advirtiendo
su amor. Mi embajada es esta.
[Aparte]
(Bien el rey me habrá escuchado;
por eso llegué tan cerca).
Conde
(¿Cómo es posible, ¡ay de mí!,
ofendida la paciencia,
sufrir tanto?).
García
(Disimula
y lo que responde espera).
Hipólita
Delitos hay tan atroces
que ya cuando un hombre llega
a cometellos no hay ley
que disponga su sentencia,
y es porque nunca previno
la imaginación que hubiera
quien los cometiese. Así,
muda, turbada y suspensa
no sé yo qué responder,
que no pensaba que fuera
posible que a tal estado
pudiese llegar mi ofensa.
Mas, pues quebrastes la ley,
quiero daros la respuesta,
mal caballero, villano,
que no es posible que sea
de ilustre sangre quien es
desagradecido y deja
de ser amigo por ser
poderoso, ave funesta
y ingrata que al mismo dueño
que le regala y alberga
saca los ojos, después
que la crio, como fiera.
Aquella ave generosa,
aquella ave dulce, aquella
tan noble y agradecida
que, si a la casa que llega
a anidar, liviana esposa
hace a su señor ofensa,
ella muere de dolor,
mira, que al revés intentas,
en casa que fue tu albergue,
del noble dueño la afrenta.
No, no me quejo del rey,
por no presumir que pueda
ser verdad que un rey tan justo
se valiese de la fuerza
contra una mujer sabiendo
que hay en mi honor resistencia,
que hay en mi pecho valor
y hay en mi sangre defensa;
de ti me quejo, de ti,
que en ocasión como aquesta
no preveniste que había
de ser esta la respuesta.
O culpado o inocente
está mi hermano, esto es fuerza;
si está culpado —que yo
no presumo que tal sea—,
examínele su culpa,
escarmiéntele de pena,
que menos inconveniente
es que culpado padezca,
que no inocente mi honor
cuando su vida defienda.
Si no está culpado el Conde,
él vencerá las sospechas,
negras nubes que se oponen
a la luz de la nobleza
como el sol que, desvelando
el horror de las tinieblas,
sale más bello, que tiene
la verdad divinas fuerzas.
Esto diréis, al rey no,
pues no es razón suya esta,
sino a algunos lisonjeros
que con las alas de cera,
sin temer del sol los rayos,
escalar al cielo intentan;
a vos mismo, conociendo
que, si más vidas tuviera
que piedras tiene este monte,
que tiene este mar arenas,
todas las perdiera, todas,
desesperada, en defensa
de mi honor. Y si del Conde
en una mano tuviera
la vida, en otra la muerte,
yo mesma, Álvaro, yo mesma
hoy con esta le matara
por no ofenderle con esta.
Vase.
Conde
(Si antes de pesar no pude
poner freno a la paciencia,
ya de placer...).
García
(Calla agora).
Álvaro
(¡Qué mujer tan noble y cuerda!
¡Hágante los cielos bien!
¡Qué gusto he tenido en verla
tan prudente, tan altiva,
honrada, firme y resuelta!).
Ya, señor, habrás oído
de Hipólita la respuesta.
Mas ¿qué es esto?
Al tiempo que él va a volver el rostro para hablar al rey, sale el Conde y túrbase si quiere y, si no, no.
Conde
Desengaños
del mundo, Álvaro, que enseñan
a vivir.
Álvaro
¡Válgame el cielo!
García
[Aparte]
(¡La tramoya ha estado buena!
¿Alcahuetico me sois?).
Conde
¿Qué disculpa habrá que pueda
cobarde satisfacer
tantos géneros de quejas?
¡Vive Dios!...
Echa mano.
Álvaro
Detén la espada;
deja, ilustre Pedro, deja
que me dé la muerte, antes
que tu acero, mi vergüenza;
que aunque pudiera, es verdad,
satisfacerte y pudiera
disculparme, un puñal tengo
al pecho, un lazo a la lengua,
un nudo al cuello y, en fin,
una mordaza que sella
mis labios. Pero si aguardas
a que la verdad se sepa
y salgan a luz los rayos
que agora entre nubes densas
son embozos que deshacen
del sol las doradas trenzas,
sabrás que por ser leal
soy traidor. ¡Ah, quién pudiera
declararte más! Mas basta
que lo diga, porque entiendas
que para explicarme más
no me da el tiempo licencia.
Mas solamente te digo
que soy tu amigo y que adviertas
que tal vez los ojos nuestros
se engañan y representan
tan diferentes objetos
de lo que miran que dejan
burlada el alma. ¿Qué más
razón, más verdad, más prueba,
que el cielo azul que miramos?
¿Habrá alguno que no crea
vulgarmente que es zafiro
que hermosos rayos ostenta?
Pues ni es cielo ni es azul.
Pero ¿qué razón más cierta
que parecerte traidor
sabiendo tú mi inocencia?
¡Vive Dios!, digo otra vez
que soy tu amigo con muestras
tan leales que algún día
querrá el cielo que las creas.
En tanto que esta verdad
sabes, en tanto que llega
la luz deste desengaño,
no desconfíes, no temas,
no dudes de mi lealtad,
para que en esto te deba
aun darme más que la vida,
el honor y la riqueza
cuando llegué a estos umbrales
tan pobre que me fue fuerza
tomar de un perro el sustento.
¿Cómo ha de tener soberbia
ni ser desagradecido
quien desto, Conde, se acuerda?
Conde
[Aparte]
(No sé cómo responder,
que en varias dudas envuelta
el alma cree lo que oye
cuando lo que mira niega.
Mas yo he de quejarme al rey
hoy del rey mismo con cuerda
resolución, entablando
con don Álvaro la queja;
y hasta entonces sufrir quiero
callando enojos y pena).
¡Venganza, cielos, venganza!
¡Paciencia, cielos, paciencia!
Vase.
García
[Aparte]
(¿Alcahuetico me sois?).
Álvaro
García, detente, espera.
García
Sí haré, que también yo vengo
a pedirte que siquiera
me des una cuchillada
del mismo tamaño que esta,
para que quede, señor,
igual la correspondencia.
Álvaro
¿Oyó el Conde cuanto dije
a Hipólita?
García
De manera
que no lo oyera mejor
a decírselo un trompeta,
que no te dije en mi vida
otra cosa, si te acuerdas,
sino: «Señor, cuando hables
con las Hipólitas, sea
quedo»; y no quisiste hacerlo.
Álvaro
¿Y qué dijo?
García
Muy atenta
la vista, clavada en ti,
decía desta manera:
«¿Alcahuetico me sois,
Álvaro? ¡Pues para esta!»;
y no hablaba otra palabra.
Y, aquesto acabado, venga
algo.
Álvaro
Toma y déjame.
Arrójale una sortija.
García
Loco estás, pues tiras piedras.
¿Pero hacia dónde cayó?
[Búscala y] sale Julio.
Julio
¿Qué buscas de esa manera,
García?
García
No busco nada.
Pasa adelante, no seas
tan curioso, que allí está
tu amo, que busco unas yerbas
para hacer un defensivo
contra el mal de la jaqueca.
[Levanta Julio la sortija].
Julio
Pues busca las yerbas tú,
que ya yo he hallado una piedra
que vale mucho dinero.
García
¿Hay desdicha como aquesta?
Esa es la que yo buscaba
y es mía.
Julio
Engañarme intentas,
porque tú yerbas buscabas
para el mal de la cabeza.
García
Por Dios que es mía y que haré
una información muy plena
de cómo yo la perdí.
Julio
Y tan perdida que es fuerza
que no la vuelvas a hallar
o vente tras mí por ella.
Vase.
García
¿Oyes, señor? La sortija
que tú me diste...
Álvaro
¡Que vuelvas
a matarme! ¡Vive Dios
que te rompa la cabeza!
¡Vive el cielo que te mate,
García, si no me dejas!
García
[Al pueblo]
Hombres que sois desgraciados,
decidme, por vida vuestra,
qué debo yo hacer aquí
viendo que el diablo rodea
que a mí me den la sortija
y que el otro dé con ella.
Yo me llevo los porrazos
y él el diamante se lleva.
¡Venganza, cielos, venganza!
¡Paciencia, cielos, paciencia!
Vase. Sale el rey [de caza].
Rey
¡Álvaro! ¿Qué suspensión,
qué delirio, qué tristeza
es esta?
Álvaro
El Conde, señor...
Rey
Ya lo sé, no me refieras
que llegó a hablarte y que tú
enternecido quisieras
consolarle, y yo también,
porque escuchando sus quejas
resuelvo que es imposible
que traidor el Conde sea,
que él a solas no estrañara
su culpa, si la tuviera.
Y para satisfacerme
he de usar de una cautela:
verás su lealtad premiada
y castigada su ofensa.
¿Qué hay de Hipólita?
Álvaro
Pensando
que aquí escondido me oyeras...
Rey
Fuime, porque vi perdida
la ocasión; mas, ¿qué hubo en ella?
Álvaro
Díjela lo que mandaste
y trocose de manera
la suerte que me oyó el Conde;
y así dice que en defensa
de su honor importa solo
que el Conde la vida pierda.
Rey
¡Vive Dios que ese valor
me ha obligado de manera
que lo que fue tema amando
ya premiando ha de ser tema!
¿Habrá algún hombre en el mundo
que desengañado quiera
o que quiera aborrecido
porfiar contra su estrella?
No. Pues ya que yo llegué
a la última experiencia,
desengaño mi esperanza:
muera yo porque ella muera.
Tan honestamente quise
a Hipólita que, si fuera
más venturoso mi amor,
me pesara a mí por verla
rendida, porque más quiere
quien llega a querer de veras
el honor de lo que ama
que el fin de lo que desea.
Este es amor dado a un rey
y, para que mejor sea,
verá mi amor desengaños
acrisolando las fuerzas
de amistad, lealtad y honor.
Álvaro
Íñigo y Ordoño llegan.
Salen Íñigo y Ordoño.
Íñigo
Retirado vuestra alteza
no deja hallarse.
Rey
[Aparte a Álvaro]
(En mi daño,
donde acaba un desengaño
otro desengaño empieza.
Aparte [solo].
Íñigo y Ordoño son
de los que el Conde recela
su daño y una cautela
puede en aquesta ocasión
ayudarme. Yo leí
un discurso que decía
que ningún hombre podía
oír su culpa tan en sí
que no se turbase y quiero
con esta curiosidad
acrisolar la verdad
del desengaño que espero.)
Ordoño.
[Llámale aparte]
Ordoño
Señor.
Rey
Advierte
lo que tú has de hacer por mí.
Ordoño
Sabré yo ofrecer por ti
en los brazos de la muerte
mi vida.
Rey
Pues solo quiero
que a lo que dijere yo
nunca me digas que no,
sino siempre muy severo
dirás que sí sin temor.
Ordoño
Haz cuenta que ya lo ves.
Rey
Ordoño, en fin, ¿verdad es
lo que dices?
Ordoño
Sí, señor.
Rey
¿Ese hombre, en efeto, fue
el que la carta escribió
[quedo] —a nada digas que no—
para don Manrique, en que
le avisaba que quería
levantarse contra mí
el Conde? Responde.
[Túrbase].
Ordoño
Sí.
Rey
[Aparte]
(No es vana la industria mía;
no se ha declarado mal
el secreto. ¡Vive Dios
que se han turbado los dos!).
¿En fin, él fue el desleal,
el aleve y el traidor?
Íñigo
[Aparte]
(¡Válgame el cielo! ¡Que así
me vendiese Ordoño!).
Rey
Di,
¿esto es verdad?
[Turbado llega].
Íñigo
Sí, señor;
que ya que Ordoño llegó
a descubrirte mi culpa,
quiero tener por disculpa
solo el confesarlo yo:
lo que dice Ordoño es cierto.
Álvaro
[Aparte]
(¿Hay suceso más felice?).
Rey
No es Ordoño el que lo dice,
sino tú, tu desacierto,
tu malicia y tu crueldad,
caso que el cielo previene
para enseñarnos que tiene
mucha fuerza la verdad.
Salen el Conde, Hipólita y Laura [y García].
Hipólita
¿Dónde vas, señor? Espera.
Conde
Dejadme, Hipólita y Laura,
porque en presencia del rey
he de entablar mi venganza.
Rey
¿Qué es aquello?
Conde
Ilustre Alfonso
de Aragón y de Navarra,
cuyo nombre viva eterno
en los labios de la Fama,
permite que agora llegue
tan ofendido a tus plantas
que me obliga el sentimiento
a romper la ley que manda
que el que ha de morir no muera
mirando a su rey la cara.
Yo, ofendido de un aleve
amigo...
Rey
Detente, aguarda,
que el sentimiento te ciega,
que la presunción te engaña.
No estás informado bien
de la amistad que así guardas,
de su lealtad y valor
respondo yo a la demanda:
don Álvaro es noble amigo;
no hay en su término mancha
de ingratitud, y que yo
pongo sobre mí la causa,
siendo tercero entre dos
amigos tales que aguarda
el tiempo a hacerlos eternos
en vividoras estatuas,
y porque mayor firmeza
desde hoy tenga amistad tanta,
pasando a deudo le doy
por esposa a vuestra hermana,
asegurándoos de todo
cuerdamente, y esto basta.
Hipólita, desta suerte
premia quien de veras ama,
que dar por pesares gustos
es la más noble venganza.
Vos, Álvaro, ya sabéis
qué esposa tenéis.
Álvaro
Levantas
a las nubes mi fortuna,
al cielo mis esperanzas.
Hipólita
[Aparte]
(Logró su industria el amor
después de fortunas tantas;
aquí mi ventura empieza).
Laura
[Aparte]
(Aquí mi ventura acaba:
murió mi amor, mi deseo).
Rey
Agora, don Pedro, falta
que hagáis dos cosas por mí:
la una es quitar la causa
a las lenguas lisonjeras
que ignorantemente hablan
que toméis estado; otra
es que, volviendo a mi gracia,
seáis otra vez el centro
de mi amor y mi privanza,
y así, por daros de todo
satisfación y venganza,
sed, Conde, de Íñigo y Ordoño
juez de vuestra misma causa
y pronunciad su sentencia.
Conde
Si tú con prudencia tanta
me enseñas a perdonar,
de ti he de aprender, y basta.
Porque ellos mismos no vean
su error, que al momento salgan
de Toledo desterrados;
y por hacer lo que mandas,
en tu presencia, señor,
doy la mano a doña Laura,
si mi humildad y deseo
merecen ventura tanta;
y me quedaré a servir
con mayores esperanzas
de que sabré, pues ya supe
del bien y del mal.
García
¡Aguarda!
Ya sabrán vuesas mercedes
que en el punto que se casan
las damas de la comedia
es señal de que se acaba
y, siendo así, poco a poco
vuesas mercedes se vayan,
advirtiendo los deseos
y perdonando las faltas,
sin morder en la comedia
porque otros vengan mañana.
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