El postrer duelo de España
Comedia Famosa
Personas
- DON PEDRO TORRELLAS
- DON JERÓNIMO DE ANSA
- GINÉS, criado de don Pedro
- GONZALO, criado de don Jerónimo
- CARLOS QUINTO, mozo galán
- EL CONDESTABLE, viejo venerable
- EL ALMIRANTE, galán
- EL MARQUÉS DE BRANDEMBURG, galán
- CONDE DE BENAVENTE, viejo venerable
- FERNANDO, criado del conde
- VIOLANTE, dama
- FLORA, criada
- SERAFINA, dama
- FABIO, criado de Serafina
- GILA, villana
- BENITO, villano
- CABALLEROS PRIMERO Y SEGUNDO
- MÚSICA
Primera Jornada
Dentro atabalillos y chirimías y con las primeras voces salen por una parte don Pedro Torrellas, vestido de camino, y por otra don Jerónimo de Ansa, de cortesano.
Voces
Dentro.
¡Nuestro heroico César viva!
Otros
¡Viva el invicto Rey nuestro!
Unos
¡Viva Carlos!
Otros
¡Viva Carlos!
Los Dos
¡Viva por siglos eternos!
Don Jerónimo
Don Pedro, tan bien venido
seáis como sois de mi afecto
deseado.
Abrázanse.
Don Pedro
Vos tan bien
hallado como el deseo,
don Jerónimo, se explica
en tal amigo y tal deudo.
Don Jerónimo
¿Cómo venís?
Don Pedro
No tan sólo
con salud, pero contento,
honrado y favorecido
del joven Carlos, rey nuestro,
y toda su corte. Vos,
¿cómo estáis?
Don Jerónimo
Qué responderos
no sé; que es contrario estilo
a retóricos preceptos,
hablándome en gozos vos,
responder yo en sentimientos.
Y así, dejando mis penas
a menos precioso tiempo,
contadme vuestra jornada.
Don Pedro
¿No será mejor –supuesto
que fundidos corazones
son los dos en nuestros pechos
tanto que, común de dos
placer y pesar, han hecho
tan vuestro el contento mío
como mío el dolor vuestro–
que me digáis vos la causa
de vuestras penas primero,
dejando para resguardo
de su alivio y su consuelo
mis felicidades?
Don Jerónimo
No;
que en metáfora de enfermo,
quien se cura en salud, goza
anticipado el remedio.
Don Pedro
Si pretendiera argüiros,
no faltara a mi argumento
fuerza en que sobre seguro
cae el que cae previniendo
el lecho en que caer.
Don Jerónimo
Ni al mío,
en que es socorro más cuerdo
el que antes de caer
repara el peligro. Y, puesto
que yo soy el lastimado
y vos el gustoso, medio
más seguro es que acudamos
en la precisión de un riesgo
al que necesita más
del alivio que al que menos
ha menester el cuidado.
Don Pedro
Darme por vencido quiero,
deponiendo mi dictamen
por complacer con el vuestro.
Después que el invicto Carlos
–como hijo y heredero
de Juana, hija de los Reyes
Católicos, y el primero
Felipe de Austria, a quien debe
España el blasón excelso
de que siempre repetido
vea el dulce nudo estrecho
del castellano león
y el águila del imperio–,
después que el invicto Carlos
–otra vez a decir vuelvo–
su menor edad cumplida,
tomó posesión del reino,
con no sé qué graves causas
que honestaron sus pretextos,
fue fuerza dar vuelta a Flandes,
dejando en el desconsuelo
de la ausencia de su rey
a España, que, como centro
de la lealtad y el amor,
a fuer de dama, el pequeño
espacio apenas de un año
le contó a siglos eternos.
Supo, pues, cómo volvía
nuestro sol a darla nuevo
esplendor con la cesárea
majestad en que el imperio
por sucesor del piadoso
Maximiliano, su abuelo,
le juró rey de romanos,
con que, si a lo amante vuelvo,
adelantando esperanzas
y anticipando deseos,
no hubo ciudad que a la raya
diputados caballeros
a darle la bienvenida
no enviase. Yo, aunque menos
que otros esta honra esperaba
–no es la primer vez que ha hecho
semejantes sinrazones
la dicha al merecimiento–
de parte de Zaragoza
nombrado fui, con que, habiendo
llegado a besar su mano,
me parece que se ha puesto
conmigo en paz mi fortuna,
pues ya qué envidiar no tengo.
Si le vierais cuán afable,
si le vierais cuán severo
daba lugar al amor
sin quitársele al respeto,
os admirarais de ver,
entre temores de atento
y licencias de admitido,
lidiar dentro de mi pecho
los dos encontrados bandos
del cariño y del obsequio.
No paró mi dicha en verle
usar grave y halagüeño
en diez y ocho años de edad
diez y ocho mil de talento,
sino en que, habiendo salido
con el mismo justo intento
cuanta nobleza contienen
las dos Castillas, no habiendo
gran señor que no se haya
para su recibimiento
adornado de sí mismo,
que es su mejor lucimiento,
todos me honraron de suerte
que de mil honores lleno
vuelvo a la patria. Si bien
el que más de todos ellos
se esmeró en honrarme fue,
como más señor, más dueño
mío, el señor Almirante
de Castilla, que, en sabiendo
que estaba allí en Zaragoza,
me buscó en mi alojamiento
y acompañó a la función
del besamano, teniendo
convidados, no tan sólo
a los tres duques excelsos
de Alba, de Alburquerque y Béjar,
pero a cuantos caballeros
de su casa y su familia
gozan el blasón de serlo.
Bien sé que tanto esplendor
no era, y tanto lustre, atento
a mí, sino a la corona,
en noble conocimiento
de la alta real sangre suya,
desde el feliz casamiento
que hizo don Fadrique Enríquez,
dando al invicto rey nuestro,
don Juan Segundo, el hermoso
milagro, el prodigio bello
de su hija doña Juana,
para esposa y reina a un tiempo
de Navarra y de Aragón
de quien fue tan digno nieto
el católico Fernando,
primo hermano suyo; pero,
aunque era esta la razón,
no sé qué se tiene esto
de gozar uno la dicha
que otro le adquirió primero,
que no deja de alcanzarle,
por lo personal del puesto,
de los méritos de otro
a él el desvanecimiento.
A este honor agradecido,
al ver que Carlos, viniendo
por Francia, en Fuenterrabía
tomó de su español centro
primer tierra y que, dejando
de Navarra a un lado el reino,
por Aragón a Castilla
ir quiere, correspondiendo
a la obligación y al gusto,
tuve osado atrevimiento
para ofrecerle mi casa
el breve o no breve tiempo
que Carlos en Zaragoza
se detenga. Él, admitiendo
más por su benignidad
que por mí el ofrecimiento,
el hospedaje aceptó,
con que he dicho cuanto puedo
decir de mis dichas, pues,
aparte dejando el pleito
del estado que hoy litigo
para todos mis aumentos,
ya en la paz o ya en la guerra,
o para cualquier suceso,
ya de honor, ya de fortuna
–que al fin no sabe el más cuerdo
a qué nace destinado–,
no ha de faltarme a lo menos
favor, pues para padrino,
para valedor y dueño,
para abrigo y para amparo
tan alto mecenas tengo.
Don Jerónimo
Tan general esa dicha
es hoy en todos que pienso
–sin meterme en graduaciones
donde todos son primeros–
que no hay noble en Zaragoza
a quien no pase lo mesmo.
Dígalo yo, pues también,
habiendo con todos hecho
de precisa cortesía
voluntario alojamiento,
dando a la corte mi casa,
por huésped en ella tengo
al Marqués de Brandemburg,
un alemán caballero
que no mal visto del Rey
goza por su heroico esfuerzo
el bastón de general
de las armas del Imperio.
Don Pedro
Es, sobre su ilustre sangre
y su valor, el objeto
más amable y más bien visto.
Y, dejando aparte esto,
pues, antes que salga el Rey
a la capilla, da tiempo
y ocasión la ociosidad
de haber de esperarle, os ruego,
don Jerónimo, merezca
saber el cuidado vuestro.
Don Jerónimo
Mi cuidado, si es preciso
no negárosle, es, don Pedro,
haber visto una hermosura
que, por no dar, no encarezco,
en los lugares comunes
de ser sus rizados crespos
peinados rayos del sol;
su frente, bruñido y terso
ampo de nieve; sus cejas,
arqueados iris; luceros
sus ojos; rosa y jazmín
sus mejillas; nácar bello
de netas perlas su boca;
torneado marfil su cuello,
y toda el aura su talle.
Don Pedro
¡Cuánto de oírlo me huelgo!
Que estaba tibio este paso
hasta aquí, pues es lo mesmo
oír sin amor una historia
que vivir sin alma un cuerpo.
Don Jerónimo
¿Burla hacéis de mi cuidado?
Don Pedro
¿Qué he de hacer, cuando pendiendo
de un hilo el alma tenía,
creyendo algún mal suceso
que os hubiese acontecido?
Don Jerónimo
¿Qué mayor, si a manos muero
de una perdida esperanza,
que apenas nació en el viento
cuando en el viento murió,
deshecha a los soplos fieros
de iras, desdenes y agravios?
Don Pedro
Pues ¿qué mayor bien que veros
con sentimiento, cuando es
tan airoso el sentimiento?
Nunca más galante, más
garboso ni más bien puesto
está un amante que cuando
está llorando desprecios.
Dejad a los dichosazos
lo querido; que un discreto
no ha menester más que causa
de saber quejarse a tiempo.
Y así, padeced, sufrid,
amad y esperad, creyendo
que sólo merece amando
el que ama padeciendo.
Don Jerónimo
Bien el consejo viniera,
si no viniera el consejo
tarde.
Don Pedro
¿Cómo?
Don Jerónimo
Como no
nace sólo mi tormento…
Don Pedro
Decid.
Don Jerónimo
…de sufrir rigores.
Don Pedro
Pues ¿de qué?
Don Jerónimo
De sentir celos.
Don Pedro
Ya es otro el caso. ¿De quién?
Don Jerónimo
No sé, aunque sé que los tengo.
Don Pedro
¿Sin saber de quién?
Don Jerónimo
Sí.
Don Pedro
¿Cómo?
Don Jerónimo
Como en los lances primeros,
sobornando a una criada
por tener conocimiento,
antes que a ella la sirviera
con un criado mío, el secreto
de otro amor me reveló
sin revelarme el sujeto.
Y fue el caso que ella ha poco
que la sirve y, pretendiendo
averiguar si nacían
de otra causa mis desprecios,
a hurto escuchó a una criada
antigua estarla diciendo:
«Presto volverá, señora,
a tus cariños y el cielo
querrá que llegue el dichoso
día en que tú, consiguiendo
tu pretensión y él su herencia,
con gusto de entrambos deudos
le des la mano de esposa».
A que ella respondió: «Si eso
consigo, dichosas penas
son cuantas por él padezco».
De suerte que, sin nombrarle,
el daño supe y no el dueño,
pues por más que desvelado
y celoso lo pretendo,
sin faltar día ni noche
de su calle, el más pequeño
indicio, rastro ni seña
he encontrado, de que infiero
que el decir que volvería
a sus cariños, es cierto
que es por retiro de algún
amante desabrimiento.
Y así, habiendo vos llegado…
Sale Gonzalo.
Gonzalo
Señor.
Don Jerónimo
¿Qué me dices, necio?
Gonzalo
Que ya es hora de que bajes
si es que a su acompañamiento
has de asistir, porque ya
se ha apeado en el primero
zaguán del palacio.
Don Jerónimo
Aquí
quede el discurso suspenso,
en que habiendo vos llegado,
habéis de ser… Pero luego
desto hablaremos despacio,
porque, esta dama viniendo
a dar hoy un memorial
al Rey cerca del derecho
que tiene a un honroso cargo,
a vista suya no quiero
faltar de entre sus criados,
pues por agora no puedo
darme por más entendido.
Esperadme mientras vuelvo.
Vanse los dos.
Don Pedro
¡Qué de otra manera yo
trato mi pasión, supuesto
que nadie ha sabido della
sino sólo mi deseo!
¿Por cuánto, ¡ay, Violante mía!
al más amigo, al más deudo
le fiara yo mis penas?
Dígalo el que, cuando vengo
de torpe acusando al aire
y de perezoso al tiempo,
aun para ver tus umbrales
no he tenido atrevimiento
sin licencia de la noche,
que es sola la que al secreto
de nuestro amor supo echar
la doble de su silencio.
Sale Ginés.
Ginés
Gracias a Dios que te hallo
solo y ocioso un momento.
Don Pedro
Pues ¿qué quieres?
Ginés
Que me ajustes
la cuenta de todo el tiempo
que te he servido y te quedes
con Dios.
Don Pedro
Pues bien, ¿qué hay de nuevo
para despedirte?
Ginés
Hay
el haber conmigo hecho
una sinrazón, a que
ya me falta el sufrimiento,
y basta haber esperado
para irme a que hayas vuelto
a tu casa.
Don Pedro
¿Sinrazón
yo contigo?
Ginés
Tan sin duelo
que no se le da ejemplar
en cuantos hasta hoy subieron
de lacayos regoldanos
a gentilhombres enjertos
en servicio de amo mozo.
Don Pedro
¿Cuál es? Que yo no la entiendo.
Ginés
Un amor de contrabando
que se me entra en coche, siendo
escudero arrendador,
sin pagarme los derechos.
¿Qué cosa es que un año andes
hablando contigo mesmo
sin que una hora hables conmigo
y solo, en anocheciendo,
te vayas hasta la aurora,
donde, si vienes contento,
tú te lo estás y, si triste,
sin comerlo ni beberlo,
haya de pagarlo yo?
Matarme a coces diciendo:
«Fulana es un basilisco,
es un áspid», vaya, pero
matarme a coces y no
saber la fulana, eso
toca en pundonor y no
tengo de volver a verlo,
si sé encontrar con un amo
que hable en falsetes y recio.
Don Pedro
Sin duda vienes borracho.
Ginés
Ya no hay vino para eso,
conque, negado el principio,
no hace fuerza el argumento.
O la fulana o la cuenta,
y a Dios.
Dentro ruido y chirimías.
Don Pedro
Después nos veremos.
Retírate, que no es
ahora de locuras tiempo,
que sale el César.
Las chirimías.
Ginés
Y al paso,
en el permitido puesto
concedido a principales
damas, le sale al encuentro
una, asistida de algunos
caballeros, y entre ellos…
Don Pedro
Las chirimías.
¿Quién?
Ginés
…don Jerónimo de Ansa,
tu primo y amigo.
Don Pedro
(Cielos,
¿qué miro? Violante es
la dama sin duda, ¡hoy muero!,
en que me hablaba).
Ginés
Ya el Rey
llega.
Las chirimías. Dentro.
Unos
¡Plaza, caballeros!
Salen por una puerta, con acompañamiento, el Almirante, el Marqués, de alemán, Carlos y detrás de él el Condestable, viejo venerable; y por otras, con acompañamiento también, Violante, vestida de negro, una criada de la mano, y entre los demás don Jerónimo.
Violante
Vuestra Majestad… si… cuando…
yo… Señor,…
Carlos
Alzad del suelo.
Violante
Ve a don Pedro.
(¡Quién de dos sustos turbada,
cobrar pudiera el aliento!).
Doña Violante de Urrea,
hija, señor, de don Diego
de Urrea soy, cuyos servicios
en guerra y paz merecieron
como casi hereditaria
desde sus padres y abuelos
la alcaidía de Alarcón
y, habiendo sin varón muerto,
por ser hija la han vacado,
sin quedar a mi remedio
más caudal que el de poder,
aprobando vos el dueño,
elegirle la atención
de mis más ancianos deudos.
Para mi estado, os suplico
que con ella me honréis.
Carlos
Quedo
con cuidado. Condestable.
Condestable
Señor.
Carlos
Acordadme luego
Pasando Carlos y tras él los caballeros.
aparte este memorial.
Y creed vos que deseo
que se conozca que en mí
al mérito busca el premio,
no al premio el mérito.
Vase, y las chirimías.
Violante
Guarde
eternos siglos el cielo
vuestra vida.
Caballero Primero
Hermosa dama.
Estos versos se representan pasando y haciendo la reverencia.
Caballero Segundo
Y entendida, pues, habiendo
la primera turbación
restaurado –que aun en esto
cabal anduvo– en lo poco
que dijo, no sin ingenio
se explicó.
Marqués
Grandes ventajas
en el brío y el aseo
a otras naciones les hacen
las españolas.
Almirante
Si eso
decís vos, señor marqués
de Brandemburg, ¿qué diremos
nosotros?
Marqués
Lo mesmo, pues
el propio conocimiento,
Las chirimías.
señor almirante, no es
vil jactancia.
Vanse.
Violante
Deteneos,
don Jerónimo, que no
habéis de ir conmigo.
Don Jerónimo
Esto
es cumplir la obligación,
señora, de criado vuestro.
Violante
Quedaos, o no pasaré
de aquí.
Don Jerónimo
Hasta el iros sirviendo
no es licencia que me tomo,
sino deuda que me tengo.
Violante
Por no dar nota, no hago
mayor la instancia. (¡Ay, don Pedro!
Si ha de ser mi día la noche,
quiera Amor que llegue presto).
Vanse.
Ginés
Ya que has vuelto a quedar solo
y viene la cuenta a cuento,
yo te serví…
Don Pedro
¿En esto me hablas,
infame, cuando estoy muerto
de ansias, penas, rabias y iras?
Ginés
¿Por dónde o cómo vinieron?
¿No estabas ahora conmigo
sosegado, afable y quieto?
Pues ¿quién el juicio, señor,
que no te quitó, te ha vuelto?
Don Pedro
Dale empujones.
¿Tú me arguyes ni preguntas
lo que conmigo padezco?
Ginés
Como lo padezco yo
por concomitancia…
Don Pedro
Necio,
calla y no me apures.
Ginés
Tente.
Y, pues saber no merezco
a boca lo que te pasa,
no me lo digas, te ruego
por la mano; que no soy
galán que su cifra entiendo.
Y ya, señor, que de manos
a boca ello viene, vuelvo
a que me he de ir o saber
a qué fulana la debo
estimar los contrabajos
de todos tus contratiempos.
Don Pedro
Ni has de saberlo ni has de irte
y no me canses.
Sale don Jerónimo.
Don Jerónimo
Don Pedro.
Don Pedro
Retírate allí.
Ginés
¿Esto más?
Don Jerónimo
Ya habréis sabido el sujeto
que adoro, por la razón
de lo que os dije primero,
de que a hablar al Rey venía.
Don Pedro
Sí.
Don Jerónimo
¿Qué os parece? ¿No tengo
causa de perder el juicio?
Pues cuerdamente le pierdo
en el soberano asunto
de tan generoso empleo
por su ingenio, su hermosura
y su sangre.
Don Pedro
Sí, por cierto.
Aparte
(Hasta pensarlo mejor,no sé a lo que me resuelvo).
Don Jerónimo
Pues ahora lo que por mí
habéis de hacer –pues es cierto
que en vos no hará ella reparo,
como en quien nunca vio afecto
de verla para servirla–
es que, la desecha haciendo
de que miráis a otra parte,
no faltéis sólo un momento
de su calle, pues es fuerza
que una o otra vez notemos
quién más continuo la pasa
o quién mira más atento
sus rejas.
Don Pedro
La diligencia
de estar en ella os ofrezco
muy a todas horas.
Don Jerónimo
Pues
oye otra cosa que pienso
por si esto no basta.
Don Pedro
¿Qué es?
Don Jerónimo
Ya público el galanteo,
escandalizar la calle,
por que él sienta lo que siento,
con músicas esta noche.
Que, si es noble caballero
el que con favores calla,
ruin el que calla con celos;
y esto le hace descubrirse,
si lo es. Y ahora, a Dios, que quiero,
ya abandonado el recato,
ir la carroza siguiendo.
Vase.
Ginés
¿Podré ahora llegar?
Don Pedro
Ni agora
ni nunca, villano. (Pero
¿qué culpa tiene él?). Ginés,
hijo, amigo y compañero,
todo cuanto tú quisieres
será; déjame, te ruego,
solo ahora.
Ginés
¿Quién serenó
tan grande turbión tan presto?
Don Pedro
No sé, déjame.
Ginés
¿Inventó
Diocleciano igual tormento
como servir sin saber
de su amo los secretos,
para decirlos siquiera
a cualquier persona?
Vase.
Don Pedro
¡Cielos!
¿Qué es lo que pasa por mí?
Yo adoro tan en secreto
a Violante que ella y yo
y una criada sabemos,
fiados al paso de una
casa que a otra calle tengo,
no más el empeño, en tanto
que para el estado nuestro
los alcances de los dos,
saliendo yo con mi pleito
o ella con su pretensión,
den a los caudales medios.
Decir mi amor es faltar
a homenaje, juramento
y palabra que la he dado
de que nadie ha de saberlo
de mí; no decirlo es
hacer espaldas yo mesmo
al desaire de saber
que otro la ama. Fuera desto,
ser yo quien le da el cuidado
sobre ser él quien ha hecho
de mí la confianza, es
trato doble. Querer ciego
dejarlo a la flojedad
de las mejoras del tiempo,
es vileza; pues a más
tardar será el casamiento
quien lo diga, y será infamia
que venga a saberse luego
que para amar a mi esposa
presté yo el consentimiento.
A esto se llega haber dicho
que será ruin caballero
el que no saque la cara
a sus declarados celos.
Sacarla es aventurar
a la dama lo primero,
y lo segundo al amigo,
pues él ha de hacerlo duelo
y ella agravio. No sacarla
casi viene a ser lo mesmo,
que ella querida, él amante,
mientras con causa me ofendo
del amigo y de la dama,
ni dama ni amigo tengo.
¿Cómo hallara un medio yo
que, disculpando el despecho
con Violante, hiciera sombra
a que me declare cuerdo
con don Jerónimo? Ya,
si no le sé, le prevengo.
Yo he de ir a verla esta noche,
disimulando, si puedo,
mi sentimiento y tomando
de su música el pretexto
para mi queja, culparla
de mudable, con que quedo
bien con ella en la disculpa
de celoso y ella luego
mal conmigo, sin la acción
para la queja, creyendo
que ella es la que da la causa.
Y, cuando no baste esto,
aunque se pierda Violante
a tanto raudal de celos,
tanta avenida de agravios,
tanto embate de tormentos,
tanta ráfaga de penas,
rompa la presa el silencio
y ponga mi honor en salvo,
que, si dijo algún proverbio:
«Antes que todo es mi dama»,
mintió amantemente necio;
que antes que todo es mi honor
y él ha de ser el primero.
Vase.
Dentro grita de villanos y salen Benito, Gila y otros, cantando y bailando delante de Serafina.
Música
Dos higas dio a nuesa ama,
por no aojarla, aquel jazmín;
Esto es tono.
y ella, por no agradecerlas,
dio una a mayo y otra a abril,
Esto fuga para bailado.
dejando de entrambos
tan mustio el matiz
que huyeron las rosas de ciento en ciento,
que huyeron las flores de mil en mil.
Serafina
Por más que solicitéis
aliviar de mi tristeza
la causa, mal la estrañeza
de tanta pena podréis.
Y así, amigos, no os canséis
en templar pasión tan vil,
por más que diga sutil
vuestra lisonja en el viento…
Ella Y Música
…que huyeron las rosas de ciento en ciento,
que huyeron las flores de mil en mil.
Benito
Pardiez, nuesa ama, no sé
qué causa hay tan regurosa
que tenga triste a una hermosa;
que, si yo lo fuera, a fe
que allegre estoviera en que
otros cantaran de mí…
Música
…que huyeron las rosas de ciento en ciento,
que huyeron las flores de mil en mil.
Serafina
Es tan pública, Benito,
la causa de mi dolor
que callarla fuera error
y antes tal vez la repito,
por si tratada la quito
la fuerza a la sinrazón.
Gila
Si esos los consuelos son
de quien llora, gime y siente,
aunque con bárbula gente,
descanse tu corazón.
Serafina
Don Pedro Torrellas es
mi primo. Los dos tenemos
una acción a que creemos
–no de pequeño interés–
ser ambos llamados, pues,
habiendo cuerdos querido
con el más igual partido
nuestros deudos ajustarnos,
pues quedara con casarnos
de ambos el derecho unido,
él –siendo así que algún día
mis favores estimaba
y que a mí no me pesaba
ver que los agradecía–
mudado en ofensa mía,
tan grosero, tan tirano
y tan poco cortesano,
aquesta plática oyó;
que, viniendo en ella yo,
dejó de admitir mi mano.
Este agravio de manera
me le ha hecho aborrecer
–pues bastaba ser mujer,
cuando su prima no fuera,
para que de mí no hiciera
desdén– que, vuelto el amor
en ira, rabia y furor,
si yo pudiera vengarle,
lo menos fuera matarle.
Y así, huyendo mi dolor,
a esta quinta retirarme
quise, donde no le vea,
hasta que mi dicha sea
tan feliz que llegue a darme
ocasión para vengarme
deste ardor que el pecho inflama
en su vida, honor y fama.
Benito
Tiene razón, a fe mía.
Y aun yo, con ser tonto, un día
que fui a la corte, nuesa ama,
le vi y le dije que era
un engrato, un enhumano,
mal caballero y villano;
y que, si yo le cogiera
puerco a puerco, yo le hiciera
que menos grosero fuese.
Serafina
Y él, ¿qué dijo?
Benito
El caso es ese
que nada me respondió,
bien que no lo dije yo
de manera que él lo oyese.
Serafina
¡Qué locura!
Gila
Esto es querer
que se alivie y se divierta,
en tanto que se concierta
un baile que hemos de hacer
a su venida.
Serafina
Placer
no hay en mí, sino sentir.
Benito
Con todo habemos de ir
cantando, que quiera o no;
que para eso el tono yo
hice. Volvedle a decir.
Música
Dos higas dio a nuesa ama,
por no aojarla, aquel jazmín;
y ella, por no agradecerlas,
dio una a mayo y otra a abril,
dejando de entrambos
tan mustio el matiz
que huyeron las rosas de ciento en ciento,
que huyeron las flores de mil en mil.
Vanse cantando y bailando, y Benito detiene a Gila.
Benito
Gila.
Gila
¿Qué es lo que me quieres?
Benito
Si tengo de habrar de veras,
yo te quiero que me quieras.
Gila
Lindo rentólico eres,
pues has hallado un camino
tan nuevo de declararte.
Benito
Amar sin arte es el arte
de amar.
Gila
¿Y no es desatino,
adonde tantos lo han vido?
Benito
Si no tengo otro lugar.
Gila
Aparte
(Mira, e fe que me ha de pagarel habérseme atrevido).
Yo tengo mañana de ir
por leña al monte. Si en él,
en su espesura cruel,
te sopieses encobrir
tanto que nadie te viera
más que yo cuando llegara,
sin testigos te escochara.
Benito
Esconderme de manera
sabré que, aunque la desdicha,
que halló siempre a quien buscó,
me busque, no me halle.
Gila
Yo
iré, mas mira…
Benito
(¿Qué dicha
pudo igualarse a la mía?).
Gila
…que ninguno te ha de ver.
(Por Dios, que le he de tener
en el monte todo el día).
Benito
Digo que muy escondido
estaré y que no saldré
hasta verte a ti, conque
al verte, en mijor sentido,
contento diré al oído
del mastranzo y toronjil,
hierbabuena y perejil,
si hay escondido contento,…
Los Dos
…que huyeron las rosas de ciento en ciento,
que huyeron las flores de mil en mil.
Vanse bailando, y salen Violante y Flora con luz.
Violante
¿Está ya, Flora, la casa
recogida?
Flora
Sí, señora;
y cerrada aquesa puerta
de tu cuarto, donde sola
yo contigo quedo.
Violante
Pues
ya es tiempo que el cuadro corras
que disimula el secreto
y que a la puerta te pongas,
por si sientes que alguien llega
a escuchar; que hay muy curiosas
criadas hoy nuevas en casa.
Aparte
(O miente mi pasión propiao ya don Pedro estará
esperando).
Corre un cuadro de pintura y vese detrás de él don Pedro, y vase Flora.
Don Pedro
¿Quién lo ignora
que siempre espera el que espera
la felicidad?
Violante
¿Es hora,
mi bien, mi señor, mi dueño,
de que merezcan dichosas
mis ansias verte?
Don Pedro
Si tú
quejas de la ausencia formas,
¿qué haré yo (qué mal, ¡ay, triste!,
se desmiente una congoja),
que soy quien más sentir debe
la pereza de las horas
que sin ti vivió; mal dije,
que murió sin ti?
Violante
No ociosa
cuestión movamos en cuál
de los dos padece y llora
más, don Pedro, en esta ausencia;
que me está mal.
Don Pedro
¿De qué forma?
Violante
Si tú me vences en ella,
será señal de que gozas
tú el querer más; y, si yo
te venzo en la razón propia,
el querer menos; y es
experiencia muy costosa,
si con la victoria salgo,
quedar mi fineza corta
o corta mi dicha, si
no salgo con la vitoria.
Y así, basta que nos demos
por buenos, con que conozcas
que no hubo instante que fina,
constante, tierna, amorosa,
de ti memoria no hiciese.
Don Pedro
Ya será la cuestión otra,
en si hice más yo en no hacer
memoria, Violante hermosa,
de ti.
Violante
Pues ¿por qué?
Don Pedro
Porque
nunca pudo hacer memoria
quien nunca hacer pudo olvido.
Violante
Dejemos vanas lisonjas;
vamos a verdades puras,
que se explican en sí solas.
¿Cómo vienes?
Don Pedro
Como quien
viene a verte. (¡Ay, pasión loca!
¡Si no trajera otra pena,
qué cabal fuera esta gloria!).
Tú ¿cómo estás?
Violante
Hoy dos veces
contenta, ufana y gozosa.
Por verte, señor, la una;
porque presumo, la otra,
que la audiencia en que me viste
mis felicidades logra,
pues lo benigno del César
me da esperanzas dichosas
de honrarme, con que tendré
eso más que a tus pies ponga.
¿Holgástete mucho cuando
me viste?
Don Pedro
Muy pocas cosas
más he sentido en mi vida.
Violante
¿Cómo?
Don Pedro
Como me apasiona
lo escaso de mi fortuna
siempre que imagina o toca
en que no te pueda hacer
de todo el mundo señora
para que no necesites
de pretender. Y es de forma
lo que haberte visto allí
me aflige, angustia y congoja,
que por no haberte allí visto,
diera cuanto no es la honra.
Violante
Si pensara que podías
sentirlo y fuera la heroica
majestad de dos imperios
la pretensión…
Don Pedro
No supongas
imposibles; que esto es sólo
sentir, Violante, mi corta
dicha, pues siempre que yo
imagine, mire o oiga…
Música
dentro
A los jardines de Chipre
entró Amor cuando la aurora…
Don Pedro
No era esto lo que yo iba
a decir.
Violante
Pues ¿qué te enoja?
Don Pedro
Nada; que una cosa es
ir yo a llorar y otra cosa
ir otros a cantar; pero
¿dónde no se canta y llora?
Música
A los jardines de Chipre
entró Amor cuando la aurora
escarcha el jazmín de perlas
y nieva el clavel de aljófar.
Violante
Parece que disgustado
estás.
Don Pedro
¿Es cosa gustosa
oír músicas en tu calle?
Violante
La calle no es…
Don Pedro
Di.
Violante
…mía sola;
otras damas hay en ella.
Don Pedro
¡Ay, que como tú no hay otras!
Música
Para Siquis escoger
una flor, quiso entre todas…
Violante
No atiendas tanto; que a ti,
cantar o no, ¿qué te importa?
Don Pedro
El oído fácilmente
se va tras cualquier lisonja.
Música
Para Siquis escoger
una flor, quiso entre todas
la de más brío en el garbo,
la de más aire en la pompa.
Violante
Dime.
Don Pedro
Sí diré, mas luego
que Amor esta flor escoja.
(Carguémonos de razón
antes que la presa rompa).
Música
Y aunque a la rosa, al clavel
y al jazmín ve, se aficiona…
Violante
¿Es posible que te deba
más su voz que mi persona?
Don Pedro
Antes por no oírla quisiera
que el alma estuviera sorda.
Música
Y aunque azar, rosa, clavel
y jazmín ve, se aficiona
a una morada violeta,
por ser de amor color propia.
Viola, pues, viola,
viola ante azar, jazmín, clavel y rosa;
y escogiola por ser la más hermosa.
Don Pedro
«¡Viola ante azar, jazmín, clavel y rosa;
y escogiola por ser la más hermosa!».
(¿Quién creerá que sobre aviso
de susto el dolor me coja?)
Pues ¿qué aguarda el sufrimiento,
que no…?
Violante
¿De qué te alborotas?
Don Pedro
No te hagas desentendida,
que ni eres necia ni tonta
para no haber entendido
que dice por ti la copla
Él Y Música
Viola ante azar, jazmín, clavel y rosa;
y escogiola por ser la más hermosa.
Violante
Plega a Dios, don Pedro mío…
Don Pedro
No en disculparte te pongas;
que ya sé que es ausentarse
más que morir, si se nota
hacerse a un ausente ofensas
cuando a un muerto se hacen honras.
Violante
¿Dónde vas?
Don Pedro
A ver quién es
quien nos canta y quien nos ronda,
para estimarle el festejo.
Violante
Cuando sea por mí, ¿es cosa
que puedo impedirla yo
una ciega pasión loca?
Don Pedro
No, pero ¿es cosa tampoco
si en eso tu culpa doras,
que puedo yo consentirla?
Violante
Mira…
Don Pedro
Suelta.
Violante
Advierte…
Don Pedro
Acorta
razones; que he de salir
donde este galán conozca.
Violante
Don Jerónimo de Ansa es,
si con eso te reportas.
Don Pedro
¿Luego ya tú lo sabías?
¡Ah, falsa! ¡Ah, aleve! ¡Ah, traidora!
¿Cómo te hacías de nuevas?
Violante
Como quise por mí propia
asegurarte; que es necia
la que por su vanagloria,
con el galán a quien ama,
de ser querida blasona,
pues cuando piensa que vende
finezas, desdoros compra.
Don Pedro
Ay, que no es eso.
Violante
Pues ¿qué es?
Don Pedro
Asegurar cautelosa
cuánto el acompañamiento
con la música conforma.
Violante
Ni a una di ni a otra licencia
lugar.
Don Pedro
Mientes, que una y otra
licencia, tan cara a cara,
si no se da, no se toma.
Desde aquí se dice todo el tono seguido, sin dejar de cantar, aunque se represente.
Música
A los jardines de Chipre
entró Amor cuando la aurora…
Don Pedro
¡Vive Dios, que he de salir
y más cuando al tono tornan!
Violante
No has de salir, Pedro mío,
mi señor.
Don Pedro
No te me opongas
al paso, que, si esa puerta,
reservada a mí, me estorbas,
me obligarás a que intente
estotra abrir y es más nota
verme salir de tu casa.
Violante
¿Así mi fama abandonas?
¿Y así cumples la palabra
del secreto?
Don Pedro
¿Qué te asombra,
si tú me rompes la fe,
que yo la palabra rompa?
Con amor juré callar,
no con celos. ¡Quita!
Violante
Nota…
Don Pedro
Nota tú…
Violante
…que yo…
Don Pedro
…que yo…
Los Dos
dentro
…si… cuando… pues…
Una
Mi señora
da voces; abrid aprisa;
que sin duda el cuarto roban.
Sale Flora.
Flora
¿Qué hacéis? ¿No veis que el estruendo
los criados alborota,
ladrones creyendo en casa?
Golpes a una puerta, sin cesar música ni representación. dentro
Unos
Abre aquestas puertas, Flora.
Otros
Quizá no podrá; romperlas
es mejor.
Violante
Estoy absorta
entre dos peligros, pero
el más cercano socorra,
que es verle aquí. Flora, ve;
di que un pasmo, una congoja
dando voces me despierta,
que ya voy tras ti furiosa
a dar fuerza a la disculpa.
Tú vete, por si se arrojan,
creído mi peligro, a entrar.
Mas mira que si me nombras
a nadie, en toda tu vida
has de verme.
Don Pedro
Pues perdona,
que con celos no me obligo
a callar. Tú lo ocasionas:
échate la culpa a ti.
Aparte
(Con esto bien podré agoradeclararme a cuenta suya).
Violante
¿Yo?
Don Pedro
Sí, tú, pues haces que oiga…
Violante
No hago tal, pues ya no digo
sino una vil pasión loca.
Los Dos Y Música
Viola ante azar, jazmín, clavel y rosa;
y escogiola por ser la más hermosa.
Desde que se empieza a cantar la segunda vez, prosigue siempre continuadas la música y la representación, procurando ajustarse, ya abreviando o ya alargando las repeticiones, de suerte que vengan a acabar todos juntos, yéndose don Pedro por la puerta del cuadro y Violante por la del teatro.
Segunda Jornada
Salen don Pedro hablando consigo y Ginés, tras él, como notándole a hurto las acciones.
Don Pedro
Ya con Violante honestado
el despecho, sin peligro
de hacer mía la bajeza,
pues hice suyo el delito,
y sin peligro también
de su enojo, pues es visto
que en locuras de celoso
son méritos los delirios,
lo que agora falta es
hallar prudente camino
con que, cumpliendo la ley
de caballero, de amigo
y de amante a un tiempo, sepa
don Jerónimo que ha sido,
si yo el que le ha desvelado,
él el que a mí me ha ofendido.
Para esto… Mas ¿quién tras mí
viene?
Vele al volver.
Ginés
Yo soy quien te sigo.
Don Pedro
¿Tú?
Ginés
Sí; que como hasta agora
ni la fulana has querido
ajustarme ni la cuenta
y todavía te sirvo,
voy tras ti.
Don Pedro
¿De cuándo acá
tan puntual?
Ginés
Señor mío,
Dios toca los corazones;
no siempre he de ser maldito.
Como te he hecho algunas faltas
y trato irme, solicito
restituirte los ratos
que le sisé a tu servicio,
no faltándote un instante
del tiempo que no consigo
o cuenta o fulana.
Don Pedro
¿Piensas,
loco, que no te he entendido?
Por si mis tristezas hacen
de alguna voz desperdicios,
andas tan listo y tan cerca
de mí.
Ginés
El diablo te lo dijo.
Y, pues es término diablo
andar arrimado y listo
por que no pase a chismoso
y se ande en cuentos, te pido
que te duelas de un criado
y le saques de adivino,
siquiera por que no infierne
su alma el temerario juicio
de pensar que sea tu dama
–puesto que tanto retiro
le hace levantar figuras–
o nasa por lo rollizo,
o por lo flaco, cañirla;
o por lo moreno, tizo;
o por lo bermejo, hoguera;
o por lo chato, vestiglo;
o por todo vieja, que es
el más enorme delito
que comete una fulana,
que a ser de año en año vino
ejemplo de lo que acaba
la carrera de los siglos.
Don Pedro
Deja locuras y mira
si de su casa ha salido
don Jerónimo.
Ginés
Ya ha rato
que ir a palacio le he visto.
Don Pedro
Búscale, y que en esta lonja
del Aseu le suplico
me vea, le di.
Ginés
Por echarme
de ti, señor, imagino
que me envías.
Don Pedro
Algo hay de eso.
Ve, pues.
Ginés
Mosqueteros míos,
¿en qué comedia hasta hoy
lacayo a longe se ha visto?
Vase.
Don Pedro
En cuantos medios discurro
de declararme, no elijo
uno sin inconveniente,
no porque no solicito
valerme del más suave,
sino porque he conocido
en don Jerónimo siempre
un despejo más altivo
que cuerdo y temo que pueda
a razones reducirlo.
Mas ya que la suerte echada,
y aun echada a perder vino,
cumpla yo mi obligación
y haga fortuna su oficio.
Ginés, don Jerónimo y Gonzalo.
Don Jerónimo
Si supiera dónde hallaros,
yo hubiera, don Pedro, ido
a buscaros.
Don Pedro
Yo lo he hecho,
porque tengo qué deciros.
Oíd, pues. Retiraos los dos.
Hablan los dos aparte.
Gonzalo
¿Qué es esto, Ginés amigo,
en que andan los amos?
Ginés
Andan
en ser amos, que es lo mismo
que trogloditas.
Gonzalo
Ven donde
sepas lo que sé del mío.
Ginés
Más haré yo, que diré
lo que no sé.
Vanse los dos.
Don Jerónimo
¡Cuánto estimo
la diligencia! No en vano
de vos vida y alma fío.
En fin, ¿que ya conocéis
al galán?
Don Pedro
Como a mí mismo.
Don Jerónimo
Sepa, pues, quién es.
Don Pedro
Primero
he de asentar dos principios.
Aparte
(¡Oh, si obrara el rendimientoprimero que el precipicio!).
Uno, que si él previniera
que había de competiros,
en ningún tiempo no hubiera
hecho empeño tan preciso
que ya no pueda dejarle;
y otro, que en habiendo oído
quién es, os ha de pesar.
Don Jerónimo
¿Por qué?
Don Pedro
Porque es vuestro amigo
y estáis en obligación,
puesto que él es admitido
y vos no, en dejar de hacerle
el disgusto que él no hizo,
pues aún no érades moderno
galán, cuando él era antiguo.
Don Jerónimo
En cuanto a que dejaría
por mí, a haberlo prevenido,
el empeño, le agradezco
lo galante del estilo;
pero en cuanto a que por él
haya de dejar motivo
–sea quien fuere– en que ya estoy
tan restado, es desvarío,
que si él prevenir no pudo
antes el disgusto mío,
tampoco yo el suyo agora.
Y así, don Pedro, os suplico,
puesto que para este efecto
habéis de mi parte ido,
sepa quién es.
Don Pedro
Quien por mí
se da a medio tan no digno
como pedir que le dejen
a su dama; y yo, rendido
a vuestros pies, os lo ruego
como deudo y como amigo.
Haced por mí la fineza
de desistir del motivo;
que es muy amigo de todos,
y yo lo tendré en lo mismo
que si lo hicierais por mí.
Don Jerónimo
Que me digáis solicito,
¿fuistis a hacer su negocio
o fuisteis a hacer el mío?
Don Pedro
El vuestro, pues fui a quitaros
de una sinrazón, oficio
de quien bien intencionado
desea a los dos conveniros,
antes que a más rompimiento
llegue el lance.
Don Jerónimo
Pues, si ha sido
ese el intento, él, don Pedro,
os sea el agradecido,
pues es quien quiere rehusarle;
que yo, que le desestimo,
no os lo pienso agradecer.
Yéndose.
Don Pedro
Oíd.
Don Jerónimo
¿Qué queréis?
Don Pedro
Advertiros
Aparte
(¡qué bien, cielos, temía yomás su arrojo que su juicio!)
que esto que he dicho en su nombre,
aunque con ruegos lo he dicho
y con rendimiento, no
es porque le falta brío.
Don Jerónimo
Pues ¿por qué?
Don Pedro
Porque le sobra
cordura.
Don Jerónimo
Siempre ha tenido
la flaqueza del valor
la cordura por padrino;
y quien no riñe sus celos
y envía a pedir partidos,
bien lo acredita.
Don Pedro
¿Queréis
ver que no y que el ser amigo
vuestro sólo le embaraza?
Don Jerónimo
Sí.
Don Pedro
Pues sabed que es…
Don Jerónimo
Decidlo.
Don Pedro
…el competidor…
Don Jerónimo
¿Quién?
Don Pedro
Yo.
Don Jerónimo
¿Vos?
Don Pedro
Sí. Yo a Violante sirvo,
yo soy el que della está,
no diré favorecido
–que esto a un noble le está bien
el serlo, mas no el decirlo–
el no desdeñado, basta;
y, si a otra voz me remito
para no decirlo yo,
soy por quien la criada dijo,
estando ausente, que presto
volvería a sus cariños.
Mirad…
Don Jerónimo
Antes que lo mire,
¿por qué, cuando de vos fío
mi pasión, no me dijisteis
lo que agora?
Don Pedro
Porque fino
pensé andar tanto con vos…
Don Jerónimo
¿Qué?
Don Pedro
…que acabara conmigo
no estorbaros. Pero habiendo
cuanto es imposible visto,
porque, en fin, esto no es fácil
de vencerse uno a sí mismo,
no me atrevo a proponerlo
por no atreverme a cumplirlo.
Y, habiendo ya en esta parte
a la objección respondido
de no decíroslo entonces,
vuelvo a mirar qué indeciso
se nos quedó. Mirad, pues,
si, siendo yo el que os compito,
esto de andar estudiando
medios, rodeando caminos
de declararme con vos,
es ni puede ser ni ha sido,
como dijisteis, callar
con celos, pedir partidos
ni a sombra de la cordura
andar rebozado el brío.
Don Jerónimo
De haberlo dicho me pesa,
pero yo nunca desdigo
lo que ya dije. Y así,
don Pedro, lo dicho, dicho.
Don Pedro
¿Qué es lo dicho, dicho?
Don Jerónimo
A estar
a menos público sitio,
yo os lo dijera.
Don Pedro
Pues ved
adónde queréis decirlo.
Don Jerónimo
Por aquí se sale al Ebro.
Don Pedro
Guiadme, pues; que ya yo os sigo.
Don Jerónimo
Juntos podemos ir.
Don Pedro
Vamos.
Sale el Almirante y criados.
Almirante
¿Don Pedro?
Don Pedro
¿Señor invicto?
Almirante
Mil quejas tengo de vos.
Don Pedro
¿De mí? Pues ¿en qué os desirvo?
Almirante
En darme a entender que soy
no buen huésped, pues os miro
tanto de mí retirado
que desde ayer no os he visto.
Don Pedro
Aun vuestras quejas son honras;
como tales las admito.
Y el no molestaros…
Almirante
Basta.
Y ya que os hallé, conmigo
venid, que os he menester
esta tarde. Despedíos
de ese caballero.
Don Pedro
(Ya
veis que si a este honor replico,
será ponerle en sospecha).
Don Jerónimo
(Decís bien; poco hay perdido
en que yo os espere).
Don Pedro
(¿Dónde?).
Don Jerónimo
(Junto a Belflor hay un sitio
pequeño, cuarto de legua
de aquí, en que podré escondido
esperaros, sin que en nadie
resulte el menor indicio
de lo que allí espero).
Don Pedro
(Yo
cuanto antes pueda, os afirmo
que estaré con vos).
Salen Gonzalo y Ginés.
Don Jerónimo
Gonzalo.
Gonzalo
Señor.
Don Jerónimo
Tenme prevenido
desotra parte del puente
luego un caballo. (¿Conmigo
doble don Pedro? ¿Primero
callado, después altivo
al ver que no consiguió
el mal estudiado estilo
de declararse? Los cielos
viven, que ha de ver que ha sido
traidor a mi confianza).
Vase.
Don Pedro
Ya quedo a vuestro servicio.
Ginés
Y yo y todo.
Almirante
¿Qué hay, Ginés?
Tampoco a ti no te he visto
estos días.
Ginés
No te espantes;
que hay negocios infinitos
a que acudir.
Almirante
¿Qué negocios?
Ginés
Ciertas cuentas a que asisto
de cierta doña fulana.
Don Pedro
Dirá dos mil desatinos.
Quita, loco.
Almirante
No, don Pedro,
le riñáis, pues que sabido
tenéis lo que gusto de él.
¿Y es la cuenta?
Ginés
No me animo
ya a decirla, porque temo
en mi amo los recibos
y en mí los lastos.
Don Pedro
No un necio
que me embarace os suplico
la dicha de merecer
saber, señor, en qué os sirvo.
Almirante
Pasear la ciudad quisiera
cuyo heroico nombre antiguo
de César Augusta, siendo
veneración de los siglos,
pone en deseo de ver
sus templos, sus edificios
y calles. Y nadie puede
como vos, ilustre hijo
suyo, guiarme donde goce
lo que antes de agora he oído
de sus grandezas.
Don Pedro
No dudo
que Zaragoza sea digno
asunto de la atención
vuestra. Da, Ginés, aviso
de que llegue la carroza.
Almirante
Venga detrás; que les quito
mucha parte a sus aplausos,
si entrándome en ella impido
la vista de tantas bellas
hermosuras como admiro
por esos balcones, donde
cada esfera es un divino
sol; cada reja, un pensil;
cada marco, un paraíso,
y cada celosía un iris,
que de colores distintos
dibuja el abril a rasgos
y el mayo ilumina a visos.
Don Pedro
El lucimiento, señor,
de la corte que ha seguido
a Carlos dispensa en todas
hoy lo alegre y lo festivo
de salir a las ventanas.
Almirante
Pues no hagamos desperdicio
de la ocasión.
Don Pedro
Con cuidado
parece que vais.
Almirante
Si os digo
verdad, no cuidado, pero
curiosidad sí, movido
de aquel primero deseo
que deja un bello prodigio
de volver, don Pedro, a verle,
sólo por haberle visto.
Don Pedro
¿Hacia qué parte? Quizá
podré con algún indicio
guiaros allá.
Almirante
En la audiencia
del Rey donde a hablarle vino
en no sé qué pretensiones…
Don Pedro
(¡Esto más, hados impíos!
¿Aun no queréis perdonarme,
sobre estar lo que le asisto
colgado de los cabellos?).
Almirante
¿Sabéis quién es?
Don Pedro
Mal decirlo
podré, que no hice reparo.
Ginés
Estaba muy divertido
ese día, que fue el que
le dio primer parasismo
de un lucido que le anda
llevando y trayendo el juicio.
Pero yo, que estaba en mí,
lo diré. Vente conmigo;
que en el Coso vive, donde
no dudo que haya salido
también a sus rejas; que es
hermosa y habrá querido
parecerlo, como todas.
Don Pedro
(¡Que me haya destruido
este infame, sin saber
lo que ha hecho!).
Almirante
Yo te estimo
la noticia. Guía, Ginés.
Don Pedro
¿Que hayáis, gran señor, creído
a un loco? Pues él, ¿qué sabe
de todo lo que os ha dicho?
Ginés
Si lo sé o no, ello dirá,
pues a la casa le guío
de doña Violante Urrea.
Almirante
Ese es el nombre que dijo.
Ginés
Ahí verás que yo no miento
y que estaba en mi sentido
cuando no estaba mi amo
ni en el suyo ni en el mío.
Ven, pues.
Sale el Marqués.
Marqués
Señor Almirante,
¿dónde por aquí?
Almirante
He querido
ver la ciudad.
Marqués
Según eso,
no os habrá hallado el aviso
de una grande novedad.
Almirante
No.
Marqués
Pues sabed que ha tenido
nueva Carlos de que está
Valladolid en divisos
parciales bandos revuelta,
conque es fuerza que en camino
presto se ponga.
Almirante
Volver
hacia palacio es preciso.
Marqués
Venid, os iré sirviendo.
Almirante
Yo soy el que he de serviros.
A Dios, don Pedro; Ginés,
la memoria de este anillo
te acuerde para mañana.
Vanse el Almirante y el Marqués.
Ginés
Y para de aquí a mil siglos.
¡Jesús y qué diamantazo!
Mira, señor.
Don Pedro
Mal nacido,
pícaro, infame, villano.
Ginés
Volviole a dar el delirio.
Don Pedro
¿Tú tienes atrevimiento
de haber de una dama dicho
ni aun las señas de su calle,
cuanto más su nombre mismo?
Ginés
Pues a ti ¿qué te va en eso,
para qué, cuando recibo
un diamante como un puño
de otro, me des tú mohíno
un puño como un diamante?
¿Heme ya acaso metido
con tu fulana?
Don Pedro
Por vida…
(Pero hago mal, mal digo;
que podrá ser, si repara
en que por ella le riño,
que despierten mis estremos
su malicia). Ginés, hijo,
perdóname, y por tu vida
vayas. Y al instante mismo
hagas que un caballo aquí
me traigan.
Ginés
Por Jesucristo,
señor, que si has de matarme,
que no sea con cuchillo
tan de dos contrarios cortes
como son rabioso el filo
por una parte y por otra
amolado.
Don Pedro
Haz lo que digo,
que me importa.
Ginés
Y a mí y todo
huir de ti.
Vase Ginés.
Don Pedro
El alma de un hilo
pendiente está, lo que tardo
en salir donde me dijo
don Jerónimo.
Salen, tapadas con disfraz, Violante y Flora.
Flora
Señor
don Pedro.
Don Pedro
¿A mí?
Flora
Sí.
Don Pedro
¿En qué os sirvo?
Flora
Una dama, que, sabiendo
que aquí estabais ha venido
buscándoos, quiere allí hablaros.
Don Pedro
¿Dama a mí? Mucho me admiro.
Violante
¿Por qué?
Don Pedro
Porque nací más
para ser aborrecido
que buscado.
Violante
Bien pudiera
fácilmente desmentiros.
Don Pedro
¿Cómo?
Violante
Así. Mirad si sois,
Descúbrese.
cuando yo, don Pedro, os sigo,
aborrecido o buscado.
Don Pedro
Violante, ¿tú con vestido
tan estraño a tu decoro?
¿Tú con tan no usado estilo
a tu recato?
Violante
¿Qué mucho,
si vos tratáis destruirlos,
que trate yo de perderlos
el miedo?
Don Pedro
¿Yo?
Violante
Sí, vos mismo,
pues según las amenazas
de ayer, temiendo el impío
arrojo de declararos,
disfrazada me he atrevido
a usar de no dignos medios
contra despechos no dignos.
Y pues allí turbación,
llantos, voces, golpes, ruidos
impidieron al discurso
el uso de los sentidos
para elegir lo mejor,
que ahora me escuchéis os pido,
a ver si acaso, cobrada
de tanto susto, lo elijo.
Quiebras de hacienda, don Pedro,
por vuestro lustre y el mío,
el casamiento dilatan.
Pues en dos daños precisos
elijamos el menor:
tratemos de descubrirnos
a nuestros deudos por medios
públicos, justos y dignos
y padezcamos desaires
de cumplimientos altivos,
poniendo las estrechezas
a cuenta de los cariños.
Como yo viva con vos
en el más pobre retiro
y consiga lo dichoso,
¿qué falta ha de hacer lo rico?
Si ha de salir a la calle
el secreto en desafíos
de celos, armas y duelos,
salga por el real camino
de la fama y del honor.
Y pues casado conmigo
no queda al atrevimiento
el más pequeño resquicio
que aun pudo quedarle al sol,
porque es mi esplendor más limpio,
mejoremos lances, pues
más enfrena un desvarío
que la espada de un amante
el respeto de un marido.
Mi bien, mi señor, mi dueño,
esto humildemente os pido,
en satisfación de que
ninguna culpa he tenido
en vuestro desabrimiento.
Don Pedro
(¡Qué buen medio, a haber venido
antes! Pero ¿cuándo, ¡ay, cielos!,
buen medio a buen tiempo vino?).
Violante
¿Qué es esto? ¿A proposición
tan lícita, a tan rendido
afecto, a amor tan postrado,
mudo, absorto y suspendido,
con suspiros respondéis?
¿De cuándo acá los suspiros,
prendas de lo desdeñado,
se hacen servir a lo fino?
Don Pedro
Violante, saben los cielos
(¿qué la diré?; estoy perdido;
que ya obrado el daño, llega
tarde el remedio) que estimo
tu fineza, tu consejo,
tu entendimiento, tu juicio
tanto…
Sale Ginés.
Ginés
Ya está allí el caballo.
Don Pedro
Pero a Dios. Nada te digo
ni puedo… A Dios otra vez
y otras mil.
Violante
¿Te has ofendido
de que así te busque?
Don Pedro
No;
que antes en el alma imprimo
igual fineza.
Violante
¿Es mal medio
el que te he propuesto?
Don Pedro
Es digno
de tu cordura.
Violante
¿No es buena
la satisfación?
Don Pedro
La admito
como tuya.
Violante
Pues ¿qué hay
para que sin ley, sin tino
me dejes sin responderme?
Don Pedro
Hay el no poder decirlo.
Violante
No me des a presumir
con tan preñados esquivos
extremos como faltar
razones, no dar oídos
a igual plática, que todos
tus estremos son fingidos
a título de quejoso,
quedando airoso conmigo
para volver al pasado
concierto de conveniros
tú y tu prima Serafina.
Don Pedro
A eso y a esotro me obligo
a responder cuando vuelva,
si vuelvo a tus ojos vivo.
Violante
¿Y es justo dejarme así?
Don Pedro
Sí, que un empeño preciso
me dio licencia a un respeto
y no me la dio a un alivio.
(¡Ah, tirana ley del duelo!
¡Mal haya, amén, quien te hizo,
para que, huyendo un agrado,
se haya de ir hacia un peligro!).
Vase.
Violante
¿Qué es esto, Flora?
Flora
Esto es
verse buscado y querido.
¡Oh, fuego de Dios en todos!
Violante
¿Mujer como yo (¡qué abismo
de confusiones, de penas,
de letargos, de delirios!),
mujer como yo, otra vez
y otras mil veces lo digo,
se deja (¡qué sentimiento!)
en la calle (¡qué conflicto!)
tan sin respuesta (¡qué ansia!),
tan sin respeto (¡qué impío
dolor!), que aun en cortesía
no se ofreciese a ir conmigo?
Pero ¿qué me desespero?
¿Qué me ahogo? ¿Qué me aflijo?
¿Yo no sabré…? Mas, ¡ay, triste!,
¿qué he de saber? Que el olvido
mal podrá llevarle al fin
la que le ignora el principio.
Vase.
Ginés
(¡Esta es la doña fulana!
Y pues que se me ha venido
a las manos, saber tengo
de aquesta vez, si la sigo,
quién es).
Flora
¿Adónde va, hidalgo?
Ginés
Voy, señora, mi camino.
Flora
Pues tuérzale por agora;
que si nos sigue, le aviso
que habrá quien le muela a palos…
Ginés
Sentiré mucho el sentirlos.
Flora
…o, si no, le mate a coces.
Ginés
Mi amo se hiciera lo mismo.
Vaya uced con Dios.
Flora
A Dios.
Vase.
Ginés
¿Cuándo, astros, planetas, signos,
cielo, sol, luna y estrellas
con todos los requisitos
de soliloquio furioso,
saldré deste laberinto?
Vase.
Sale Benito entre unas ramas, dejándose ver sólo el rostro.
Benito
Desde el alba escondido
al sol y al aire Gila me ha tenido,
como lienzo a curar, o al revés, puesto
que más parece que a enfermar me ha puesto,
según la sed al frío corresponde.
¡Ah, lo que pasa amante que se esconde!
Pero allí siento ruido.
¿Si es Gila? No, si ya no es que haya sido
que el poeta ponga al margen de su nombre
que Gila sale en hábito de hombre.
Un caballero es, que penetrando
lo espeso, no sé qué viene buscando.
¿Si será a mí? Pensarlo me acobarda;
agazápome más.
Sale don Jerónimo.
Don Jerónimo
¡Ah, lo que tarda
don Pedro! Mas quizá será el cuidado
quien me hace a mí creer que él ha tardado;
que corre muy ligera
la cólera impaciente del que espera.
U dígalo él; que allí volando veo
ya su caballo, más que mi deseo.
Claro está que ser suya no podía
tardanza que constó de prisa mía.
Para que me descubra, este pañuelo
la seña le ha de hacer.
Don Pedro
dentro
¡Válgame el cielo!
Don Jerónimo
En un tronco el caballo tropezando
le arroja. A socorrerle iré volando.
Al entrar, sale don Pedro como cayendo.
Don Pedro
Mucho siento, aunque fuese a costa mía,
malograr tan hidalga bizarría.
Don Jerónimo
¿Cómo?
Don Pedro
No me he hecho mal, y el lustre quito
al socorro, pues de él no necesito.
Don Jerónimo
Con todo, si os sentís no bien tratado,
el que esperó a que estéis desocupado
en esta soledad de penas lleno,
esperará también a que estéis bueno.
Don Pedro
Ya lo estoy. Aunque el golpe en este brazo
me lastimó, no tanto que del plazo
me obligue a usar. Demás que quien, oyendo
ser yo el competidor, creyó –diciendo
estar lo dicho, dicho– que podía
ser flaqueza lo que era cortesía,
no quiero que ahora crea
que también afectado el dolor sea.
Y mientras que sacar puedo la espada
ni azares temo ni me duele nada.
Riñen.
Don Jerónimo
Cuanto es valor, de vos tengo creído.
Benito
(¡Oigan los bobos a lo que han venido!
A matarse no más. ¿Pero del ama
el primo no es aquél?).
Don Jerónimo
¡Qué honor!
Don Pedro
¡Qué fama!
Benito
(Sí, mas ¿qué me va a mí? Silencio tenga;
que no han de verme hasta que Gila venga).
Don Pedro
(A pesar del dolor, me aliento en vano).
¡Ay, infeliz!
Don Jerónimo
La espada de la mano
se os ha caído.
Cáesele la espada a don Pedro, pasa la daga a la mano derecha y don Jerónimo se retira.
Don Pedro
El brazo entumecido
y atormentado, al golpe se ha rendido,
mas no el valor que siempre en mí se halla.
Don Jerónimo
No os asustéis; tiempo hay para cobralla.
Alzadla, pues, del suelo,
y volved a reñir.
Don Pedro
(¡Válgame el cielo!
¿Por quién sino por mí pasar podía
esta infelicidad?).
Benito
(Qué bobería.
¿A quien se cae volvella?
¿No es mijor dalle cuando está sin ella?).
Don Jerónimo
¿Qué, don Pedro, os suspendéis?
Volved a cobrar la espada
y si no es para reñir,
porque ahora la fuerza os falta,
para ir a convalecer
hasta que, bien restaurada,
prosigamos nuestro duelo.
Don Pedro
(¿Quién se vio en confusión tanta?).
De vuestra gran bizarría
y de mi fortuna escasa,
don Jerónimo, dos veces
vencido estoy. Y en la estraña
confusión de tan no visto
acaso, no sé qué haga.
Si alzo la espada del suelo,
ha de ser para la vaina,
porque ya contra vos, ¿cómo
puedo otra vez empuñarla
si vos me la dais? Y, siendo
así que no puedo, haya
de mi parte otra hidalguía.
Don Jerónimo
¿Qué es?
Don Pedro
Echarme a vuestras plantas
rogándoos me deis la muerte,
que más quiero que en campaña
se diga que quedé muerto
que no que perdí las armas.
Don Jerónimo
Bueno es, por que no sea vuestro
el desaire, querer le haga
yo mío. ¿Cómo he de dar
muerte con tal vil ventaja
a quien me la pide?
Don Pedro
Viendo
cuánto es más noble la fama
que la vida. Y, si ya es fuerza
vivir con nota, más alta
acción será darme muerte,
que es darme lo más, pues pasa
lo que viviendo es desdoro,
a ser muriendo desgracia.
Benito
(¿Han vido para matarse
los comprimientos que gastan?).
Don Jerónimo
Quien atento a su valor
siempre hacer lo mejor trata,
para quitaros lo más
no os da lo menos. La espada
tomad y tomad con ella
–porque con desconfianza
hombre como vos no viva–
la fe, la mano y palabra
de que lo que aquí ha pasado
jamás de mi labio salga.
Don Pedro
Eso es dar vida y honor
y quedaros con el alma,
pues que queda esclava vuestra.
Don Jerónimo
Es muy noble para esclava;
menos agradecimiento
que tenga de vos, me basta.
Don Pedro
Pues ¿qué puedo hacer por vos?
Don Jerónimo
Yo no he de pediros nada;
que no vendo, sino doy
lo que a vos os persuada
vuestra misma obligación,
teniendo por asentada
cosa que adoro a Violante
y que no puedo olvidarla.
Vase.
Don Pedro
¡Ay, infelice de mí!
¿Quién vio acciones tan contrarias
como equivocar a un tiempo
el dar la vida y quitarla?
Competirle ya será
–sobre acciones tan bizarras
como hizo y promete hacer–
villanía muy ingrata,
y más quedando pendiente
mi honor de su confianza.
Pues dejarle yo a Violante
–dejo aparte las instancias
que ha de hacerme su memoria–
cuando Violante postrada,
llorosa, constante y firme,
casi me ruega, es infamia.
Ahora bien –mejor dijera,
ahora mal–, ¿más esperanza,
más medio ni más remedio
hay aquí que buscar causa
para una ausencia y restado
volver a todo la espalda?
Con eso queda Violante
dudosa y no desairada,
don Jerónimo seguro
de que oposición le haga
y yo no ingrato a los dos.
Y, pues que ya imaginada
la causa para la ausencia
se me ofrece, para darla
más colores de precisa,
desde aquí he de ir a su casa
sin aguardar a la noche;
pues me asegura la entrada
por otra calle el secreto
con hacer la seña.
Voces
dentro
Ataja
por la ladera del monte.
Don Pedro
La batida de una caza
viene sitiando el contorno.
Sólo agora me faltaba
que alguien aquí me conozca.
Vamos, penas; vamos, ansias;
entre dos obligaciones,
a costa de vida y alma,
mezclando celos y ausencia,
a haber de cumplir con ambas.
Vase.
Fabio Y Voces
Al valle, al monte, a la selva.
Benito
Aunque viene gente tanta,
yo, mientras Gila no venga,
no es justo que de aquí salga.
Fabio Y Voces
Herido el jabalí, corre
de aquel ribazo a la falda.
Serafina con venablo y Gila con lanzón.
Serafina
Nadie primero que yo
le ha de rematar, pues basta
ya de la sangre la huella,
ya de los perros la ladra
para que, siguiendo el rastro,
rompa las espesas jaras
desta intrincada espesura.
Gila
Y yo es bien que tras ti añada
a tu venablo mi chuzo.
Serafina
Allí se mueven las ramas,
y parece que negrea
un bulto en la enmarañada
maleza suya.
Gila
Sin duda
o allí se rinde o descansa
el puerco jabalí.
Serafina
Pues
¿qué espero? Muera a la saña
de la acerada cuchilla,
blandido el venablo.
Benito
Aguarda
y no le tires, que,
aunque
es verdad que entre estas matas
el puerco está, no cabal,
pues lo jabalí le falta.
Serafina
Benito, ¿qué haces aquí?
Benito
Ver mil cosas tan estrañas
que te ha de espantar oírlas.
Gila
Es, señora, tan gran mandria
que por no ir a la batida
se habrá escondido.
Benito
(¡Ah, tirana!,
para ésta). Viniendo al monte
por leña aquesta mañana
(¡quién la susodicha leña
hobiera hecho en tus espaldas!)
me fue esconderme forzoso,
temiendo, si me encontraran,
que me habían de dar muerte.
Serafina
¿Quién?
Benito
Escucha lo que pasa.
Serafina
Sí haré, pues ya trasmontado,
ni aun el latido se alcanza.
Benito
A matarse en cortesía
vinieron a aquesta estancia
don Pedro, tu primo, y otro
caballero. Cochilladas
se tiraron tan bien puestas
en razón y tan honradas
que debieron de servir
al Cid en algunas calzas.
Finalmente, como digo
de mi cuento, cuando andaban
más en cólera, he aquí…
Serafina
¿Qué?
Benito
…que se le cay la espada
a tu primo de la mano.
Serafina
¿Y diole la muerte?
Benito
Aguarda.
Sobre «álcela su mested»,
«no, su mested ha de alzarla»,
hubo grandes comprimientos,
porfiando uno y otro hasta
que el otro la alzó y la dio,
diciendo en ella le daba
honor y vida, con que
se fueron por partes varias,
como es costumbre de todas
las pendencias acabadas:
el valiente echando piernas,
y el no valiente bravatas,
Serafina
Ven acá. ¿Y de sus razones
pudiste entender la causa?
Benito
Allá a la postre entreoí
que era por no sé qué dama
Pasa-Volante, pues dijo
al dar la espada: «Tomalda,
advirtiendo que a Volante
adoro y no he de dejarla».
Y el otro quedó diciendo:
«Que sola ni desairada
dejar a Violante cuando
casi me ruega, es infamia».
Serafina
(¡Qué escucho, cielos! Sin duda
Violante –¡oh, fiera; oh, tirana
amiga!– la causa es
de que don Pedro me haga
el desdén de no admitir
mi mano. ¿Para esto –¡qué ansia!–
el hospedaje –¡qué pena!–
es que me haces en tu casa
siempre que yo a la ciudad
voy y el que yo –¡oh, ira; oh, rabia!–
te hago en mi quinta si vienes
a divertirte en su caza?
¿Para ofenderla se estrecha
una amistad sin que haya
ni aun la disculpa civil
de la ley de la ignorancia,
pues hablamos tantas veces
en lo que los deudos tratan
de convenir a los dos?
Conmigo, ¡ay de mí!, no basta
andar grosero don Pedro,
mas también Violante falsa.
Si sólo el desdén sentía
cuando por mí me dejaba,
¿qué será cuando por otra?
Mas ¿qué digo?, si antes gracias
debo dar a mi fortuna
cuando con tal circunstancia
a las manos se ha venido
de uno y otro la venganza.
¡Vive el cielo, aleve primo;
vive el cielo, amiga ingrata;
que ha de hallar mi ofensa modo,
que ha de hallar mi injuria traza,
con que ella sin pundonor
quede o él sin esperanza!).
Id, Fabio, decid que el coche
que de ese monte en la falda
se quedó, venga al camino.
Vase.
Benito
Agora, infame picaña,
veréis qué es tener al hombre
a manera de alcarraza
al sol y al aire, cubierto
de hierbas.
Gila
No te comparas
bien; di de zaque, que es vino;
no de alcarraza, que es agua.
Benito
Voto al sol…
Gila
¡Ay, no me mueras!,
que he estado muy ocupada.
Benito
Pues ¿qué has tenido que her?
Gila
Echar a un pollo una calza.
Benito
Vete libre, mujer, pues
para hacer a un galán falta,
echar una calza a un pollo
es bastantísima causa.
Vanse, y salen Violante y Flora.
Flora
Aunque lágrimas, señora,
desahoguen, al fin son
pedazos del corazón
y le hacen falta.
Violante
No, Flora,
las culpes; que en la flaqueza
nuestra no tiene un pesar
más venganza que llorar.
Flora
No digo que tu tristeza
no es justa, pues no tener
palabras que responderte,
dejarte de aquella suerte
en una calle y volver
la espalda, es muy de sentir,
pero el sentimiento dar
debe a la razón lugar.
Violante
¡Ay, que dejas de decir
de mis penas la mayor!
Flora
Mi intento no la adivina.
Violante
Que es la causa Serafina.
Flora
Ese, señora, es temor
imaginado. Y, pues él
te dijo que volvería
y a todo respondería,
no siempre a lo más cruel
vaya la imaginación,
que mal podemos saber
lo que le pudo mover;
quizá su satisfación
te dejará más gustosa.
Vado a los temores da,
que él con la noche vendrá.
Violante
No seré yo tan dichosa.
Porque si él, Flora, quisiera
satisfacerme, pues vio
cómo me dejaba, no
esperara a que viniera
la noche; que para el día
señas sabe con que esté
seguro el cuarto.
Dentro golpes quedos, como señas.
Flora
Oye.
Violante
¿Qué?
Flora
Albricias, señora mía,
la seña es; y pues también
la satisfación empieza
que a pedir de tu tristeza
venir tus ojos le ven,
no dudo que han de acabar
tu llanto y tu sentimiento
a pedir de tu contento.
Vase Flora.
Violante
La puerta ve a asegurar;
que yo, Flora, correré
el marco.
Corre el marco y sale don Pedro.
Don Pedro
Bella Violante,
ni de mi afecto constante
ni de mi rendida fe
me formes queja ninguna
hasta oírme.
Violante
Pues ¿de quién,
cuando tan otro te ven
mis ansias?
Don Pedro
De mi fortuna.
Hoy te dejé (¡en vano aliento!)…
Violante
…necio, ingrato y descortés.
Don Pedro
Sí. (No sé hablarla, como es
la primer vez que la miento).
Pero, oída la aflicción
de una aleve tiranía
que trabado me tenía
entonces el corazón,
quizá me disculparás.
En Barcelona, ¡ay de mí!
(empieza el pretexto aquí
para mi ausencia), sabrás
que un correo que pasaba,
según un hombre contó
en la posada, dejó
dicho que muerto dejaba
a manos de la más fiera
traición que vio el hado impío,
a don Alonso, mi tío.
Yo por alcanzarle y si era
verdad saber, con la rara
priesa el caballo tomé
que viste. En fin, le alcancé
y supe de él…
Dentro ruido. Sale Flora y vase a esconder don Pedro al cuadro y Violante le lleva a otra puerta de donde sale Serafina.
Voces
Para, para.
Violante
¿Qué ruido es este?
Flora
Es, señora,
como ya en uso lo tiene,
que a ser tu huéspeda viene
Serafina.
Don Pedro
Conque agora
fuerza el retirarme es.
Violante
Sí, mas no aquí; que no has de irte
hasta que acabe de oírte.
Aquí ha de ser.
Don Pedro
Sí haré. Y pues
de nuestro amor Serafina
tan sobre seguro está
contigo y cuenta te da
hasta de lo que imagina,
háblala en mí, verás que,
ya que dos tus quejas son,
son dos mi satisfación
y la suya.
Violante
Sí hablaré,
que aun por eso a querer llego
que donde lo oigas estés.
Sale Serafina.
Serafina
No quiten el coche, pues
tengo de volverme luego.
Violante
¿Cómo, Serafina mía,
tan de paso tu belleza
que haya de entrar la tristeza
primero que la alegría
en esta casa?
Serafina
Ay, Violante;
ay, amiga; que un pesar
tan grande que va a matar
y aun no es a matar bastante,
hoy a valerme de ti
me trae, poniendo en tu mano
vida, alma y honor.
Violante
En vano
me previenes, pues de mí
sabes que puedes segura
servirte. Alienta, respira,
y lo que me mandas mira.
Serafina
Sólo…
Violante
Di.
Serafina
…que tu hermosura
dé lugar para que aquí
dos palabras (mal reprimo
mi ansia) a don Pedro, mi primo,
hable delante de ti.
Porque has de saber que han vuelto
aquestos impertinentes
caducos de mis parientes
a hablarme en él; he resuelto,
ya que alguna vez oí
su plática sin enfado,
y él, habiéndola escuchado,
no dio desde luego el sí,
no darle yo. Y aun cruel
le aborrezco de manera
que si rey del mundo fuera
no digo casar con él,
pero aun pensallo, aun decillo,
juzgo ofensa entre los dos.
Violante
(¡Buena pascua te dé Dios!).
Serafina
(¡Lo que se alegra de oíllo!).
Y, siendo así que no puedo
usar de mi libertad,
perdiendo a la autoridad
de ancianas canas el miedo,
en mi propósito fiel,
temerosa de ofendellos,
lo que no les digo a ellos
quisiera decirle a él,
suplicándole que ya
que él el desaire empezó,
le prosiga, con que yo
quedo bien, si es que me da
licencia para llamalle
a tu casa tu amistad,
pues no tengo en la ciudad
otra donde pueda hablalle.
Violante
Pues ¿qué inconveniente a mí
se me sigue de que sea
mi casa donde te vea
y más para eso?
Serafina
Pues…
Violante
Di.
Serafina
Aun más has de hacer.
Violante
¿Qué es?
Serafina
Porque quien conmigo viene
curia en la ciudad no tiene,
que una persona me des
que vaya de parte mía
(pues presumir será error
que aunque le falte el amor,
le falte la cortesía)
y le diga que soy quien
hablarle pretende.
Violante
Flora,
¿quién a esto irá?
Flora
Yo, señora.
Violante
¿Conócesle tú?
Flora
Y tan bien
que nadie mejor que yo
en toda la casa habrá
que sepa dónde él está
ni más presto.
Violante
¿Quién te dio
esas noticias?
Flora
Servía
antes que a ti a un infanzón
que tiene conversación
donde acude cada día,
cerca de aquí.
Violante
Si es así,
ve y dile que Serafina
en mi casa determina
hablarle. ¿Entiéndesme?
Flora
Sí.
(Que pues que puedo sacalle
por detrás de aquel cancel,
finja que vuelvo con él
por la puerta de la calle).
(Ven tras mí).
Don Pedro
(Fuerza este instante
es mi ausencia dilatar,
quede, pues ha de quedar
sin este susto Violante).
Vanse don Pedro y Flora.
Violante
(Esto es lograr, pues me ofrece
tan buena venganza aquí
el que él delante de mí
oiga que ella le aborrece).
Serafina
(¡Qué contenta está en pensar
su desengaño, sin ver
que la fiesta del placer
es víspera del pesar!).
Violante
En fin, Serafina mía,
¿el pasado sentimiento
de que de tu casamiento
no aprecio tu primo hacía,
ya aborrecimiento es?
Serafina
(Otra vez lo quiere oír
y yo lo quiero decir,
mas no todo hasta después).
Sí, Violante, porque ¿qué
mujer dejada se vio
que en odio no convirtió
su amor, en ira su fe?
Violante
Él tiene poca razón
en no adorar tal belleza.
Serafina
¡Páguete Dios la terneza
con que habla tu corazón!
Que te estimo, fía de mí.
Violante
Bien te lo merezco.
Vuelven por la otra puerta Flora y don Pedro.
Flora
Ya
(ved si dije bien) está
el señor don Pedro aquí.
Don Pedro
Y confuso en no saber
a quién una dicha tal
como pisar este umbral
se la debo agradecer.
O a vos, Violante divina,
que esta licencia me dais,
o a vos que la ocasionáis,
bellísima Serafina.
Y pues a un tiempo a las dos
debo alma y vida rendiros,
ved vos en qué he de serviros
y ved qué me mandáis vos.
Serafina
Señor don Pedro, dejemos
cortesanías y vamos
a verdades, que quizá
puede ser que importen a ambos.
Bien pensaréis que el haberos
a esta visita llamado
es, tomándome licencias
de amiga indiscreta, a daros
quejas de que hagáis desdén
de vuestros mismos aplausos,
desairando en una misma
sangre, lustre, honor y fausto.
Pues no, don Pedro, no soy
tan necia que haya pensado
que en mis tribunales puedan
residenciarse los astros.
Y así, para que veáis
cuánto es mi intento contrario,
no sólo he de daros quejas,
sino gracias, suplicándoos
que, ya que la acción habéis
lucido del desengaño,
me dejéis lucir la acción
de dar gracias por agravios.
Vos tenéis sacado el rostro
al ceño; y, pues ha empezado
en vos la desavenencia,
prosiga en vos, escusando
que haya de empezarla yo
ahora de nuevo, sacando
la cara a segundo ceño;
que no está bien al recato
de una mujer hacer hoy
enojo el que ayer fue agrado.
Y, para que no os parezca
que livianamente vano
hago este esfuerzo, escuchad
la causa con que le hago.
Hoy me han hablado de vos
los que pretenden ancianos
conservar de sus solares
el antiguo mayorazgo,
sin que transversal, o en mí
o en vos, pase a algún estraño
que las armas de Torrellas
borre del jaspe y el mármol.
Y, siendo así que no he sido
yo la que he repugnado,
venirse a mí cuando deben,
para proceder más sabios,
irse a vos, que sois quien tiene
hecho el despego, me ha dado
que pensar, que discurrir
si son de vos enviados,
escarmentado de haber
tocado los desengaños
de alguna dama por quien
habéis hoy salido al campo.
Bien puede ser que éste sea
en mí juicio temerario.
Si lo fuere, ¿qué hay perdido?
Si no lo fuere, hay ganado
que sepáis que no soy buena
para sostituta. Y, cuando
os hayan los riesgos de otra
–sea quien fuere; que si callo
su nombre, otros le dirán–,
como dije, escarmentado,
por el mismo caso yo
debo no hacer de vos caso.
Y así, otra vez y otras mil
vuelvo, don Pedro, a rogaros
que os mantengáis en ser vos
quien desvíe ese tratado;
que pues que yo me consuelo,
¿qué haréis vos en consolaros,
siendo yo la desdeñada
y siendo vos el ingrato?
Porque si vuelven a hablarme
en vos y la cara saco
al no quiero, habré de dar
la razón, diciendo a cuantos,
o ya me persuadan cuerdos,
o ya me fuercen tiranos,
que la mano no he de dar
a un hombre tan desairado
que en campal duelo la espada
se le caiga de la mano
y para vivir conmigo
venga con desdoro tanto
que lo que viva, lo viva
a merced de su contrario.
Vase.
Don Pedro
Oye.
Violante
Aguarda.
Don Pedro
(Mas, ¡ay, triste!,…)
Violante
(Mas, ¡ay, infeliz!,…)
Don Pedro
(…que un pasmo,…)
Violante
(…que un hielo,…)
Don Pedro
(…un terror,…)
Violante
(…un susto,…)
Don Pedro
(…un parasismo,…)
Violante
(…un letargo,…)
Don Pedro
(…¡suerte injusta!,…)
Violante
(…¡mortal pena!,…)
Don Pedro
(…¡cruel influjo!,…)
Violante
(…¡fiero hado!,…)
Don Pedro
(…de hielo me cubre el pecho).
Violante
(…de fuego me sella el labio).
Don Pedro
(¿Para romperla, ¡ay de mí!,
vil caballero, la mano,
la fe y palabra me diste?).
Violante
(Mas ¿qué dudo? ¿Para cuándo
se hizo acendrar el valor
al crisol de los agravios?).
Bien, don Pedro, pensaréis,
si deja pensar el vago
discurso de quien a un tiempo
tiene que acudir a tanto
que ha de prorrumpir en quejas
mi dolor, haciéndoos cargo
de que, ofendido el secreto
y el honor abandonado,
hayáis rompido por todo.
Pues no, que hoy amor postrado
verá el rencor de la ira
a la terneza del llanto.
Ni de mi injuria me acuerdo,
de vuestro arrojo me agravio,
vuestro despecho me ofendo
ni vuestro furor me espanto.
La disculpa de celoso
admito; y, si queréis, paso
a hacer méritos de fino
errores de temerario,
a precio de que viniendo
en un sentimiento entrambos,
dejemos lo que a mí toca
y a lo que a vos toca vamos.
Un acaso, claro está
(según de lo que ha contado
esa tirana se infiere,
que mal pudiera en tan alto
ilustre valor caer
la mancha sin el acaso),
mal puesto os tiene, don Pedro,
pues que basta para estarlo
que vuestro aleve enemigo,
jactanciosamente vano,
de que os dio vida y honor
se haya con ella alabado
y ella lo haya dicho a voces;
que en causas de honor es llano
que sólo un testigo sobra.
Y, aunque a este pueda el descargo
recusarle aborrecido,
no es fácil que el vulgo vario
recoja una voz que ya
corrió, que, habiendo llegado
a su noticia, ¿quién duda
que pase a otras, infestando
el honor, que mala fama
tiene achaques de contagio?
Vuestra obligación sabéis,
y, pues no en ella he de hablaros,
sólo os hablaré en la mía.
Cuanto soy y cuanto valgo,
todo es vuestro para que
a todo trance restado,
sin que os condoláis de mí
–que en los retiros de un claustro
sabré llorar vuestra ausencia
sin otro caudal que amaros–,
puesto en salvo vuestro honor,
pongáis la persona en salvo;
que, aunque os amo, aunque os estimo,
quiero, adoro y idolatro;
idolatro, adoro, quiero,
estimo, don Pedro, y amo
más que a vos a vuestro honor.
Y así, a Dios, hasta miraros,
don Pedro, o vengado o muerto.
Vase.
Don Pedro
Oye, aguarda. Cerró el cuarto
sin dar lugar a que diga
que estimo el consejo tanto
que no volveré a sus ojos
si no es o muerto o vengado.
Tercera Jornada
Salen don Pedro y Ginés.
Ginés
¿Era hora, señor, de hallarte?
Don Pedro
Pues vienes a muy buen tiempo
si vienes con tus locuras.
Ginés
¿Hay más de aporrearme presto
para que presto también
llegue el arrepentimiento
y discurramos amigos
en lo que quiere ser esto
de salirte al campo solo,
triste, elevado y suspenso,
día que nobleza y plebe
con el tráfago y estruendo
de la partida del Rey
concurre a palacio y, siendo
tú el primero que llegó
a sus pies, ni aun el postrero
quieras ser hoy?
Don Pedro
Ay, Ginés,
que porque todos contentos
quedan y del Rey honrados
huyo de hablarlos y verlos.
(Y es verdad, pues a ninguno
de cuantos, ¡ay de mí!, encuentro
desde que salí de casa
de Violante, no me atrevo
ni aun a mirarle a la cara,
con la vergüenza o el miedo
de que sabe mi desdicha.
Y así a los campos me vengo
conmigo a pensar qué modo
de satisfación dar debo
al mundo de mi valor.
Agora bien, sentimientos,
lo primero discurramos
qué sentirá de mí el pueblo,
cuando esparcida la voz,
diga en corrillos diversos…)
Dentro Benito cantando.
Benito
Salieron a reñir dos callaberos,
cayósele la espada al uno dellos.
Don Pedro
(Mas, ¡ay, infeliz de mí!,
llegó mi pena a su estremo,
pues a mí me lo pregunto
y me lo responde el viento).
Benito
Arre, burro de un ladrón.
Canta.
Miren cuál se va torciendo.
Que cayósele la espada al uno dellos.
Ginés
Oiga el villano y cuál canta
al compás de su jumento.
Por vida tuya, señor,
que, dejando sentimientos
de esa mi señora doña
fulana por un momento,
escuches aquel tonillo
de un rudo villano de esos
que traen de alquerías y aldeas
a la ciudad bastimentos,
que no dudo que te dé
el oírle gran contento,
pues dice a sí y a su burro,
entre regaños y acentos:
A otra parte cantando.
Gila
Salieron a reñir dos callaberos,
cayósele la espada al uno dellos.
Ginés
Y aun otra villana allí
viene cantando lo mesmo.
Como es el tonillo alegre,
habrase esparcido presto.
Gila
Verá por dó va la burra.
¡Por el pantano! Ah, mal juego
de San Antón que me obligue
a echar por otros linderos,
que cayósele la espada al uno dellos.
Ginés
¿Qué te parece? ¿No es brava
la letra y el tono?
Don Pedro
(¡Cielos!
Sólo aqueste torcedor
faltaba a mi sentimiento.
En fin, ya, ¡ay, desdicha!, eres
hablilla, fábula y cuento
del vulgo, pues ya por ti
dice repetido el eco:)
Salen los dos.
Los Dos
Salieron a reñir dos callaberos…
Don Pedro
¡Callad, rústicos villanos…
Benito
¡San Dios!
Gila
¡San Dominus tecum!
Don Pedro
…o a mis manos moriréis!
Ginés
(Diole la furia a buen tiempo,
pues tuvo otros en quien dar).
Los Dos
¿En qué en decir le ofendemos
que cayósele la espada al uno dellos?
Don Pedro
Cuando me matáis cantando
¿proseguís?
Los Dos
¡Ay, que me ha muerto!
Ginés
No se les dé nada, amigos;
que es un vaguido, que luego
se le pasa y les hará
mil caricias al momento
que les haya muerto a coces.
Don Pedro
Decid, rústicos, groseros,
bárbaros, viles villanos,
¿quién os enseñó esos versos?
Benito
(¿Qué miro? Él es. ¡Ay de mí,
infelice! Yo so muerto
si Gila dice que jui
quien lo vio).
Gila
Yo no sé dellos
más de que todos los cantan.
Benito lo dirá, puesto
que es el que lo sabe todo.
Benito
Yo no sé más de que viejos,
niños, mojeres y cuantos
Canta.
hay, andan por ahí diciendo
que salieron a reñir dos callaberos…
Gila
Ni yo tampoco sé más
Canta.
de que persigue el soceso
que cayósele la espada al uno dellos.
Don Pedro
¡Vive Dios! (Mas, ¡ay de mí!,
¿qué dirán de mí si dejo
vivo al agresor y en unos
pobres villanos me vengo?).
Idos, amigos, con Dios.
Ginés
¿No se lo dije yo? Luego
que se le pasa, es un ángel.
Los Dos
¡Y cómo que mos iremos!
Benito
Y ya que desto se enoja,
yo le juro…
Gila
Yo le ofrezco…
Benito
…de que en mi vida no diga…
Gila
…que no diga en nengún tiempo…
Los Dos
…que salieron a reñir dos callaberos…
Don Pedro
Idos, villanos, de aquí;
no apuréis mi sufrimiento.
Ginés
Señor, pues ¿qué te va a ti
que vayan o no contentos
dos villanos su camino?
Vuelven.
Gila
Quede seguro…
Benito
Esté cierto…
Gila
…por que otra vez no se enoje…
Benito
…que en muesa vida diremos
que cayósele la espada al uno dellos.
Don Pedro
(Fortuna, ya aquí no hay
que pensar estraños medios,
sino atropellar por todo.
Dondequiera, ¡vive el cielo!,
que le encuentre, he de matarle).
Vase.
Ginés
¿Adónde irá tan resuelto?
Hacia la ciudad se vuelve;
tras él iré.
Vase.
Gila
¿Qué es aquesto,
Benito?
Benito
Gila, esto es…
Gila
Di.
Benito
…que aqueste callabero
anda de espada caída,
como otros muchos que vemos
que de capa caída andan.
Gila
¡Oh, quién hobiera a saberlo
llegado antes!
Benito
¿Para qué?
Gila
Para que ser tú el parlero
sopiera y en ti vengara
su enojo.
Benito
Aun bien para eso
tenía que decirle yo
que por ti estaba encubierto,
y como a primera causa
se vengara en ti primero.
Gila
Si ambos culpados, Benito,
somos, callaré y callemos.
Benito
Callaré y callemos, Gila.
Gila
Sola una enfacultad tengo.
Benito
¿Qué es?
Gila
Que por el mismo causo
que debo callar, reviento
por habrar.
Benito
Yo y todo.
Gila
Pues
queditito no diremos:
Cantan
Salieron a reñir dos callaberos,
cayósele la espada…
Dentro cuchilladas y voces.
Don Pedro
¡Vive el cielo,
que en ti he de vengarme!
Don Jerónimo
¿Este
es el agradecimiento
de haberte dado la vida?
Todos
Paz, ténganse.
Gila
¿Qué es aquello,
Benito?
Benito
No sé; mas hancia
la praceta, a lo que veo
de palacio, Gila, hay grandes
cochilladas.
Gila
No lleguemos;
que mósica y cochilladas
suenan mijor algo lejos.
Salen riñendo don Pedro y don Jerónimo, gente en medio y, sin sacar las espadas, el Almirante por una puerta y el Marqués por otra.
Don Pedro
Hoy morirás a mis manos,
aleve, mal caballero.
Don Jerónimo
¿Así se pagan finezas
que hice por ti?
Don Pedro
Nada debo
a quien me quita el honor.
Unos
Apartaos.
Otros
Deteneos.
Ginés
¡Vaguido de primer clase
hasta con su amigo y deudo!
Todos
¡No atendéis adónde estáis!
Marqués
Don Jerónimo, ¿qué es esto?
Almirante
¿Qué es esto, don Pedro?
Don Pedro
Es,
perdóneme tu respeto,
satisfacer un agravio.
Almirante
¿Agravio? Ya no os detengo,
sino estoy a vuestro lado.
Empuñan los dos las espadas, sin sacarlas.
Don Jerónimo
Es, perdone el valor vuestro,
castigar la ingratitud
de un desagradecimiento.
Marqués
Sea lo que fuere, en vuestra
casa me coge el empeño
y a vuestro lado estoy.
Sale el Condestable y gente.
Condestable
¿Cómo
aquí tal atrevimiento
delante del Rey y cuando
el pie en el estribo puesto
se deja ver? Pero ya
nada prosigo si advierto
que sin tomar la carroza
mueve aquí el paso.
Almirante
El acero
envainad; con él desnudo
no os halle.
Marqués
Retiraos, puesto
que no es de vuestro enemigo,
sino del Rey.
Don Jerónimo
Ese el miedo
es de los nobles; él me hace
retirar.
Vase don Jerónimo y sale Carlos con gente.
Carlos
Marqués, ¿qué es esto?
¿Qué es esto, Almirante?
Don Pedro
Yo
lo diré, señor, atento
a que no resulte en otro
la culpa que solo tengo.
Esto es, oh, primero Carlos,
rey de España, y tan primero
que para ser Marte suyo
lo quinto traerá el imperio,
medir desde vuestros pies
a vuestros pies los estremos
que hay del honor a la infamia,
del lustre al abatimiento,
del blasón a la ignominia
y del aplauso al desprecio;
pues el que a ellos se vio ayer
de vos honrado y contento,
hoy ajado y deslucido
se mira, señor, a ellos,
hecho ejemplo miserable
de la fortuna y el tiempo;
que al tiempo y a la fortuna
acredita en sus sucesos
cuanto nace a ser estrago
el que nace a ser ejemplo.
Y, pues para el desagravio
de quien en público duelo
intenta satisfacerse
es ley honestar primero
del agravio la razón,
no obste al discurso el saberlo.
Con don Jerónimo de Ansa,
un ilustre caballero
–que aun para retado importa
serlo también– cuerpo a cuerpo
salí a reñir en campaña
y, de un caballo cayendo
–que tal vez llega más tarde
quien quiere llegar más presto–,
quedé lastimado un brazo;
pero no le di por eso
a torcer, atropellando
al dolor el ardimiento.
Él, flaqueando entumecido,
dio con la espada en el suelo.
Que don Jerónimo espacio
me dio a cobrarla, no niego;
que para avisar lo malo,
no he de deslucir lo bueno.
Pedile, por no volverla
contra tan ilustre pecho,
me diese muerte, pues más
me honraba en campaña muerto
que en la ciudad desairado,
a que con fe, juramento,
mano y palabra ofreció
lo inviolable del secreto,
debajo de no sé qué
para mí tiranos medios;
que, aunque él no llegó a pedirlos,
empecé yo a obedecerlos.
Con esto, pues, tolerado
el desaire en el consuelo
de que uno que le sabía,
testigo había sido él mesmo
del accidente, afianzado
en su mismo ofrecimiento,
volví a la ciudad, adonde
en el primer paso encuentro
que no sólo había guardado
la fe y la palabra, pero
jactanciosamente aleve
lo había esparcido, poniendo
mi honor en tan bajo estado,
en tan vil predicamento,
que el que lloro como oprobio
se canta como proverbio.
Dos satisfaciones son
las que dar al mundo debo
de mi valor: la primera,
en que vea que un adverso
acaso no es cobardía;
la segunda, en que vea luego
que me satisfago en quien
fe y palabra da a un secreto
para romperla. Y así,
gozando, señor, los fueros
de Castilla y de Aragón,
cuyos establecimientos
en su verde libro mandan
que al notorio caballero
que agraviado pide campo
no se niegue, me presento
ante vos; y con el real
soberano acatamiento
que debo, de gracia pido
lo que de justicia tengo.
Señalad vos, pues, señor
campo donde cuerpo a cuerpo,
a pie, a caballo, desnudo
o armado –pues toca eso
a la elección del retado–
le sustente a todo riesgo,
a todo trance de armas,
que anduvo mal caballero
en no matar con la espada
a quien con la lengua ha muerto.
Carlos
Aunque no es en mis noticias
el fuero que alegáis nuevo,
nueva la práctica es de él.
Y así, para responderos,
acudid al Condestable.
Don Pedro
A vos de vos mismo apelo.
Vos sois mi Rey y me habéis
de hacer justicia.
Carlos
El haceros
justicia y el remitiros
al Condestable es lo mesmo.
De mis ejércitos es,
por el antiguo derecho
de su dignidad, no sólo
capitán general, pero
general justicia, usando
–mayormente cuando en ellos
asisto por mi persona–
sobre el militar gobierno
el político, pues no hay
bando ni ajuste ni precio
que no sea en nombre suyo.
Bien lo acredita su sueldo,
pues devenga cada mes
lo que el ejército entero
cada día. Y, siendo así
que el Condestable es supremo
juez de cuantos militares
trances de armas en mis reinos
acontezcan en la parte
de tierra –que a ser el duelo
en el mar, el Almirante
fuera el árbitro, supuesto
que de puertos allá goza
de los mismos privilegios–
bien a él os remito. Y pues
él ha de ser el juez vuestro,
para que os haga justicia,
os guarde vuestro derecho,
sustente vuestros honores
y mantenga vuestros fueros,
acudid al Condestable.
¡Quién en las alas del viento,
anciana Castilla mía,
llegara a tus brazos presto!
Ginés
dentro
Para llegada a sus brazos
no es «anciana» buen requiebro.
Voz
¡La carroza! ¡Plaza, plaza!
Don Pedro
A vos, generoso, excelso,
gran Fernández de Velasco,
del Rey remitido vengo.
Condestable
Ya lo sé, nada digáis.
Almirante. Marqués.
Don Pedro
Cielos,
¿qué hablarán los tres?
Condestable
(Si no
me engaño, cuando primero
llegué, me pareció que
estabais los dos afectos
a los dos nobles rivales,
pues hicisteis que el acero
el uno envainase vos
y vos que el otro al momento
desapareciese).
Los Dos
(Sí).
Condestable
(Pues yo suplicaros quiero
que antes que les nombre el campo
y llegue el trance a sangriento,
procuremos ajustarlos).
Almirante
Yo, de parte de don Pedro
–llegad, que os importa oírlo–
que desistirá os ofrezco,
como en la satisfación
que le den, quede bien puesto.
Don Pedro
Todo lo que un don Fadrique
Enríquez –dictados dejo,
que ahora más que gran señor
me importáis gran caballero–
me aconsejare, ¿quién duda
que me esté bien el hacerlo?
Marqués
Como vos estáis capaz
–públicos sus sentimientos–
podréis hablar de su parte;
yo, que noticias no tengo
de don Jerónimo, mal
puedo hablar sin fundamentos.
Sale don Jerónimo.
Don Jerónimo
Habiendo, señor, oído
lo que en mi ausencia don Pedro
ha articulado, no sólo
retado ante vos parezco
a acetar el desafío,
mas, de más a más, sustento
que en imputarme de aleve
a la fe de su secreto,
padece error, porque nunca
ha salido de mi pecho.
Marqués
Ya yo puedo hablar por él,
pues ya sé su sentimiento.
¿Qué mayor satisfación
puede dar un caballero
que decir que no lo ha dicho?
Don Jerónimo
Advertid, señor, os ruego
que yo, desimaginado
de que hablásedes en esto
por mí en mi ausencia, llegué
al Condestable, cumpliendo
conmigo, pero no dando
satisfación, que no tengo,
a vista del desafío,
de darla y se advierte luego
que lo que dije contando,
lo dije satisfaciendo.
Marqués
Esa es más satisfación,
pues es darla sin intento
de darla.
Almirante
Y aun no es bastante,
porque ha de darla sabiendo
que la da, y aun…
Marqués
¿Qué?
Almirante
…probarla.
Marqués
¿Probarla? ¿Cómo?
Almirante
Trayendo
a quien lo dijo.
Marqués
No es fácil
saber en todo un desierto
quién verlo pudo.
Almirante
Tampoco
creerlo los otros sin verlo.
Marqués
Harta satisfación da
quien la da sin darla.
Almirante
Si eso
a todo un vulgo bastara,
bien quedara satisfecho
don Pedro; mas todo un vulgo
siempre a lo peor dispuesto
podrá juzgar, mientras no
le den el mismo instrumento,
que uno finge y otro aceta
con fáciles fundamentos,
con que, sin salvarse uno,
quedan entrambos mal puestos.
Y así, mientras que no os diere
el real testigo, don Pedro,
no os satisfagáis.
Marqués
Ni vos,
aunque le halléis manifiesto,
le traigáis; que no ha de estarse
a lo que otro diga atentos
más que a lo que vos dijisteis.
Condestable
Yo escogí buenos terceros
para que nadie flaquease.
Don Jerónimo
Pues afírmome en que quiero
salvar la ruindad, mas no
la lid.
Marqués
Ateneos a eso.
Don Pedro
Yo, en que por no dilatarla
en ningún partido vengo.
Almirante
Vos, a esotro.
Marqués
Eso es querer
que no se trate de medios.
Almirante
Y esotro que no haya paces.
Marqués
Esto es justo.
Almirante
Estotro es cierto.
Condestable
Y eso y esotro es tirar
lo más que se puede al duelo.
En fin, ¿en qué os resolvéis?
Don Pedro
Yo en no acetar me resuelvo
satisfación.
Don Jerónimo
Yo, en no darla.
Condestable
¿No hay remedio?
Los Cuatro
No hay remedio.
Condestable
Pues el campo que os señalo,
y me toca haceros bueno,
es la plaza de palacio
de Valladolid; que quiero,
ya que vio Carlos la causa,
vea también el efecto.
Esto es lo que a mí me toca;
a vos el día.
Don Pedro
El más presto.
A otro día del que entrare
–vamos abreviando tiempos–
el Rey en Valladolid.
Condestable
A vos las armas.
Don Jerónimo
De acero
armado de punta en blanco;
que a sus ojos fuera yerro
caballeros parecer
sin armas de caballeros.
Y, para que no presuma
la vil malicia del miedo
que por armas defensivas
las elijo, elijo luego
hachetas de desarmar,
en cuyo fatal manejo
la agilidad y la fuerza
se ve ejercitada a un tiempo.
Condestable
Pues, caballeros, a Dios;
que donde nombré os espero.
Vase.
Marqués
Don Jerónimo, a campaña,
porque hasta ella yo no tengo
de dejaros de mi lado.
Almirante
A la batalla, don Pedro,
que, ya que acetado el campo
cuerpo a cuerpo está, aunque en duelos
públicos no se permite
lidiar los padrinos, siendo
su autoridad sólo a causa
de partir el sol y el puesto
y no habiendo de reñir,
hago más por vos que habiendo
de reñir hiciera, a ser
vuestro padrino me ofrezco.
Marqués
Yo, vuestro también.
Los Dos
A Dios.
Los Dos
A Dios.
Los Cuatro
Allá nos veremos.
Vanse.
Ginés
Señores, ¿habrá en el mundo
dos tan grandes majaderos
que les cueste más cuidado,
más diligencia y anhelo
saber cómo han de matarse,
que cuesta a muchos discretos
saber cómo han de vivirse?
Yo apostaré que corriendo
van tanto hacia su peligro
que para salvarlo presto,
a manera de comedia
se haya de suplir el tiempo
que ha menester la jornada,
y no viene mal el serlo,
pues la voz jornada llega
en la metáfora a cuento.
Y esto asentado, ¿qué haré
yo, ¡triste de mí!, que quedo
huérfano de amo y de ama?
De amo, pues partir le veo
sin más prevención que irse
con el Almirante dentro
ya de su coche, y de ama,
pues no la conozco.
Flora y Violante, tapadas.
Flora
¿A eso
te resuelves?
Violante
Ya perdido
una vez al manto el miedo,
no han de llegar las noticias,
Flora, a mí de igual empeño
tan confusas como llegan
encerrada en mi aposento.
Y así, saber qué se dice
en este traje pretendo,
comprando algo en estas tiendas
de mercader o joyero,
que es donde se sabe todo.
Flora
Aguárdate, que allí veo
a Ginés y él lo dirá
por decirlo. ¡Ah, caballero!
Ginés
¿A mí?
Flora
A vos.
Ginés
No me conozco
por ese nombre.
Flora
Si os veo
con sortija de diamantes.
Ginés
También me veis con arreos
pícaros y es mucho ver
la sortija y no el aseo.
Violante
Eso no es del caso. Vamos
a que mujeres tenemos
curiosidad de saber.
Decidnos, ¿qué ha sido esto
que a un don Pedro de Torrellas
ha pasado?
Ginés
Va de cuento;
que yo, como su criado,
lo dijera aun sin saberlo.
Érase una reina mora
que echó por aquesos cerros
encantada, donde el rey
moro la dejó, temiendo
no la dieran pan de perra,
cuando a él daban pan de perro.
Viola mi amo una mañana
de San Juan rubios cabellos
peinar al rayo del sol,
de cuyos…
Flora
Burlas dejemos,
y vamos a la verdad.
Ginés
Esta lo es, a lo que pienso,
porque estar enamorado
de un fantástico sujeto
que nadie sabe quién es,
por cuyos rabiosos celos
se van a Valladolid
a matar como unos puercos
don Jerónimo de Ansa y él,
¿qué mucho que donde hay reto
de andante caballería,
también haya encantamiento?
Violante
¿A Valladolid van?
Ginés
Sí.
Violante
¿Por qué?
Ginés
Porque está más lejos,
y porque diz que ha de ser
pública a los venideros
siglos la satisfación
de una espada y de un secreto
que de la mano y la boca
a uno y otro se cayeron.
Y, siendo así que él se va
tan veloz, tan desatento
que aun no le dijese: «Ahí quedan
las llaves» a su escudero,
quedad con Dios, que ir importa
a buscar un amo viejo,
pues es mejor empeorar,
que no duelo ver, ver duelos.
Violante
Oíd, que, ya que vuestro amo,
todo en su honor, no ha dispuesto
de nada más que de él solo,
quizá acomodaros puedo
con quien a Valladolid
os lleve no menos presto
que llegue él, con que podéis
volver a servirle, haciendo
fineza haberle seguido.
Ginés
Será gran dicha y espero
el amo saber.
Violante
Es ama.
Ginés
Mejor que mejor.
Violante
Pues luego
en cas de doña Violante
de Urrea id; que a lo que pienso
estará ya de partida,
porque va allá en seguimiento
de no sé qué pretensión
y busca para ese efecto
criados que la acompañen.
Ginés
Iré luego al punto. Pero
¿quién la diré que me envía?
Flora
Doña Brianda Ribadeo.
Ginés
Quedad con Dios. (Gran ventura
será si en servicio llego
de Violante, donde ya
las albricias me prometo
del Almirante).
Vase.
Flora
Señora,
¿qué has dicho?
Violante
Lo que hacer pienso.
¿Del memorial que di al Rey
no bajó, Flora, el decreto
que propone a la persona
y que la apruebe el Consejo
de Aragón, que allá en Castilla
reside en su corte? Luego
para honestar la jornada
bastante motivo tengo,
pues no hay principal mujer
que a pretensiones o a pleitos
parezca en la corte mal.
Y pues en ir me resuelvo,
¿quién puedo llevar conmigo
mejor que a su criado mesmo
por testigo de mi llanto?
Flora
¿Y qué conseguirás de eso?
Violante
Ver mi dicha o mi desdicha;
que más que me mate quiero
el agudo filo, Flora,
de saber mis penas presto,
que no el embotado filo
de imaginarlas. Y puesto,
si él vive, que con él vivo;
si él muere, que con él muero,
y que ha de afligirme más
el dudarlo que el saberlo,
y ha de ser, el viaje vamos
a disponer. ¡Ay, don Pedro!
Bien pudiera yo quejarme
como tú de que al secreto
me faltaron, pero estimo
tanto tu opinión que a riesgo
del peligro de tu vida,
que es la mía, te agradezco
el no volver a mis ojos
menos que vengado o muerto.
Vanse.
Salen Serafina, Benito y Gila.
Gila
Yo lo tengo de contar.
Benito
Mijor lo contaré yo.
Serafina
Decidme lo que pasó
y acabad de porfiar.
Benito
Cantando con mi pollino…
Gila
Con mi pollino cantando…
Benito
…iba mi camino, cuando…
Gila
…iba, cuando mi camino…
Benito
…he aquí a tu primo con fiera…
Gila
…con fiera ve aquí a tu primo…
Benito
…cólera, furia y animo…
Gila
…ánimo, furia y collera…
Benito
…salir al paso diciendo…
Gila
…diciendo salir al paso…
Benito
…–verle era estupendo caso–…
Gila
…–caso era verle estupendo–…
Benito
«¿Quién os dijo ese cantar?»
Gila
«¿Quién ese cantar os dijo?»
Benito
Y con un pesar prollijo…
Gila
Prollijo y con un pesar…
Benito
…habiéndomos aporreado…
Gila
…aporreádomos habiendo…
Benito
…muy atufado corriendo…
Gila
…corriendo muy estofado…
Benito
…entró en la ciudad y luego…
Gila
…y luego entró en la ciudad…
Benito
…hecho un fuego de crueldad…
Gila
…hecho de crueldad un fuego…
Benito
…embistió con no sé qué hombre,…
Gila
…vistió hombre con no sé qué…
Benito
…que su nombre no lo sé.
Gila
…no le sé yo que su nombre.
Benito
Al ruido habiendo de aceros
Gila
De aceros habiendo al roído
Benito
…callaberos acodido…
Gila
…sacodido callaberos…
Benito
…sobre si un defecto era…
Gila
…sobre si un era defecto…
Benito
…como debiera secreto…
Gila
…secreto como debiera…
Benito
…alegó no sé qué ley…
Gila
…no sé qué ley allegró…
Benito
…que el mismo Rey la escochó.
Gila
…que la escochó el mismo Rey.
Benito
Con que para Vallaolid…
Gila
Para Vallaolid con que…
Benito
…la lid citada se ve…
Gila
…se ve encintada la lid…
Benito
…cuando dos muertes se den.
Gila
…se den muerte cuando dos.
Serafina
¡Malas nuevas os dé Dios!
¡Maldígaos el cielo!
Los Dos
Amén.
Serafina
(Grande paciencia he tenido
en haberlos escuchado.
Bastaba ser mal contado
para ser tan repetido.
Mas, ¡ay de mí!, que por mal
que ellos me lo han dicho, yo
bien lo he entendido. ¿Quién vio,
cielos, confusión igual
como en mí han introducido
estas noticias? Sin duda
que don Pedro, como duda
que este villano escondido
vio todo lo que pasó,
piensa que fue su enemigo
quien jactándose conmigo
el desaire me contó,
y a satisfacerse de él,
usando de todo el fuero
concedido a caballero,
le llama, altivo y cruel,
a público desafío.
¡Oh, quién prevenido hubiera
que a tanto estremo pudiera
llegar el despecho mío!
¡Bien dijo el que dijo que eras,
oh, lengua, la más esquiva,
más cruel y más nociva
fiera de todas las fieras
y que por eso te había
Naturaleza encerrado
donde uno y otro candado
tuviese tu tiranía!
Mas ¡ay!, que fue vano intento,
pues de nada te acobardas
y para falsear sus guardas,
te basta sólo un aliento.
¿Cómo pudiera yo hacer
que la verdad se supiera
y el duelo se suspendiera,
en llegándose a creer
que está de ruin trato ajeno
su contrario? Mas ¿qué dudo?
¿Dar la triaca no pudo
víbora que dio el veneno?
Sí, luego mi voz también,
que con despecho mortal
supo ocasionar el mal,
podrá introducir el bien).
Los dos os venid conmigo.
Los Dos
¿Dónde mos quiere llevar?
Serafina
Donde yo fuere, a mostrar
con uno y otro testigo
la verdad, bien que sospecho
que tarde o nunca ha de ser.
(¡Ah, desprecio de mujer
y qué de daños has hecho!).
Vanse.
Salen el conde de Benavente, viejo venerable, y gente.
Benavente
Díceme ese correo
que fue tanto de Carlos el deseo
de llegar a Castilla
que en la primera villa
donde hizo noche junto a Zaragoza
postas tomó, dejando la carroza,
conque, según de su ardimiento infiero,
de hoy a mañana a más tardar le espero.
Y así, en dejando el cuarto prevenido,
le saldré a recibir.
Criado
Dicha he tenido
en hallarte, señor.
Benavente
Pues ¿qué hay, Fernando?
Criado
Que cuando todo el pueblo está esperando
en la Puerta del Campo al Rey, a efecto
de alegrarse en su vista, de secreto,
de dos señores sólo acompañado,
por la puerta del parque se ha apeado
y ya en palacio está.
Benavente
Ventura ha sido
hallarme en él la nueva; que sentido
mucho hubiera, y no en vano,
llegara otro a besar antes su mano.
Salen Carlos, Almirante y Marqués.
Pues, señor, ¿cuándo el bien tan de repente
se dejó ver?
Carlos
Conde de Benavente,
bien hallado seáis, dadme los brazos.
Benavente
Prisión del alma llaman a estos lazos.
Carlos
¿Cómo estáis?
Benavente
Disgustado
de que los bandos que han ocasionado
en Salamanca tantas disensiones,
infestando a Castilla sus pasiones,
no hubiesen reducido
antes que a vos la nueva hubiera ido,
para no haberos dado
la priesa de venir con tal cuidado.
Ya lo están, porque yo –si hubiere sido
atrevimiento, perdonadle os pido–
para que Salamanca se enfrenara,
de su corregidor tomé la vara,
poniendo a la justicia en más respeto
que el pueblo la tenía. Y en efecto,
prendiendo y perdonando,
se fue tanto el tumulto apaciguando
que hallaréis ajustada
ya su paz y a Castilla sosegada
con la fuga que, huyendo de mí, hicieron
los que cabezas de los bandos fueron;
que a fe, a no les valer sus ligerezas,
que habían de ser cabezas sin cabezas.
Carlos
No sólo hay, Conde, aquí que perdonaros,
pero que agradeceros y estimaros.
Que Salamanca en sus anales cuente
después que un conde fue de Benavente
corregidor en ella.
Benavente
De tanto sol, ¿qué hay más que ser que estrella?
Entrad a descansar, que fatigado
vendréis.
Carlos
Quiérome hacer a ser soldado,
por eso no rehúso las fatigas.
Vase.
Benavente
¿Qué huestes, gran señor, habrá enemigas
que en esa edad ese valor no espante?
Almirante
Dadme, primo, los brazos.
Benavente
Almirante,
bien venido seáis.
Almirante
Para serviros
mil novedades traigo que deciros.
Después las trataremos
por que ahora al Rey tan solo no dejemos.
Vase.
Marqués
Señor conde.
Benavente
¿Qué mandáis?
Perdonad no conoceros.
Marqués
Esa carta podrá haceros
capaz de lo que ignoráis.
Benavente
Lee.
«El marqués de Brandemburg, mi pariente, va en servicio
de Carlos a esa corte. Ya sabéis la deuda en que están los
Pimenteles a Alemania, pues tantas veces les han dado en
sus campañas la gloria de lo que han lucido en ellas. Como
estranjero, no estará en la ceremonia castellana y así, os le
encomiendo a vos, como al mejor ejemplar suyo. Dios os
guarde. Maximiliano».
Esta obligación en que
me pone el Emperador,
sobre traer vos el favor
de ser quien sois para que
os sirva, siempre obligado
me tendrá a hacerlo.
Marqués
Pues ved
de tan segura merced
cuánto vengo confiado,
pues desde luego, señor,
la he de empezar a admitir.
Benavente
Sepa en qué os puedo servir.
Marqués
En darme vuestro favor
para un empeño en que estoy.
Dos nobles aragoneses,
allá por sus intereses,
llegan aplazado de hoy
a mañana un desafío
según los antiguos fueros,
que a notorios caballeros
les da el heredado brío.
Por accidente de ser
huésped del uno, me halló
en su casa el trance y no
pude escusarme de hacer
de padrino la fineza;
y, siéndolo el Almirante
del otro, ¿quién es bastante
a competir su grandeza?
No quisiera que mi ahijado
entrase desguarnecido
de honores y no lucido
por haberme a mí nombrado.
Y así, señor, lo que os ruego
es que me honréis y le honréis.
Benavente
Seguro a mí me tenéis
y a todos mis deudos luego,
que, aunque el Almirante sea
padrino del otro, no
es competencia que yo,
cuando él a uno honrar desea,
deje honrar a otro, y a vos
serviros.
Marqués
A ambos honráis,
pues lustre y honor nos dais
a un mismo tiempo a los dos.
Cajas.
Benavente
Oíd. ¿Qué cajas serán estas?
Marqués
El toque dellas es bando.
Benavente
Es que ya irán empezando
las ceremonias molestas
deste gentílico duelo.
¡Quién sin él a España viera!
Sale el Almirante.
Almirante
Marqués, el Rey os espera.
Benavente
Id con Dios.
Vase.
Marqués
Guárdeos el cielo.
Vase.
Sale don Pedro.
Don Pedro
Habiendo, señor, llegado
con tu familia y tu casa,
después que tú con el Rey
por la posta te adelantas,
para no errar ceremonia
ninguna, vengo a tus plantas
a saber qué debo hacer,
viendo que trompas y cajas
ya publican el primero
bando al duelo.
Almirante
Es tan no usada
función ésta que no sé
en qué se excede o se falta.
¿Qué dice el bando, si acaso
lo sabéis?
Don Pedro
Bien se declara
que en lo que tanto me toca
no perdono circunstancia
y así de todo informado
vengo. Lo que el bando manda
es que ninguna persona
entre, gran señor, ni salga
en el circo que se hace
dentro de la misma plaza
de palacio ni requiera
su terreno ni estacada,
a causa debe de ser
de que malicia no haya
que a ella rompa o ponga en él
tropiezos en que se caiga.
Y, habiendo dado a su forma
el Condestable la planta,
a cuya orden está todo,
un real trono se levanta
para el Rey, donde, según
dicen, ha de estar con vara
de oro en la mano, y después
otro de menores gradas
del Condestable, dejando
a dos tiendas de campaña,
que se arman a un lado y otro,
surtida para la entrada
de solos los combatientes
y los padrinos.
Almirante
¿No habla
el bando con los padrinos
o combatientes?
Don Pedro
No trata
más que desto ahora.
Almirante
Pues si él
no nos advierte de nada,
¿para qué habemos de darnos
por entendidos de que hagan
otros su deber? Y así,
mi parecer es que a casa
os vais y no os dejéis ver,
que es cosa muy desairada
que anden, sabiendo quién sois,
señalándoos.
Sale Ginés.
Ginés
A Dios gracias,
que a uno busco y hallo a dos.
Almirante
Ginés, bienvenido.
Don Pedro
Tanta
la prisa –por no decir
o la cólera o la saña–
fue con que partí que no
cuidé ni de él ni de nada,
pero su lealtad ha hecho
el que me siga.
Ginés
Te engañas;
que yo no vengo por ti
ni a servirte ni me pasa
por el pensamiento, pues
sin la cuenta y la fulana,
tengo ama a quien servir.
Y, porque la dicha ama
no te importa y importar
puede a su excelencia, vaya
de historia. Doña Violante,
aquella hermosura rara
que tanto allá en Zaragoza
ver una tarde deseabas,
está aquí y es a quien vengo
sirviendo, porque en demanda
de no sé qué pretensión
sigue la corte.
Don Pedro
(¡Tirana
suerte! ¡Aquí Violante, cielos!).
Almirante
¿Qué dices?
Ginés
Que como vayas
a una posada en que agora
se apeó, mientras que casa
toma decente, podrás
verla, señor, y aun hablarla
si te entras como buscando
otra persona y yo traza
te doy dejando la puerta
del cuarto abierta.
Almirante
¿Qué aguardas?
Don Pedro
(¡Vive Dios de un alcahuete,
que te he de sacar el alma!).
Ginés
(Pues ¿qué te va en eso a ti?).
Almirante
Don Pedro, lo que os encarga
mi amistad haced y a Dios.
Don Pedro
Señor, yo… si… cuando…
Almirante
El habla
y el color habéis perdido.
Ginés
Vaguidos son que le pasan.
Apártese vuecelencia,
que suele andar a puñadas.
Almirante
¿Qué tenéis?
Don Pedro
No saber cómo
deciros…
Almirante
¿Qué?
Don Pedro
…que la causa
de todas mis penas, todas
mis desdichas, mis desgracias,
mis empeños, mis fortunas,
mis riesgos, sustos y ansias,
es… Hablar no puedo. Si una
vez en vuestra confianza
mi honra estuvo, ya son dos.
Discreto sois; esto basta.
Vase.
Almirante
(¡Y cómo que basta!, pues
no pudisteis con más clara
voz decir que fue Violante.
A Dios, perdida esperanza,
antes muerta que nacida).
Ginés
¿Cómo en venir, señor, tardas?
Almirante
Como soy quien soy. Y, si otra
vez en tu vida me hablas
en esa señora y tienes Ajándole.
osadía de nombrarla
delante de mí…
Ginés
¡Ay, señores!
De mi amo el mal, como es rabia,
se le ha pegado.
Almirante
…te haré
castigar, que ilustres damas
no se toman en la boca
de gente tan vil, tan baja
como tú y tan desigual
si no es para venerarlas.
Vase.
Ginés
Vive Dios, que va de veras.
Y aun está peor que estaba,
que en sus furores mi amo,
ya que sacude, agasaja,
y él no agasaja y sacude.
Sale Gonzalo.
Gonzalo
¿Quién vio cosas tan estrañas?
Ginés
¿Gonzalo?
Gonzalo
¿Ginés?
Ginés
Supuesto
que se les da poco o nada
a los criados de todo
cuanto los amos se matan
y a los dos no toca el duelo,
¿no me dirás qué te espanta,
que haciéndote cruces vienes?
Gonzalo
Que, según la priesa anda,
debe de ser el matarse
cosa de mucha importancia.
Apenas Carlos llegó
cuando el teatro se labra
y para entrar en la lid
ninguna prevención falta.
Ginés
Pues tú llegaste primero
–que yo, por venir con damas
tardé algo más–, ¿no sabré
de ti algunas circunstancias?
Gonzalo
Las que sé son que a tu amo
para entrar en la batalla
el Almirante apadrina,
a quien después acompañan
por más lustres los tres duques
de Alburquerque, Béjar y Alba.
Al mío apadrina el marqués
de Brandemburg y no falta
quien también por estranjero
le favorezca y le valga.
Y así, sus acompañados
son, con igual alabanza,
el conde de Benavente,
con las dos ilustres casas
de Nájera y Aguilar,
siguiendo grandeza tanta
como a influencia de toda
la nobleza castellana
cuantos astros inferiores
su primer móvil arrastra.
Las cajas y trompetas.
Mas ¿para qué lo repito
si ya trompetas y cajas
lo dicen mejor que yo?
Y porque en aquesta entrada
llevarle toca a un criado
el escudo de sus armas,
a Dios, Ginés. Vase Gonzalo.
Ginés
¿Luego a mí
también me toca que haga
lo mismo? Agora bien, pan
perdido, vuélvete a casa
por este rato. ¡Oh, los cielos
quieran que la patarata
le dé peleando y le pegue
a su enemigo la rabia!
Cajas y trompetas. Y córrese la cortina de todo el teatro y vese en un trono Carlos con una vara de justicia dorada en la mano. Y más abajo el Condestable en otro trono con un bufete delante y en él un misal y en dos fuentes dos arneses, dos martillos de desarmar y dos espadas. Al pie de ambos tronos estarán cuatro reyes de armas con casacas bordadas de las armas de Castilla y León y dos tiendas que estarán a los dos lados. Salen los que han nombrado los versos de padrinos. Después Ginés con un escudo de las armas de los Torrellas delante de don Pedro y Gonzalo con otro de los Ansas delante de don Jerónimo, y los dos en cuerpo con bandas y plumas.
Condestable
Vuestra Majestad, pues nunca
más justicia se retrata
que cuando Marte español
preside en tribunal de armas,
dé licencia para que
parezcan en su real valla
los combatientes, de quien
tiene ya vista la causa.
Carlos
Cumplid con la ceremonia.
Condestable
Haced la primer llamada,
la segunda, y la tercera,
Tres toques de cajas y trompetas, y después a marchar, hacen su paseo y reverencias.
y entren al son de su salva.
Don Pedro
A vuestras plantas augustas…
Don Jerónimo
A vuestras invictas plantas…
Don Pedro
…llego en fe de mi justicia.
Don Jerónimo
…de mi honor en confianza.
Condestable
Hincad la rodilla en tierra,
y en el pomo de la espada Abre el libro.
la una mano y la otra en estas
divinas letras sagradas,
jurad de decir verdad
en cuanto os fuere a mi instancia
hoy preguntado.
Los Dos
Sí juro.
Condestable
Dios, si así lo hacéis, os valga.
Vos, don Pedro de Torrellas,
¿juráis de que no es venganza
la que retador os mueve,
por odio, rencor o saña,
a esta lid, sino por sólo
manteneros en la fama
de honrada opinión?
Don Pedro
Sí, juro.
Condestable
Vos, don Jerónimo de Ansa,
¿juráis que venís retado,
de vuestro honor en demanda,
por no incurrir no viniendo
en la nota de la infamia,
no por saña, odio o rencor?
Don Jerónimo
Sí, juro.
Condestable
Oíd lo que ahora os falta.
¿Juráis los dos de consuno
lidiar con iguales armas,
sin que vengáis prevenidos
de ardid, cautela o ventaja
uno contra otro?
Los Dos
Sí, juro.
Condestable
¿Juráis que en esta batalla
no entraréis mal ayudados
de nóminas ni palabras
supersticiosas ni hechizos,
caracteres ni medallas
ni otro algún pacto?
Los Dos
Sí, juro.
Condestable
Pues en esa confianza,
idos a armar; que aquí están
espadas, arneses y hachas
de igual temple y de igual peso.
Uno de los que acompañan
de parte de cada uno
se quede para llevarlas
con su escudero.
Marqués
Señor
conde, quedaos vos a honrarlas.
Al de Alburquerque.
Almirante
Duque, primo, quedaos vos.
Condestable
Acompáñenles las cajas
Las cajas y éntranse como salieron, y llegan a la mesa el Conde y el Duque, cada uno con el criado de su ahijado.
y trompetas mientras vuelven
a sus tiendas de campaña.
¿Qué demandáis, señor duque
de Alburquerque?
Duque
Por las armas
de don Pedro de Torrellas
vengo.
Condestable
Llegad, pues, tomadlas
y esperad un poco. ¿Qué,
señor Conde, me demanda
vuestra voz?
Benavente
El arnés pido
de don Jerónimo de Ansa.
Condestable
Al Duque.
Veisle aquí. Trocaos agora,
que vos habéis de llevarlas
a don Jerónimo y vos
Al Conde.
a don Pedro, en cuya estancia
uno y otro ha de asistir
a ver que con ellas se arma
y no con otras y que
debajo dellas no haya
segunda defensa alguna
que ventajoso le haga.
Vanse trocando los puestos, y adelántanse los reyes de armas a la punta del tablado, y sale el tambor mayor con dos cajas delante y echa el bando; ha de traer un bastón sin insignia.
Los Dos
Vuestra orden obedecemos.
Condestable
Ahora los reyes de armas
en cuatro esquinas silencio
pidan por que el bando en alta
voz eche el tambor mayor.
Los Cuatro Reyes
Oíd todos, oíd todos.
Tambor
Mandan
el Rey y su Condestable:
ninguna persona osada
sea, pena de la vida,
a penetrar de la valla
la línea ni en cuanto dure
el trance de la batalla
alce la voz ni aplaudiendo
ni vituperando nada
que acontezca ni haga seña
con mano, rostro o palabra
ni movimiento ni acción
que pueda a los que batallan
ni en más cólera encender
ni entrar en desconfianza.
Los Cuatro Y Él
Oíd, oíd; que el Rey así
y el Condestable lo mandan.
Las cajas, y sale don Pedro armado con sus padrinos y el Condestable sale de su asiento a reconocerle.
Condestable
¿Qué caballero es aquel
que armado de todas armas
se presenta? Caballero,
¿quién sois?
Almirante
Quien os pide entrada
es don Pedro de Tarrellas.
Condestable
Mientras no le veo la cara,
no le conozco.
Almirante
A ese fin,
la sobrevista levanta Levanta la sobrevista.
ya mi mano. ¿Conoceisle?
Condestable
Sí, pase; mas desta raya
no otro ninguno con él.
Las cajas a la otra parte con don Jerónimo y padrinos.
Y esperad, que allí me llaman.
¿Quién sois, decid, caballero,
que armado entráis a esta plaza?
Marqués
Don Jerónimo de Ansa es.
Condestable
Mientras no me desengaña
el rostro, dar fe no puedo.
Descúbrele.
Marqués
Con aquesto podréis darla.
Condestable
Pase agora y deteneos
los demás. Ya en la campaña
estáis protestando al cielo
que es honor y no venganza.
Tocad al avemaría.
De rodillas todos. La caja da los nueve golpes de tres en tres y remata en rebato. El Condestable vuelve a su silla. Dase la batalla con los martillos primero, luego con las espadas y llegan a los brazos. El César arroja la vara, con que los padrinos llegan a esparcirlos y ellos porfían. Levántase el César con enfado; levanta la vara el Condestable.
Las sobrevistas caladas,
agora de los padrinos
abrazados.
Toca al arma.
Todos
Ea, caballeros, Dios
y vuestra razón os valgan.
Condestable
A los brazos han venido
y el Rey arroja la vara
de oro en el campo, señal
de que cese la batalla,
conque los padrinos pueden
llegar a que se despartan.
Carlos
¿Qué es esto? ¿Pues cómo, cuando
yo depongo la bengala
de oro en señal de que tomo
sobre mí de ambos la causa,
dándoos a los dos por buenos
caballeros, la ira es tanta
que no os detenéis?
Prendedlos.
Almirante
Señor.
Marqués
Señor.
Carlos
Basta, basta.
Y a tales padrinos pueden
agradecer que no haga
más demostración. A entrambos
desenlazad las celadas
y daos las manos de amigos,
porque habiendo visto cuánta
es vuestra bizarría, quiero
no me haga a otras lides falta
más generosas.
Don Pedro
Si vos
me hacéis, señor, honra tanta…
Don Jerónimo
Si vos me hacéis tanto honor…
Don Pedro
…que de mí os sirváis en altas
empresas…
Don Jerónimo
…que me empleéis
en las facciones más arduas…
Don Pedro
…nada que desear me queda.
Don Jerónimo
…no me queda que hacer nada.
Almirante
Pues siendo, señor, así
que emplear a los dos tratas
en tu servicio, por que
de algo a don Pedro le valga
haber sido su padrino,
te suplico que le hagas
de la alcaidía merced
de Alarcón.
Carlos
Está ya dada
a una dama, de su alcaide
hija.
Almirante
Bien puedes a él darla,
pues es el dársela a él
no quitársela a esa dama.
Ve, Ginés, y di a Violante
que venga a echarse a las plantas
del Rey, que está concedida
ya la merced y aprobada
la persona de don Pedro.
Para esto sólo nombrarla
pude, para hacerla vuestra.
Don Pedro
Sois quien sois.
Marqués
La misma instancia
de honrar a mi ahijado, pide
que a él otra merced le hagas.
Carlos
¿Qué es?
Marqués
Oír a otra dama, que,
hablándome esta mañana,
sabiendo que su padrino
era, a fin que embarazara
el desafío, por ser
tarde, mandé retirarla,
y quiero que ahora la oigas,
para que nunca la fama
de don Jerónimo quede
dudosa en si a su palabra
faltó o no. A llamarla ve,
Gonzalo.
Sale Violante y Flora.
Violante
Aunque disonancia
haga introducirse agora
en un campo de batalla
una mujer, algo debe
suplirse en alegría tanta
como besando tu mano,
ver, después que su honor salva,
vivo a don Pedro.
Salen Serafina, Gila y Benito.
Serafina
Con esa
disculpa llegué a tus plantas
yo también, para que sepa
el mundo que nunca en falta
don Jerónimo incurrió,
que este villano, que estaba
escondido, vio el suceso.
Benito
Es verdad, pero la causa
fue Gila.
Gila
¡Ay, pobre honor mío!
Que he de quedar por liviana
delante del mismo Rey,
si no me caso.
Benito
Pues daca
esa mano.
Gila
Vela ahí.
Don Jerónimo
Serafina, ¿con qué paga
te podré satisfacer
que la duda que quedaba
siempre en pie contra mi honor
sospechosa me restauras
si no con que, tuyo siempre,
tu mano merezca? (Ingrata
Violante, véngueme el ver
que hubo quién me estime).
Serafina
(Haga
la necesidad virtud).
Yo soy la felice.
Almirante
Dadla
vos a Violante.
Los Dos
¡Qué dicha!
Ginés
¿Luego la doña fulana
Violante es, que mi ama era
aun antes de ser mi ama?
Flora
¿Tan tonto es que agora cae
en ello?
Ginés
Y aun a más pasa
mi tontería.
Flora
¿A qué más?
Ginés
A que, pues todos se casan,
me quiero casar contigo.
Flora
Tontería es, pero vaya.
Carlos
Condestable.
Condestable
Gran Señor.
Carlos
Escríbase luego al papa
Paulo Tercero, que hoy
goza la Sede, una carta
en que humilde le suplique
que esta bárbara tirana
ley del duelo, que quedó
de gentiles heredada,
en mi reinado prohíba
en el concilio que hoy trata
celebrar en Trento, siendo,
si en este duelo se acaban
los duelos de España, este
El postrer duelo de España.
Todos
De cuyas faltas pedimos
perdón a esas reales plantas.
- Holder of rights
- Tracing Regularities in Pedro Calderón de la Barca's Dramatic OEuvre with a Computational Approach
- Citation Suggestion for this Object
- TextGrid Repository (2026). Calderón Drama Corpus. El postrer duelo de España. El postrer duelo de España. CalDraCor. Tracing Regularities in Pedro Calderón de la Barca's Dramatic OEuvre with a Computational Approach. https://hdl.handle.net/21.11113/4gbkg.0