Peor está que estaba
Comedia Famosa

Personas que hablan en ella

  • Don César Ursino
  • Flérida
  • El Gobernador
  • Celia
  • Don Juan
  • Nise
  • Fabio
  • Félix
  • Camacho
  • Un alcaide
  • Lisarda
  • Un criado

Primera Jornada

Sale el gobernador de Gaeta leyendo una carta y Félix, criado, de camino.
Gobernador
Lee.
„Solo a vos, amigo y señor mío, me atreviera a decir
desnudamente mis desdichas, como a persona que, si no fuere
parte a remediarlas, será todo a sentirlas. Desta ciudad, por causa
de una muerte, se ausenta un caballero, de cuyas señas y nombre
os informará ese criado. Lleva consigo una hija mía, que, como
cómplice en el primer delito, ha añadido el segundo. Hanme dicho
que pasa a España. Si fuere ese puerto el que tomaren por
sagrado, deteneldos en él, aviniéndoos como con mis hijos, por
que, ya que ellos anden errados en mi honor, yo de todo punto no
le pierda.“
Mucho a sentir he llegado
este infelice suceso
de don Alonso y confieso
que le estoy tan obligado
en acordarse de mí
en sus desdichas, que diera,
por que a ampararse viniera
este caballero aquí,
una rica joya. Y juro
al cielo que mi valor
había de dejar su honor
de toda opinión seguro,
porque es muy grande el empeño
en que un hombre a otro pone,
cuando a hacerle se dispone
de tales desdichas dueño,
fuera de que yo le tengo
obligaciones muy grandes
desde que fuimos en Flandes
amigos, y ya prevengo
hacer finezas por él
y sólo saber espero
quién es este caballero,
este homicida cruel
de su vida y de su honor.
Félix
Don César Ursino es quien
un hombre mató y también
robó a Flérida, señor;
que no hay duda que sería,
pues por su hermosura bella
fue el desafío y él y ella
faltaron el mismo día.
Yo le conozco y, si quieres
que buscarle solicite,
dame orden que visite
las posadas, pues tú eres
Gobernador; que yo vengo
de mil señas advertido
que aquí ha de estar escondido.
Gobernador
Yo mismo en persona tengo
de andarle con vos buscando
y así avisarme podéis
de las señas que traéis.
Félix
Aquesta mañana, cuando
a la posada llegué,
pasar vi un criado suyo,
de cuyas señas arguyo
que aquí don César esté,
pues con él había venido.
Gobernador
¿Seguístele?
Félix
Ya encargué
a un camarada –porque
no era del tal conocido–
le siguiese y me avisase
dónde le dejaba.
Gobernador
Bien.
Id y informaos de quien
le siguió de cuanto pase
en su busca y, cuando haya
alguna luz, iré yo
a prenderle; porque no
es bien que sin tiempo vaya,
que ir un juez alborotando
el lugar, sin saber más,
es advertirle no más
de que le andamos buscando
y él se guardará mejor.
Félix
Cuerdamente has prevenido
y de todo eso advertido
volveré a verte.
Vase.
Gobernador
¡Ay, honor,
en una fácil mujer
a cuánto peligro estás!
Sale Lisarda, dama, y Celia, criada.
Lisarda
Señor.
Gobernador
Hija, ¿dónde vas?
Lisarda
Vengo a verte y a saber
en qué mi amor te merece
tan gran desaire. ¿Que así,
sin acordarte de mí,
salgas de casa? Parece
que estás triste.
Gobernador
No te espante
ver en mí tan loco estremo,
que, al fin, como padre temo.
¿Qué perdido caminante
en noche obscura llegó
donde a un pasajero viese
robado, que no temiese?
¿Qué marinero tocó
el golfo, donde ignorado
está el escollo cruel,
sepulcro de otro bajel,
que no quedase admirado?
¿Qué animoso cazador
encontró a la luz primera
muerto a manos de una fiera,
que no tuviese temor?
Yo, pues, en este papel,
caminante, he descubierto
dónde está el riesgo más cierto;
marinero, he visto en él
el bajío y, cazador,
en él he visto la fiera
que darme la muerte espera,
porque al fin es el honor,
para quien su riesgo advierte,
caza, camino y bajel,
y están opuestos a él
escollo, peligro y muerte.
Vase.
Lisarda
Llena estoy de confusiones.
¿Si es que mi padre ha sabido
algo, Celia, y ha querido
con tan prudentes razones
avisarme de que tiene
peligro su honor?
Celia
No sé,
mas muy ponderado fue
el sermón que nos previene.
Sin duda que algo ha entendido
de tu necia voluntad
y, si va a decir verdad,
mucha razón ha tenido
en reñirte, porque seas,
tan a costa de tu honor,
heresiarca del amor,
pues introducir deseas
nuevas setas. Si tú amaras
como tus padres y abuelos,
con tus quejas y tus celos,
penas y glorias, no hallaras
las dudas que en un amor
encubierto y disfrazado,
de tu galán ignorado
y sabido de tu honor.
Lisarda
Celia, más razón tuvieras
de culpar mi necio amor,
cuando del primer error
advertida no estuvieras;
mas, ya que desentendida
me has culpado de ese modo,
quiero advertirte de todo.
La fama y honra adquirida
de mi padre mereció
que su Majestad le diera
este gobierno y viniera
en él a servirle. Yo
con mi padre, claro está,
vine a Gaeta y aquí
bien vista de todos fui,
y tan bien vista que ya
el serlo, Celia, sentía;
pues de ninguna manera
dueño de mí misma era.
Cuando de casa salía,
en cualquier parte escuchaba:
“La hija del Gobernador”;
en la iglesia era mayor
el ruido cuando a ella entraba;
si salía, jamás allí
faltó quien me conociese,
ni fui a parte que no fuese
con publicidad, y así
era de todos notada.
Si lloraba o si reía,
en la plaza se sabía;
y deste aplauso cansada
–que aun cansa la vanidad–,
por que sin tanto juez
pudiese verme tal vez,
depuse la autoridad
y con algunas criadas
a esos jardines salía,
donde hablaba y donde vía
con libertad de tapadas.
Un día que al mar salí
–¡oh, cielos, y quién supiera
en qué día el mar le espera!–,
en él a mi padre vi.
Con la turbación forzosa
en una quinta me entré,
donde un caballero hallé
que, viéndome temerosa,
en mi defensa se puso,
porque sin duda creyó
mayor mal cuando me vio,
y a ampararme se dispuso.
Yo, agradecida a la acción,
mi riesgo le aseguré
y a pocos lances hallé,
no solo resolución,
sino ingenio y gracia al doble;
nobleza no digo, pues,
hombre valiente y cortés,
ya había dicho que era noble.
Díjome que le dijese
quién era, a que respondí
que, si quería que allí
algunas tardes le viese,
iría con condición
que no había de saber
jamás quién era ni hacer
en esto demostración
de seguirme ni rogarme
que el rostro le descubriese
ni mi nombre le dijese.
Volvió cortés a obligarme,
jurándolo así. Confieso
que algunas tardes volví
a verle, que él está allí
no sé si escondido o preso,
porque no supe jamás
más de que se llama Fabio.
Yo, que busco sin mi agravio
el divertirme no más
sin peligro de mi honor,
pues él apenas lo sabe,
dejando aparte lo grave,
tengo... iba a decir amor,
mas no me atrevo, porque
la novedad que en mí veo
no es bien amor ni deseo
ni sé lo que es; solo sé
que mi padre no ha de ser
con sus razones bastante
para que, amante o no amante,
yo le deje de ir a ver.
Celia
Temo estas locuras, cuando,
hechos los conciertos ya,
tu padre a tu esposo está
por instantes esperando;
y tanto que ha ya mandado
que el cuarto bajo de casa,
cuya puerta al tuyo pasa,
limpio esté y aderezado,
porque ha de hospedarse en él.
Lisarda
Eso solo me faltó,
¡ay, Celia!, para que yo
de mi fortuna cruel
mejor me pueda quejar.
Sale Nise, criada.
Nise
Una bizarra mujer,
forastera al parecer,
dice que te quiere hablar,
si das licencia.
Lisarda
¿No dice
quién es?
Nise
Solo dice que es
una mujer.
Lisarda
Entre, pues.
Sale Flérida, dama, cubierta con manto.
Flérida
Ya será puerto felice
de mi fortuna, no en vano,
este suelo a que me ofrezco,
si besar en él merezco,
señora, esa blanca mano.
Lisarda
vengo a verte y a saber
Flérida
Cuando mi beldad lo fuera,
rendirme no fuera error
a otro cielo superior,
que así en una y otra esfera
fuéramos cielos las dos
y estuvieran en el suelo
un cielo sobre otro cielo;
y, estando rendida a vos,
que ostentáis luces tan bellas,
yo, que lloro mi fortuna,
seré el cielo de la luna
y vos el de las estrellas.
Celia
(Bachillera es la señora).
Lisarda
Estimo en mucho el favor,
no por cielo superior,
que esotro ilumina y dora,
sino por ver que en las dos
está bien partido así
el hacerme estrella a mí,
haciéndoos planeta a vos.
Mas ¿qué mandáis, en efeto,
en que os sirva?
Flérida
En vos quisiera
que noble amparo tuviera
una infeliz.
Lisarda
Si es secreto,
quedaré sola.
Flérida
No importa
que sepan, si por bien es,
lo que han de saber después.
Lisarda
Pues decid.
Flérida
Yo seré corta:
hermosísima Lisarda,
en cuya belleza, en cuya
discreción están de más
el ingenio y la hermosura,
yo soy... Pero ¿qué os importa
que encareceros presuma
limpio honor, ilustre sangre,
padre noble y fama augusta,
si en quien se confiesa pobre
está padeciendo dudas
la nobleza, y en quien llega
a haber menester se injuria
el valor? Porque en efeto,
con suerte mísera y dura,
los pobres son en el mundo
sátiras de la fortuna.
Una mujer soy no más,
pero, por serlo, procura
mi desdicha hallar piedades
que el valor no negó nunca.
¡Oh, quién trujera consigo,
para haceros más segura
mi verdad, algún testigo
que más que la lengua muda
os informara de mí!
Mas suplan su ausencia, suplan
su falta los ojos míos,
fuentes que mi rostro inundan;
serán testigos de abono
estas lágrimas, que juran
desde luego que es verdad
cuanto la lengua pronuncia.
Hija soy de ilustres padres,
cuyo nombre es bien que encubra
por su respeto, pues basta
que destruyeron mis culpas
su honor allá, sin que aquí
su fama también destruya.
Puso los ojos en mí,
entre otras personas muchas,
un caballero, mi igual
en partes como en ventura.
Solicitaba mi calle,
siendo -desde que madruga
la aurora a peinar en flores
las madejas de oro rubias
hasta que en lechos de nieve
halla undosas sepulturas,
juzgando para sus rayos
todo el mar pequeña tumba-
girasol de mis ventanas,
haciendo galas confusas
con mil colores las calles
selva de galas y plumas.
Girasol era de día,
pero, desde que entre turbias
sombras el sol rebozado
a nuestros ojos se oculta,
era un Argos que velaba,
a cuya constancia, a cuya
fineza postré el decoro
de mi libertad. Disculpa
mi facilidad, que eres
mujer y sabrás sin duda
cuánto nuestra vanidad
de verse adorada gusta.
En este estado llevaba
viento en popa la fortuna
nuestro amor, gozando alegres
ratos que la noche obscura
dispensa entre dos amantes,
siendo jazmines y murtas
de un jardín verdes testigos
de mil temores y dudas,
porque así se estima más
lo que más se dificulta.
¿Quién dudará que ellos fueron
nuestra tormenta? ¿Quién duda
que ellos la calma de amor
volvieron montes de espuma?
Un bizarro caballero,
sin darle ocasión ninguna,
dio en mirarme, pero hallando
en mí desdenes y injurias,
pasando mi calle, vio
que el recato y la cordura
no era oro todo y que amor
iba a la parte. Con furia
celosa quiso vengarse
–¡pensiones de amor injustas!–
y una noche triste y fea
más que otras, pues la luna
sacó entre nubes el ceño
lleno de sombras y arrugas,
vino primero a la calle,
donde cauteloso hurta
la seña y entra al jardín
a tiempo –¡oh, suerte importuna!–
que ya mi esposo venía;
el cual, viendo –¡oh, pena dura!–
a las luces que en su muerte
temerosamente pulsa
ese trémulo farol,
esa lámpara nocturna
entrar un hombre, tras él
entra y ciego le pregunta,
con mal formadas razones,
que le diga lo que busca.
Él no le responde nada,
sino se emboza y se empuña
en la espada. Y yo, que estaba
ni bien viva ni difunta,
iba a responder por él,
cuando veo que se juntan
los dos y, brillando a un tiempo
las dos espadas desnudas,
se tiran. No así animados
cometas el aire cruzan
como estos rayos de acero,
pues, para que no les suplan
el fuego, hicieron los dos
que fuego la tierra escupa.
Quiso Dios, quiso mi suerte
–ya que hubo de ser alguna–
que al pecho de mi enemigo
llegó primero una punta.
“Muerto soy”, dijo, y cayó
sobre unas flores caducas,
que a ser tálamo nacieron
y murieron a ser urnas.
Mi esposo, en viéndole –¡ay, cielos!–,
dijo en voces tartamudas:
“Goza, ingrata, aquese amante
que a tales horas te busca,
pero en su sangre bañado,
y aun así no me asegura,
que para matar de celos
basta un muerto”. Y yo confusa,
como pude, quise hablarle;
mas, sin esperar disculpas
–que son Alcorán los celos,
que no se dan a disputas–
salió del jardín, adonde
el fuste y la rienda ocupa
de un rocín que le esperaba...
¿Diré un pájaro sin pluma?
Sí, pues volaba. Yo, triste,
quedé muerta, cuando escuchan
mis oídos que en la calle
ya la vecindad murmura,
ya mi casa se alborota,
ya mis criados se turban
y ya mi padre infelice
a voces por mí pregunta.
No me atreví a responderle;
antes, teniendo la fuga
por entonces a su enojo
por mejor y más segura,
salí de casa y me fui
llena de asombros y angustias
a la de una amiga, adonde
estuve algún tiempo oculta.
Supe en ella que mi amante
pasar a España procura
y para satisfacerle
salí, señora, en su busca;
pero no he hallado hasta aquí
seña ni razón alguna.
Y advirtiendo en tantos riesgos
que voy caminando a escuras,
quiero a mi loca esperanza
dar en el mar sepultura.
Y así, habiendo de vivir
honrada a la sombra tuya,
porque, habiéndome informado
tu valor y tu cordura,
de ti, de ti he de valerme.
No consientas, pues, no sufras
que una mujer bien nacida
ande expuesta a las injurias
del tiempo. Criadas tienes
y poco número es una.
Mi opinión, señora, ampara,
mis desdichas asegura,
mis temores favorece,
lisonjea mis fortunas.
Mujer eres, por mujer
me favorece y ayuda,
así no tengas amores
o los tengas con ventura.
Lisarda
Alza, señora, del suelo
y esas lágrimas enjuga,
que se correrá la aurora,
si así su oficio la hurtas.
No he menester más testigos
de abono que tu hermosura
para creer que son ciertas
todas las desdichas tuyas.
¿Cómo te llamas?
Flérida
Yo Laura.
Lisarda
Pues, Laura, si de eso gustas,
desde hoy quedas en mi casa
no a servir, como procuras,
sino a ser servida. Entra
en ella, que es cosa justa
que no te vea mi padre
hasta que licencia suya
tenga para recebirte.
Flérida
Guárdete el cielo. (¡Ay, fortuna,
no me sigas más, que basta
verme en tantas desventuras!).
Vase.
Celia
No sé, señora, si aciertas
–si bien la piedad es justa–
en admitir en tu casa
esta mujer.
Lisarda
Pues ¿qué dudas?
Celia
Que hay ya mujer en el mundo
que es doncella y que es viuda,
es villana y es señora,
y con cautela y industria,
si bien viste una mentira,
mejor una ama desnuda.
Vanse. Salen don Juan y don César, de camino.
Juan
Grande ventura ha sido
haberme en esta quinta detenido,
don César, pues en ella
os hallo sin pensar.
César
Mi buena estrella
aquí os trujo; los brazos
me dad segunda vez.
Juan
Con tales lazos
y con nudo tan fuerte
que no le pueda desatar la muerte.
¿Qué hacéis aquí?
César
Son cosas
muy largas de contar y muy penosas.
Bien se ve que de Flandes
venís, don Juan, pues ignoráis tan grandes
novedades.
Juan
Ya he oído,
César, que una desgracia habéis tenido;
por eso me he admirado
de hallaros hoy aquí tan descuidado.
César
No lo estoy, don Juan, mucho,
pues con temores y sospechas lucho;
que, si no os conociera,
de donde estoy a veros no saliera.
Mientras pasaje espero,
porque embarcarme para España quiero,
estoy aquí escondido,
que el dueño desta quinta me ha servido
y en ella retirado
tengo por más seguro su sagrado,
pues, cuando alguien viniera,
tengo aprestado un barco en la ribera,
donde remando puedo
hacerme al mar y asegurar el miedo.
Juan
Yo me huelgo de oíros
y de llegar a tiempo en que serviros
podré. Sabed que tengo
mucha mano en Gaeta, porque vengo
amante venturoso
a lograr un amor y a ser esposo
de la ilustre Lisarda,
rica, noble, bellísima, gallarda
y al fin única hija
de don Juan de Aragón; nada os aflija,
porque es en esta tierra
Gobernador y capitán de guerra,
y de algo ha de valerme
tener el padre alcalde.
César
En vos hacerme
merced no es ahora nuevo,
que me acuerdo muy bien de lo que os debo.
Gocéis los desengaños
de ese amor, de esa fe felices años;
y, aparte el cumplimiento,
¿no me diréis, amigo, con qué intento
aquí entrasteis?
Juan
Quería
en esta quinta divertir el día,
que a Gaeta he venido,
como soldado al fin, mal prevenido
de joyas y de galas,
y, aunque las de soldado no son malas,
no son de desposado,
y quiero estar dos días retirado,
mientras que me prevengo
de mucho lucimiento, que no tengo
de llegar como vengo de camino
a vista de mi esposa.
César
Ya imagino
más las venturas mías;
aquí os podéis estar esos dos días
escondido conmigo.
Juan
Lo hiciera a no tener aquí un amigo
que es alcaide del fuerte y, avisado,
enviele un recado
y, divertido en esta
variedad, esperando estoy respuesta.
Por eso mismo quiero
apartarme de vos, pues, cuando espero
que a recibirme venga,
no es justo que de vos noticia tenga.
César
Bien habéis reparado.
Juan
Quedad con Dios, que yo tendré cuidado
de veros en secreto,
y que os he de servir, César, prometo.
Vase y sale Camacho.
Camacho
¿Qué va que estás haciendo
ahora un soliloquio reverendo
en que llamas a cuentas
al alma y los sentidos, y que intentas
que ande hecho diablo de auto el pensamiento
tras la memoria y el entendimiento?
Señor, ¿quién vive ahora?
¿Vive Flérida ausente o la señora
que tapada pretende
tener futura sucesión de duende?
César
Aunque siempre he tenido
por cansadas tus burlas, nunca han sido,
Camacho, más pesadas
que agora.
Camacho
Pues ¿de qué, señor, te enfadas?
César
De que hayas preguntado
quién vive en mi memoria y mi cuidado.
¿Puede en él y en ella
vivir nadie, si no es Flérida bella?
Camacho
Pues si amas de esa suerte,
¿cómo otro amor agora te divierte?
César
Porque ausente me veo,
tan lejos de su amor y mi deseo.
Camacho
Y en su sede vacante te acomodas.
Así lo hacemos ya todos y todas.
César
Perdí una noche triste
patria y amor.
Sola una cosa hiciste
que todos te han culpado.
César
¿Reñir allí?
Camacho
No.
César
¿Cuál?
Camacho
Haber dejado
allí a Flérida bella
y ponerte tú en salvo antes que a ella.
César
Dices bien; mas, si ama
quien me culpa, di que entre a ver su dama
y con otro la vea
y, cuando entonces tan atento sea,
que en ocasión tan fuerte
mida el dolor y la aflicción acierte,
me culpe. Yo sé que no lo errara,
si agora a verme en la ocasión tornara,
porque de dos la una
no se yerra en el mundo cosa alguna.
Mas ¿qué será de Flérida?
Camacho
¿No oíste
a un pasajero, cuando aquí veniste,
que en Nápoles por cierto se decía
que en un convento Flérida vivía?
Mas por lo que hemos dicho
de aquella dama andante del capricho
singular, ella viene;
y aquí lugar acomodado tiene
lo de lupus in fabula, que quiere
decir, según colijo,
que así Lope a sus fámulos lo dijo.
Salen Lisarda y Celia, tapadas.
César
Ya mi deseo sabía,
a ver en pardo arrebol
salir rebozado al sol,
que era para el campo el día;
vengáis a dar alegría,
sol disfrazado, a estas flores,
que bebiendo resplandores
de una luz que no se ve,
como a su diosa, por fe
os están diciendo amores.
Lisarda
Creer cortesana quiero
que las flores me dirán
esos favores, si están
oyéndoos tan lisonjero,
porque a vos os considero
tan galán que aun a las flores
habéis enseñado amores.
César
Antes dellas aprendí,
después que venís aquí,
las quejas y los amores;
y enseñarlas fuera error,
que no hay flor aquí delante
que por haber sido amante
no se le entienda la flor.
Todas tuvieron amor
y, pues amaron primero,
no me hagáis tan lisonjero.
Lisarda
Soislo mucho.
César
¿En qué lo veis?
Lisarda
En que sin ver me queréis.
César
Pues ¿no hay amor verdadero
sin ver lo que se ama?
Lisarda
No.
César
Yo lo pruebo.
Lisarda
¿Cómo?
César
Así.
¿Un ciego puede amar?
Lisarda
César
Pues como un ciego amo yo.
Lisarda
El ciego, que nunca vio,
ama lo que considera
y, como verlo no espera,
no desea verlo; luego,
si pudiera ver el ciego,
no amara lo que no viera;
y ahora al contrario, pues vos
no sois ciego y podéis ver,
sin ver no podéis querer.
César
¡Engañada estáis, por Dios!
Porque este amor en los dos
es de mayor fundamento.
Lisarda
¿Hay para eso otro argumento?
César
El objeto principal
es de una alma racional
la luz del entendimento;
este amo en vos y, si viera
sin nube esos rayos rojos,
hoy entre el alma y los ojos
el amor se dividiera;
luego menos firme fuera
en dos mitades partido
que este solo al alma unido.
Ved si era justo en tal calma
quitar un amor del alma
para dársele a un sentido.
Lisarda
Cuando el alma dividiera
con los ojos su luz clara,
menos el alma no amara,
aunque más el amor fuera.
César
No entiendo de qué manera.
Lisarda
Una luz de rosicler
arde y, si a su hermoso ser
otra pavesa se aplica,
su llama la comunica
y ella no deja de arder.
Fuego es amor y da ciego,
no viendo, en el alma enojos
y, aunque le enciendan los ojos,
no dejará de ser fuego,
y tanto como antes; luego
los ojos que están ajenos
de luz y de sombras llenos,
arder entonces verás,
siendo en un sentido más
sin ser en el alma menos.
Camacho
¿Y piensa imitar aquí
aquel estilo, doncella,
de su ama? Diga: ¿y ella
ha de estar tapada?
Celia
Sí.
Camacho
Pues no me ha de ver a mí
tampoco, que yo también
tengo honor.
Celia
Hace muy bien.
Camacho
Estemos, ¡cuerpo de Dios!,
de máscara dos a dos
y llévete el diablo, amén,
si jamás te descubrieres;
y, ese tallazo ocultando,
lleve tu manto arrastrando
por donde quiera que fueres.
Desenmantarte no esperes
jamás; tengas manto tanto
que te adore Garamanto
y después en el infierno
te estén dando manto eterno
las furias de Radamanto.
César
Convencido estoy; no quiero
en el discurso pasado
tenerme por disculpado
y, si amor no hay verdadero
sin ver, no seré grosero
en descubriros.
Lisarda
Mirad
lo que hacéis.
César
Hoy perdonad,
que he de veros.
Lisarda
Bien podéis,
mas quizá no me veréis
otra vez.
César
Con novedad
estoy admirando aquí
hoy de Psiquis y Cupido
el engaño repetido,
pero al revés, porque allí
disfrazado Amor oí
que entró a gozar el favor
de Psiquis, y aquí es error
el que ese manto concierta,
pues Psiquis está cubierta,
dejándose ver mi amor.
Quitad ese obscuro velo,
quitad esa niebla obscura
y, si es cielo la hermosura,
haya gloria en ese cielo.
Y, si por eso en el suelo
cubrir su hermosura vi
con manto de gloria, aquí
que haya es razón bien notoria
para ti manto de gloria
y de infierno para mí.
Lisarda
Cuanto con ingenio sumo
argüirme procuráis,
también es bien que sepáis
que usamos mantos de humo;
y este de gloria presumo
que en humo convertiré,
pues me iré y no volveré.
César
Pues por si volvéis o no,
hoy tengo de veros yo.
Descúbrese.
Lisarda
¿Ya me visteis?
César
Sí, y no sé
por qué avarienta del día
rayos guardáis. Mas ¿qué es esto?
Dentro ruido.
Lisarda
Todas son confusas voces
cuantas oigo.
Sale Fabio.
César
¿Qué es aquesto,
Fabio?
Fabio
Señor, hazte al mar,
porque este ruido, este estruendo,
es que te viene buscando
el Gobernador.
César
Ya creo
que tuvo aviso que aquí
estaba.
Lisarda
(¡Válgame el cielo!
Mi padre viene, ¡ay de mí!,
buscándome; no fue incierto
el aviso de hoy).
César
¿Qué haré?
Camacho
Hazte al mar y con los remos
quiebra esos vidrios azules.
César
Quedad con Dios, que no puedo,
bella dama, esperar más;
que me importa el ir huyendo
de mis desdichas.
Lisarda
Las mías
llegarán, señor, más presto,
si os vais.
César
¿Qué queréis?
Lisarda
Si sois,
como mostráis, caballero,
no desamparéis así
a una mujer que está a riesgo
de perder honor y vida
solo por venir a veros.
Más soy de lo que pensáis
y, si en esta parte quedo
sin amparo, con mi muerte
al mundo daré escarmiento,
que a mí me vienen buscando
porque soy hija... No puedo
pasar de aquí, porque ya
dan con la puerta en el suelo.
César
(Esto está peor que estaba.
No hay sino morir, que un yerro
pude una vez cometelle,
mas ya advertido no puedo.
No se ha de decir de mí
que siempre a las damas dejo
en el peligro). Palabra
os doy que antes quede muerto
que consienta en vuestro honor
ni en vuestra vida desprecios.
Entrad a esconderos, pues,
mientras yo a guardaros quedo,
porque, en hallándome a mí,
tengo, señora, por cierto
que no os busquen, porque soy
yo a quien buscan.
Lisarda
Vamos presto,
Celia.
Éntranse huyendo y deja los chapines Celia.
César
Alza tú esos chapines.
Camacho
Buena hacienda habemos hecho.
Alza Camacho los chapines y escóndese y sale el Gobernador con acompañamiento de alguaciles y criados.
Gobernador
¿Sois vos don César Ursino?
César
Nunca niega un caballero
su nombre.
Gobernador
Daos a prisión.
César
Ya lo estoy y solo os ruego
consideréis que soy noble.
Gobernador
Yo sé quién sois. El acero
no os desciñáis, que con él
habéis de ir, aunque vais preso.
Una dama que con vos
aquí ha de estar haced luego
que, guardando a su persona
todo el decoro y respeto
que se le debe, parezca,
que ha de ir presa.
César
¿Dama?
Gobernador
Es cierto.
César
¿Dama aquí?
Gobernador
No hay que negarlo,
que bien informado vengo
y sé también que está aquí.
Mirad esa casa.
Entran a mirar la casa y sacan a Camacho.
César
(¡Cielo!
¿Qué mujer puede ser esta
que en tal ocasión me ha puesto?).
Alguacil
Aquí está un hombre escondido.
Gobernador
¿Quién sois?
Camacho
Soy un escudero
deste caballero andante.
Gobernador
¿Por qué os escondéis?
Camacho
Yo tengo
este vicio de esconderme,
que no lo hago a mal intento.
Gobernador
¿Qué guardáis aquí?
Camacho
Señor,
unos chapines.
Gobernador
Ya veo
indicios de lo que busco.
¿Dónde está dellos el dueño?
Camacho
Yo soy.
Gobernador
Pues ¿traeislos vos?
Camacho
Broqueles de corcho pienso
que están vedados, señor,
por justas leyes del reino,
mas no de corcho chapines.
“Desdichado del enfermo
donde chapines no hubiere”,
dice un divino proverbio.
Está indispuesto mi amo
y tráigolos por remedio,
por que no sea desdichado.
Sacan los alguaciles a Lisarda, tapada.
Alguacil
En el último aposento
tapada estaba esta dama.
Descubríos.
Gobernador
Estad quedos.
Señora, no os descubráis,
que yo sé muy bien que os debo
toda aquesta cortesía.
Perdonad si por vos vengo.
César
Pues perdonad si con vos
no va, porque yo resuelto
estoy antes a morir
que aventurar su respeto.
Señor don César Ursino,
no blasonéis tan soberbio,
porque no será tan fácil
como el decillo el hacello.
Yo os sufro esta demasía
por mucha parte que tengo
en el honor desta dama;
yo sé quién es y pretendo
en su respeto y honor
tanto como vos su aumento.
Es tan mi amigo su padre
que pienso que soy yo mesmo,
según siento sus desdichas;
yo os he sufrido por esto,
porque, aunque a vos no os conozco,
por él vuestro honor pretendo.
Lisarda
(¿Qué más ha de declararse?
Ciertas mis desdichas fueron).
César
Si yo dijera, señor,
que darle la vida puedo
contra vuestras armas, fuera
bien culparme de soberbio.
Yo no intento defenderla,
morir no más es mi intento;
tan fácil cosa es morir
que podré salir con ello.
Gobernador
Mejor es que esto lo acabe
la prudencia y el consejo,
que habéis de tener en mí,
antes que juez, tercero
que vuestros pleitos componga,
que bien informado vengo
de todo.
César
Pues, si soy yo
el delincuente y voy preso,
¿qué culpa tiene esa dama?
Gobernador
No me tengáis por tan necio
que no sé quién es. Venid
conmigo a una torre preso
vos, señor César Ursino,
que yo a esta dama prometo
de regalarla en mi casa,
mostrando así mis deseos,
como si ella misma fuera
una hija que yo tengo.
Lisarda
(¿Aquesto escucho? ¡Ay de mí!
Ya aquí es el mejor acuerdo
apelar a la piedad).
A don César.
Señor, vengo en ese acuerdo.
César
A Lisarda.
Porque vos gustáis, lo haré.
Señor, el partido acepto:
en vuestra casa ha de estar.
Gobernador
Basta decir que lo ofrezco.
¡Hola!
Alguacil
Señor...
Gobernador
En mi coche
los dos habéis de ir sirviendo
a aquesta dama y decid
a Lisarda que la ruego
la tenga en su compañía,
que yo a llevaros me quedo
a una torre.
Llevanla.
César
Con vos voy
muy honrado y muy contento.
Vanse y sale Celia.
Celia
¿Fuéronse?
Camacho
Sí.
Celia
Pues yo iré
antes a casa corriendo.
Camacho
Por saber quién es tu ama,
¡vive Cristo!, que me huelgo.

Segunda Jornada

Salen Nise y Celia.
Nise
¿Cómo vienes, Celia, sola?
¿Dónde mi señora queda?
¿No me respondes? ¿Qué tienes?
Celia
¡Ay, Nise, que vengo muerta!
Nise
¿Qué ha sucedido?
Celia
Sabrás
que fuimos... Mas gente llega,
luego lo diré.
Salen los criados del Gobernador con Lisarda cubierta.
Criado 1
Avisad...
Nise
¡Válgame Dios! ¿No es aquella?
Criado 1
...a Lisarda, mi señora,
que aquí un criado la espera
del señor Gobernador,
que dé de hablarla licencia.
Celia
(Disimular nos importa).
Mi señora está indispuesta,
no podéis entrar a hablarla:
dad el recaudo.
Que tenga,
le dice, en su compañía
esta dama y que la ruega
la estime y regale mucho,
y a su ventura agradezca
conocer tan buena amiga.
Celia
De aquesta misma manera
lo diremos.
Criado 2
Oye aparte:
esta dama viene presa;
dígolo por que tengáis
mucho cuidado con ella.
Vanse los criados.
Lisarda
¿Fuéronse?
Celia
Sí, ya se fueron.
Lisarda
Quítame este manto, Celia;
dame otro vestido, Nise.
Nise
Pues ¿qué tramoyas son estas?
¿Tú, presa en tu misma casa?
¿Tú, alcaidesa de ti mesma?
Declárame este suceso,
que estoy por saberlo muerta.
Lisarda
Soy infeliz; ya con esto
te he dicho que se conciertan
contra mí amor y fortuna.
Mi padre con gran prudencia
esta mañana me dio
a entender, lleno de quejas,
que algo de mi amor sabía;
no quise creerlo, ¡ay, necia!,
salí esta tarde y siguiome,
y hallándome...
Celia
Deja, deja
tan mal discurso, señora.
¿Cómo es posible que creas
que, pudiéndolo estorbar
en su casa con prudencia,
tu padre fuese a buscarte,
dispuesto a que allí te vieran
sus criados y él hiciese
pública su misma ofensa?
No, señora; mi temor
fue que allá nos conociera
o antes de llegar a casa,
mas, ya que estamos en ella,
nada temo, sino solo
que pregunte por la presa
que envió; porque no hay duda
de que, cuando fue a prenderla,
iba por otra mujer.
Lisarda
Necia estás; ¿no consideras
que dijo: “Yo tengo parte,
como si su padre fuera,
en el honor de esa dama
y disimulo por ella?”;
luego ya me conoció,
que no son razones estas
dichas acaso. Y decir
que se puso en que me vieran,
ya se allana con decir
que me estuviese cubierta.
No me arguyas, que sin duda
él me conoció.
Celia
¿Y qué piensas
hacer?
Lisarda
Echarme a sus pies
en el instante que venga,
que al fin un padre no mata;
y decir que mis tristezas
fueron causa de que fuese
a aquellos jardines.
Flérida
Seas,
mi señora, bien venida.
Lisarda
Callemos, y nada entienda
esta, porque aún no tenemos
de su talento experiencia.
Fui a visitar a una amiga.
Salen el Gobernador y Félix, criado.
Gobernador
Irás, Félix, con gran priesa
a Nápoles y dirás
a su padre cómo queda
su hija Flérida en mi casa
y en una torre don César.
Félix
Sí iré, señor, pero advierte
una duda que me queda.
No entré contigo en la quinta,
por que los dos no supieran
que fui quien te dio el aviso;
estando esperando fuera
salió una mujer, por cuanto
puede ser que no sea ella,
porque una mujer tapada
desmiente mudas las señas.
Yo la vi, mas no me afirmo
de que mi señora sea,
y ir sin saberlo de cierto
será yerro sin enmienda.
Gobernador
Has advertido muy bien.
Aguárdate, llamarela
y afirmaraste.
Félix
Tampoco
será justo que me vea,
porque, si soy quien la sigue,
dará de mi lealtad queja
y a quien tengo de servir
no es razón que me aborrezca.
Si pudiera verla yo,
señor, sin que ella me viera,
sin mi riesgo, asegurara
mi temor.
Gobernador
Pues así sea;
ven conmigo. Pero aquí
está mi hija.
Félix
Y con ella
mi señora. No andes más.
La que está a su mano izquierda
es Flérida.
Gobernador
Fuerza fue
que hubiese de ser aquella,
que es la que yo no conozco;
porque las demás que quedan
es mi hija y sus criadas.
Félix
Pues con esta diligencia
parto a Nápoles contento.
Vase.
Celia
Mi señor.
Flérida
Si a hablarle llegas,
háblale en mí y que te dé
para admitirme licencia.
Lisarda
Sí haré.
Flérida
Ruégaselo mucho.
Lisarda
Allí retirada espera.
Celia
Aquí fue Troya.
Gobernador
Lisarda,
¿es bien que no me agradezcas
el amiga que te he dado?
¿No respondes?
Lisarda
(¡Yo soy muerta!).
Señor, si por ser tu hija
es posible que merezca
piedad en ti...
Gobernador
Ya querrás,
de agrado y lástima en ella,
que la perdone.
Lisarda
Señor,
quien tan levemente yerra
ganado tiene el perdón.
Gobernador
No es tan leve como piensas.
Flérida
(Como le está hablando en mí,
él de mirarme no cesa).
Lisarda
¿Es más de ir a unos jardines
disfrazada y encubierta?
Gobernador
Más; que esa dama, Lisarda,
tiene padre, a quien debiera
guardar mejor el respeto.
Lisarda
(¡Con qué razones tan cuerdas
me está penetrando el alma!).
No quieras, señor, no quieras
afrentarme así; yo estoy
a tus pies.
Gobernador
¿Juzgas afrenta
negarte lo que me pides?
No lo es, hija, sino fuerza.
Lisarda
De aquí no he de levantarme
sin que tu perdón merezca.
Flérida
(¡Oh, cuánto debo a Lisarda!
¡De rodillas se lo ruega!).
Gobernador
No te canses, mi Lisarda,
en pedir eso, porque ella
de casa no ha de salir
hasta que marido tenga.
Lisarda
Yo digo que será así
y que ventana ni reja
volverá a ver si eso quieres,
pero solo que merezca
tu gracia te pido.
Gobernador
Eso
es fácil y, por que veas
si tiene mi gracia, escucha,
Lisarda, de qué manera
la agasajo: vos, señora,
estéis muy enhorabuena
en esta casa, que ya
más que mía será vuestra.
No me espanto de sucesos
de amor; y que a vos os tenga
tal el enfado no es mucho,
si están las historias llenas
de fortunas amorosas
que tales sucesos cuentan.
He tenido a gran ventura
que puerto seguro sea
mi casa; della os servid
y estad segura que della
no saldréis sin que primero
salgáis honrada y contenta.
Todo tendrá fin dichoso
brevemente y, mientras llega
este tiempo, aquí estaréis;
que de manera me ruega
Lisarda por vos, que pienso
que mi misma vida os diera,
dejando aparte quién sois,
cuando no por vos, por ella.
Lisarda
(¡Válgame el cielo! ¿Qué escucho?).
Celia
(¿Ves, señora, cuánto yerras
en presumir que tu padre
te conoció? Pues él piensa
que esta es la presa).
Lisarda
(Es verdad;
mas, como es la vez primera
que el mal se convierte en bien,
no le conocía. ¡Quiera
fortuna que no se mude!).
Flérida
(Para que más piedad tenga
de mis desdichas, Lisarda
toda mi historia le cuenta.
¡Oh, cómo es bien entendida,
que me quitó la vergüenza
de contarlo yo!). Señor...
Celia
(Agora a perder nos echa;
mejor la fuera callar).
Flérida
Quien tiene las altas prendas
de vuestro valor y sangre
es fuerza que piedad tenga.
Una mujer infelice
hoy a vuestras plantas llega;
pues que ya estáis informado
de quién soy, tened clemencia
de mi honor; duélaos el verme
peregrina en tierra ajena.
Lisarda
(Nise, Celia, ¿qué es aquesto?,
que como es la vez primera
que el mal se convierte en bien,
no le conozco).
Flérida
Y tú sella,
¡oh, bellísima Lisarda!,
mi rostro, pues a la deuda
primera añades agora
el afecto con que ruegas
a tu padre y mi señor
ampare mi vida.
Lisarda
(Ella,
hablando en sus penas, hace
equívocas las ajenas;
esforcemos el engaño).
Amiga, no me agradezcas
lo que yo he de agradecerte,
que en esta ocasión quisiera
valer con mi padre mucho
para servirte.
Gobernador
No ofendas
así mi amor, que yo haré
–tú lo verás– cuanto pueda.
Lisarda
Señor, por que en este caso
atentamente proceda,
dime: ¿quién es esta dama?
Gobernador
Mujer es de muchas prendas
a quien de cas de su padre
un hombre robada lleva,
para que veas, Lisarda,
en su ejemplo cuánto yerra
una mujer principal
que a tales riesgos se entrega.
Lisarda
¡Ay de mí!
Nise
Un caballero
que de una posta se apea
por ti pregunta.
Gobernador
Este es
don Juan.
Lisarda
¡Aun más otra pena!
Sale don Juan, de camino, con botas y espuelas.
Juan
Felice yo, señor, que he merecido
por fin dichoso de venturas tantas
vuestras plantas besar, pues hoy han sido
centro de mis desdichas vuestras plantas.
Hoy, pues, que tanto bien he conocido,
a la fortuna le perdono cuantas
quejas della formé, pues que con una
dicha quedo deudor a la fortuna.
Gobernador
Vengáis, don Juan, con bien, que ha muchos días
que os hacéis desear; más de un cuidado
a esta casa debéis.
Juan
Dichas son mías,
porque llegué con bien, haber tardado.
Gobernador
¡Oh, qué bien os están las bizarrías,
las galas y las plumas de soldado!
¿A Lisarda no habláis?
Juan
Turbado llego,
ciego a su amor como a sus rayos ciego.
Si merece favor tan soberano
quien al dosel de tanto sol se atreve,
dadme, señora, vuestra blanca mano,
aljaba a quien Amor sus flechas debe,
porque, siendo un prodigio más que humano,
un monstruo celestial de fuego y nieve,
centro de los dos sois, donde Amor ciego
abrasa con cristal, hiela con fuego.
La fama hermosa con estremo os llama,
mas, vista, sin estremo sois hermosa.
Sola vos, desvalida de la fama,
podéis estar de su ambición quejosa;
mas no, que ya vuestra beldad aclama
por única y, si queda temerosa
a tantas perfecciones, no es culpada,
que sois, vista, mayor que imaginada.
Lisarda
Muchas veces oí que Amor vendado
hijo de Marte y Venus ha nacido;
ahora lo creo, viendo que un soldado
de la guerra lisonjas ha traído.
Otros dicen que Adonis lo ha engendrado
y todo en vos verdad ha parecido;
pues en vos se contempla en vuestra parte
valiente Adonis y gallardo Marte.
Gobernador
Basten los cumplimientos, que yo gusto
de que el campo se quede por Lisarda.
Juan
Yo lo agradezco, porque fuera injusto
competilla. (¡Qué bella es! ¡Qué gallarda!).
Gobernador
Que descanséis agora será justo.
Soldado sois, pobre hospedaje aguarda;
habréis de perdonar.
Juan
¿Cómo pudiera,
siendo de humano sol divina esfera?
Vanse y quedan Lisarda y Celia solas.
Lisarda
Celia, pues hemos quedado
solas un rato, ¿qué dices
de mis sucesos?
Celia
Felices
fines tuvo tu cuidado.
¿Hay cosa como pensar
mi señor que aquella fue
la presa?
Lisarda
Pues si la ve
en su casa sin estar
avisado de quién era,
justamente discurrió.
Celia
¿Ves cómo te dije yo,
señora, que era quimera
pensar que te conocía?
Lisarda
La cosa más estremada:
ver, sin estar avisada,
cuán a tiempo respondía.
Celia
Estas materias de amor,
aunque hablen acaso, ¿a quién
no le suelen estar bien?
Lisarda
Hoy empiezo otro temor.
Celia
Pues ¿lo que hoy te ha sucedido
y el esposo que ha llegado
aquel tan necio cuidado
no han de sepultar de olvido?
Lisarda
¡Qué mal, Celia, de amor sientes!
Mal conoces su rigor.
No me dirás de un amor
que se rindió a inconvenientes
y direte yo de mil
que solo porque tuvieron
inconvenientes crecieron.
Celia
¡Qué argumento tan sutil!
Lisarda
Ni he de dejar en prisión
un hombre, Celia, que vi
dejarse prender por mí,
ni ha de ser mi presunción
tan necia que, si es aquel
el que esta dama buscó,
le he de estar queriendo yo.
Desta sospecha cruel
saldré. Tú le has de llevar
un papel y he de decir
en él, si puede salir,
me venga esta noche a hablar.
Y pues mi engaño no cesa
y tan adelante pasa,
dentro de mi misma casa
ha de verme como presa.
Celia
Advierte...
Lisarda
No hay que advertir.
Celia
Mira...
Lisarda
Ya no hay que mirar.
Celia
¿Haste de dejar llevar...?
Lisarda
¿Y heme de dejar morir?
Celia
Considera...
Lisarda
No hables más.
Celia
...tu peligro...
Lisarda
Ya le veo.
Celia
...tu vida...
Lisarda
No la deseo.
Celia
...tu honor.
Lisarda
¿Qué honor? Necia estás.
Celia
Solicito...
Lisarda
¿Qué?
Celia
...tu bien,
y temo...
Lisarda
¿Qué?
Celia
...tu ruina.
Lisarda
Pues ¿has de ser peregrina
tú sola en Jerusalén?
Celia
¿Cómo?
Lisarda
Como la criada
primera vienes a ser
que le ha pesado de ver
a su ama enamorada.
Vanse y salen Camacho y don César.
Camacho
¡Buenos hemos quedado!
César
¿Veslo? Pues todo es bien empleado
a trueco de haber visto
aquel rostro que vi.
Camacho
¡Cuerpo de Cristo
contigo y con su rostro!
Valiera tanto más que fuera un monstruo
y que a un lado tuviera
otro con barbas, aunque yo le viera
y no estuvieras preso,
que haber visto perfecto con exceso
un ángel con malicia,
pues él nos ha entregado a la justicia.
César
¿Tal dices?
Camacho
¿Qué te espanta,
si ya se vive con malicia tanta?
La vez primera, ella no vino acaso,
sino a espiarnos, porque fuera paso
de caballero andante
entrar las dos asaz de mal talante,
huyendo de algún fiero
malandrín, demandando al caballero
la mampare en su cuita,
maguer que fuese noble. Quita, quita
esto del pensamiento,
que es lástima sacar aqueste cuento
de una selva encantada,
donde fabló la infanta mesurada
mil famosos requiebros
a Esplandián, Amadís y Beltenebros.
César
Pues dime, si eso fuera,
¿por qué el Gobernador hoy la prendiera?
Camacho
Por hacer la deshecha.
César
No, Camacho, otra ha sido mi sospecha,
y es que es aquella dama
mujer de lustre, de opinión y fama
y alguna desventura
–que no respeta el hado la hermosura–
la tiene retirada;
y esto confirma estar siempre tapada
y que el Gobernador, que la seguía,
tuvo estos dos avisos en un día.
¿No viste cuán turbada
fue a decirnos quién era y, embargada
la voz del pecho al labio,
enmudeció sin pronunciar su agravio?
Camacho
Dices bien. Según esto,
el grande amor de Flérida está puesto
en olvido.
César
No espero
que se pueda borrar amor primero.
Enseña la moral filosofía
que una forma, donde otra forma había,
no se puede estampar tan fácilmente.
Explíquelo un ejemplo claramente:
cuando un pintor procura
linear una pintura,
si está lisa la tabla,
fáciles rasgos en bosquejo entabla;
mas, si la tabla tiene
primero otra pintura, le conviene
borrarla, no confunda
con la primera forma la segunda.
Ya me habrás entendido:
tabla lisa al primer amor ha sido
mi pecho, mas, si hoy quiere
introducir segundo amor, espere
a ver borrada aquella
imagen que adoró divina y bella.
Y así, aunque amor con fáciles enojos
desde el pecho a los ojos
líneas de fuego corra,
agora no dibuja, sino borra.
Camacho
¿Sino borra? Está bien; yo respondiera,
si una tapada a vernos nos viniera.
¡Que aún no hemos acabado
con el negro embeleco del tapado!
Sale Celia, tapada.
Celia
Mi señor.
César
Bienvenida
seas a dar a un casi muerto vida.
Celia
Este papel recibe
de aquella presa que afligida vive.
César
Recibe tú un diamante,
hijo del sol, que fuera estrella errante,
si por tachón o clavo
se viera puesto en el cenit otavo.
Camacho
Muestra a ver si es cetrino.
Celia
No quiero, mire si es bien cristalino.
Dale una higa.
Camacho
Pues ve aquí otro diamante
al mismo semejante,
por que me deje vella
esa cara.
Celia
No haré.
Camacho
Tal será ella.
Celia
¿Mala?
Si fuera buena,
no fuera cara en manto como en pena.
Celia
Pues mire si es muy fea.
Camacho
No quiero verla.
Celia
Acaba.
Camacho
No lo crea.
No quiero verla ya, si lo deseas.
Celia
Toma el diamante tú, por que me veas.
Camacho
No quiero.
César
Yo he leído.
Dile a mi hermosa presa que rendido
iré esta noche a vella.
Celia
Pues el cielo te guarde.
Vase.
Camacho
Adiós doncella,
y dígale a su ama, aunque se corra,
que no se ensanche tanto, porque borra.
En fin, ¿qué dice el papel?
¿Es tramoya nuevamente?
César
Que vaya a verla esta noche,
porque sobornadas tiene
las criadas de Lisarda,
de manera que se atreve
a que entre dentro del cuarto
con dos mil impertinentes
requisitos, como son
que a nadie conmigo lleve
y que ninguno lo sepa.
Camacho
¿Y dices liberalmente
que tú irás a verla, como
si en tu escritorio tuvieses
las llaves de aquesta torre?
César
Pues ¿qué inconveniente es ese?
Camacho
Las guardas.
César
Al son del oro
las más vigilantes duermen.
Sale don Juan.
Juan
A daros pésames yo
y a que me deis parabienes
vengo, César, por que así
unos con otros se templen.
Escriben los naturales
de dos plantas diferentes
que son venenos y, estando
juntas las dos, de tal suerte
se templan que son sustento.
Y, pues ser veneno suelen
las dichas y las desdichas
y a los dos matarnos quieren,
a vos a poder de penas
y a mí a poder de placeres,
juntemos nuestros caudales
y templemos desta suerte
mis bienes con vuestros males,
mis males con vuestros bienes.
César
Contento venís, don Juan.
Juan
¿Quién duda, si llego a verme
dueño de la mayor dicha
que mi pensamiento puede
imaginar? Porque pasa
el bien que el amor me ofrece
más allá del pensamiento.
Estuve fingido ausente
dos días en esta casa
–que ya os dije que del fuerte
el alcaide es muy amigo–,
en ellos compré excelentes
joyas, hice cuatro galas,
cuidados que un novio tiene.
Tomé postas y, fingiendo
que entonces llegué, apeeme
en el palacio; mal dije
palacio, si no es que fuese
ése palacio del sol,
mentira azul de las gentes,
hipócrita de sus galas,
pues no son lo que parecen.
Vi en él reducido el cielo
a sola una esfera breve,
la primavera a una flor,
el aura a un suspiro débil,
la aurora a sola una perla
de las que cría el Oriente,
el sol a un rayo; porque es
Lisarda bella aura débil,
breve esfera, hermosa flor,
perla fina y sol ardiente.
¡Felice mil veces yo,
a quien tal gloria previene
un bien empleado amor!
César
¡Y infelice yo mil veces,
a quien previene desdichas
un amor que no se entiende!
Y pues han de ser mis penas
antídoto justamente
de vuestras glorias, oídme;
supuesto que un caso quieren
la pregunta y la respuesta
y en amor habláis, conviene
responderos en amor:
yo vi todo un sol de nieve,
todo un peñasco de fuego,
y en un deleitoso albergue
vi una estatua de jazmines
coronada de claveles,
a quien el mayo gentil,
que es rey de los doce meses,
por flor juró y la aclamaron
toda la nobleza y plebe
de las flores al compás
de las aves y las fuentes.
No me preguntéis quién es,
que por Dios que, aunque quisiese
decirlo, no puedo, que es
una novela excelente;
mas sólo os puedo decir
que en este papel me ofrece,
si puedo romper la cárcel,
hablarme esta noche y verme.
Respondila que yo iría
como si cierto estuviese
que me dejará el alcaide.
Juan
Pues yo he llegado, no tiene
duda, César; no os rindáis
a vanos inconvenientes.
¡Camacho!
Camacho
Señor.
Juan
Dirás
al alcaide que se llegue
aquí, que tengo que hablarle.
Es mi amigo y fácilmente
de aquí os dejará salir,
como yo conmigo os lleve.
César
Supuesto que ya la noche
sus alas noturnas tiende,
haciendo sombra a los días,
y en los campos de occidente
es un cadáver el sol
cada vez que resplandece,
di que nos deje salir
luego.
Salen el alcaide y Camacho.
Alcaide
Don Juan, pues, ¿qué quieres?
Juan
Que sepas que no me he ido,
todavía soy tu huésped;
que donde vive don César
vivo yo.
Alcaide
No es bien que aumentes
obligaciones adonde
tengo tantas que me fuercen
a servirte.
Juan
Aquesta noche
va conmigo, si merece
mi amistad esta fineza.
Alcaide
Mil preceptos hay, mil leyes
para que de aquí no salga;
mas contigo no se entienden,
como palabra me des
que antes del día le vuelves.
Juan
Y desto te hago homenaje,
y cuanto te sucediere
correrá por cuenta mía.
César
Apenas la rubia frente
verá el alba coronada
de rosas y de claveles,
cuando en la prisión me veas,
siendo tu esclavo dos veces.
Alcaide
Pues con esa condición
abiertas las puertas tienes.
A Dios, que os guarde.
Vase.
Juan
Ea, don César,
guiad por donde quisiereis:
libre estáis. Vamos a donde
gustareis, que muy bien puede
de mí fiarse la espalda.
César
Quien es en su casa huésped,
y más que huésped esposo,
no es justo que tarde; hacedme
merced de iros.
Juan
Eso no;
ni es término conveniente
que os saque para el peligro
y que en el peligro os deje.
César
Quisiera...
Juan
No os disculpeis,
que he de ir con vos.
César
(¡Lance fuerte!,
porque llevarle a su casa
a que me guarde imprudente
la espalda, haciendo traición
a su dueño, a quien él tiene
obligaciones mayores,
no es justo).
Juan
Pues ¿qué os suspende?
César
Pensaréis que soy ingrato
en recatar neciamente
mi amor de vos. ¡Vive el cielo,
que ni Pílades ni Orestes,
Euríalo y Niso fueron
amigos más sin dobleces!
Debajo desta palabra
hacedme merced, hacedme
favor de iros, porque yo,
aunque deciros quisiese
quién es mi dama, ya he dicho
que no puedo y me conviene
ir solo.
Juan
A tantas porfías
necio fuera el oponerme.
Adiós. (¡Qué necio recato!
¡Qué amor tan impertinente!).
Vase.
César
Camacho.
Camacho
Señor.
César
Prevén
con recato un pistolete.
Camacho
Aquí le tienes; mas mira
si está bueno, no le lleves
mal prevenido.
César
No está:
pedernal y cebo tiene.
Camacho
¿Y tengo yo de quedarme?
César
Sí.
Camacho
Todos vuesas mercedes
sean testigos que hubo
un lacayo que se quede.
Vanse y sale Lisarda y Nise con una bujía.
Lisarda
Nise.
Nise
¿Mi señora?
Lisarda
¿Está
mi padre acostado?
Nise
Sí.
Lisarda
¿Don Juan?
Nise
Recogido ya.
Lisarda
¿Y nuestra presa?
Nise
Estará
llorando, que siempre así
la veo noches y días
lamentar su destruición.
Ruina sus lágrimas son
de las confusiones mías.
¿Qué hace Celia?
Nise
Está esperando
a la puerta con secreto
a aqueste galán.
Lisarda
Pues, cuando
él entre aquí, sin respeto
me trata, disimulando
quién soy; porque ha de pensar,
viéndome en este lugar,
que la dama presa soy
y que aquí por él estoy.
Nise
Pues ya he sentido pisar
cobardemente.
Lisarda
Sin duda
viene ya.
Sale Celia y don César detrás.
César
Favor me dé
la noche trémula y muda.
Celia
Pisa con tiento, porque
Lisarda no está desnuda
y duerme el Gobernador
aquí cerca.
César
Deme Amor
sus alas.
Lisarda
Vengáis con bien.
César
Donde esos ojos me den
nueva luz y resplandor.
Lisarda
Celia, ponte tú a esta puerta,
que a ese cuarto corresponde
de tu señor, y está alerta;
y tú, Nise amiga, donde
está Lisarda.
Nise
Voy muerta
de temor.
Lisarda
¿Qué te acobarda?
Nise
Ver que está Lisarda allí.
Lisarda
No temas, su puerta guarda.
Nise
Bien conviene hacerlo así,
que es un demonio Lisarda.
Mujer es que, si supiera
que esto en su casa pasaba,
dos mil estremos hiciera.
César
¡Cuánto el alma deseaba,
señora, que se ofreciera
para hablaros ocasión!
Porque en laberintos vivo
de una y otra confusión
y no alcanzo ni percibo
la causa desta prisión.
Lisarda
Pues fácil es de entender;
que buscando una mujer
que robada habéis traído,
por eso a mí me han prendido.
César
¿Mujer? ¿Cómo puede ser?
Lisarda
Siéndolo.
César
Malos desvelos
vuestro ingenio agora halló
para salvar mis recelos.
¿Hombre tan bajo soy yo
que no pudiera dar celos
y que, si mujer tuviera
conmigo, estando los dos
juntos, tan humilde fuera
que a sus ojos consintiera
veros y hablaros a vos?
Vos me disteis a entender
con el asombro y el ruego
que os importaba no ser
conocida, y desde luego
empezasteis a temer;
luego ya tenéis por qué
guardaros, luego no fue
prenderos por otra allá,
si desengañados ya
os tienen presa. Yo sé
que de algún celoso ha sido
diligencia; su mal fuerte
así vengar ha querido.
Lisarda
Pues ¿hubiera yo tenido
galán de tan poca suerte
que con tan bajos desvelos
vengara sus desconsuelos?
No soy tan humilde, no,
ni tan poco dama yo
que no pudiera dar celos.
Creed que soy principal
mujer y que, siendo tal,
puede haberme sucedido
el lance que habéis sentido.
César
Sí creo; mas saber cuál
quisiera.
Lisarda
Sentaos aquí.
Vanse a sentar y dispárase la pistola de la cinta.
César
¡Válgame Dios!
Lisarda
¡Ay de mí!
Celia
¡Muerta soy!
César
Se disparó
la pistola.
Nise
¡Triste yo!
Gobernador
Dentro.
¿Qué es eso? ¿Quién anda ahí?
Lisarda
¡Responded! ¡Ay de mí, triste!
Nise
¿Quién podrá? Que estoy turbada.
Celia
¡Yo estoy muerta!
César
¿Quién resiste
una desdicha causada
de un acaso?
Celia
Ya se viste,
que a la escasa luz que está
dentro en su cuarto le veo
tomar sus vestidos; ya
se pone en pie.
Lisarda
¡Mi fin creo!
César
¿Qué haré?
Lisarda
Esa ventana da
a un patio y él al portal;
arrójate, señor, della,
y abre la puerta, que es tal
la desdicha de mi estrella,
que me previene más mal
del que presumís. Yo os doy
palabra que de quien soy
os informe y que sepáis
a quién engañado amáis.
César
Por vos a matarme voy.
Vase y sale el Gobernador en jubón, con espada desnuda y rodela.
Gobernador
¿Quién salió agora de aquí?
Lisarda
Nadie, señor. (¡Ay de mí!).
Gobernador
¿Qué tienes tú, tan turbada?
Lisarda
La pistola disparada
me turbó cuando la oí.
Dentro ruido.
Gobernador
¿Y aquello qué es?
Lisarda
Yo, señor,
no sé nada.
Gobernador
Tomar quiero
esta luz, aunque en rigor,
si perdí el honor, no espero
que con luz se halle el honor.
Vanse y sale don César tentando.
César
En notable confusión
estoy la puerta buscando
sin discurso y sin razón,
en las sombras tropezando
de mi misma turbación.
¡Que en casa hubiese de ser
del Gobernador! ¡Ay, cielos!
¿Qué remedio han de tener
mis desdichas y recelos?
Ciego estoy; ¿qué puedo hacer?
Con la puerta no he topado.
Este es sin duda el portal,
pues con una silla he dado
de manos, que es puesto tal
su lugar determinado.
Ya que remedio no espero
mayor en tal desventura,
en ella esconderme quiero;
dejemos a la ventura
algo en lance tan severo.
Métese en una silla de manos y sale por una puerta el Gobernador con la espada desnuda y luz y por la otra don Juan con espada desnuda.
Gobernador
Aquí fue el ruido; acudí
a las puertas, no se vaya.
Juan
Como tus voces oí,
salí, señor, de la cama.
Gobernador
(A aumentar mis confusiones).
Juan
¿Qué es esto?
Gobernador
No ha sido nada.
(¡Disimulemos, honor!).
Pensé que en mi cuarto andaban,
salí a verlo y ya me pesa,
porque, mirando la casa
toda, no he topado a nadie;
y solo sirvió el mirarla
–siendo sola una ilusión–
de despertar a Lisarda,
que ya estaba recogida;
y así...
Juan
Señor, no te engañas
en pensar que ha habido gente,
porque yo escuché que andaban
aquí, y ruido, como cuando
se arroja de una ventana
una persona.
Gobernador
(¡Qué en vano
quise desmentir mi infamia!).
Yo estoy ya desengañado,
que anduve toda la casa;
mas, si tú no lo estás, toma
la luz y vuelve a mirarla.
Juan
Ponte, señor, a esa puerta
para que ninguno salga,
que yo la miraré.
Gobernador
Aquí
no hay nada.
Juan
Si no se guarda
en esta silla de manos.
Gobernador
Pues bien fácil es mirarla.
Ve don Juan en la silla a César y él hace señas que calle.
Juan
(¡Válgame el cielo! ¿Qué veo?).
Gobernador
¿Hay alguien?
Juan
Aquí no hay nada.
(¡Pluguiera a Dios!).
Gobernador
Lo demás
yo lo he visto.
Juan
Cosa es llana
que yo me engañé, señor:
sin duda el aire que pasa
alguna puerta cerró
y esto fue del ruido causa;
y así, vuélvete, señor.
Gobernador
Vete, don Juan, a tu cama
seguro que no hubo gente.
Vase.
Juan
Velo tú de que fue vana
mi ilusión, que yo lo estoy.
Él presume que me engaña
y yo, que lo engaño a él,
y los dos con una traza
nos estamos desmintiendo
uno a otro las desgracias.
¡Válgame el cielo! ¿Qué haré
en confusión tan estraña?
¡César escondido aquí,
César dentro de mi casa
y yo apadrinando a César!
Soy tercero de mi infamia.
Bien dijo que no podía
decir quién era la dama,
mas no pudiera decirlo,
¡ay, cielos!, siendo Lisarda.
Yo tengo ofendida aquí
la amistad, la confianza
y el honor; pues dispongamos
a tres culpas tres venganzas:
en la silla donde está
le mataré a puñaladas.
Pero ¿cómo cumpliré
el homenaje y palabra
de volverle a la prisión?
¿Quién vio confusiones tantas?
¿Yo he de quitar una vida
que yo he jurado guardarla?
¿Qué es esto, cielos? ¿Qué es esto?
¡Hoy, en acciones contrarias,
una mano le defiende
cuando otra mano le mata!
Pero a toda ley él muera,
que donde el honor se agravia
no hay palabra ni decoro
ni hay riesgo que tanto valga.
César.
César
Corrido de verte
salgo a arrojarme a tus plantas.
Juan
Sígueme, César, y deja
ceremonias excusadas.
César
¿Dónde me llevas?
Juan
Yo solo
voy, y con capa y espada;
no te receles.
César
No temo
de tu sangre, de tu fama
traición; que, si lo pregunto,
es por que ciego no hagas
cosa que quieras después,
y no puedas, remediarla.
Juan
¿Cómo?
César
Como si me escuchas
satisfaciones...
Juan
Pues ¿haylas?
César
Sí.
Juan
¡Plegue a Dios!
César
Las oirás
aquí y, si de aquí me sacas
no, que para aquí es la lengua
y para fuera la espada.
Juan
¿Qué satisfaciones hay
para haber con culpas tantas
hoy ofendido mi honor,
mi amistad y confianza?
Mi honor, pues te has atrevido
a quebrantar esta casa;
mi amistad, pues que, sabiendo
que soy dueño de Lisarda,
la solicitas y sirves;
mi confianza, pues hallas
en ella un tercero infame
de quien contra mí te valgas.
Mira si tengo razón
de quejarme, pues agravias,
siendo ingrato amigo, honor,
amistad y confianza.
César
Cuando de los dos alguno
por culpa esté o ignorancia
ofendido, soy yo sólo
a quien indicias y agravias
de traidor y falso amigo,
siendo para mí las aras
de la amistad un altar
en quien sacrifico el alma
a tu honor. La causa fue
de quebrantar esta casa
vivir en ella quien della
no depende: es una dama
que está aquí presa y con quien
me prendieron; esto basta
para que cortés y amante
venga a verla, si me llama.
Tu amistad no está ofendida,
que negarte yo mi dama
fue decoro, fue respeto
que tuve a la sombra y casa
de tu esposa; pues no quise
decir que a su lado estaba
mujer a quien yo mirase.
La confianza que falta
tan grande la hice de ti
que por ver que, si agraviaba
esta casa, a quien tú tienes
obligaciones tan altas,
me habías de dar la muerte,
lo callé; con cuya causa
está tu honor satisfecho,
tu amistad desengañada,
tu confianza contenta,
pues tú solamente agravias,
quejándote de mi honor,
amistad y confianza.
Juan
Aunque todas son disculpas,
no son disculpas que bastan:
dame, para responderte,
término de aquí a mañana.
César
Sí haré y allá en la prisión
estaré.
Juan
En ella me aguarda.
César
Pues hasta mañana, adiós.
Juan
Adiós, pues, hasta mañana.
Vanse.

Tercera Jornada

Sale don Juan solo.
Juan
Desde que el aurora fría,
envuelta en blanco arrebol,
despierta diciendo al sol
que es hora que venga el día,
me tiene la pena mía
a estos umbrales clavado,
que así quiere mi cuidado
sus penas averiguar;
y a esta presa no han de dar
papel, aviso o recado
hasta que la hable primero,
cogiéndola inadvertida
yo; que a precio de mi vida
ver mi desengaño quiero.
Si en imaginarlo muero,
muera en saberlo; y, si es tal
que es a mi sospecha igual,
no haya en mis desdichas medio
y muramos del remedio,
si hemos de morir del mal.
Esta es Celia. ¡Oh, Celia mía!
Sale Celia.
Celia
¡Mi señor! Pues ¿a esta hora?
Juan
¿Qué hace, Celia, tu señora?
Celia
Vestirse agora quería.
Juan
Saldrá a dar segundo día
al campo.
Celia
A servirla voy.
¿Mandas algo?
Vase Celia.
Juan
Di que estoy
adorando estos umbrales.
¡Qué de penas, qué de males
padece un celoso! Hoy
no saldrá la que yo quiero;
pero tarde, aunque la aguarde,
que, viendo que viene tarde
el desengaño que espero,
sin duda que es lisonjero;
que, si desengaño fuera
mortal, tan presto viniera
que un instante no tardara.
¡Oh, quién se desengañara!
¡Oh, quién sin temor se viera!
Sale el Gobernador.
Gobernador
Don Juan.
Juan
Señor.
Gobernador
¿Pues aquí
tan de mañana? Yo creo
que con un mismo deseo
madrugamos.
Juan
¿Cómo así?
Gobernador
Vos para buscarme a mí
y yo a vos.
Juan
¿Qué me mandáis?
Gobernador
Por que de mi amor veáis
el cuidado, ya no quiero
dilatar el lisonjero
favor que amando esperáis,
y porque sé del que aguarda
cuánto suele padecer,
esta noche habéis de ser
dueño feliz de Lisarda.
Juan
(¡Otro temor me acobarda!).
Gobernador
(Así las sospechas mías
aseguro).
Juan
Si tenías
por unos días, señor,
dilatado este favor,
dilátale algunos días;
yo esperaré.
Gobernador
Yo aguardaba
componer algunas cosas
para este caso forzosas;
ya lo están.
Juan
(¡Confusión brava!).
Gobernador
(Aun peor está que estaba;
pues el que lo procuró
lo dilata, anoche vio,
sin duda, lo que yo vi).
Si hoy, don Juan, no dais el sí,
mañana no querré yo.
Vase.
Juan
¡Qué prisa! Mas la que aquí
viene es... ¡Muramos, cielos,
que no hay quien calle con celos!
Sale Flérida.
Flérida
Señor, ¿tan temprano?
Juan
Sí,
y por solo verte a ti
tanto he madrugado hoy.
Siempre a tu servicio estoy.
Fiada en mi calidad,
¿me dirás una verdad?
Esa palabra te doy.
Bien puedes de mí fiarte,
porque, siendo quien sospecho,
de mi vida y de mi pecho
has de tener mucha parte.
No temas, pues, declararte
conmigo. ¿Conoces, di,
a César Ursino?
Flérida
Sí,
y al cielo, señor, pluguiera
que nunca le conociera,
pues por él estoy aquí;
por él mi opinión difunta
está en brazos del castigo.
Juan
(No dice mal el testigo
a la primera pregunta).
¿Diste de noche ocasión
para hablarte?
Flérida
Muchas son
las ocasiones que di
con alto riesgo.
Juan
(Eso sí;
¡dadme albricias, corazón!).
Dime, en fin, si en un jardín
pasó...
Flérida
No prosigas, no,
que en un jardín sucedió
toda mi desdicha, en fin.
Testigo doy a un jazmín
de mi tragedia cruel,
que estando los dos en él...
Juan
Ya basta, no digas más,
que vida y alma me das.
(Perdóname, amigo fiel,
el temor que me acobarda;
ya mi desengaño vi).
Desto que ha pasado aquí
no digas nada a Lisarda
y quédate a Dios.
Flérida
Aguarda.
¿Dónde de esa suerte vas?
Juan
Pues satisfecho me has,
ver a César es razón,
que me espera en la prisión.
No tengo que saber más.
Vase.
Flérida
¿A ver a César? ¿Qué es esto?,
que el inquirir y el saber
y el decir que le va a ver
en nuevas dudas me ha puesto,
pero fáciles: supuesto
que con lo que preguntó
quiso saber si era yo,
con lo que le respondí
confirmó luego que sí,
pues albricias se pidió;
en decir que le va a ver
claramente me decía
que de su parte venía;
en la prisión, da a entender
que está preso. ¿Qué he de hacer
sino ir?
Salen Lisarda y Celia.
Lisarda
¿Dónde?
Flérida
Señora,
pues que mi humildad no ignora
que tuyo mi bien será,
has de saber que aquí está
preso el que yo busco. Agora
lo supe y él ha sabido
–a tanto mi dicha pasa–
que estoy, señora, en tu casa.
¡Oh, qué gran ventura ha sido
haber a ella venido,
pues no me podrá culpar
de que no me supe honrar
en su ausencia! ¡Loca estoy,
que a César he de ver hoy!
Vase.
Lisarda
Celia, añade otro pesar.
Celia
¿Qué pesar?
Sólo en los celos
menos lances a ver llega
el que mira que el que juega.
¿Posible es que en mis recelos,
mis penas y mis desvelos
no ves un temor que lucha?
¿No ves que mi pena es mucha
y que, cuando un llanto acaba,
vuelve a estar peor que estaba?
Celia
¿De qué suerte?
Lisarda
Atiende, escucha:
dijo el portugués Virgilio
en una dulce canción:
“Vi el bien convertirse en mal
y el mal en otro peor”.
En otra parte un discreto
hidras cantadas llamó
a las desdichas, pues donde
una muere nacen dos.
Tal me ha sucedido a mí,
pues, cuando contenta estoy
de haber de un temor salido,
voy entrando a otro temor.
Presa un día me juzgué
y tan bien me sucedió
que escapé de aquel peligro,
mas pagando la pensión
de los celos que una dama
robada entonces me dio;
así que, alegre al principio
y después con más dolor,
vi el bien convertirse en mal
y el mal en mucho peor.
Vino anoche aquel hidalgo,
saliendo de su prisión
por verme; pedile celos;
si me satisfizo o no,
no lo sé, pero ya basta
que me satisfice yo.
Estando los dos hablando,
la guía se le trabó
de la espada a una pistola,
que no estaba en el fiador
–no tenemos que argüir
si pudo ser, pues se vio
muchas veces, y un acaso
es la desdicha mayor–.
Salí deste susto luego,
que, viendo que no le halló
mi padre, juzgué sin duda
y no con poca razón,
que cayendo en el portal
abierta la puerta halló.
Y, cuando deste suceso
las gracias daba al amor,
vi el bien convertido en mal
y el mal en otro peor.
Esta presa vino aquí
tras un hombre que la dio
palabra de casamiento,
el cual por una cuistión
huyendo vino. Este hombre,
de mi libertad ladrón,
huyendo vino también
por cosas que cometió;
por cuanto pudiera ser
el que esta dama buscó,
pues convienen en las señas:
estar aquí y en prisión.
Mira si me viene bien
entre tanta confusión
el refrancillo vulgar
que dice en pública voz:
“Aún peor está que estaba”,
y aquella dulce canción,
cuando diga a cielo y tierra,
mar y campo, viento y sol:
“Vi el bien convertido en mal
y el mal en otro peor”.
Celia
Señora, cuando en el mundo
solo hubiera un matador,
justamente discurrías
en pensarlo, pero no
cuando hay tantos, porque ya
todos los hombres lo son;
tres hay en una baraja
sola; deja esa ilusión,
que, si los celos hicieron
tal figura, porque son
astrólogos, por lo mismo
no debes creerlos, no.
Sale Camacho.
Camacho
Lo de ‘éntrome acá que llueve’
y el ‘cuélome de rondón’
son frases de aqueste caso.
Yo he de salir, ¡vive Dios!,
deste encanto.
Celia
Aquel criado
de Fabio hasta aquí se entró.
Lisarda
¿En esta casa el criado?
Él sin duda le avisó
de cómo en esta ciudad
está preso su señor.
Averiguarlo pretendo
y, pues que nunca me vio
el rostro, disimulemos.
Celia
¿Cómo sin más atención
os entráis aquí?
Camacho
Entré andando;
si os he ofendido a las dos,
andando me volveré
al mismo compás y son.
De lo cierto y lo galano
del danzar se me pegó
que pie derecho deshaga
lo que pie izquierdo empezó;
y así me iré donde vine.
Lisarda
Decid, soldado, ¿quién sois?
Camacho
A saberlo yo, os hiciera
en eso poco favor,
pero no puedo decirlo,
porque yo no sé quién soy.
Tan encantado me tiene
un amo que Dios me dio,
que ya no sabré de mí
que ando en las selvas de amor
a lo de escudero andante,
siguiendo embozado un sol.
Y, hablando en capa y espada,
aquí busco a la mayor
invencionera de Europa;
si es alguna de las dos
una dama que está aquí
presa, por un solo Dios
me lo diga, porque vengo
peregrino en estación
solo a verla; que mi amo
la cabeza me quebró
su belleza encareciendo,
y quisiera verla yo
a trueco de que me deje.
Celia
(¿Ves, señora, si mintió
el astrólogo?).
Lisarda
(No hizo,
que él busca la presa y no
se tiene por presa ella).
Celia
(Sutil imaginación).
Lisarda
(Y en tanto que celos mienten,
diga verdades amor).
¿Tanto la encarece?
Camacho
Sí.
Lisarda
¿Qué? ¿Belleza o discreción?
Camacho
Todo, que es dama in utroque,
como grado de dotor.
Lisarda
¿Alábala mucho?
Camacho
Mucho.
Lisarda
¿Y está enamorado?
Camacho
No,
no es esto por que la quiere;
porque otro primero amor
le tiene más divertido;
porque esta dama de hoy
aún no pinta, sino borra.
Lisarda
¿Qué es borra?
Camacho
Eso no sé yo
ni entiendo, mas me parece
que os habéis sentido vos
de que borre. Si sois ella,
decídmelo.
Lisarda
(¡Muerta estoy!).
Pues atrevido, villano,
infame, vil y traidor,
yo no soy sino Lisarda,
hija del Gobernador,
y en mi casa no se usa
tratar ni sentir de amor.
En tanto que está en mi casa
esa mujer, no es razón
que solicitéis hablarla,
que es sagrado del honor
esta casa. Y, si volvéis
aquí otra vez, ¡vive Dios
de hacer a cuatro criados
que os echen por un balcón!
Camacho
Pesarame; y con tres basta.
¿Qué son tres? Sobrarán dos.
¿Qué son dos? Bastará uno.
¿Uno? Medio, un cuarterón,
un brazo, una mano, un dedo,
una uña sola bastó
para que ellos me arrojen.
Y por solo eso me voy.
Vase.
Lisarda
Aun en los menores gustos
es mi desventura tal,
que el bien se convierte en mal.
Celia
Temores han sido injustos
para sentirlos así.
Lisarda
Ya lo llegué a imaginar
y me he de desengañar.
Hoy un papel le escribí,
y diciendo, Celia, fue
que si dinero o favor
de su prisión el rigor
pueden quebrantar, saldré
a verle donde él quisiere,
fingiendo que yo también
quebranto mis guardas.
Celia
Bien.
Lisarda
Y dondequiera que él fuere,
llevaré en mi compañía
esta dama; siendo él
–¡no permita amor cruel
tan grande desdicha mía!–
desistiré de mi amor
y, si no, venceré amando
tantos imposibles.
Celia
Cuando
sea el Paris de su honor,
hallándote de ese modo
en irle a ver empeñada,
fuerza es volver desairada.
Lisarda
Ingenio habrá para todo.
Laura, ¿dónde vas así?
Sale Flérida con manto.
Flérida
Con tu licencia, señora,
voy a una prisión agora
donde está el alma.
Lisarda
(¡Ay de mí!
Di que a matarme y dirás m
ejor. ¿Cómo he de sufrir
quedar yo, viéndola ir,
en duda si es él?). ¿No hay más
en las casas principales
de tomar el manto y voy
donde quiero?
Flérida
Tal estoy
que no me dejan mis males
discurrir con atención
ni es mucho quien vino así
desde Nápoles aquí
vaya de aquí a una prisión.
Lisarda
Con todo eso, corre ya
por cuenta de quien te tiene
en casa tu honor; si viene
mi padre, ¿qué nos dirá?
Flérida
Yo volveré antes que venga,
que no es, señora, muy tarde.
Lisarda
Has de ir conmigo esta tarde
a una visita.
Flérida
¿Que tenga
paciencia para no verle
quieres?
Lisarda
Hete menester.
Al instante he de volver,
que no quiero más de verle.
Lisarda
Pues eso no quiero yo.
Flérida
Luego te vendré a servir.
Lisarda
No te canses, que no has de ir.
Flérida
Tú no te canses, que no
puedo, si en esto consiste...
Sale el Gobernador.
Gobernador
¿Las dos en contienda igual?
Lisarda
(A fe que has de hacer por mal
lo que por bien no quisiste).
Quiérese de casa ir
sin hablarte a ti primero.
Flérida
Sí, señor, porque irme quiero.
Gobernador
¿No hay más de ‘quiérome ir’?
Flérida
Yo confieso que debiera
tu licencia pretender,
mas, si llegaste a saber
quién soy y de qué manera
aquí estoy, no es liviandad
ir, si el alma lo desea,
adonde mi esposo vea,
que está preso.
Gobernador
Así es verdad;
mas, por que no le veáis,
presa habéis estado aquí.
Flérida
¿Presa, señor? ¡Ay de mí!
Gobernador
¿Ya tan olvidada estáis?
¿No os acordáis del jardín?
Flérida
Sí, y el alma lo confiesa.
Gobernador
¿Pues no os truje desde él presa?
Lisarda
(Llegó nuestro engaño al fin).
Flérida
¿Presa yo? Mirad que no.
Gobernador
¿Yo mismo no os hallé allí?
Flérida
Pues ¿yo no me vine aquí?
Gobernador
Pues ¿no os truje presa yo?
Flérida
Di, señora, por tu vida,
esto.
Lisarda
¿Presa no veniste
por señas que me dijiste
que te hallaron escondida
dentro de la misma casa?
Pues yo, ¿de qué lo supiera,
si tu voz no lo dijera?
Flérida
¡Qué es esto que por mí pasa!
Gobernador
Y aún lo negará con eso.
Pues quedáis solas las dos,
acuérdaselo por Dios,
que quiere quitarme el seso.
Vase.
Flérida
¿Presa me trujeron?
Lisarda
No.
Flérida
Pues ¿quién tal rigor abona?
Lisarda
Laura, esto es fuerza; perdona,
porque primero estoy yo.
Vente esta tarde conmigo,
todo el suceso sabrás
y de esas dudas saldrás.
¡Paciencia! Tu sombra sigo.
Vanse. Sale don Juan y don César.
Juan
César, corrido vengo
de haber de vuestro amor desconfiado,
mas por disculpa tengo
que pintan al Amor ciego y vendado,
a quien dieron los cielos,
para que le guiasen, a los celos;
mozos de ciego han sido
–no os parezca bajeza este concepto–,
ellos han conducido
a Amor por donde quieren y él, sujeto
y humilde a obedecellos,
ha de creer lo que le dieren ellos.
La respuesta que dije
que hoy os había de dar ha sido esta;
ningún temor me aflige;
admitid la disculpa por respuesta;
ya yo estoy satisfecho,
mas si vos no lo estáis, rompedme el pecho.
César
Don Juan, aunque pudiera
agraviarme de vos, la queja mía
remito, que no fuera
amigo como soy, si el primer día
que os disgustáis conmigo
no os sufriera un defeto como amigo.
Confieso que fue fuerte
la ocasión que tuvistes y confieso
que el no darme la muerte
entonces fue valor; pero tras eso,
de otro hombre no sufriera
que mis satisfaciones no admitiera.
¿Cómo os desengañasteis?
Juan
Si fue eso hacer a mi amistad agravio,
¿para qué me acordasteis
que os ofendí? Ya el corazón, ya el labio
este secreto sella.
Bella es la presa vuestra.
César
¿No es muy bella?
Juan
Sí, mas junto a Lisarda
es junto al día una tiniebla obscura,
es una nube parda
junto al sol; es un mar de la hermosura;
ninguna se le atreve,
que como arroyos fáciles los bebe.
César
Cuando tan bella sea,
no será tan discreta y entendida.
¿Queréis, don Juan, que os lea
un papel, pues la máscara corrida
tiene Amor y a los dos en penas tales
comunes son los bienes y los males?
Juan
Hareisme mucho gusto.
César
Mucho le he encarecido y no me atrevo.
Sale Camacho.
Camacho
¿Que salí de aquel susto?
¡Gracias a Dios que el pie turbado muevo!
Juan
¿Qué es eso?
César
¿De qué son las confusiones?
Camacho
Vienen tras mí criados y balcones.
Yo quise ver tu presa,
por ver si era tan bella y tan gallarda
como tu voz confiesa;
con un diablo topé de una Lisarda,
la cual enfurecida
de saber a qué fuese mi venida,
me dijo: “Esta no es casa
donde a nadie se busca con recados.
Y, si esto otra vez pasa,
de un balcón mandaré a cuatro criados
que os echen”.
Juan
Eso creo muy bien della,
porque es tan recatada como bella.
Mas el papel leamos
y aquese ingenio singular veamos.
César
Lee.
“Si podéis sobornar vuestras guardas, como yo las mías, saldré
esta tarde a veros, mas con tres condiciones: que tengáis una silla
a la puerta de la iglesia mayor y una casa donde pueda veros y os
dejéis en casa la pistola”.
Juan
Buen estilo y cortesano,
pero temerario intento
me ha parecido.
Camacho
Oye un cuento:
llevando un día un villano
una soga y una estaca,
una cabra, una cebolla,
una polla y una olla,
topó una grande bellaca.
Llamole, díjole: “Gil,
ven acá, parlemos hoy
en este campo”. “Si voy
cargado de alhajas mil
–él dijo– ¿cómo podré
sin que se me pierdan todas?”.
Ella: “Oh, qué mal te acomodas,
eres necio, bien se ve.
¿Qué llevas?”. “Tú lo verás:
una cebolla, una olla,
cabra, soga, estaca y polla”.
“¿Eso es mucho? ¿Pues hay más
–dijo– de hincar en el suelo
la estaca y, cuando lo esté,
atar la cabra de un pie
con la soga y en un vuelo,
para asegurarlo más,
meter la polla en la olla,
taparla con la cebolla
la boca, y así estarás
seguro de que se abra
y tendrás, si eso te ahoga,
seguras estaca y soga,
polla, olla, cebolla y cabra?”.
Cuando quiere una mujer,
no hay inconveniente humano:
lo imposible ha de hacer llano.
Juan
Y al fin, ¿qué pensáis hacer?
César
Con gran gusto a hablarla fuera,
si fuera de noche o si
para salir hoy de aquí
licencia el alcaide diera
y luego tuviera a donde
verla.
Camacho
Tan cargado estás
como el villano y aun más.
Juan
A eso mi amistad responde;
licencia yo la tendré
del alcaide y para veros
mi cuarto puedo ofreceros
sin ningún riesgo, porque
cae a otra calle la puerta.
De aquí en un coche saldréis
y todo lo dispondréis
como esa dama concierta.
Camacho
No está la tramoya mala;
tan bien lo has acomodado
que pienso que has estudiado
la lición de la zagala.
Juan
Parte, Camacho, y prevén
la silla, la llave es esta
del cuarto, todo lo apresta
para que suceda bien.
¡Ea, pues, no tardes, vete!
Camacho
Solo en esto seré presto,
por ser parecido en esto
cocinero y alcahuete,
pues sin probar un bocado
de los manjares que ha hecho
suele quedar satisfecho
de solo haberlos guisado.
Vase.
César
Grandes finezas hacéis.
Juan
Aquestas albricias doy
al desengaño de hoy.
César
¿En efeto me ofrecéis
la licencia, casa y coche?
Juan
No es muy grande demasía,
que os quiero llevar de día,
por que vos no vais de noche.
Pero aquí el Gobernador
entra.
César
Novedad ha sido,
pues a la torre ha venido.
Sale el Gobernador y gente.
Gobernador
Don Juan, ¿aquí estáis?
César
Señor,
estoy ya preso también.
Gobernador
¿Preso vos?
Juan
Si está mi amigo
preso, juntamente digo
que lo estoy yo.
Gobernador
Decís bien;
pero si ese es argumento
que vale, todos lo estamos,
pues que servir deseamos
a don César.
César
Solo intento
con callar llevar la palma
de agradecido, que es mengua
que quiera alzarse la lengua
con los efetos del alma.
Solo te digo que Dios
esa vida aumente y guarde.
Gobernador
Don Juan, dejadme esta tarde
a don César, que los dos
tenemos mucho que hablar.
Juan
Yo te obedezco.
César
(¡Ay de mí!
¡Qué buena ocasión perdí!
Tarde la podré cobrar.
Don Juan, ya veis lo que pasa;
si acaso hubiere llegado
la dama con el criado
a esperarme a vuestra casa,
pues es mi tormento tanto,
id vos mismo, entrad con ella
–que yo sé que estará ella
bien tapada con su manto–
y decilda que no puedo
ir a verla y, pues sabéis
quién es, con ella no os deis
por entendido y que quedo
muerto decid).
Juan
(Sí diré).
César
(Id en aqueso advertido,
que no os deis por entendido
de quién es, don Juan).
Juan
(No haré).
Vase.
Gobernador
Sentaos, don César, aquí.
César
En todo he de obedecer.
Gobernador
Habéis, César, de saber
que en mis mocedades fui
de don Alonso Colona
grande amigo, y así vengo,
con la obligación que tengo
a su honor y a su persona,
a hablaros; y no os parezca
que como juez he venido.
Él, en efeto, ha querido
que yo a servirle me ofrezca
y, haciendo, como hombre sabio
para lograr su quietud,
la necesidad virtud
y obligación el agravio,
vuestro perdón ha ganado
y en este pliego os le envía,
porque a este remedio fía
el ver su honor restaurado.
Dice, en fin, que como vais
casado con su hija bella,
a su casa vos y ella
con mucho gusto volváis,
que como padre los brazos
tendrá abiertos.
César
Vos hacéis
como quien sois y ponéis
en el alma eternos lazos.
Celos fueron la ocasión
de un furor desatinado,
mas ya estoy desengañado
de que fueron sin razón;
y así digo que he de ser
desde hoy de Flérida bella
y me casaré con ella.
Gobernador
Esta noche se ha de hacer.
César
¿Tenéis poder?
Gobernador
¿Para qué,
si ella y vos estáis aquí?
César
¿Pues está Flérida aquí?
Gobernador
¡Buen descuido es ese, a fe!
¿No está aquí? ¿No está en mi casa?
César
Eso, señor, no sabía.
¿No la hallé con vos el día
que os prendí?
César
¿Qué es lo que pasa?
Señor, si habéis presumido
que es ésa Flérida bella,
¡vive el cielo, que no es ella!
Gobernador
¿Cómo puede haber mentido
un criado que la vio
y decirlo ella también?
César
¿Ello hay otra presa a quien
tengas en tu casa?
Gobernador
¿No
es la que con vos estaba
en el jardín?
César
Es error,
que no es Flérida, señor.
Gobernador
Ya mi paciencia se acaba.
Si ella misma me confiesa
con mil rendidas razones
los amores y ocasiones,
si bien niega que está presa,
¿puede ser mentira?
César
Pueden
convenir a otra mujer
esas señas.
¿Puede ser
si criados lo conceden
que siguiéndola han venido,
la han visto y desengañado?
César
Pues ha mentido el criado.
Gobernador
Haréis que pierda el sentido.
César
Llevadme a vella y, si ella
dice delante de mí
que es Flérida, desde aquí
estoy casado con ella.
Gobernador
Decís bien, venid.
César
(¡Ay, cielos,
sacadme de aqueste engaño!).
Gobernador
(¡Dadme, cielos, desengaño
de tan confusos desvelos!).
¿En fin, ella es la que andaba
escondida en el jardín?
Gobernador
Sí.
César
Pues no es Flérida, en fin.
Gobernador
Pues peor está que estaba.
Vanse y salen Lisarda y Flérida con mantos, tapadas, y Camacho con ellas.
Camacho
Esta es, señoras, la casa;
toda la ciudad rodeé
por que no fueseis seguidas.
Yo apuesto que no sabéis
dónde estáis.
Si hemos venido
corriendo siempre sin ver
la luz y en este portal
apenas puse los pies,
pues que dentro de la sala
de la silla me apeé,
imposible es el saberlo.
Camacho
El orden que truje fue
de que, en dejándoos aquí,
volviese a cerrar después
por defuera. Aquí os quedad,
que el hospedaje que veis
aposento es de hombre mozo;
bien hay que mirar en él.
Adiós.
Vase.
Flérida
(Callando he venido
toda la tarde, por que
Camacho no me conozca.
Yo voy echando de ver
que es verdad que está aquí César,
pues sus criados se ven.
Pero ¡Lisarda tapada,
tan disimulado él,
y yo por testigo desto!
Quiera Dios que pare en bien).
Lisarda
Desahoguémonos un poco
aquí que nadie nos ve,
Laura. Mas ¡válgame el cielo!
Alborótase.
Flérida
¿De qué te admiras?
Lisarda
No sé,
no sé, Laura. ¡Muerta soy!
Flérida
¿Qué tienes?
Lisarda
¿Qué he de tener,
si estoy en mi misma casa,
cuando encubrirme pensé
para un amoroso efeto
que tú has de saber después,
que para algo te he traído?
Este aposento que ven
tus ojos es de don Juan;
tú como huéspeda en él
no entraste y no le conoces,
mas yo le conozco bien.
Tiene la puerta a otra calle,
que, como tapada entré
y vine sin ver por dónde,
sin luz, sin norte y sin ley,
pájaro nocturno he sido:
yo misma he dado en la red.
¡Ay de mí! ¡Yo estoy perdida!
¿De quién –¡ay, cielos!–, de quién
podré quejarme? De nadie,
pues mía la culpa fue.
Déjame desengañar,
déjame reconocer
si es verdad, si es ilusión.
Mas ¿quién en el mundo cree
que señas que han de matar
mentiras pudiesen ser?
Estas sillas, estos cuadros,
aquel escritorio, aquel
espejo, estas colgaduras
son las mismas. No hay que ver:
yo estoy en mi misma casa.
¿Cómo, cielos, pudo ser?
Mas no tengo de rendirme
de la fortuna al desdén;
si para todo hay remedio,
para aquesto lo ha de haber.
Una puerta deste cuarto
cae al mío –¡ay, Dios!–; si en él
hubiese quien nos abriese...
Pues yéndonos de aquí, bien
se remediaba el que aquí
nos hallasen, que después
alguna disculpa habrá;
y, cuando no, si una vez
salgo yo de aquí, que nunca
haya disculpa. Esta es;
acecha por esa llave.
Flérida
Celia a una ventana que
desde tu cuarto, señora,
cae a ese hermoso vergel
labor hace.
Lisarda
Pues aparta,
llamarela. ¡Celia, ce!
¡Ah, Celia! No sabe dónde
llaman, como no nos ve,
y anda loca. Aquí, a esta puerta.
Celia
Pues ¿quién llama aquí? ¿Quién es?
Lisarda
Yo soy, Celia; si es que puedes
–luego la ocasión diré–,
abre esa puerta.
Celia
La llave
mi señor ha de tener
sobre un escritorio; espera,
volando por ella iré.
Lisarda
¡Oh, si tan presto vinieses
como yo te he menester!
Flérida
No será posible ya.
Lisarda
¿Cómo?
Flérida
Como oigo torcer
la llave de esotra puerta
y entra un hombre.
Lisarda
Don Juan es.
¿Qué haré? ¡Válgame el cielo!
Ingenio aquí es menester.
Tápate tú y quita, Laura,
este manto en tanto que él
tarda en volver a cerrar
y hagamos del ladrón fiel.
Sale don Juan.
Juan
No está en la primera sala
esta dama: querrá ver
todo el cuarto. Vos, señora...
Mas ¿qué es esto?
Lisarda
¿Qué ha de ser?
Ser yo, mi señor don Juan,
tan galante y tan cortés
que, viendo que os esperaba
esta dama sin tener
quien la hiciese compañía,
por que tan sola no esté,
salí de mi cuarto yo
por esa puerta que veis
a acompañarla; que sois
buen galán, en buena fe,
buen galán y buen marido.
Juan
Señora...
Lisarda
Callad, no deis
disculpas mal prevenidas.
Juan
Yo no...
Lisarda
Sois un descortés
villano y mal caballero,
poco amante y poco fiel.
Juan
¿Conocisteis a esa dama?
Lisarda
Pues ¿había yo de ser
tan grosera como vos,
que había de conocer
a quien no me ofende a mí?
Juan
Pues escuchad y sabed.
Lisarda
No estoy tan enamorada,
don Juan, que haya menester
satisfación; no son celos
estos, sentimiento es
del agravio, del desprecio
que a mi vanidad hacéis.
¡En mi casa y a mis ojos
embozada otra mujer!
¡Silla, corridas las puertas,
con escudero de a pie!
¡Criado de puerta afuera,
que no saben si lo es
los de casa, reservado
para cierto menester
de ser mastín de las damas!
Todo lo alcanzo y lo sé.
Juan
Escuchad...
Lisarda
No hay qué decir.
Juan
Advertid...
Lisarda
No os disculpéis.
Juan
Un amigo...
Lisarda
Ya eso es viejo.
¿Querreisme dar a entender
que un amigo os pidió el cuarto
para hablar a una mujer,
cosa entre mozos corriente?
Frívola disculpa es.
Juan
Señora, escuchad, por Dios.
Lisarda
Quien escucha que le den
satisfaciones sin duda
se quiere satisfacer;
yo no quiero, yo no quiero.
Dadme aquesta llave, pues.
Juan
No se ha de ir sin que primero
sepa...
Lisarda
No lo he de saber;
apartaos a aquese lado.
Váyase vuesa merced,
mi señora, y agradezca
que soy quien soy y es quien es.
(Perdóname, amiga mía,
que esto es fuerza!).
Juan
¡Oh, dura ley
de amistad! Pues no ha de irse
sin que primero escuchéis
de su boca mi disculpa.
Lisarda
Si no la quiero saber,
¿qué me apuráis?
Juan
Vos, señora,
decid si me conocéis,
decid quién es vuestro amante
o, ¡vive Dios!, que diré
quién sois vos.
Lisarda
Mas ¿voces dais?
¡Oh, qué mal pleito tenéis!
Celia
Señora.
Lisarda
¿Qué quieres?
Celia
Ya
la puerta abrí.
Lisarda
Tarde fue,
pero bien está.
Celia
¿Qué es esto?
Lisarda
(Ir con tramoya y hacer
a esta dama del manjar,
que la he habido menester).
Mirad si la puerta estaba
abierta por donde entré.
Juan
¿Quién os niega esa verdad?
Gente viene, ¡ay de mí!, y es
vuestro padre. Solo os pido
que esto no deis a entender.
Lisarda
(Primero soy yo que nadie;
si buena disculpa hallé
para no darte mi mano
y librarme a mí, ¿por qué
la he de aventurar?).
Salen el Gobernador, don César y Camacho.
Gobernador
¿Qué es esto?
Vuestras voces escuché
y me obligaron, entrando
en casa, a mirar y ver
qué sucedía. ¿Tú aquí,
Lisarda?
Lisarda
Aquí vine...
Gobernador
¿A qué?
Lisarda
A visitar una dama.
Gobernador
¿Dama aquí? ¿Quién puede ser?
Lisarda
Una dama de don Juan
es la tapada que veis.
Gobernador
Por cierto, señor don Juan,
muy poca razón tenéis
en entrar así en mi casa...
Juan
Pues tú me matas también.
Perdóneme el amistad,
que no hay rigurosa ley
que diga que por su amigo
un hombre llegue a perder
el honor, que hoy aventuro
si pierdo tan grande bien.
Y, puesto que aquesta dama
poco tiene que perder
–pues ser dama de don César
saben ya cuantos la ven
desde el día que tú mismo
la fuiste a prender con él–,
sabe que la dama presa
que tienes en casa es,
que para hablar a don César
salió esta tarde. Si fue
mucho yerro hacer espaldas
a un amigo, que me des
castigo te pido.
Flérida
(¿Yo
a César hablar o ver
quise?).
(Si la descubierta
es la dama que yo hablé,
¿quién la tapada será?).
Gobernador
Ya descubriros podéis,
señora, pues conocida
estáis, que yerro no es
muy grande salir a hablar
a vuestro esposo y también
me importa desengañarle
de que sois Flérida, que él
dice que vos no lo sois.
Flérida
Yo lo soy, señor, porque
mujer que es tan infelice
otra no pudiera ser
sino yo.
Descúbrese.
César
¡Cielos, qué veo!
Gobernador
Don César, decidme si es
Flérida ahora.
César
Sí, señor.
Gobernador
¡Pues bueno es quererme hacer
loco, diciéndome allá,
César, que no podía ser,
teniendo vos concertado
salirla esta tarde a ver
aquí!
Lisarda
(Ya estoy consolada
de que no podrá mi bien
convertírseme en peor,
pues tal desengaño hallé;
y, pues el amor perdí,
no vaya el honor tras él;
haya ingenio para todo).
Si todos queréis saber
el fin de las confusiones
que a este lance padecéis,
sabed que Flérida hermosa
de mí se vino a valer
y yo la truje engañada
hasta aquí, por que a deber
a otro no llegue su honor;
castigar a don Juan fue,
por que tenga más respeto
a su casa y su mujer.
Flérida
(¿Para qué he de averiguar
el cómo, puesto que hallé
mi honor?). Tuya soy.
César
Y yo,
puesto que vos lo queréis.
Lisarda
Sí, por que el pesar me quite
este gusto de hacer bien.
Gobernador
Pues ya que os brinda el amor,
hacer la razón podéis,
don Juan y Lisarda, dándoos
las manos.
Juan
Tuya es mi fe.
Camacho
El Peor está que estaba
nunca ha encajado más bien
que agora que están casados,
y así: Ite, comedia est.
César
Y, como noble senado,
haced a su autor merced
de perdonarle sus faltas,
pues se pone a vuestros pies.
CC0 1.0
Licence

Holder of rights
Tracing Regularities in Pedro Calderón de la Barca's Dramatic OEuvre with a Computational Approach

Citation Suggestion for this Object
TextGrid Repository (2026). Calderón Drama Corpus. Peor está que estaba. Peor está que estaba. CalDraCor. Tracing Regularities in Pedro Calderón de la Barca's Dramatic OEuvre with a Computational Approach. https://hdl.handle.net/21.11113/4gbj9.0