El secreto a voces
Comedia famosa

Personas que hablan en ella

  • FLÉRIDA, duquesa de Parma
  • LAURA, primera dama
  • FLORA
  • LIBIA
  • FEDERICO, primero galán
  • ENRIQUE, segundo galán
  • LISARDO, tercero galán
  • ARNESTO, viejo, padre de Laura
  • FABIO, criado de Federico
  • MÚSICOS
  • UN CRIADO
  • DAMAS
  • ACOMPAÑAMIENTO
  • GUARDAS

Primera Jornada

Salen los músicos en cuerpo, con los sombreros en las espadas; después todas las damas con muletillas y sombreros; detrás Flérida y Arnesto, trayéndola de la mano, pasan por delante del tablado cantando y éntranse por la otra puerta. Detrás de todos, salen Enrique vestido de camino y Federico y Fabio de cortesanos.
Músicos
Razón tienes, corazón;
lágrimas el pecho exhale.
Mas, ¡ay, qué inútiles son!,
que a quien la razón, amando, no vale,
¿qué vale tener, amando, razón?
Flora
Canta
Al cabo de tantos años,
tus atrevimientos necios
¿qué sacan de ver desprecios?,
¿qué, de escuchar desengaños?
Da tus pasados engaños
al olvido, corazón,
sin querer que a tu pasión
tanto tu queja se iguale, ...
Músicos
…que a quien la razón, amando, no vale,
¿qué vale tener, amando, razón?
Vanse.
Federico
Ya que de mí te has fiado
para venir de secreto
a ver a Flérida bella,
podrás, desde aqueste puesto
retirado...
Hablan los dos en secreto y Fabio se acerca para oír.
Enrique
¡Ay, Federico,
cuánto a tus finezas debo!
Federico
Más debo yo a tus favores,
pues tal confianza has hecho
de mí.
Enrique
Es verdad, que de nadie
la hiciera.
Federico
No hablemos desto,
no entienda aquese criado
quién eres.
Fabio
(Por más que intento
saber qué huésped es este
que nos ha venido, haciendo
misterios sin ser rosario,
sin ser cura, sacramentos,
no es posible).
Federico
¿Qué os parece
deste parque?
Enrique
Decir puedo
que en cuantas fábulas varias
leí yo por divertimiento,
ociosamente ocupado,
Federico, el pensamiento,
no fue posible jamás
percebir en el concepto
que acá en la idea formaron
agentes entendimientos
selva tan hermosa, aunque
pensil tan florido y bello,
tropa tan airosa y rica,
campo tan fértil y ameno
como este que miro, aunque
se me ofrezcan por objeto
o las selvas de Diana,
o los jardines de Venus.
Federico
Es tal de Flérida bella
la tristeza con que el cielo
castiga sus perfecciones,
que todo es buscarla medios
de divertirla, y así,
señor, ha sido uno de ellos
que estas mañanas de mayo
baje a ese apacible puesto,
festejada y aplaudida
de voces y de instrumentos.
Aquí, en llegando a cansarla
la música, se hacen luego
academias donde tiene
mejor lugar el ingenio.
Otra vez las damas hacen
comedias, festines, juegos,
retiradas; y nosotros
máscaras, justas, torneos,
para alegrarla; y en fin
nada basta, porque es cierto
que a un sentimiento arraigado
no hay que buscarle remedios,
pues de remedios, tal vez,
se alimenta el sentimiento.
Enrique
Mucho estraño que en sus años,
en su hermosura, en su ingenio,
haya una pasión tenido
tan absoluto el imperio,
que a la que nació duquesa
de Parma, y a la que el cielo
de tantas ilustres partes
dotó, no el grave, el severo
arpón reserve, flechado,
de la fortuna y del tiempo.
¿Y es posible que ninguno
la causa halló a sus estremos?
Federico
No.
Fabio
¿Cómo que no? ¿Pues yo
no la sé?
Federico
¿Tú?
Fabio
Sí, y bien cierto.
Federico
Dila, ¿qué aguardas?
Enrique
¿Qué esperas?
Fabio
¿Habéis de tener secreto?
Los Dos
Sí.
Fabio
Pues sabed que su mal
es...
Federico
No dudes.
Enrique
Dile presto.
Fabio
…que está de mí enamorada,
y, mis desaires temiendo,
no se atreve a declararse.
Federico
Quita, loco.
Enrique
Aparta, necio.
Fabio
Pues oíd; si esto no es,
es otra cosa.
Enrique
Volviendo
viene la tropa a nosotros.
Federico
Retiraos pues, que quiero
introducirme yo en ella,
o porque no me echen menos,
o porque pierdo la vida
si de ver la ocasión pierdo
a alguna de aquellas damas.
Enrique
Embarazaros no intento,
sino antes irme y volver
a hablarla, porque deseo,
ya que he visto su hermosura,
gozar de su entendimiento.
Con la industria que tratamos
esta noche, a cuyo efeto
aquella carta escribí,
secretario de mí mesmo,
he de hablarla; y ya que vine
a verla, saber deseo
si es verdad que la fortuna
ayuda al atrevimiento.
Vase.
Federico
(En notable confusión
estoy; porque, si revelo
quién es, al secreto falto
que ha fiado de mi pecho
el Duque; si no lo digo,
a la fe falto que debo
a Flérida, de quien soy
criado, vasallo y deudo.
¿Qué he de hacer? Pero ¿qué dudo?
Mi obligación es primero
que toda su confianza.
Mas, ¡ay de mí!, que, si pierdo
al Duque, pierdo con él
las esperanzas que tengo
de que ha de ser de mi amor
su casa seguro puerto,
cuando Laura... Mas, ¿qué digo?
Vuélvase la voz al pecho;
que en solo haberla nombrado
me parece que la ofendo).
Fabio
Señor, ¿qué huésped es este,
que anoche vino encubierto
y hoy se retira y se esconde?
Federico
Es un amigo a quien debo
obligaciones.
Fabio
¿Le hubiste
doncel? Mas, ¿qué hablo yo en esto?
Sea quien fuere, él sea muy bien
venido, pues por lo menos
comeremos estos días
mejor, porque el cumplimiento
cuanto en la cama es pesado,
es en la mesa discreto,
sazonado y de buen gusto.
Vuelven como primero.
Federico
Ya vuelven, Fabio, ¡silencio!
Músicos
Si adoras a Antandra bella
sin méritos, sufre y calla,
pues la causa que hay de amalla,
hay para no merecella.
Culpa tu infelice estrella,
no su esquiva condición,
sin alegar, corazón,
la razón que al paso sale, ...
Todos
…que a quien la razón, amando, no vale,
¿qué vale tener, amando, razón?
Flérida
¿Cúya aquesa letra es?
Federico
Mía, señora.
Flérida
Siempre advierto
que en los tonos que me cantan
y me dicen que son vuestros
os quejáis de amor.
Federico
Soy pobre.
Flérida
Para amar, ¿qué importa serlo?
Federico
Para merecer importa;
y así veis que no me quejo,
señora, de que no amo,
sino de que no merezco.
Flérida
¿Tan bajo sujeto amáis,
Federico, que está atento
al interés?
Federico
No está en ella
de ese defeto el defeto.
Flérida
¿Pues en quién?
Federico
En mí.
Flérida
¿Por qué?
Federico
Porque a decir no me atrevo
mi amor, no digo yo a ella,
a sus padres ni a sus deudos,
pero a una humilde criada,
a una esclava suya, viendo
que amante que no entra dando,
puede mal entrar pidiendo.
Fabio
Y es verdad, porque no solo
a las dueñas y escuderos,
criadas, vecinos y amigos,
pero a los gatos y perros
de su dama, es importante
tener un hombre contentos.
Yo sé una que tenía
unos perrillos falderos,
que en viéndome entrar cargado
me hacían dos mil festejos,
y en viéndome que me vían
desocupado, al momento
me mordían y ladraban.
Federico
Quita, loco.
Flérida
Y en efeto,
¿ella sabe lo que os debe?
Federico
Lo que adoro sabe, pero
lo que me debe no sabe,
pues no lo paga pudiendo.
Flérida
Amor que tan desvalido
se confiesa, bien el dueño
publicar puede, pues no
ofende al mayor respeto
el que se juzga tan mal
tratado de sus desprecios;
y así estraño, Federico,
que, amando y no mereciendo,
nadie sepa a quién amáis.
Federico
Está tan en mi silencio
mi amor guardado, señora,
que mil veces he resuelto
enmudecer, por que alguno
de mis callados afectos,
disfrazado, no se salga
entre las voces envuelto.
Tan sagrado en mi atención
mi amor vive, que a mi aliento
examino, cuando entra
en las cárceles del pecho,
de adónde viene, porque
juzgo sospechoso al viento,
y no quiero que ni aun él
sepa quién vive acá dentro
tan oculto.
Flérida
Basta, basta;
que estáis muy loco y muy necio;
pues, ¿cómo hablando conmigo,
habláis con tantos afectos
en vuestro amor? ¿Olvidáis
quién soy?
Federico
¿Pues quién tiene de eso
la culpa? ¿Vos preguntando,
señora, o yo respondiendo?
Flérida
Vos, respondiéndome más
de lo que os pregunto. Arnesto.
Arnesto
Señora.
Flérida
Haced que le lleven
luego a Federico...
Federico
(Hoy muero).
Flérida
…dos mil escudos de ayuda
de costa, por que con ellos
granjear pueda a las criadas
de su dama; que no quiero
que, en fe de su cobardía,
me hable otra vez poco cuerdo
y, teniendo allá el temor,
tenga aquí el atrevimiento.
Flora
(Notables desigualdades
tiene su tristeza).
Libia
(Estremos
bien estraños son).
Laura
(¡Ay, triste
de quien llega a conocerlos,
cuando todos a ignorarlos!).
Federico
Mil veces humilde beso
la tierra que pisas donde,
al breve contacto bello,
más flores sin tiempo nacen
que abril produce con tiempo.
Fabio
Yo no la tierra que pisas
besaré, que no me atrevo,
ni la que has pisado, pues
ya no es tierra, sino cielo;
la que has de pisar me basta.
¿Por dónde has de echar? Que quiero
irte besando el camino. Sale Lisardo.
Lisardo
Un bizarro caballero,
a lo que ha dado a entender
del Duque de Mantua deudo,
dice que le des licencia,
señora, de darte un pliego.
Flérida
¡Oh, cuánto el Duque de Mantua
me cansa con mensajeros!
Arnesto
¿Por qué, si el Duque es, señora,
tu más igual casamiento?
Flérida
Por la opuesta condición
con que el casarme aborrezco.
Decid, Lisardo, que llegue.
Federico
(Quién es callaré, supuesto
que el ser su amigo me importa).
Sale Enrique.
Enrique
Turbado, señora, y ciego,
llego a estas plantas, que son
ya de mis fortunas puerto.
Flérida
De la tierra alzad.
Enrique
El Duque
mi señor con este pliego
a vos me envía.
Flérida
Su Alteza
¿cómo está?
Enrique
Dijera muerto
de amor, a no darle vida
la esperanza.
Flérida
Mientras leo
no estéis vos así.
Enrique
(Mintió
el pincel que fue bosquejo
de su hermosura, dejando
corto el encarecimiento).
Lisardo
Ya, señor, envió mi padre
los poderes.
Arnesto
Yo me huelgo
que hayan venido.
Flora
¡Qué airoso
ha llegado el forastero,
Laura, a dar la carta!
Laura
Yo
aún no he reparado en eso.
Flora
No me espanto porque, estando
allí tu primo, y sabiendo
cuánto te adora rendido
y que ya tu padre Arnesto
con él trata de casarte,
fuera especie de desprecio
que repararas en otro.
Laura
Ni aún él me ha debido, cierto,
ese descuido o cuidado.
Federico
(La Duquesa está leyendo,
Arnesto y Lisardo hablando;
¡deme amor atrevimiento!).
¿Y el papel de hoy?
Laura
Ya está escrito.
Federico
¿Cómo recebirle puedo?
Laura
¿No trais el guante?
Federico
Sí.
Laura
Pues
con él podrás...
Federico
Ya te entiendo.
Arnesto
Todo está muy bien.
Lisardo
A siglos
contara amor los momentos,
Laura hermosa, a mi esperanza.
Flérida
Dice el Duque en este pliego
cuán cercano deudo suyo
sois, que le importa teneros
de Mantua ausente unos días,
mientras que compone el duelo
de no sé qué desafío
en que el amor os ha puesto.
Enrique
Es verdad que mi delito
es de amor, y por él vengo.
Flérida
Que os ampare en Parma yo,
por él y por vos lo ofrezco;
y así, desde hoy en mi corte
podréis quedaros. Yo luego
al Duque responderé
y enviaré la carta.
Enrique
El cielo
tu vida guarde, señora,
felices siglos eternos,
y de Mantua merezcamos
los nobles vasallos vernos
tan felices que...
Flérida
No más,
y mirad lo que os advierto:
que mientras fuereis mi huésped
no me habéis de hablar en eso,
sino cuando yo os hablare.
Enrique
Vos veréis que os obedezco.
Flérida
Y por que escribir podáis
al Duque en qué me divierto
–que no dudo que traeréis
alguna instrución de hacerlo–,
sentaos todos, ya que el sol
de pardas nubes cubierto,
hoy parece que acechando
sale, más que amaneciendo.
Siéntanse Flérida y las damas a una parte, y los caballeros en pie a otra.
Vosotros tomad lugares
a esta parte, y vos, Arnesto,
proponed una pregunta.
Arnesto
Aunque mis canas pudieron
escusarme, no lo harán,
por ver que así te divierto.
¿Cuál es mayor pena amando?
Flérida
Responded vos el primero.
Enrique
¿Yo?
Flérida
Sí, por huésped os toca.
Enrique
Dos grandes ventajas llevo,
y así, por cumplir con ambas,
escojo la que padezco:
el ser uno aborrecido.
Flora
Yo que es mayor pena siento
la del mismo aborrecer.
Lisardo
Yo digo que son los celos.
Libia
Yo, la ausencia.
Federico
Yo, el amar
sin esperar el remedio.
Flérida
Yo, sin poder esplicarse,
amar callando y sufriendo.
Laura
Yo, que el amar siendo amado.
Flérida
Argumento será nuevo
defender que es pena, Laura,
amar siendo amado.
Laura
Eso
han de decir las razones.
Arnesto
Pruebe cada uno su intento.
Enrique
Pues el del aborrecido
me ha tocado a mí, yo empiezo.
Fabio
(Aquí es donde dice más
necedades el más cuerdo).
Enrique
El amor es una estrella
que influye dicha o rigor;
luego, la pena mayor
de amor, es amar sin ella.
Quien de una hermosura bella
aborrecido ha vivido,
contra su estrella ha querido;
luego, es el mayor desvelo,
pues lo que no quiere el cielo,
quiere el que es aborrecido.
Flora
Cuando uno a sentir se ofrece
aborrecido, ya es
mérito para después;
pues por lo que ama padece.
Quien sin amar aborrece,
padece sin merecer
finezas que puedan ser
mérito; luego, no ha sido
tanto el ser aborrecido,
como el mismo aborrecer.
Lisardo
El que aborrecido amó
y el que aborreció tuvieron
un mal que ellos padecieron
porque el cielo se le dio;
el que ama celoso, no,
pues se le causa un dichoso
de quien él vive envidioso;
luego, es más su desconsuelo,
pues lo que hay de un hombre al cielo
hay de los dos a un celoso.
Libia
Mil veces el mundo vio
los amorosos desvelos
sazonarse con los celos,
pero con la ausencia no;
muerte de amor se llamó;
luego, es su pena más fuerte,
pues, si con celos se advierte
avivarse su violencia
y morir con el ausencia,
uno es vida y otro es muerte.
Federico
El que aborrecido adora,
la que adorada aborrece,
el que los celos padece
y la que la ausencia llora,
cada uno su mal mejora
con la esperanza que alcanza
de que puede haber mudanza;
luego, a estar probado viene
que mayor tormento tiene
el que no tiene esperanza.
Flérida
Quien sin esperanza vive
ya por lo menos declara
no tenerla, y cosa es clara
que, hablando, alivio recibe.
Quien a callar se apercibe
y solo a su amor previene
un silencio donde pene,
más dolor, más pena alcanza,
pues que ni tiene esperanza
ni dice que no la tiene.
Laura
El que ama y es amado
siempre vive temeroso;
tal vez discurre dichoso:
¿cuándo seré desdichado?
Tal se juzga, despojado
de las dichas que merece,
y a aborrecerlas se ofrece;
luego, tiene el que es querido
despechos de aborrecido
y iras de quien aborrece.
Si tiene celos, los cielos
lo digan, pues el que amó
siendo amado, ya se vio
de sí mismo tener celos.
Un punto que sus desvelos
no tengan su bien presente,
como por siglos lo siente;
luego, tiene el más dichoso
escrúpulos de celoso
y sobresaltos de ausente.
Si desesperado está,
sus dichas lo dicen bien.
¿Qué tendrá que esperar quien
no tiene que esperar ya?
El callar pena le da
porque en su gloria no halla
razones con que esplicalla;
luego, al querido le altera
el dolor de quien no espera
y la pena de quien calla.
Decir que no es desdichado
porque se mira querido
es error, pues ha tenido
siempre el riesgo amenazado;
luego, el que ama y es amado,
de aborrecido padece
el mal, y el del que aborrece,
del ausente, el temeroso,
desesperado y celoso,
del que habla y del que enmudece.
Levántase Flérida y todas.
Flérida
Esas son sofisterías
con que ha querido tu ingenio,
Laura, ostentarse, que no
razones de fundamento.
Laura
Claro está, que mal pudiera
siendo el principal objeto
de amor ser amado.
Flérida
El guante...
Federico
Yo le alzaré.
Arnesto
Deteneos.
Lisardo
Yo he de llevarle.
Levántale Federico y truécale con otro parecido.
Federico
Si yo
llevarle intentara, pienso
que supiera conseguirlo,
pero como no lo intento,
no hay que hacer duelo, Lisardo.
Y pues el llegar más presto
no es mérito, sino dicha,
ved cómo a Laura le vuelvo.
Tomad, señora, que yo
para lo que llegué, pienso
que lo he conseguido ya,
pues os sirvo y no os ofendo.
Dásele a Laura.
Lisardo
Discretamente me habéis,
Federico, del empeño
sacado.
Flérida
A mí no, él ni vos;
que es sobrado atrevimiento
que, estando yo aquí, ninguno
ose a levantar del suelo
el desperdicio más fácil,
el más casual trofeo
de ninguna de mis damas;
y agradeced que no muestro
mi enojo más que en decirlo
esta vez. (¡Valedme, cielos!,
que soy la primer mujer
a quien el callar ha muerto).
Vase y las damas.
Arnesto
Enojada va su Alteza,
y bien sin razón, por cierto.
No entres agora en su cuarto,
sino vamos, Laura, al nuestro,
ya que por los accidentes
de su condición, teniendo
cuarto en palacio y gozando
de aqueste Estado el gobierno,
no quise que la sirvieras
más que por el cumplimiento.
Laura
En todo he de obedecerte.
Tómala de la mano y vanse todos acompañándola.
(Mucho dicen los estremos
de Flérida. ¡Quiera amor
no sea lo que sospecho!).
Arnesto
Caballeros, ¿dónde vais?
Federico
Todos os vamos sirviendo.
Arnesto
No habéis de pasar de aquí;
y vos, sobrino, el primero
habéis de quedaros.
Lisardo
Bien
a mi pesar obedezco.
Enrique
(Yo bien a mi gusto pues,
a tantas luces atento,
seré girasol humano).
Federico, al punto vuelvo.
Vase por donde Flérida.
Lisardo
(Hasta que pierda de vista,
Laura, tus rayos, no puedo
dejarte, que es tu hermosura
imán de mi pensamiento). .
Vase por donde Laura
Federico
¡Oh, cuánto que me dejasen
solo conmigo agradezco,
pues tendré lugar de leer
este papel!
Fabio
Si no pierdo
mi entendimiento aquí, es por
no tener entendimiento.
Federico
¿De qué te admiras?
Fabio
¿De qué?
De tu flema, pues teniendo
ese papel desde anoche,
hasta ahora no le has abierto.
Federico
¿Sabes qué papel es este?
Fabio
Sea el que fuere, ¿no es cierto
que desde ayer le has tenido
cerrado?
Federico
En este momento
le acabo de recebir.
Fabio
Harasme perder el seso.
Si desde que amaneció
ninguno te ha hablado, el viento
debió de traelle, sin duda.
Federico
No le trujo sino el fuego
donde me abraso y consumo.
Fabio
¿El fuego?
Federico
Sí.
Fabio
Agora creo
que es verdad...
Federico
¿Qué?
Fabio
…que estás loco,
y, galán fantasma, has hecho
una dama duende, allá
dentro de tu pensamiento,
a quien amas mentalmente.
Y así, suplicarte quiero
una merced.
Federico
¿Qué merced?
Fabio
Que, pues vive en tu concepto
imaginada esa dama,
sin más alma ni más cuerpo
que el que tú has querido darle,
vengan sus papeles llenos
de amores y de ternezas;
que es notable desacierto,
pudiendo hacerte favores,
hacerte, señor, desprecios.
Federico
Retírate.
Fabio
Pues la letra
¿qué importa?
Federico
Nada, si advierto
que aun la letra es disfrazada.
Mas apártate.
Fabio
Escudero
del limbo debo de ser,
pues que ni glorio ni peno.
Federico
Lee «Señor y dueño mío:
mucho se va acercando mi tormento,
pues, forzando mi padre mi albedrío,
trata mi casamiento
con violencia tirana,
y los conciertos firmará mañana».
¡Ay, infelice de mí!
¡Y qué breve plazo tengo
de vida! De aquí a mañana,
Fabio, ...
Fabio
¿Qué?
Federico
…me verás muerto.
Fabio
Harás muy mal si escusarlo
puedes, porque te prometo
que no es cosa de buen aire.
Federico
¿Cómo puedo, cómo puedo,
si este papel es sentencia
de mi muerte?
Fabio
¿Cómo? Haciendo
otra nota a ese papel
más apacible, supuesto
que está en tu mano.
Federico
Sin vida,
sin alma, a proseguir vuelvo.
«Y así, aunque se aventure
de nuestro amor el infeliz secreto,
en lo que hemos de hacer es bien procure
hablaros esta noche, a cuyo efeto
tendrá el jardín la reja prevenida
y, antes que os pierda, perderé la vida;
en cuya fe sólo pediros trato
las ferias me paguéis de aquel retrato...».
¿Hay hombre más venturoso?
Fabio, Fabio...
Fabio
¿Qué tenemos?
¿No te mueres ya?
Federico
Ya vivo.
Fabio
¿Ves si fue bueno el consejo?
No hay cosa como quererse
uno a sí mismo.
Federico
Contento,
desvanecido y ufano,
hablar esta noche puedo
con la hermosura que adoro.
Luciente campeón del cielo,
que a tornos su campo corres,
que sitias su plaza a cercos,
abrevia de tu tarea
hoy los números, sabiendo
cuánto con la luz ofendes.
Y vosotros, astros bellos,
pues influís los amores,
levantaos con su imperio;
trocad a comunidades
las repúblicas del cielo,
que os quita el sol vuestras leyes,
que os rompe el sol vuestros fueros.
Vase
Fabio
Loco está como Carrías,
y no me admiro de verlo
tan loco a él, como de verme
tan desmañado y tan necio
a mí, que...
Sale Flora.
Flora
Fabio.
Fabio
Señora,
¿qué me mandáis?
Flora
Que siguiendo
vengáis mis pasos.
Fabio
Sepamos
si es desafío, que quiero
llamar cuatro o cinco amigos.
Flora
Seguidme.
Fabio
Pues ¿a qué efeto
he de seguiros? ¿Sois vos
la dama que me da celos,
yo el galán que no os da un cuarto,
para que os ande siguiendo?
Flora
Su Alteza es quien quiere hablaros.
Estando agora escribiendo,
que os llamase me mandó.
Fabio
¿Su Alteza a mí? ¡Santos cielos!
¿Que fuera se me atreviese
a decir su pensamiento
de palabra o por escrito
y, en cogiéndome allá dentro,
Sale Flérida con una carta en la mano.
por no hacer nada a derechas
intente hacerme algún tuerto?
Flérida
Flora, ¿llamaste al criado?
Flora
Aquí, señora, te espera.
Flérida
Pues aguarda tu allá fuera.
Vase.
Ya conmigo habéis quedado.
A Fabio.
Fabio
Sí, señora, y nada ingrato
me hallaréis. Sepa en qué puedo
serviros, y hablad sin miedo,
que fácil soy y barato;
muy poco habréis menester
cansaros en conseguirme.
Flérida
Vos, Fabio, habéis de decirme
una cosa que saber
pretende mi autoridad,
porque importa a su decoro,
de una sospecha que ignoro
averiguar la verdad.
Fabio
Si el hablar yo es conseguillo,
hecha está la gracia de ello,
pues más que vos por sabello
me muero yo por decillo.
Flérida
Tomad aquesta cadena.
Fabio
Sí haré, por cierto; y no ignoro
que, por ser vuestra y de oro,
será muchas veces buena.
Por hablar rabiando estoy.
Preguntad.
Flérida
¿Quién es la dama
a quien Federico ama?
Fabio
Desdichado hablador soy,
pues una cosa no más
que yo, señora, he ignorado
es la que habéis preguntado.
Flérida
Si no le dejáis jamás,
¿cómo es posible que no
lo sepáis? (¡Tormento grave!).
Fabio
Pues, si él mismo no lo sabe,
¿cómo he de saberlo yo?
Flérida
Tan oculta estar su pena
no pudo.
Fabio
Pues, siendo así,
contádmela vos a mí
y tomad vuestra cadena,
porque, en efeto, señora,
sin que a nadie su amor fíe,
él a sus solas le ríe
y él a sus solas le llora.
Si recibe algún papel,
no vemos quién se le da;
ni sabemos con quién va,
si acaso le escribe él.
De día no hay que tratar
que aquí mire más que allí.
De noche, una le seguí
y anduvo todo el lugar
hasta que, habiendo doblado
una esquina, me esperó
y sin saber que era yo
me envió descalabrado.
Desde entonces no le sigo,
ni entro en su amor mucho o poco.
Él está, en efeto, loco
y, si cuanto sé te digo,
sólo hoy es el día que más
de su amor llegué a entender,
pues acabando de leer
un papel que Barrabás
debió de dalle, «hoy me espera
–dijo– en la tiniebla oscura
una divina hermosura
para hablarme».
Flérida
¿De manera
que esta noche se han de hablar?
Fabio
Si amor pendencias no entabla
con que se quiten el habla.
Flérida
¿Y es posible –(¡qué pesar!)–
que la casa o calle –(¡hoy muero!)–
de la dama no has sabido?
Fabio
Eso sí, en palacio ha sido.
Flérida
¿De qué lo sabes?
Fabio
Lo infiero
de que siente sin mudanza,
de que goza sin empleo,
de que adora sin deseo,
de que ama sin esperanza
y de que noches y días
escribe un gran cartapacio;
y solo son de palacio
tan discretas boberías.
Flérida
Pues mirad lo que ahora os mando:
vos habéis de procurar
con cuidado averiguar
quién es la dama, notando
desde hoy todas sus acciones;
y con cualquier novedad
que hiciere su voluntad,
en todas las ocasiones
que la haya, venidme a ver;
que desde aquí os doy licencia
para entrar a mi presencia.
Fabio
Gentilhombre del placer
se llama, si no me engaño,
esa merced que me hacéis.
Flérida
Y porque nunca dudéis
de donde el provecho y daño
os viene, todo es de mí;
si servís, Fabio, el provecho;
y el daño, si vuestro pecho
dice a nadie lo que aquí
hemos hablado los dos.
Fabio
Un mudo mirón no dudo
que seré, si hay mirón mudo.
Flérida
Id con Dios.
Fabio
Quedad con Dios.
Vase.
Flérida
Loco pensamiento mío,
¿qué tirano imperio tienes
en mí, que a quitarme vienes
los fueros del albedrío?
¿Tanto de mí desconfío
que ha de postrarme un temor?
Aquí, aquí de mi valor;
aquí de mí misma, ¡cielos!
Mas ¡ay!, que callar no puedo con celos,
basta que pude callar con amor.
A Federico, ¡ay de mí!,
dura estrella me inclinó,
a cuya violencia yo
con opinión me rendí,
pues sentí, callé y sufrí
de mi fortuna el rigor,
de mi desdicha el dolor,
de mi pasión los desvelos,
mas ¡ay!, que callar no puedo con celos,
basta que pude callar con amor.
¿Esta noche –¡estoy dudando!–
ha de ser –¡estoy muriendo!–
quedarme yo padeciendo
lo que ellos están gozando?
Pues no ha de ser. Logren cuando
yo no lo sepa el favor;
que, sabido, será error
no estorbarle. ¡Piedad, cielos!
Mas ¡ay! que callar no puedo con celos,
basta que pude callar con amor.
Con este pliego que había
a otro propósito escrito...
Él viene. Mal solicito
encubrir la pena mía.
Sale Federico con una cartera y recado de escribir.
Federico
Estas cartas, gran señora,
tiene que firmar tu Alteza.
Flérida
(Valor, ingenio, grandeza,
todo es menester agora).
Poned las cartas ahí,
Federico, que después
las firmaré; que ahora es
más necesario –(¡ay de mí!)–
que a mi servicio acudáis
en otra cosa que importa
más que eso.
Federico
¿Qué es?
Flérida
Que una corta
jornada esta noche hagáis.
Federico
¿Esta noche?
Flérida
Sí, aquí os doy
la carta...
Federico
(¡Fuerte pesar!).
Flérida
…que vos habéis de llevar.
Federico
Ya conocéis cuánto estoy,
con suma solicitud,
siempre deseando el empleo
de vuestro servicio. Hoy creo
que de mi poca salud
la ocasión, darme podrá
disculpa para pediros
que...
Flérida
Ninguna he de admitiros.
Breve la ausencia será;
mañana estaréis aquí.
Y advertid que de vos fío
no menos que el honor mío.
No hay que escusaros; y así,
tomad, y ved que al instante
os tengo de ver partir.
Y otra vez vuelvo a decir
que a quien soy es importante
que vais a llevarla vos.
El sobrescrito dirá
para quién y dónde va.
Traedme respuesta, y adiós.
Vase
Federico
¡La noche que Laura bella
me da licencia de hablalla,
en toda ella no se halla
para mí sola una estrella!
¿Qué haré? Que mi amor no debe
deslucir la lealtad mía.
Sale Fabio.
Fabio
Señor, ¿es muy largo el día?
Federico
Es el diablo que te lleve.
Al punto, (¡pena cruel!),
de aquí parte, (¡fiero agravio!),
y prevén dos postas, Fabio.
Fabio
¿Ha venido otro papel
por el fuego o por el viento?
Federico
Una carta vino.
Fabio
¿Hay más
de enmendarla y quedarás
como una pascua contento?
Vuélvela otra vez a ver
y mejora su querella.
Federico
Aún el sobrescrito de ella
no me he atrevido a leer.
Fabio
Léele, a ver si contradice
a lo que primero fue.
Federico
Dónde me envía veré.
«Al Duque de Mantua», dice.
(Ya es otra mi confusión.
Sin duda que ha conocido
al Duque, y que así ha querido
de la especie de traición
con que en casa le he ocultado
dárseme por entendida,
pues me previene, ofendida,
que esto a su amor ha importado.
De un riesgo en otro, cayendo,
loco pensamiento, vas).
Fabio
¿Enmendose?
Federico
Cuanto más
lo miro, menos lo entiendo.
Fabio
¿Viene en cifra, ...
Federico
¡Qué tormento!
Fabio
…como la que uno escribió
en guarismo?
Federico
¿Qué sé yo?
Fabio
Si no lo sabes, va el cuento.
De una dama era galán
un vidriero que vivía
en Tremecén, y tenía
un amigo en Tetuán.
Pidiole un día la dama
que a su amigo le escribiera
que una mona remitiera;
y como siempre quien ama
se desvela en conseguir
lo que su dama le ordena,
por escoger una y buena,
tres o cuatro envió a pedir.
El tres o cuatro escribió
en guarismo el majadero,
y como es allí la «o» cero,
el de Tetuán leyó:
«Amigo, para personas
a quien tengo voluntad,
luego al punto me enviad
trescientas y cuatro monas».
Hallose afligido el tal,
pero mucho más se halló
el vidriero cuando vio,
contra su frágil caudal,
dentro de muy pocos días
apearse con estruendo
trescientas monas haciendo
trescientas mil monerías.
Si te sucede lo mismo,
lee sin ceros, pues es llano
que una mona en castellano
son cien monas en guarismo.
Federico
Darme a mí estas cartas, bien
dicen por qué en mí se emplean.
Fabio
¿No hay remedio de que sean
menos las monas?
Federico
¿Quién, quién
en el mundo se habrá visto
en igual duda? ¿Qué haré?
Sale Enrique.
Enrique
¿Qué es lo que tenéis?
Federico
No sé
cómo mis dudas resisto.
Oíd aparte. Hablan los dos entre sí.
Fabio
(Esto no puedo
sufrir. ¡Guardarse de mí!
En toda mi vida vi
huésped que hablase más quedo).
Federico
¿Qué es lo que hemos de hacer?
Enrique
Vamos
a casa; aquí no lo hablemos,
pues en la carta veremos
la obligación en que estamos.
Si se da por entendida,
el descubrirme será
la respuesta; y si no está
de quién yo soy advertida
–que puede ser, ser aquesta,
ignorando que aquí estoy,
otra cosa–, escribiendo hoy,
dar mañana la respuesta.
Federico
Decís bien. Y cuando yo,
que lo diga o no lo diga,
otra cosa no consiga
por agora más que no
hacer ausencia este día,
daré por bien empleado
todo el disgusto pasado,
no faltando a la fe mía;
porque, si para vos fue
la carta, no hay culpa en mí,
puesto que a vos os la di
dondequiera que os hallé.
Enrique
Sus designios, manifiestos
en esta carta vendrán.
Vamos a casa.
Fabio
¿Estarán,
señor, los caballos puestos?
Federico
Sí, Fabio, porque, aunque ya
no me ausente, importa hacer
la deshecha.
Fabio
¿Qué placer
es ese?
Federico
Amor lo dirá.
Fabio
¿Ya alegre?
Federico
¿De qué te espantas?
Fabio
De nada, pues sé qué ha sido...
Federico
¿Qué?
Fabio
…haber la cifra entendido,
y no ser las monas tantas.
Vanse.
Sale Laura sola.
Laura
¡Qué perezoso es el día
de una esperanza! Parece
que se le olvida a la noche
la juridición que tiene,
pues atán a espacio las sombras,
funestos pájaros leves,
las nocturnas alas baten,
las lóbregas plumas tienden.
¡Ay, Federico, si ya
llegase la hora de verme
donde contigo mis ansias
se alivien y se consuelen!
Y, ¡ay, Flérida!, ¿qué han querido
decir tantos pareceres,
con que el desdén disimulas,
con que el favor desvaneces?
Pasar a su cuarto quiero,
antes que al jardín me lleve
anticipada la pena
de mi zozobrada suerte;
pues con aquesto dos cosas
consigo: una, que no llegue
a preguntar por mí; y otra,
ver si hablando se divierte
el deseo, que tal vez
hacer, ocupado, suele,
si no más breves las horas,
que nos parezcan más breves.
Salen Flérida y Flora con luces.
Flérida
Laura, prima, ¿en qué mi amor
tanta ausencia te merece,
que en todo hoy no me hayas visto?
Laura
Estimo el favor de haberme
echado menos, señora;
pero un pequeño accidente
me retiró, y aunque de él
mal el alma convalece,
sin besar antes tu mano
no he querido recogerme;
y así, vengo a saber sólo
cómo, señora, te sientes.
Flérida
Pésame que de tu ausencia
tu salud la causa fuese,
y huélgome de que hayas
venido, aunque tarde, a verme,
porque te he menester, Laura,
esta noche; y así puedes
avisar de que conmigo
te quedas.
Laura
Señora, advierte...
Flérida
¿Qué he de advertir? ¿No lo ha hecho
esto el cariño mil veces?
Hágalo la convenencia
una, que a ti solamente
puedo fiar un secreto.
Laura
(¿Quién vio confusión más fuerte?
Si replico, sospechosa
me he de hacer –¡cielos, valedme!–,
si no, he de perder...).
Flérida
¿Qué dices?
Laura
Que a tu servicio me tienes.
Tuya soy.
Flérida
Déjanos solas.
Vase Flora.
Agora tú, Laura, atiende.
Yo he sabido que un amante
–no sé cómo te lo cuente–
ha recebido un papel
en que una dama le ofrece
hablarle esta noche, ...
Laura
(¿Qué oigo?).
Flérida
…y, aunque sé el galán quién fuese,
quién fuese ignoro la dama...
Laura
(Eso sí).
Flérida
…y saber conviene
cuál de ellas, por esas rejas
que al terrero cain, se atreve
a profanar del decoro
las nunca violadas leyes.
Laura
Harás muy bien, porque es
grande atrevimiento ese.
Flérida
No es justo, por mi persona,
bajar yo, ni era decente;
fuera de que no pudiera,
sin que algunos lo supiesen,
faltar de mi cuarto, y como
no sé cuál es de quien debe
recatarse mi cuidado,
quiero a todas igualmente.
Y así, de ti, hermosa Laura,
me he de fiar, pues tú eres
en quien mi imaginación,
por más que discurra y piense,
no ha osado oponer la sombra
del escrúpulo más débil.
Laura
¿Pues qué mandas?
Flérida
Tú has de ser,
bajando una y muchas veces
al jardín aquesta noche,
centinela diligente
de mi honor, reconociendo
a la que en su esfera encuentres.
Y no te parezca, Laura,
que es decoro solamente;
vame en conocer a quién
a Federico –(imprudente
la lengua su nombre dijo;
poco importa)– favorece,
más que tú puedas pensar.
Laura
En vano me lo encareces,
porque yo, atenta a tu gusto
y a tu servicio obediente,
no solo iré, como mandas,
al jardín una y mil veces,
pero hasta el amanecer
estaré en él muy alegre,
por ver que en eso te sirvo.
Flérida
Toma la luz y yéndose.
Mi prima y mi amiga eres,
mi honor y gusto te fío,
cordura y ingenio tienes;
entiéndelo, Laura mía,
tú allá, como tú quisieres,
que yo diré que lo siento
del modo que tú lo entiendes.
Vase.
Laura
¡Válgame Dios! ¡Qué de cosas
a mi discurso se ofrecen,
tan atropelladas, que
las unas de otras pendientes,
quiriendo acabar con todas,
no hallo una por donde empiece!
Mas ¿qué me aflijo? Mejor
será que todo lo deje
de una vez al desengaño;
y para reconocerle,
el mejor medio también
es callar hasta que llegue
a hablarlas con Federico,
pues es preciso que muestre,
o su voz o su semblante,
si me obliga o si me ofende.
¡Oh!, tú, hermoso jardín bello,
cuya república verde
patria es del abril, pues sólo
al abril conoce y tiene
por dios de su primavera,
por rey de sus doce meses;
quien voluntaria venía
a tu ameno sitio fértil
a repetir los amores
de tus flores y tus fuentes,
a tu fértil sitio ameno
forzada y mandada viene
de tus fuentes y tus flores,
a ver cuál es la que aleve
esconde el áspid de celos
que en el corazón la muerde.
La seña han hecho en la calle;
fuerza es que dude y que tiemble
el corazón. Mas, ¿de qué,
si nadie en el mundo tiene
más seguras las espaldas,
pues celos me las defienden?
¿Quién es?
Abre la ventana y está la reja puesta de la parte de dentro y a ella Federico.
Federico
No me lo preguntes,
bella Laura, si no quieres
que ya mis seguridades
a desconfianzas trueque.
¿Quién puede ser sino yo?
¿Quién tanta ventura tiene?
Porque tú la desperdicias,
que no porque él la merece,
no me la pongas en duda.
Laura
No te admires, no te quejes
de que yo te desconozca,
puesto que tan otro eres
del que yo te imaginaba.
Federico
¿De qué suerte?
Laura
Desta suerte:
la Duquesa, Federico,
a aquestas rejas me tiene
para ver quién te ha llamado,
de que bien claro se infiere
que tú dices mis favores,
y que ella también los siente.
Federico
¡Plega al cielo, Laura mía
–mía dije; no me alegues
que, yendo a decir verdades,
por una mentira empiece–,
que los cielos me destruyan,
que un rayo me dé la muerte,
si de mi pecho ha salido
ni aun el acento más leve
que mi secreto profane!
¿Qué más desengaño quieres
que ser tú de quien se fíe?
Fuera de que ¿cómo puede
decir que aquí estés por mí,
si ahora ella me juzga ausente?
Que esto es largo de contar.
Laura
Cuando en esta parte quedes
disculpado, ¿quedaraslo
en el cuidado que tienes [?]
de saber quién, Federico,
es la que te favorece?
Federico
Cuando ella, que yo lo dudo,
ese cuidado tuviese
por mí y no por sus respetos,
¿no fuera, Laura, ofrecerte
más gloriosa la vitoria
que a mis rendimientos debes,
pues quien vence sin contrario
no puede decir que vence?
No me barajes mis quejas,
pues más fundamentos tienen
en Lisardo, cuanto va
de verdadero a aparente.
En fin, ¡ay, Laura!, ¿te casas?
Laura
No me caso; pero quieren
que me case mis desdichas.
Federico
Quien ama, todo lo vence.
Laura
Es verdad, pero también
todo quien ama lo teme.
Federico
Pues ¿para qué me escribiste,
Laura, que antes de perderme
habías de perder la vida,
y mi retrato trujese
a que el tuyo me feriaste?
Laura
No había el inconveniente
de Flérida que hay agora.
Federico
A buen sagrado te atienes
para disculparte, ¡ay, Laura!
Si ya resolución tienes,
¿para qué agora conmigo
tiempo ni palabras pierdes?
Este es el retrato mío;
sólo a ser testigo viene
ya de mis celos. ¿Qué miras?
En el engaste parece
al de un retrato que tú
me enviaste, cuando alegre
me miraba la fortuna,
por que en esta parte fuese,
si no igual la joya, igual
la caja que la guarnece.
Tómale, y solo te pido
si llegas casada a verte,
te guardes de él; que, aun pintado,
no sufrirá que le afrentes.
Laura
Yo, Federico... Mas mira
que siento en la calle gente.
Federico
¿Qué va que ibas a decirme
algo que bien me estuviese,
pues que viene quien lo estorbe?
Laura
Que soy tuya eternamente
iba a decir, y lo digo.
Federico
Pues venga ahora quien viniere.
Mas ya la esquina doblaron.
Laura
Con todo, es fuerza que cierre
la reja hasta asegurarme;
y sólo es lo que te advierte
mi voz, Federico, agora,
que hay muchos que nos atienden.
Federico
¿Habrá más de desvelarlos
a todos?
Laura
Pues, ¿de qué suerte?
Federico
Yo te escribiré mañana
una cifra con que puedes
hablar delante de todos
conmigo solo, sin que entren
en sospecha ni entiendan
cuantos se hallaren presentes.
Laura
Paréceme que será
el secreto a voces ése.
Federico
Pon cuidado en abrir sola
la carta que te trujere.
Laura
Si haré; y a Dios, que te guarde.
Federico
A Dios, que tu vida aumente.
Laura
¡Ay, amor lo que me cuestas!
Federico
¡Ay, Laura, lo que me debes!

Segunda Jornada

Salen Federico y Fabio de camino, y Enrique.
Enrique
Puesto, Federico, que
la carta de la Duquesa
segunda intención no tuvo,
más que ser cortés respuesta
de la que había recebido
de mí; y enviaros con ella
a vos, darla autoridad,
pareciéndola que era
justo, habiendo yo venido,
que deudo del Duque piensa,
que yendo vos allá fuese
igual la correspondencia,
no hay que temer de que sabe
quién soy; y así, la más cuerda
determinación agora
es que, haciendo la deshecha
de que de Mantua venís,
la carta la deis, que es ésta,
con que estará más segura,
viendo mi firma y mi letra,
de que a Mantua fuistes.
Federico
Bien
reconozco todas esas
razones; y aunque ninguna
duda la carta me deja
en razón de que os conozca,
en razón de que pretenda
ausentarme a mí la noche
que alguna dama me espera
para hablarme, y que la dama
me diga que está su Alteza
advertida de que yo
favores suyos merezca,
y que por su estimación
es forzoso que lo sienta,
no puede, Enrique, dejar
de darme alguna tristeza.
Enrique
Discurrir en eso es
para más despacio. Esta
es la carta. Procuremos
sanear la duda primera,
que después a la segunda
tiempo, Federico, queda.
Tomad y adiós.
Federico
¿No daréis
después a palacio vuelta?
Enrique
Claro está; que, si es del alma
la patria, el centro y la esfera,
cualquiera instante que viva
fuera de él, vive violenta.
Vase.
Fabio
(¡Que esto un hombre honrado sufra!).
Federico
Pues, Fabio, ¿de qué te quejas?
Fabio
Yo no me quejo de nada.
Pero hagamos, señor, cuenta
del tiempo que te he servido;
que, si cada hora me dieras
lo que no me das cada año,
juro a Dios no te sirviera
un hora más.
Federico
Pues, ¿por qué?
Fabio
Porque traigo esta cabeza
mareada de discurrir;
y no hay en el mundo hacienda
para pagar a un criado
que discurre, y más en temas
tan varias como tú tienes.
Federico
¿Cómo así?
Fabio
Desta manera:
«–Fabio». «–¿Señor?». «–Hoy me muero;
solo este día le queda
ya de vida a mi esperanza».
«–Voy a que el entierro venga
por ti». «–No vayas, que ya
no me muero; que esta negra
noche es día para mí».
«–Sea muy enhorabuena».
«–Fabio». «–¿Señor?». «–Luego al punto
me he de ausentar; adereza
dos caballos». «–Ya lo están».
«–Ya no me ausento; mas vengan».
«–Ponte en uno». «–Ya lo estoy».
«–¿Qué hemos andado?». «–Una legua».
«–Pues volvamos». «–Pues volvamos».
«–¿No hay ausencia?». «–No hay ausencia».
«–Vete a casa; no me sigas...».
Y tantas impertinencias
de chismes y secretillos,
que el demonio que te entienda.
Y en fin, yo no quiero dueño
que, no siendo papa, tenga
casos a sí reservados.
Federico
Calla, que viene su Alteza;
y mira que otra vez digo
que de ninguna manera
nadie sepa que esta noche
de Parma yo no hice ausencia.
Fabio
Claro está. (Rabiando estoy
porque Flérida lo sepa;
por tres razones: la una,
regalar aquesta lengua;
la dos, vengarme de ti;
y la tres, servirla a ella).
Vanse.
Salen Flérida y Laura.
Flérida
En fin, Laura, ¿no bajó
nadie a la apacible esfera
de ese jardín?
Laura
¿Cuántas veces
quieres que te lo refiera?
Flérida
Esta vez sola.
Laura
Pues digo
que en su hermosa estancia amena
estuve, hasta que riyendo
el alba de mi obediencia,
convirtió la risa en llanto,
una flores y otro perlas,
y nadie bajó al jardín;
de suerte que tus sospechas,
si no es contra mí, señora,
no hay otra de quien las tengas.
Flérida
Sí hay, Laura, porque fue fácil...
Laura
¿Qué?
Flérida
…que la dama supiera
que a Federico tenían
ausente mis diligencias,
y no bajase al jardín.
Mas por lo menos me queda
el gusto de que estorbé
que no se hablaran y vieran
esta noche.
Laura
Claro está.
(Si bien supieses cuán necia,
tercera tú de tus celos,
los has juntado tú mesma).
Sale Federico y Fabio.
Federico
Dame, señora, a besar
la mano.
Flérida
¿Con tanta priesa,
Federico, habéis, venido?
Federico
Es veloz la diligencia
del que sirve con deseo.
Fabio
Sí, señora, y una legua
que hay de aquí a Mantua...
Federico
¿Qué dices?
Fabio
Decir quise una docena.
Flérida
¿Traéis carta del Duque?
Federico
Pues,
¿había de venir sin ella?
Fabio
(En mi vida vi mentir
con más gentil desvergüenza).
Federico
Esta, señora, es la carta.
Flérida
Suya es. (Mi venganza es cierta).
Fabio
¿Qué carta es esta?
Federico
Del Duque.
Fabio
(¿A mí también me la pegas?).
Flérida
¿Y cómo os ha ido?
Federico
Tan bien
–según, señora, desea
el amor con que yo os sirvo
emplearse en vuestra obediencia–,
que os prometo que en mi vida
noche he tenido más buena.
Flérida
Yo lo creo así. (Por más
que disimular pretenda,
no puede).
Fabio
(Bien su semblante
que habla en dos sentidos muestra).
Flérida
Lee «De las honras y mercedes
que hace a Enrique vuestra Alteza,
y a mí en que su secretario
me trujese la respuesta,
estoy tan agradecido,
que no es posible que pueda
el alma desempeñarse
jamás de una y otra deuda;
y más cuando se halla el alma,
a la obligación atenta
de una esclavitud...». No más,
que esto es ya de otra materia.
Bien servida, Federico,
estoy de la diligencia
que habéis hecho.
Federico
Y yo muy vano
de haber acertado a hacerla.
Flérida
Cansado vendréis; id pues
a descansar y dad vuelta;
firmaré aquellos despachos.
Federico
Primero, con tu licencia,
daré a la señora Laura
esta carta en tu presencia;
porque quien tocar no debe
la más descuidada prenda
suya, no es justo que aguarde
a darla cuando te ofenda.
Flérida
¿Cúya es la carta?
Federico
No sé.
Del cuarto de la Duquesa,
madre del Duque, una dama
me llamó, pienso que deuda
o amiga suya.
Fabio
(Yo estoy,
oyéndole, hecho una bestia).
Laura
Ya la letra he conocido;
mi prima es, madama Celia;
y así, con licencia tuya
allí me retiro a leerla.
(Hasta perderla de vista
iré de temores muerta).
Federico
Ábrela presto.
Laura
Sí haré.
Vase.
Flérida
Id con Dios.
Federico
Vivas eternas
edades que cuente el sol.
Vase.
Flérida
¡Oh, cuánto quedo contenta
de haber a su amor quitado
la ocasión! Que, aunque se queda
en pie la duda, también
se queda en pie la advertencia
para estorbar otras muchas.
Fabio
(Si todas son como aquesta,
por cierto que tu habrás hecho
bonísima diligencia).
Flérida
Fabio.
Fabio
Para hablarte estaba
esperando a que se fuera,
haciendo, en estas pinturas
divertido, la deshecha.
Flérida
Dime si por el camino
sentía mucho aquesta ausencia.
Fabio
¿Qué ausencia?
Flérida
La desta noche.
Fabio
¿Luego, tú, señora, piensas
que él ha salido de aquí?
Flérida
¿Cómo es posible que sea
lo contrario, si del Duque
tray no solo la respuesta
firmada, pero la carta
toda escrita de su letra?
Fabio
¡Qué sé yo! El salió conmigo
pero a menos de una legua
conmigo volvió.
Flérida
¿Qué dices?
Fabio
La verdad, tan manifiesta,
que no hay más verdad. Dejome
en casa con la advertencia
ordinaria de que había
de estarme encerrado en ella,
y él se fue a sus pitos flautos.
Flérida
No es posible eso suceda.
Fabio
Pues iría a sus flautos pitos.
Flérida
Oye, y dime lo que resta.
Fabio
Al amanecer volvió
dando mil alegres muestras
de venir favorecido.
Flérida
Miente tu atrevida lengua.
Fabio
Quien miente, miente en buen duelo.
Flérida
¿Pues a quién mandó que fuera?
Fabio
A nadie.
Flérida
¿Cómo tray cartas?
Fabio
¿Qué dificultad es esa?
Pues quien un demonio tiene
que billetes tray y lleva,
hacerle podrá también
que con cartas vaya y venga.
Infaliblemente aquí hay
familiar.
Flérida
Pensar es fuerza
que tú mientes.
Fabio
Vive Dios
que la verdad es aquesta,
que no se ha ido y que se ha estado
toda aquesta noche entera
con su dama.
Flérida
Calla y vete;
que vuelve Laura, y quisiera
saber, para salir yo
de las dudas que me cercan,
qué carta para ella trujo.
Fabio
(¡Válgate Dios por duquesa,
el cuidado en que la ha puesto
saber a quién galantea
Federico! Él, ¡vive Dios!,
hace mal en no entenderla.
No lo hubiera ella conmigo,
que yo lo hubiera con ella).
Vase Fabio y sale Laura leyendo.
Laura
(Ya que la cifra quité,
vuelvo a ver a la Duquesa,
para que de mi retiro
ningún escrúpulo tenga).
Flérida
Laura, ¿qué es lo que te escribe
Celia?
Laura
Mil impertinencias.
Aquesta, señora, es
la carta, si quieres verla.
(Darela la que venía
dentro, para la deshecha,
quitada la cifra ya).
Flérida
No, Laura, no quiero leerla,
que ya solamente quiero
que mi sentimiento entiendas.
Ya te dije ayer que había
sabido por cosa cierta
que a Federico una dama
había escrito que viniera
a hablarla de noche.
Laura
Sí.
Flérida
Que al principio lo hice ofensa
de mi decoro, después
curiosidad, luego tema,
y que, por saber la dama,
a él le mandé hacer ausencia
y a ti que el jardín guardases.
Pues sabrás que ahora me cuenta
una espía que a su lado
anda, que anoche –(¡qué pena!)–
no se ausentó Federico,
y toda la noche entera
con su dama ha estado hablando.
Laura
¿Hay tan grande desvergüenza?
¿Y dice la dama?
Flérida
No.
Laura
Pues, señora, no le creas,
que, cuando a ti te engañase
con esa carta supuesta,
¿a qué propósito había
de engañarme a mí con esta?
Flérida
¿Estás cierta que esa carta
de tu prima es?
Laura
Y bien cierta.
Flérida
Pues él debió de enviar
otra persona por ellas,
y eso no sabe la espía.
Laura
Eso es, sin duda.
Flérida
Ahora resta
otra duda. Tú estuviste
en el jardín, y a sus rejas
ninguna dama salió;
luego es cierto –según cuenta
este hombre, que con su dama
estuvo hasta que amanezca–
que no es su amor en palacio.
Laura
No lo dudes, y que sea
en la ciudad es más fácil.
Flérida
Pues yo he de hacer esperiencias
estrañas hasta saber
aquesta dama quién sea.
Laura
¿Qué te va, señora, en eso?
Flérida
No te hagas, Laura, tan necia;
porque habiendo ya llegado
contigo y conmigo mesma
a declarar que lo siento,
¿qué importa que él no lo sepa?
Que es tan grande mi altivez,
es tan vana mi soberbia,
que no debe consentir
ni aun ignorada la ofensa.
Vase.
Laura
Avisar a Federico
importa de todas estas
celosas curiosidades.
Mas, ¡ay de mí!, que la mesma
razón de avisarle yo
lo será de que él entienda
los celos que tiene de él
Flérida; y no es acción cuerda
dar a entender al amante
más firme que hay quien le quiera;
porque el más humilde cobra,
querido, tanta soberbia,
que la dádiva del gusto
ya desde allí la hace deuda.
Pero menos esto importa
que no que él, ¡ay, Dios!, no sepa
las espías que le siguen
y los daños que le cercan.
Para avisárselo, quiero
repasar otra vez esta
contracifra que me envía,
que es bien que mejor la entienda.
Guarda la carta y saca otro papel. Lee.
«Siempre que quieras, señora,
que de algo tu voz me advierta,
lo primero será hacerme
con el pañuelo una seña
para que esté atento yo.
Luego, en cualquiera materia
que hables, la primera voz
con que empieces razón nueva
será para mí, y las otras
para todos; de manera
que pueda yo juntar luego
todas las voces primeras
y saber lo que me has dicho;
y aquesto mismo se entienda
cuando yo la seña hiciere».
Fácil es la cifra y cuerda;
pero la dificultad
está en saber disponerla
y saber jugar las voces
de modo que a todos vengan.
Por no errarlo, vuelvo a leer.
Sale Lisardo.
Lisardo
(Tan divertida y suspensa
Laura en un papel está,
que, aunque es verdad que no puedan
a tan sagrado respeto
llegar las viles sospechas
de los celos, es forzoso
que puedan llegar las necias
curiosidades de ver
qué hay que tanto la divierta.
¡Oh, si leer pudiera yo
el papel, sin que me viera!).
Laura
¿Quién aquí?
Lisardo
Yo, Laura.
Laura
(¡Ay, triste!).
Lisardo
¿De qué te turbas y alteras?
Laura
Yo ni me altero ni turbo.
Lisardo
Ajado el papel lo muestra;
turbado el color lo dice.
Laura
Entiende mejor las señas
del color y del papel;
verás que son todas estas
de la turbación no efetos,
sino efetos de la ofensa
con que tu desconfianza
a mi estimación afrenta.
¿Tú a traición, tú a hurto, conmigo
cauteloso? (El mundo vea
que el remedio de la culpa
es apelar a la queja).
Lisardo
Yo, Laura, no desconfío;
y para que mejor veas
cuán confiado mi amor
está de tus nobles prendas,
sin temor de que lo encubras,
te ha de preguntar mi lengua
qué papel es ese.
Laura
Este
es un papel que se lleva
ya el aire en breves pedazos;
porque a pregunta tan necia,
que es hija del viento, es bien
darle al viento la respuesta.
Lisardo
Yo la cobraré del viento,
que es a quien tú se la entregas.
Laura
No harás tal, que, aunque no importe
que le juntes y le leas,
es ya reputación mía
castigar viles sospechas
que de mí a tener llegaste.
Lisardo
Mía también.
Laura
Ya le lleva
el viento y no eres mi esposo
para que a tanto te atrevas.
Lisardo
Soy tu primo y soy tu amante,
cuando tu esposo no sea,
y he de juntar los pedazos
desta víbora deshecha
que, en la menor parte suya,
todo el veneno conserva.
Laura
No has de hacer; que esta que tú
víbora llamas sangrienta,
ya es áspid de mí pisado.
Lisardo
Aunque entre flores me muerda,
le he de coger.
Laura
No harás tal.
Lisardo
Suelta, Laura.
Laura
Ingrato, suelta.
Salen por una parte Arnesto y por otra Flérida. Luego Federico y Fabio.
Arnesto
Lisardo, ¿qué ruido es este?
Flérida
Laura, ¿qué voces son estas?
Lisardo
No es nada.
Laura
No es sino mucho.
(Aquí, amor, de mi cautela).
Lisardo
(Aquí de mi valor, celos).
Arnesto
¿Tú libre...
Flérida
¿Tú desatenta...
Arnesto
…con tu prima?
Flérida
…con tu esposo?
Arnesto
¿Pues qué novedad es esta?
Flérida
¿Qué causa hay entre los dos?
Lisardo
No hay ninguna que yo sepa.
Laura
Sí hay, y muchas. ¿A este instante
con una carta de Celia
no me dejaste, señora,
aquí en la mano tu mesma?
Flérida
Sí.
Laura
Pues sentado eso, a ti
han de apelar mis ofensas
de atrevimientos de quien
mis altiveces desprecia.
Y porque sepas la causa,
escucha, señora, atenta;
escuche también mi padre
y cuantos contigo llegan,
que me importa que no haya
ninguno que no me entienda,
cuando ya el secreto a voces
digo que mi pecho encierra.
Federico
¿Qué habrá sucedido, Fabio?
Fabio
No sé. (Mas como no sea
en razón de lo que yo
he parlado a la Duquesa...;
mas que sea lo que fuere).
Federico
(A su voz el alma atenta,
pues vi la seña, juntando
iré las voces primeras).
Arnesto
Prosigue, Laura, ¿qué aguardas?
Flérida
Di, Laura, no te detengas.
Laura
«Flérida», cuya beldad
«ha» con su ingenio igualado,
«sabido» es cuánto ha mostrado
«ya» mi afecto su humildad.
Flérida
Es así. Mas ¿dónde va
tu voz, que eso advertir quieras?
Federico
(Las voces, dicen, primeras:
«Flérida ha sabido ya...»).
Laura
«Que» intente sacar, señora,
«de aquí» mi alivio, ¡ay de mí!,
«no» te admire, pues de aquí
«te ausentaste» apenas ahora... Llora.
Arnesto
La voz que lo diga baste;
lágrimas, ¿para qué fueron?
Federico
(Claro sus voces dijeron:
«...que de aquí no te ausentaste...»).
Laura
¿«Y qué» importa llanto tal
«con» quien ofenderme osa?;
«tu dama» soy, no tu esposa;
«hablaste», Lisardo, mal.
Lisardo
Tú fuiste quien agraviaste
el justo amor de los dos.
Flérida
Prosigue tú. Callad vos.
Federico
(«...y que con tu dama hablaste...»).
Laura
«De que» se me haya atrevido,
«muy» descortés, con acción
«celosa» y sin atención,
«está» mi honor ofendido.
Lisardo
Si un papel leyendo va
y le rompe al querer velle...
Arnesto
Hizo muy bien en rompelle.
Federico
(«...de que muy celosa está»).
Laura
«Mira» lo que te apercibo:
«bien» puedo aquí morir yo;
«en no» casarme y en no
«nombrarme» su esposa, vivo.
Arnesto
¿Cómo podréis disculparme
este enojo?
Lisardo
Bien me aflijo,
señor.
Flérida
Callad.
Federico
(Ahora dijo:
«Mira bien en no nombrarme...»).
Laura
«Porque» necio y descortés,
«quien», antes de ser marido,
«anda» conmigo atrevido,
«contigo» ¿qué hará después?
Lisardo
Que erré, Laura hermosa, digo;
mas mis celos me disculpan.
Arnesto
¿Celos...? Ellos más os culpan.
Federico
(«Porque quien anda contigo...»).
Laura
¿«Es» justo atreverse, di,
«tú» lo juzga, a pedir celos?;
«mayor» no le hay en los cielos
«enemigo» para mí.
«Y ven», señor, en que más
«esta» pasión no te ciegue;
«noche» ni día no llegue
«a hablarme» ni a verme más.
Vase.
Arnesto
De tu enojo ha de alcanzarme
mayor parte a su castigo.
Vase.
Federico
(«...es tu mayor enemigo.
Y ven esta noche a hablarme»).
Flérida
Vos, Lisardo, habéis andado
con Laura muy desatento;
pero de su sentimiento
yo os dejaré disculpado,
ya que contra vos han sido
hoy los celos en los dos,
porque los pedistis vos,
y yo porque no los pido.
Vase.
Fabio
(Gracias a Dios que se fue
sin hablar, Flérida, en mí,
quedando seguro aquí
del chisme que la parlé).
Lisardo
¡Válgame el cielo! ¿Tan raro
delito ha sido intentar,
Federico, averiguar,
cuando en un papel reparo,
lo que contiene el papel,
para mostrarse ofendida
Laura, Flérida sentida,
y su padre tan cruel?
Decidme, ¿habéis entendido
la ocasión que ha habido aquí
para tanto estremo?
Federico
Sí;
para mí bien clara ha sido.
Laura de vos se ofendió
por vuestra desconfianza.
Lisardo
¡Ay de mi loca esperanza
que neciamente murió!
Vase.
Federico
(¡Ay de la mía también!).
Fabio
(Seguro me considero).
Federico
(Juntar lo que dijo quiero,
si puedo acordarme bien,
para cuyo efeto trato,
por engañar a mi estrella
y pensar que lo oigo de ella,
preguntarlo a su retrato).
Bella imagen singular,
lo que dijiste, ¿qué fue?
Fabio
(¿Retratito? Ahora lo sé.
Ya tengo más que parlar).
Federico
«Flérida ha sabido ya
que de aquí no te ausentaste
y que con tu dama hablaste,
de que muy celosa está;
mira bien en no nombrarme,
porque quien anda contigo
es tu mayor enemigo.
Y ven esta noche a hablarme».
Viven los cielos, traidor,
que tú eres quien me ha vendido;
tú quien ha contado has sido
que no me ausenté.
Fabio
Señor,
¿qué cólera repentina
te ha tomado? ¿Pues por qué
me tratas así?
Federico
Yo sé
por qué, traidor.
Fabio
Tu mohína
¿qué ocasión tiene? ¿No entraste
aquí gustoso conmigo?
¿Pues qué indicio o qué testigo
en aquesta sala hallaste?;
¿no habiéndote nadie hablado,
quién te ha dicho mal de mí?
Federico
Después, villano, que aquí
entré, supe que has contado
que anoche no me ausenté,
que a ver a mi dama fui.
Fabio
¿Después que aquí entraste?
Federico
Sí.
Fabio
Señor, advierte...
Federico
Yo haré
que quedes escarmentado.
Fabio
¿De quién aquí lo supiste?
Federico
Mira tú a quién lo dijiste,
que ese me lo habrá contado.
Fabio
Yo a nadie. (A morir dispuesto,
la verdad no he de decir).
Federico
¡Vive Dios, que has de morir
hoy a mis manos!
Saca la daga.
Sale Enrique.
Enrique
¿Qué es esto?
Federico
Es dar la muerte a un infame.
Fabio
Detente, señor.
Enrique
Mirad
que en palacio estáis.
Federico
Dejad
que su vil sangre derrame.
Enrique
Huye.
Fabio
Eso haré con presteza
muy bien, si el paso me ofreces,
porque lo he hecho muchas veces.
(Parlerita me es su Alteza).
Vase.
Enrique
¿Cómo aquí tan descompuesto
así os mostráis? Sepa, pues,
la causa.
Federico
La causa es
en la que un traidor me ha puesto.
Flérida, Enrique, ha sabido
que de aquí no me he ausentado.
Enrique
¿De quién?
Federico
Solo ese criado,
vos y yo lo hemos sabido.
Enrique
¿Ella os lo ha dicho?
Federico
Ella no,
porque, cuerda y advertida,
no se da por entendida.
Enrique
Quizá quien os lo contó
lo inventa.
Federico
Eso no, porque
es la más interesada.
Enrique
Bien puede estar engañada.
Federico
No puede, y así, no sé
otro medio de que usar,
sino en pena tan cruel,
hacer del ladrón fiel,
y llegarla a confesar
la verdad.
Enrique
Aunque yo fuera
entonces el más culpado,
por veros asegurado
a vos, en ello viniera,
si de su efeto pensara
que ser acierto podía.
Federico
Pues en la confusión mía
¿qué hiciérades vos?
Enrique
Callara
hasta ver lo que hacía ella,
y entonces obrara yo,
porque o lo ha sabido, o no;
si lo ha sabido, y su bella
discreción pasa por ello,
¿contra vos no es ir obrando
hacer que lo sepa, cuando
ella no quiere sabello?
Si no lo ha sabido, ha sido
obrando ir contra los dos;
pues vendrá a saber de vos
lo que de otro no ha sabido.
Y así, lo que hiciera yo
fuera halagar al criado;
si calló, por que irritado
no lo diga ahora; y si no,
porque si lo dijo ya,
con la queja no volviera,
y ella obligada se viera
a declararse.
Federico
Aunque está
de otra parte mi opinión,
la vuestra quiero seguir,
solo por poder decir
que no erré por mi elección.
Al criado buscaré,
y hablaré a Flérida bella
sin disculparme, hasta que ella
por entendida se dé.
Vase.
Enrique
De su confusión heredo
las dudas agora yo;
pues, aunque él de mí se ausente,
deja en mí su confusión.
A ver a Flérida vine
pensando entonces que no
aspirara mi deseo
a empeño, ¡ay de mí!, mayor;
de un día pasando a otro,
dentro de su corte estoy
disimulado, a peligro
de ofender la estimación;
pues es fuerza que haya muchos
que me conozcan, y voy
neciamente haciendo ofensa
lo que fuera obligación.
Pues, si mi intención ha sido
solo hacer mis partes yo,
¿qué aguardo?, ¿por qué no empiezo
a ejecutar mi intención?
Ella, la florida esfera
deste jardín, a quien dio
humano cielo el abril
una estrella en cada flor,
discurriendo viene. Quiero
hablarla. ¿Quién jamás vio
a la vista de la nieve
tener imperio el ardor?
Sale Flérida.
Flérida
(En fin, me trais otra vez,
ciega, tirana pasión,
adonde...). Enrique, ¿qué hacéis?
Enrique
Dando, gran señora, estoy
a estas flores y a estas fuentes,
de quien el aurora sois,
quejas del amor.
Flérida
¿Por qué?
Enrique
Porque al miraros a vos,
hermosísima deidad
de su florida estación,
matar, como el sol a rayos
y a flechas como el amor,
le dije: no desperdicies
tantas municiones hoy;
pues, si solo un rayo, sola
una flecha te bastó,
¿para qué es, amor tirano,
tanta flecha y tanto sol?
Flérida
No os desvanezcáis en quejas
que tan inútiles son,
que se las llevara el viento
aun cuando no fuesen voz;
porque, si arpones y rayos,
tantos como decís vos,
aún os tienen atrevido,
pocos fueron, y así hoy
le pediré más, supuesto
que no os han dado temor
tanta munición de rayos
y tanto severo arpón.
Enrique
Mirad que le hacéis, señora,
en esta parte traidor
o tirano, y ambas cosas
disonaran en un dios.
Flérida
Dos veces extraño, Enrique,
la plática; y son las dos,
una que así vos me habléis
y otra que os lo sufra yo.
Idos de aquí; que si el Duque
a mi corte os envió,
para que fueseis no fue
al Duque y a mí traidor.
Enrique
Ni a vos, señora, ni a él
imagino que lo soy,
pues es el Duque el que siente
todo lo que digo yo.
Flérida
Casar por poderes, muchas
veces el mundo lo vio;
no enamorar por poderes.
Y cuando aquesa razón
admita, y por él me habléis,
¿mi lengua no os advirtió
que en él no me habéis de hablar,
sino cuando os hable yo?
Enrique
Sí, señora, pero fue
ninguna la condición
de haber yo de callar siempre,
no hablándome nunca vos.
Flérida
Pues si os he de hablar, Enrique,
alguna vez, será hoy,
para decir cuán en vano
el Duque surcar pensó
con remos de pluma el fuego,
con alas de cera el sol;
y retiraos, antes que
responda mi indignación
con más declaradas iras
al Duque, Enrique, o a vos.
Enrique
Ya os obedezco, temiendo
mayor pena, si mayor
que dejar vuestra hermosura
puede haberla. (¡Muerto voy!).
Vase.
Flérida
Mucho que pensar me ha dado
este atrevimiento. Amor,
déjame un rato siquiera
libre la imaginación
para discurrir. Mas ¿quién
Sale Fabio.
hasta aquí se ha entrado?
Fabio
Yo,
parlerísima Duquesa,
que enojadísimo vengo
por muchas causas que tengo,
para decir que me pesa
de haber tan chismoso estado;
aunque ya no es civil cosa
serlo, puesto que en chismosa
también vuestra Alteza ha dado.
Flérida
¿Qué quieres decirme en eso?
Fabio
¿Qué quisiste tú, señora,
decir en esotro?
Flérida
Agora
menos te entiendo.
Fabio
El suceso
que yo te había contado
de mi señor, ¿se pudriera
porque en tu pecho estuviera
siquiera un hora guardado?
Flérida
¿Pues a quién le he dicho yo?
Fabio
A nadie, si no es a él
que, colérico y cruel,
en yéndote tú, embistió
conmigo con tal fiereza
que, a no llegarle a tener,
me mata.
Flérida
¿Por qué?
Fabio
Por ser
parlerita vuestra Alteza.
Flérida
Pues, si yo con él no he hablado,
¿cómo decírselo yo
he podido?
Fabio
(Pues, si no,
has sido tú endemoniado;
esta es cosa declarada).
Y a fe que tenía de nuevo
qué decir; mas no me atrevo.
Flérida
Di; ¿qué ha sido?
Fabio
No sé nada.
Flérida
¿Ha tenido algún papel?
Fabio
No sé nada.
Flérida
¿Dónde ha ido?
Fabio
No sé nada.
Flérida
Di, ¿ha venido
alguno que hable con él
en secreto?
Fabio
No sé nada.
Flérida
Casi a presumir me das
que ya arrepentido estás
de servirme, y que te agrada
el servir con más fineza
que a mí a Federico.
Fabio
Pues
no es eso.
Flérida
¿Pues qué es?
Fabio
Es que es
parlerita vuestra Alteza,
y él me ha de matar, si a oíllo
llega otra vez.
Flérida
Lo que advierto
es que hasta ahora no te ha muerto.
Fabio
No, mas vaya un cuentecillo.
Con una dama tenía
un galán conversación;
y gozando la ocasión
un piojo entre sí decía:
«Ahora no se rascará,
bien sin zozobra ni miedo
comer a mi salvo puedo».
El galán, cansado ya
del encarnizado enojo,
a hurto de la tal belleza,
metió con gran ligereza
y hizo al susodicho piojo
prisionero de aquel saco.
Volvió la dama al instante,
y los dedos vio a su amante
a fuer de tomar tabaco;
y preguntó con severo
semblante, porque no hubiera
otro allí que la entendiera:
«¿Murió ya aquel caballero?».
Y él, muy desembarazado,
la mano así, respondió:
«No, señora, aún no murió,
pero está muy apretado».
Y esta respuesta te doy
cuando cogido me advierto,
pues no importa no haber muerto,
si muy apretado estoy
para no poder decir,
por tu falso, aleve trato,
que hoy vi que tray un retrato,
de quien podrás descubrir
quién es esta dama bella
a quien tiene tanto amor;
pues ella misma mejor
lo dirá, si para vella
tienes industria. Esto y más
mi voz, señora, dijera,
si tu lengua no temiera;
mas no esperes que jamás
te diga esto ni otra cosa,
y más cuando considero
que es él mi amo, yo parlero,
y vuestra Alteza chismosa.
Vase.
Flérida
¿Retrato tiene consigo?
Aquí de mi ingenio, aquí
de mi industria, para hallar
decente modo sutil
de obligarle a que le enseñe.
Esto se ha de prevenir
en menos público puesto.
Federico
(El mejor remedio, en fin,
es no hablarla en ello yo,
mientras no me hable ella a mí).
¿Querrá, señora, tu Alteza,
pues que me mandó venir
para este efeto, firmar
aquellos despachos?
Flérida
Sí;
pero para eso no es
buena estancia este jardín,
y más cuando ya va el sol
declinando en el zafir,
que es cuna para nacer
y tumba para morir.
Llevaldos luego a mi cuarto
y, antes que entréis, advertid
que tenéis aquesta noche
muchas cosas que escribir.
Si os espera aquella dama
a quien tan fino servís,
que no os espere por hoy
podéis enviarla a decir,
que, aunque es más breve jornada
donde esta noche habéis de ir,
es más segura la ausencia.
Federico
(¿Qué escucho, cielos?).
Sale Laura.
Laura
(Aquí
Flérida está y Federico.
Pues ella me quita a mí
las ocasiones, yo quiero
quitárselas a ella). ¿En fin,
vuestra Alteza compañía
tiene hecha con el abril
para empleos a ganancia
sin pérdida?
Flérida
¿Cómo así?
Laura
Como en todo el día no sale
de aqueste hermoso pensil,
dando púrpura a la rosa,
dando candor al jazmín.
Flérida
Ya recogerme quería.
Vamos, Laura; y vos venid
con los despachos después;
y pues vais por ellos, id
de camino a dar también
aquel aviso que os di.
Federico
No estoy tan favorecido
como vos me presumís;
y ese aviso pienso que
podré darle desde aquí,
porque...
Laura
(La seña hizo; quiero
a sus voces advertir).
Federico
«Mi bien» es muy imposible,
«señora», de conseguir;
«alma» es mía el padecer,
«y vida» mía el morir.
Laura
(«Mi bien, señora, alma y vida...»
de sus voces entendí).
Federico
«Está» mi amor tan tirano,
«cruel» tanto mi sentir,
«fiera» tanto mi esperanza,
«infeliz» tanto mi fin...
Laura
(Lo que dijo agora fue:
«esta cruel fiera, infeliz...»).
Federico
«Hoy», que a costa de la vida,
«me» tienen fuera de mí,
«embaraza» a mi temor
«el hablarte» en esto a ti.
Laura
(«...hoy me embaraza el hablarte»).
Flérida
Pues ¿para qué lo decís?
Federico
«No» me culpes, ni conmigo
«vayas» enojada así;
«pues» será mi muerte, haciendo
«al jardín» sepulcro vil.
Flérida
Está bien.
Laura
(En todo dijo,
si lo puedo repetir:
«Mi bien, señora, alma y vida,
esta cruel fiera, infeliz,
hoy me embaraza el hablarte;
no vayas, pues, al jardín».
Flérida
Ven, Laura, conmigo, y vos
también al punto venid.
Federico
(¿Hay amor más desdichado?).
Flérida
(¿Hay sentimiento más vil?).
Vase.
Laura
(¿Hay más declarados celos?).
Vase.
Sale Fabio.
Fabio
(¿Hay por adonde salir
sin encontrar con mi amo?
Mas dicho y hecho, hele aquí).
Federico
Fabio.
Fabio
No me des de caso
pensado.
Federico
¿Por qué de mí
huyes? (¿En efeto tengo
mi sentimiento encubrir
con un pícaro?).
Fabio
Porque
este demonio civil
que te habla al oído no haya
dicho otra cosa de mí
tan falsa como la otra.
Federico
Ya he llegado a descubrir
la verdad y sé que tú
fuiste fiel.
Fabio
Tanto lo fui
contigo, que así lo fuera
con la villa de Madrid.
Federico
Un vestido, en desenojo,
te he de dar.
Fabio
¿Vestido?
Federico
Sí.
Fabio
Vestida tengas el alma
con un ropón carmesí,
una calza de cristal
y una cuera de ámbar gris
en la vida perdurable.
Federico
Mas esto me has de decir...
Fabio
(¡Y esotro!).
Federico
…mientras es fuerza
por unos papeles ir.
Fabio
(Dios ponga tiento en mi lengua).
Federico
¿Flérida hate dicho a ti
algo de mi amor?
Fabio
No, cierto,
mas yo he llegado a inferir
que eres bobo en no entendella.
Federico
Pues, ¿díceme ella algo?
Fabio
Sí,
y mucho.
Federico
Mientes, villano;
que su hermosura gentil,
que es garza que vuela al sol,
no se había de abatir
al cobarde vuelo de
tan destemplado neblí.
Fabio
¡Ay, señor!, prueba unos días,
ya que no a amar, a fingir,
y verás.
Federico
Cuando tuviera
algún indicio esa ruin
villana malicia tuya,
no pudiera hallar en mí
risquicio por donde entrar,
porque, si no más feliz,
más igual otro amor tiene
la posesión que le di.
Fabio
¿Luego, tú nunca has amado
dos?
Federico
No.
Fabio
Pues haz cuenta...
Federico
Di.
Fabio
…que en tu vida no te holgaste...
Federico
No es amar eso; es mentir.
Fabio
…tanto que más gustó.
Federico
¿Cómo
se ama en dos partes?
Fabio
Así:
Hay cerca de Ratisbona
dos lugares de gran fama
que uno Agere se llama
y el otro Macarandona.
Un solo cura servía,
humilde siervo de Dios,
a los dos, y así, en los dos
misa las fiestas decía.
Un vecino del lugar
de Macarandona fue
a Agere, y oyendo que
el cura empezó a cantar
el prefacio, reparó
en que a voces aquel día
«gracias Agere» decía
y Macarandona no;
con lo cual muy enojado
dijo: «El cura gracias da
a Agere, como si acá
no le hubiéramos pagado
sus diezmos». Cuando escucharon
tan bien sentidas razones,
los nobles macarandones
los bodigos le sisaron.
Viéndose desbodigar,
al sacristán preguntó
la causa. Él se la contó,
y él dio desde allí en cantar,
siempre que el prefacio entona,
por que la ofrenda se aplique,
«nos tibi semper ubique
gracias a Macarandona».
Si tú dos feligresías
tienes de amor, ciego dios,
cumple con ambas a dos
y verás qué en pocos días
tu persona y mi persona
de bodigos nos comemos,
como a Flérida cantemos
su algo de Macarandona.
Federico
¿Pensarás que te he escuchado?
Fabio
¿Pues no, si has venido atento?
Federico
No, que mi divertimiento
todo fue de mi cuidado.
Fabio
Pues, si el Agere te olvida
de Macarandona, digo
que no tendrás un bodigo
de amor en toda tu vida.
Vase.
Salen Flérida, Laura, Libia y Flora con luces.
Flérida
Dejad las luces aquí,
y allá fuera todas idos,
que más compañía no quiero
que vivir sin mí conmigo.
Libia
(¡Estraña tristeza!).
Flora
Ya,
más que tristeza, es delirio
su estremo. Vanse.
Flérida
Tú, Laura, no
te vayas.
Laura
¿En qué te sirvo?
Flérida
En hacer una fineza
por mí, pues solo me fío
de tu amistad.
Laura
¿Qué me mandas?
Flérida
Que, en viniendo Federico,
te pongas a aquesa puerta
y con cauteloso aviso
no dejes que escuche nadie
lo que a él le dijere.
Laura
Digo
que lo haré con el cuidado
que tú verás. ¿Mas que ha habido
de nuevo?
Flérida
Hoy he de saber
por un bien mañoso estilo
quién es su dama.
Laura
¿Quién es
su dama?
Flérida
Sí.
Laura
No imagino
de qué manera. (¡Oh, si yo
la ocasionase a decirlo,
para que en viniendo él
pudiera darle el aviso!).
Flérida
Sabrás, Laura...
Laura
Ya te escucho.
Flérida
…que sé que él tiene consigo...
Mas ya viene; ya no puedo,
sin que él lo oiga, descubrirlo.
Pero licencia te doy
de que escuches lo que finjo.
Retírate allí.
Laura
Sí haré.
(Poco la licencia estimo,
que, aunque tú no me la dieras,
la tomara yo, de oírlo).
Escóndese Laura y sale Federico con la cartera.
Federico
Aquí están las cartas ya.
Flérida
Poneldas ahí, que es indigno
que en vuestra mano las firme
ni que los secretos míos
os tengan por instrumento
de confianza, habiendo sido
a mi respeto traidor
y a mi decoro enemigo.
¿Vos sois noble, vos tenéis
sangre mía, vos antiguos
blasones gozáis? Mintió
la fama que me lo dijo.
Federico
Señora, ¿en qué a mi lealtad
he faltado? ¿En qué os desirvo
para que con ese nombre
infaméis tantos servicios?
Flérida
¿En qué, preguntáis, teniendo
contra vos tantos testigos
que os acusen?
Federico
Sepa yo
de ese cargo los indicios...
Laura
(¿Qué tiene aquesto que ver
con saber qué dama quiso?).
Federico
…para disculparme de ellos.
Flérida
Yo os los diré. Hoy he sabido
que trato doble tenéis
con mi mayor enemigo.
Federico
Señora, oíd; que si yo
tuve en mi casa escondido
al Duque de Mantua, fue
sola la noche que vino
disfrazado.
Flérida
¿Cómo es eso?
Federico
Vuestro Estado, antes rendido
el suyo, a ofreceros, más
que tirano, amante fino.
Flérida
¿Cómo es eso? ¿En vuestra casa
el Duque? (¡Cielos divinos!,
¡no acabe cierto el enojo
que ha empezado por fingido!).
Federico
En mi casa estuvo, en tanto
que no te habló.
Flérida
¿Luego, ha sido
el Duque ese caballero
que yo en mi palacio admito?
Federico
Sí, señora.
Flérida
(¡Oh, cuántas veces
sacó verdad el que dijo
mentira!).
Laura
(De un riesgo en otro
tropezando, no percibo
su intento).
Flérida
¿Pues cómo vos
callado lo habéis tenido?
Federico
Como habiendo de casarse
con vos, señora, hice juicio
que de amor delitos nobles
no son traidores delitos.
Flérida
Ahora entiendo cómo fue
fácil haberme traído
carta suya.
Federico
Sí, señora;
porque, partiendo el camino,
el no llevársela yo
fue porque él por ella vino,
y yo en dársela cumplí.
Flérida
Con él, sí, mas no conmigo;
¿pero la carta de Laura...?
Federico
Fue carta que trujo él mismo.
Laura
(Bien se disculpó. Mas, ¡cielos!,
¿adónde van sus designios?;
¿esto qué tiene que ver
con quien su dama haya sido?).
Flérida
Pues para que no dejemos
ningún ramo dividido,
ningún cabo desatado
de mi principal motivo,
que a él no le digas que sé
quién es, es lo que ahora os digo.
Flérida
¿Pensaréis que es eso solo
de vuestra culpa el aviso
que tuve? Dadme unas cartas
que sé que habéis recebido
hoy del Duque de Florencia,
en razón de aquel antiguo
derecho que a aqueste Estado
pretende, que, aunque creído
vuestras intenciones no había,
ya las creo, habiendo visto
que será en lo más traidor
quien en lo menos ha sido.
Laura
(¡Válgame el cielo! ¿Qué escucho?).
Federico
Señora, humilde os suplico
os acordéis de quién soy
y que un casual delito
de honesto amor, que os adora,
ni ha podido ser ni ha sido
consecuencia para otro
tan ajeno, tan indigno
de mi valor y mi sangre.
Flérida
Quien halla uno en los principios,
muchos hallará en los medios.
Dadme las cartas que os pido.
Federico
¿Yo cartas? Tomad, tomad
cuantos papeles conmigo
traigo y las llaves de cuantos
tengo en casa, y, si un resquicio
halláredes de traición,
en mí ensangriente sus filos
un verdugo.
Saca papeles, pañuelo, llaves y otras cosas, entre ellas una caja de un retrato, y la esconde.
Flérida
¿Qué es aquello
que ocultar habéis querido?
Federico
Una caja.
Flérida
Esa también
he de ver.
Federico
(Ya he conocido
dónde llevó la intención
su enojo). Ni este es indicio
de traición, ni puede serlo;
y así, señora, os suplico
no le pidáis.
Laura
(Aquel es,
¡cielos!, el retrato mío).
Flérida
Saber tengo qué esa caja
contiene.
Laura
(Esto va perdido).
Federico
Un retrato es, y, si solo
saberlo habéis pretendido,
ya lo sabéis.
Flérida
Hasta verle
no he de creeros. Mostrad, digo.
Federico
Si ésta, señora...
Laura
(¡Qué pena!).
Federico
…la causa fue...
Laura
(¡Qué peligro!).
Federico
…de hacerme...
Laura
(¡Qué sentimiento!).
Federico
…traidor, ...
Laura
(¡Qué estraño conflicto!).
Federico
…muy bien...
Laura
(¡Riguroso empeño!).
Federico
…dijistis...
Laura
(¡Cruel martirio!).
Federico
…que lo soy, ...
Laura
(¡Qué confusión!).
Federico
…pues primero...
Laura
(¡Qué castigo!).
Federico
…que yo llegue...
Laura
(¡Qué desdicha!).
Federico
…a entregarle...
Laura
(¡Qué delirio!).
Federico
…me habéis de dar muerte.
Laura
¿Cómo,
traidor, podrás resistirlo?
Federico
Arrojándome a tus pies,
postrado humilde y rendido,
diciéndote que esta caja
el honor contiene limpio
de una principal señora
que para casarme sirvo;
pues con aquesto será
el ser quien eres, preciso
que tu piedad, tu valor,
convierta en premio el castigo.
Flérida
¿No está el honor de esa dama
seguro en el pecho mío?
Federico
Sí, señora, pero en eso
nada a mí habrá debido,
que el ser generosa vos
no es ser yo secreto y fino.
Flérida
Yo he de verle.
Federico
Pues llamad
quien me dé muerte, que vivo
no he de darle.
Sale Laura por detrás, quítale el retrato y truécale con el que tenía ella de Federico.
Laura
¿Cómo no?
Suelta bárbaro, atrevido.
Federico
Laura, ¿qué haces?
Laura
Esto hago,
habiendo escuchado y visto
la plática; pues bastó
haber su Alteza querido
verle, para que grosero
no intentases impedirlo.
Toma, señora.
Flérida
En tu vida
me hiciste mayor servicio.
Federico
(Sin duda que de una vez
Laura declararse quiso).
Flérida
Toma Laura la luz.
Alumbra, Laura; veamos
este encantado prodigio
de amor. (Sabré por lo menos
quién causa los celos míos).
Federico
(¿Qué hará, al conocer de Laura
el retrato?).
Flérida
Mas ¡qué miro!
Laura
Poco hay que dudar en eso,
pues es su retrato mismo.
Flérida
¿Y esto ocultábades tanto?
Federico
¿Qué hay más que ocultar, si ha sido
la cosa que yo más quiero
en el mundo?
Flérida
Yo lo fío,
pues le queréis como a vos.
Laura, ¿qué me ha sucedido?
¿Qué puede ser esto, Laura?
Laura
¿Sé yo más de lo que has visto
tú misma?
Flérida
(Corrida estoy.
Mal mi cólera reprimo).
Toma, que yo, por no hacer
un estremo, me retiro.
Dale su retrato a ese
enamorado Narciso,
y dile... Mas no le digas
nada. (Volcanes espiro,
un áspid llevo en el pecho
y en el alma un basilisco).
Vase.
Federico
¿Cómo habiendo la Duquesa,
Laura, tu retrato visto,
no se da por ofendida
ni contigo ni conmigo?
Laura
Como troqué los retratos,
dile el tuyo y guardé el mío.
Federico
Solo pudiera tu ingenio
sacarnos de tal peligro.
Laura
Sí, pero siempre se queda
tan cabal como al principio.
Federico
Remediarlo de una vez.
Laura
Mañana te daré aviso
de cómo lo dispongamos.
Toma, y adiós. Dale el retrato.
Federico
¿Cuál ha sido
de los dos este retrato?
Laura
El tuyo, por si a pedirlo
vuelve.
Vase.
Federico
Dices bien, ¿quién, cielos,
se ha visto en mayor peligro?
Ni, ¿quién pudiera...?
Fabio
Señor,
¿cuál de aquellos dos vestidos
he de ponerme?
Federico
Villano,
infame, vil, mal nacido...
Fabio
¿Eso tenemos agora?
Federico
Sí, pues que por ti, enemigo,
me he visto para perderme.
Fabio
Y yo por ti no me visto.
Federico
¿Pensaste que este retrato
era de dama y no mío?
Fabio
No, señor, que yo bien sé
que te quieres a ti mismo.
Federico
¡Vive Dios que has de morir
a mis manos!
Fabio
¡Jesucristo!
Federico
(Pero mal hago, supuesto
que bien del lance he salido.
Mejor es no hacer estremos).
¡Fabio!
Fabio
¿Señor?
Federico
Ven conmigo,
y el mejor vestido toma;
que ya sé que no has tenido
la culpa y que eres leal.
Fabio
¿Hay más estraños caprichos?
Juro a Dios, si le tuviera,
que había de perder el juicio.

Tercera Jornada

Sale Fabio solo.
Fabio
Quien hubiere visto el juicio
de un miserable criado
que le perdió solamente
porque le perdió su amo
–por señas de que era poco–,
véngale manifestando,
pues no sirve allá de nada,
y acá le darán su hallazgo.
No hay nadie que diga de él
por más que voy pregonando.
Pero, ¿qué juicio se halló,
perdido una vez? –Volvamos,
memoria, a hacer, si os parece,
soliloquios otro rato.
Habla con su propia memoria.
¿Qué hay de nuevo? –¿Qué sé yo?
–¿Qué significa que, cuando
de mi amo más seguro
a mi parecer me hallo,
repentinamente embiste
a darme dos mil porrazos?
–Significa que está loco.
–Y cuando yo más culpado
huyo de él, darme un vestido
y hacerme dos mil halagos,
memoria, ¿qué significa?
–Significa estar borracho.
–Fuertísimas conclusiones
son entrambas...; y no paso
a la tercera porque
con Enrique viene hablando
en sumisa voz; y, si ellos
se han de guardar en entrando
a este aposento de mí,
ganarlos quiero de mano
y guardarme de ellos yo,
así por si escucho algo,
como porque, si una vez
ha de estar conmigo airado
y otra afable, la iracunda
se sigue ahora, y acertado
será dejarla pasar
en vacío. Pero en vano
–que es lo mismo– solicito
esconderme. Si debajo
deste bufete no me entro,
otra parte no hay. ¿Qué aguardo?;
pues no es la primera vez
que yo me habré embufetado.
Escóndese debajo de un bufete.
Salen Federico y Enrique.
Enrique
¿Qué miráis?
Federico
Si alguien nos oye.
Enrique
Allá fuera los criados
se quedan todos.
Fabio
(No todos,
que yo de allá fuera falto).
Federico
A este último aposento
no sin ocasión os traigo,
donde no haya otro testigo.
Fabio
(Así es, que uno que hay es falso).
Enrique
Decid.
Federico
Cerraré primero;
y ya que solos estamos,
escúcheme vuestra Alteza,
que es tiempo de hablarle claro.
Fabio
(¿Alteza dijo?).
Enrique
Pues ¿qué
accidente os ha obligado
a tratarme así?
Federico
Son dos,
y bien principales ambos;
uno mío y otro vuestro.
El vuestro, aunque sé que agravio
en parte a mi lealtad, es
–perdone el precepto, dando
la necesidad disculpa–
deciros y revelaros
cómo estáis ya conocido
de Flérida, y es en vano
afectar entre vosotros
secreto que saben tantos.
El mío...
Enrique
Antes que a él paséis,
decidme ¿cómo ha llegado
Flérida a saber quién soy?
Federico
El cómo es el que no alcanzo;
que lo sabe sé, ...
Fabio
(Oigan, oigan,
¿alcahuetico es mi amo?).
Federico
…que ella misma me lo dijo.
Enrique
A vuestro suceso vamos;
que en el mío proseguir
el disfraz presumo, en tanto
que ella más no se declare.
Federico
Pues, si en el mío he de hablaros,
palabra, como quien sois,
me habéis de dar que guardado
ha de estar en vuestro pecho.
Enrique
Sí doy; y homenaje os hago
de que en cera le imprimís,
para conservarle en mármol.
Federico
Ya tenéis, ilustre Enrique
Gonzaga, famoso y claro
Duque de Mantua, noticias
de que a una hermosura amo,
tan noblemente rendido,
tan firmemente postrado,
que a la fe de su decoro
la atención de mi recato,
en el templo del silencio,
la dio estatuas de alabastro,
donde, obrando juntamente
mi fe y su deidad milagros,
hallo en mudos sacrificios
el corazón sin los labios.
Pues este humano portento,
pues este divino encanto,
este bellísimo asombro,
este dulcísimo pasmo,
hoy, a pesar de imposibles,
de sustos y sobresaltos,
constante triunfa venciendo,
leal atropella, logrando
de su firmeza y mis dichas
los dos mayores aplausos.
Aqueste papel, que el viento
trujo sin duda a mis manos,
pues para llegar a ellas,
desde su cielo más alto
al abismo de mis ansias
hubo de bajar volando,
carta es de mi libertad;
pero mal así la llamo,
que antes de mi esclavitud
es carta, pues su contrato
contiene que eternamente
haya de vivir esclavo
de un corazón, cuyos hierros
asidos y eslabonados,
del tiempo la sorda lima
aún no ha de poder gastarlos.
Dice, pues... Pero mejor
él lo dirá, disculpando
la verdad con que ella escribe,
la fe con que yo idolatro. Lee.
«Mi bien, mi señor, mi dueño,
mucho se va declarando
contra los dos la fortuna;
atajémosla los pasos.
Tened para aquesta noche
prevenidos dos caballos
en la surtida del puente
que hay entre el parque y palacio;
que yo saldré a vuestra seña,
porque de los celos vamos
huyendo, si hay donde de ellos.
Y a Dios, que os guarde mil años».
Esto escribe, y de vos solo,
gran señor, puedo fiarlo,
porque sé que me debéis
favores anticipados;
pues, si vos de mí os valistis
para vuestro amor, y hoy hago
de vos yo la confianza
que de mí hicistis, es claro
que lo que me debéis cobro,
o lo que yo os debo pago.
Para Mantua habéis de darme
cartas vuestras y empeñaros
en mi defensa hasta que
ponga aquesta dama en salvo.
Por ella, por mí y por vos,
estáis, Enrique, obligado,
cuando no haya otra razón
que verme humilde y postrado
a vuestros pies, y que amante
infeliz, de vos me amparo,
de vuestro valor me fío,
y del ser quien sois me valgo.
Enrique
Alzad, Federico, alzad,
y no con estremos tantos
lo que empezó por lisonja
queráis que acabe en agravio.
Enrique
Tan agradecido estoy
al cielo que me haya dado
ocasión en que yo pueda
vuestras finezas pagaros
con las mismas, que no solo
el favor tengo de daros
que me pedís, pero tengo,
agradecido y ufano,
de acompañaros yo mismo
hasta que de mis Estados
la raya piséis, adonde
teneros por dueño aguardo.
Federico
No, señor, yo solo tengo
de ausentarme. Más al caso
me hacéis quedándoos en Parma,
teniendo yo vuestro amparo,
allá para mi defensa,
y aquí para mi resguardo.
Enrique
En todo he de obedeceros.
Federico
Pues escribid vos, en tanto
que a palacio voy a hacer,
atento y disimulado,
la deshecha, y a buscar
a este demonio de Fabio,
que no le he visto en todo hoy.
Fabio
(Pues cerca le tienes harto).
Federico
Que, aunque él no ha de saber nada, ...
Fabio
(No, por cierto).
Federico
…los caballos
ha de tener prevenidos.
Enrique
Bien decís; y yo, entretanto,
seguir pienso las fortunas
de mis infelices hados.
Federico
Pues aquí a buscaros vuelvo.
Enrique
Allí escribiendo os aguardo.
Federico
¡Amor, dame tu favor!
Enrique
¡Amor, duélate mi llanto!
Federico
Y tú, oscura noche negra,
tiende tu lóbrego manto, ...
Enrique
Y tú, claro, hermoso día,
alúmbrame con tus rayos, ...
Federico
…para que tan firme fe...
Enrique
…para que amor tan tirano...
Federico
…viva en la ausencia seguro.
Enrique
…hable en sus estremos claro.
Abre la puerta y vanse.
Fabio
Quien escucha, su mal oye,
suele decir el adagio;
pero muchas veces miente,
pues yo mi bien he escuchado,
puesto que de él cuatro cosas
importantísimas saco:
saber quién es este huésped,
una; saber el estado
del amor de mi señor,
dos; ir agora a contarlo
a Flérida, tres; y darme
ella cualque alhaja, cuatro.
Vase, y salen Laura y Arnesto.
Arnesto
No fue tan grave culpa
la de Lisardo, Laura,
que ya no se restaura
con la cortés disculpa
de que amor nunca piensa
que sus estremos pueden ser ofensa;
y así, que le hables más humana quiero,
pues la dispensación, que ya se aguarda
tan por instantes, tarda.
Laura
Obedecerte espero,
que una cosa, ¡mal fuerte!,
es disgustarme, y otra obedecerte.
Y así, obediente, digo
que tomaré el estado
que mi suerte me ha dado;
y desde aquí me obligo
a disponer de parte mía que sea
mi esposo quien hoy más serlo desea.
Arnesto
Tu obediencia agradezco.
Llegar puedes, Lisardo.
Laura, espera. Sale Lisardo.
Lisardo
¿Qué aguardo,
señora, que no ofrezco
a estas plantas rendido
la vida, en precio del perdón que pido?
Laura
Lisardo, esta esperiencia
a mi padre se debe;
él mis acciones mueve.
No elección, obediencia
hay en mí; y así, en vano
mano me agradecéis que es de otra mano.
Lisardo
Bástale a mi alegría
el saber que la tenga,
señora, sin saber por dónde venga,
como venga a ser mía;
que el más feliz destino
no averigua a las dichas el camino.
¡Oh, perezoso y tardo
curso del sol, abrevia en tu carrera
los términos prolijos del que espera!
Sale Flérida.
Flérida
Laura, Arnesto, Lisardo.
Arnesto
A tu cuarto, señora,
Laura pasaba con los dos agora.
Flérida
Mucho veros estimo,
Lisardo, ya de Laura perdonado.
Lisardo
Con tal favor bien mi esperanza animo.
Arnesto
Laura es muy hija mía.
Laura
¿Y cómo ha estado
señora, vuestra Alteza?
Flérida
Tú sabes cuánta ha sido mi tristeza.
Laura
Divertirla procura.
Flérida
Cualquier divertimiento
crece su sentimiento,
que es dolor que se aumenta con la cura;
mas, por que no se diga
que a dejarme morir mi mal me obliga,
los dos para mañana
convidad la belleza
de Parma y la nobleza
para un festín. (Veré si esta tirana
pasión en él descubre su homicida).
Arnesto
Tuya es mi voluntad.
Lisardo
Tuya es mi vida.
Vanse los dos.
Flérida
Dichosa, Laura mía,
tú, que serás esposa
de quien te amó.
Laura
Dichosa
me juzga mi alegría,
si la verdad te digo,
pues quien me amó se ha de casar conmigo.
Flérida
Infelice de aquella
que, a imposibles rendida,
ha de perder la vida;
si bien ya de mi estrella
vencer el desvarío
piensa la libertad de mi albedrío.
Laura
Y es el mejor remedio.
Mas dime, ¿de qué suerte?
Flérida
Buscando a un mal tan fuerte
el más suave medio.
Laura
¿Y cuál es?
Flérida
Declararme.
Laura
¿Eso es vencerle?
Flérida
Sí.
Laura
(Mas es matarme).
Flérida
Obedecer al hado
vitoria es lisonjera;
¿seré yo la primera,
Laura, que haya casado
desigualmente?
Laura
(¡Hoy muero!).
Flérida
Federico es ilustre caballero,
deudo cercano es mío.
Laura
Sí, mas ¿no ves, señora,
que en otra parte adora?
Flérida
Aquese es desvarío,
que una vez declarada
¿quién a mí puede competirme en nada?
El tiempo que ha ignorado
que tan dichoso ha sido,
que le haya divertido
otro inferior cuidado,
es poco inconveniente.
La estrella adora quien al sol ve ausente,
pero en mostrando el sol sus luces bellas
¿qué resplandor les queda a las estrellas?
Laura
Que es verdad te confieso.
Flérida
Pues ya que en esto hablamos,
¡ay, Laura!, discurramos
en el raro suceso
de aquel retrato suyo.
Dime, ¿qué arguyes de él?
Laura
Yo nada arguyo;
que como no me toca,
no ocupo en eso la memoria mía.
(¡De celos estoy loca!).
Flérida
¿Por qué, di, su retrato guardaría
con tan grande recato?
Laura
No sé; mas no le diera su retrato
yo, sin mirar primero
la caja; que no dudo
que estar secreto pudo
con él el de su dama.
Flérida
Así lo infiero.
Mas ¿qué discurre quien con celos ama?
Laura
Pues no dudes, que allí estaba su dama.
Flérida
Ya solo es mi cuidado
no saber quién ha sido.
Para esto he prevenido
el festín, donde verla he imaginado;
pues concurriendo en él las damas bellas,
la suya es fuerza concurrir con ellas.
Y sabiendo yo que entonces...; mas él viene;
luego te lo diré, no puedo agora.
Laura
Mucho temo, señora,
tu estremo, y más cuando noticias tiene
de que el Duque de Mantua...
Flérida
No prosigas,
ni que está disfrazado aquí me digas,
pues nada importa a la desdicha mía
si ya que ande no quiero,
como anduvo primero
loca mi fantasía.
¡Dadme paciencia, cielos!
y no ocasione su favor mis celos.
Salen Federico y Fabio.
Federico
¿Era hora, Fabio, de hallarte?
Fabio
Tu misma pregunta es
mi respuesta, pues todo hoy
te ando a buscar yo también.
Federico
La Duquesa... No te vayas,
que te he menester después.
Fabio
No haré... (Aunque después ni antes
yo a ti no te he menester).
Federico
Temeroso de sus iras
a hablarla llego.
Fabio
¿Por qué?
Federico
Por cierto estraño suceso.
Fabio
Acuérdate tú de aquel
cuentecillo, y verás cómo
sales de todo muy bien.
Federico
¿Con qué?
Fabio
Con que algunas gracias
a Macarandona des.
Laura
Mira...
Flérida
Yo he de declarar
mi pena.
Laura
(Yo padecer).
Flérida
¡Federico!
Federico
Gran señora...
Flérida
¿Cómo en todo el día no habéis
parecido, y a palacio
venís al anochecer?
Federico
Como en su mejor edad
siempre el sol con vos se ve
coronado de esplendor,
ceñido de rosicler,
no pensé que era tan tarde,
señora, porque pensé
que a cualquier hora que os viese,
sería el amanecer.
Flérida
¿Lisonjas a mí?
Federico
No son
lisonjas estas.
Flérida
¿Pues qué?
Fabio
(Macarandonas).
Federico
Verdades.
Flérida
¡Ay, Laura mía! ¿No ves
que se da por entendido
ya de mi agrado?
Laura
Hace bien.
Federico
Fuera de que otra disculpa
valerme puede.
Flérida
¿Y cuál es?
Federico
Como ofendida os juzgaba
conmigo, así dilaté
llegar a vuestra presencia.
Flérida
¿Ofendida yo? ¿De qué?
Federico
Muy necio fuera en decirlo,
si ya vos no lo sabéis.
Flérida
Aquesto no es no saberlo.
Federico
¿Qué es?
Flérida
No quererlo saber.
Federico
Tanta fue más mi ventura
cuanta más la piedad fue
de vuestro olvido, supuesto
que solo en las quejas es
liberal el que las guarda.
Flérida
No entiendo el concepto bien.
Laura
Si me das licencia, creo
que yo esplicarle sabré.
Flérida
Sí doy. De suerte le esplica
que él entienda algo.
Laura
Si haré. Saca el pañuelo.
«Yo» que ánimo es generoso
«estoy» persuadida el que
«muriendo» calla el dolor
«de celos», pena u desdén.
Federico
(«Yo estoy muriendo de celos»,
dijo, y la he de responder).
«No» lo dudo. La mayor
«tienes» entendida bien,
«Laura»; la menor prosigue,
«de que» respuesta te dé.
Laura
Sí haré. (¡Oh, si fuese verdad
«no tienes, Laura, de qué»!).
«Luego», si ánimo es callar,
«saldré» del concepto bien.
Federico
Si tú sales, como dices,
yo espero darte el laurel.
Laura
Sentado eso así, “a contrario”
pruebo ahora que avaro es,
puesto que ánimo no tiene
quien se queja; en que se ve
que solo quien quejas guarda
es liberal al revés.
Federico
«Tuyo» es el lauro, y yo, Laura,
«soy» quien le rinde a tus pies.
Laura
«Tuya» es la alabanza, y yo
«seré» la que te la dé.
(¡Qué dicha! «Tuyo soy», dijo).
Federico
(¡Qué favor! «Tuya seré»,
oí).
Fabio
(Maestros son, allá
se lo deben de entender).
Flérida
De toda vuestra cuestión
solo he llegado a saber
que es liberal quien no gasta
sus sentimientos.
Los Dos
Así es.
Flérida
Pues, supuesto, Federico,
que digo que no los sé;
que los sé, sabiendo vos;
no temáis venirme a ver,
sino vedme a todas horas,
asegurado de que
ni yo tengo qué sentir,
ni vos tenéis qué temer.
Harto digo y harto callo.
Esto basta. Laura, ven.
Vase.
Laura
Federico.
Federico
Laura hermosa.
Laura
Lo dicho, dicho.
Federico
Está bien.
Vase Laura.
Fabio, ¿qué será que cuando
hallar enojos pensé
en Flérida, hallo favores?
Fabio
Mira lo que quiere ser
hallar yo un pesar en ti
cuando imagino un placer;
que eso es mismo; aunque, si doy
otra razón, yo la sé.
Federico
Dila.
Fabio
La Macarandona
del sol y del rosicler
con que la diste.
Federico
Dejemos
las burlas y al punto ten
dos caballos prevenidos.
Fabio
Eso me parece bien.
Ya que celebrado has
en Macarandona, ve,
celebra en Agere.
Federico
Calla,
y en la salida los ten
del parque. (Flérida bella,
perdóneme tu altivez,
perdóneme tu hermosura,
tu grandeza, tu poder,
tu ingenio y tu discreción,
que a esto se espone mujer
que se declara a quien sabe
que quiere a otra dama bien).
Vase.
Fabio
Hoy que tengo más que hablar,
¿ocasión he de tener
de hablar menos? Eso no,
que será piedad cruel
dejar pudrir un secreto
que a nadie sirva después;
que, corrompida la ‘o’ en ‘a’
–como dijo el cordobés–
de secreto, hecho secreta,
huela mal y no haga bien.
Tras Flérida quiero ir.
Pero ya no hay para qué,
que ella vuelve.
Sale Flérida.
Flérida
(Aunque me fío
de Laura, ya la dejé
por seguir a solas esta
vitoria de amor cruel).
Mas ya no está Federico
aquí.
Fabio
¿Tú quieres saber
la causa por que no está?
Flérida
Sí, ¿por qué es?
Fabio
Porque se fue.
Flérida
¿Dónde?
Fabio
A Agere, presumo.
Flérida
No te entiendo.
Fabio
Yo hablaré
claro en tu Macarandona,
como me des algo qué.
Flérida
Ya no quiero saber nada,
pues solo sirve el saber
de tener más que sentir.
Fabio
¿Cómo que no? ¿Pues de qué
me habrá servido el estar
más de dos horas o tres
de gato en espera?
Flérida
Digo
que me dejes.
Fabio
No me des
alhaja; escúchame solo
de balde.
Flérida
No hay para qué.
Fabio
Pues yo no he de reventar.
Adiós; que yo buscaré
a quien decir que esta noche
las afufa mi amo.
Flérida
Ten
el paso. ¿Qué es eso?
Fabio
Nada.
Flérida
Espera, y dime lo que es.
Fabio
No quiero.
Flérida
Aqueste diamante
toma, y dilo.
Fabio
¿Para qué
andamos haciendo puntas,
si, yo criado y tú mujer,
uno muere por hablar,
y otro muere por saber?
Mi amo y su dama tratado
tienen esta noche...
Flérida
¿Qué?
Fabio
…irse por novillos.
Flérida
¿Cómo?
Fabio
Andando, pero no a pie;
que dos caballos me mandan
que al puente del parque estén.
Flérida
¿Al puente del parque?
Fabio
Sí.
Flérida
A pensar vuelvo otra vez,
que es dama mía su dama.
Fabio
(¿Qué dama de dos no es?).
Este huésped, que es el Duque
de Mantua, es, señora, quien
los ampara en sus Estados.
¡Gloria a Dios, que descansé!
Venga ahora lo que viniere;
que primero soy yo que él.
Vase.
Flérida
¡Válgame el cielo! ¿Qué escucho?
¿Quién vio pena más cruel?
No es solo la que yo tuve,
lo que llego a padecer,
sino la que ya me añade
verme esplicada en el...
Esta noche ha de partirse;
pues no ha de ser, no ha de ser.
Un áspid tengo en el pecho,
y en la garganta un cordel.
Sale Arnesto.
Arnesto
Ya en damas y caballeros
de tu parte convidé
la nobleza y la hermosura
para mañana.
Flérida
Está bien,
y seáis muy bien venido,
Arnesto, que he menester
vuestra persona esta noche.
Arnesto
Siempre estoy a vuestros pies.
¿Qué me mandáis?
Flérida
Federico
acaba ahora de tener
un disgusto muy pesado.
Arnesto
¿Con quién?
Flérida
No han dicho con quién;
que solo lo que me han dicho
es que trance de honor fue,
y que el ofendido, agora
le llama por un papel,
en que dice que le espera
no sé dónde. Ya sabéis
cuánto le estimo.
Arnesto
Y las causas
con que vos le estimáis sé.
Flérida
Pues darme por entendida
del disgusto, será hacer
público el agravio.
Arnesto
Es cierto.
¿Qué mandáis?
Flérida
Que le busquéis
y, sin decir que os envío
yo, que de él no os apartéis
esta noche, y dondequiera
que él vaya vais vos con él.
Y si por dicha su brío
lo escusare, le prended,
llevando para este efeto
los que fueren menester;
de suerte que hasta mañana
seguro esta noche esté.
Arnesto
Digo que luego al instante,
señora, le buscaré,
y no le dejaré un punto. Vase.
Flérida
Hoy, ingrato, has de saber
dónde los estremos llegan
de una celosa mujer.
Vase.
Salen Enrique y Federico, y un criado con luces vase en dejándolas.
Federico
¿Habéis ya escrito?
Enrique
Estas son
las cartas, y en ellas fío
que halléis en el favor mío
igual la satisfación
que a vuestras finezas debo.
Federico
Sois príncipe soberano,
y a fiar de vos, no en vano,
vida, ser y honor me atrevo.
Quedad con Dios, que más quiero,
pues la noche llegué a ver,
esperar, que no perder
la ocasión.
Enrique
Bien decís, pero
en parte me habéis de dar
licencia de acompañaros,
hasta que llegue a dejaros :
solo fuera del lugar.
Federico
Perdonadme; que ir, por Dios,
acompañado no puedo,
que aun tengo a mi sombra miedo.
Y pues recato de vos
mi amor, creed que, si de mí
hoy recatarle pudiera,
aun de mí mismo lo hiciera.
Enrique
Pues, ¿habéis de ir solo?
Federico
Sí.
Enrique
Eso es ceremonia vana,
si al cabo de todo estoy,
¿qué importa saber yo hoy
lo que ha de saber mañana
todo el mundo? Pues habrá
de echar menos a los dos.
Federico
Así es; mas, viéndoos a vos,
ella quizá no saldrá.
Enrique
Yo me quedaré escondido.
Federico
¿De qué me podéis servir
no yendo conmigo?
Enrique
De ir,
del empeño prevenido,
asegurándoos.
Federico
Y así,
palabra de ir solo, y quiero
que lo sepa el mundo entero
y no lo sepa de mí.
Adiós.
Enrique
Id con Dios, que no
en deteneros acierta
mi voluntad.
Llaman y sale Arnesto.
Federico
¿A la puerta
no llaman?
Enrique
Sí.
Federico
¿Quién es?
Arnesto
Yo.
Federico
Pues ¿a estas horas, señor,
vos fuera de casa?
Arnesto
Sí,
que buscándoos vengo.
Federico
¿A mí?
Pues, ¿qué mandáis? (¡Qué temor!).
Arnesto
Dijéronme que venido
habíais a casa no bueno,
y yo, de cuidado lleno
–que ya sabéis cuánto he sido
siempre vuestro servidor–,
no me quise recoger
sin veros, y sin saber
cómo estáis.
Federico
Guárdeos, señor,
el cielo por el cuidado;
pero la palabra os doy
que nunca mejor que hoy
me he sentido. Haos engañado
quien dijo que yo tenía
indisposición alguna.
Arnesto
Yo agradezco a mi fortuna
esta diligencia mía,
por llevar tal desengaño.
¿Qué hacíais?; ¿qué se trataba?
Federico
Con Enrique haciendo estaba,
al tiempo aquel dulce engaño
de pasarle, divertido
en buena conversación.
Arnesto
Los cuerdos amigos son
el libro más entendido
de la vida, sí, porque
deleitan aprovechando.
Federico
(Despacio lo va tomando...).
Enrique
(La plática atajaré
yéndome yo, por que así
haya menos de qué hablar).
Licencia me habéis de dar.
Arnesto
Por venir yo, ¿os vais?
Enrique
No y sí;
no, porque ya yo quería
irme antes de ahora, ¡por Dios!;
y sí, porque estando vos
no falta mi compañía.
Vase.
Arnesto
Id con Dios.
Federico
Ya hemos quedado
solos. ¿Tenéis qué mandarme?
¿Qué miráis?
Arnesto
Donde sentarme,
porque vengo muy cansado.
Sentaos, sentaos. Siéntanse.
Federico
(Bien conviene,
¡cielos!, en mis penas hoy
la prisa con que yo estoy
a la flema con que él viene).
Arnesto
¿En qué soléis divertiros
estas noches?
Federico
(En morir).
A palacio suelo ir,
y ahora lo haré, por serviros.
Vamos, que dejaros quiero
en vuestro cuarto.
Arnesto
Después,
que agora temprano es.
Federico
¿Temprano es agora? (¡Hoy muero!
¡Ay, Laura!, bien mi cuidado
dice que perderte tema).
Arnesto
¿Jugáis cientos?
Federico
(¡Linda flema
para un buen desesperado!).
No, señor.
Arnesto
Porque dispuesto
a salir de casa hoy,
ya que fuera della estoy,
no quiero volver tan presto.
Federico
(¿Presto le parece ahora?).
Yo lo hacía por volver;
que me ha mandado hoy hacer
la Duquesa mi señora
un despacho, a que asistir
toda aquesta noche habré.
Arnesto
Venga, yo os ayudaré;
que yo también sé escribir.
Federico
¿En eso había de ocuparos?
Arnesto
¿Por qué no, si de ello gusto?
Federico
Fuera de que fuera injusto,
cuando vos me honráis, cansaros,
la causa por que quería
dejaros en casa era
que a un amigo ver quisiera.
Arnesto
Yo iré en vuestra compañía.
¿Qué visita puede ser
en que os pueda yo estorbar?
Y si importare esperar,
lo haré hasta el amanecer.
Y si es, por dicha, de amor
la visita, bien sabré
la calle guardar; sí, a fe.
Federico
Levántanse.
Créolo de ese valor,
mas solo he de ir. Guárdeos Dios.
Arnesto
Acabaos de persuadir
a que vos no habéis de ir,
o yo tengo de ir con vos.
Federico
¿Pues qué, señor, os obliga?
Arnesto
¿Por qué no lo preguntáis
al cuidado con que estáis?
Federico
No sé, ¡ay de mí!, lo que os diga,
que yo no tengo cuidado.
Arnesto
Yo sé bien el que tenéis,
y ir adonde vais no habéis
si no es de mí acompañado.
Federico
(¿Quién se vio en trance más raro?).
Arnesto
Confuso estáis.
Federico
Así es,
y más que confuso.
Arnesto
Pues,
Federico, hablemos claro.
Yo sé que alguien os espera,
llamado por un papel.
Federico
(¿Quién vio pena más cruel?
¿Quién vio confusión más fiera?).
Arnesto
A mi fama y a mi honor,
habiéndolo yo sabido,
importa, puesto que he sido
de Parma gobernador,
estorbarlo. Ved con esto
cómo os puedo yo dejar,
declarado, ir a agraviar
mi honor y fama, supuesto
que, si ya dejaros quiero,
ofendo una y otra vez,
o la dignidad de juez,
o la ley de caballero;
y uno y otro, ¡vive Dios!,
me obliga –otra vez lo digo–
o que aquí os tenga conmigo,
o que allá vaya con vos;
porque llegando a alcanzar
el agravio que hecho habéis,
¿cómo que os deje queréis?
Federico
(¿Qué más se ha de declarar?).
Bien os confieso, señor,
las razones que tenéis;
mas seguro estar podéis
que vuestra fama y honor
no se desluzgan en mí.
Arnesto
¿Cómo puede ser que no?
Federico
¿Daisme licencia que yo
también hable claro?
Arnesto
Sí.
Federico
¿Sabéis que soy caballero?
Arnesto
Sé que vuestra gran nobleza
es sol, es lustre y limpieza.
Federico
En eso fiado, espero
que hagáis que quien me escribió,
la mano también me dé.
Arnesto
Eso, Federico, haré
de muy buena gana yo.
Al punto os dará la mano...
Federico
Mil veces beso tus pies.
Arnesto
…en diciéndome quién es
el competidor...
Federico
(En vano
mi dicha creí).
Arnesto
…por que yo
le busque donde os espera.
Federico
¿Luego, vos, de esa manera,
quién es no supistes?
Arnesto
No.
Solo sé que habéis reñido
y que os han desafiado.
Federico
¿No estáis de más informado?
Arnesto
No.
Federico
Pues ya...
Arnesto
¿Qué?
Federico
…nada os pido;
que también ser yo el primero
que aquí su nombre dijera,
no sabiendo vos quién era,
no fuera ser caballero;
y sin vos sabré yo ir
a cumplir mi obligación.
Arnesto
¿Y no sabrá mi opinión
la suya también cumplir?
Federico
Sí sabrá; mas quien me espera
mi ausencia no ha de culpar.
Arnesto
Eso sabré yo estorbar.
Federico
¿Cómo?
Arnesto
De aquesta manera:
¡Hola!
Salen algunos con armas.
Todos
¿Señor?
Arnesto
Esas puertas,
todas al punto tomad.
Daos a prisión o mirad
en qué os empeñáis.
Federico
(¡Qué ciertas
fueron siempre mis desdichas!).
Con menos guardas estoy
seguro. (¡Cielos!, hoy
han espirado mis dichas).
Arnesto
Yo lo creo de esa suerte;
pero, con todo, advertir
debéis, no intentar salir,
porque os han de dar la muerte.
Vanse.
Federico
Qué poco, ¡ay de mí!, ella fuera
la que aquí me reportara,
si otro riesgo no mirara,
si otro daño no temiera,
que es, ¡ay, cielos!, el de hacer
en ofensa de mi amor
otro escándalo mayor.
Pero dejar de ir a ver
lo que allá a Laura la pasa,
¿cómo lo podré sufrir?
Ya sé por dónde salir
desde esta casa a otra casa.
Laura, espera, y no dilate
verse mi amor con tal prenda,
aunque tu padre me prenda,
y aunque Flérida me mate.
Vase, y sale Laura sola, como a oscuras.
Laura
Funesta sombra fría,
cuna y sepulcro de la luz del día,
si amorosos delitos
en tu negro papel tienen escritos
tantas hoy líneas bellas
cuantas contiene tu zafir de estrellas,
no te estrañes agora,
sino escríbele, antes que la aurora
a borrártele venga,
por que lugar en tus anales tenga
un ciego amor que, en tantos desconsuelos,
pisando va la sombra de sus celos.
Tirano, el padre mío
esclavo hacer pretende mi albedrío;
Lisardo, enamorado,
avasallar desea mi cuidado;
y Flérida, violenta,
tiranizarme el corazón intenta.
¿Pues por qué, honor, me culpas,
si te doy a un delito tres disculpas?
Mucho, ¡ay de mí!, ya Federico tarda.
¡Cuánto aflige el discurso del que aguarda!
¿Qué le habrá sucedido?
¡Qué presto, penas, presumís que ha sido
el haberse mudado
porque Flérida se haya declarado!
¿No era mejor decirme
que no fue culpa de un amor tan firme,
sino que otro accidente
venir donde le aguardo no consiente?
Mas no es tan fácil, en sospechas tales,
a los bienes creer como a los males.
¿Por qué, pregunto yo, nació el disgusto
más honrado que el gusto?
No, pues, porque otra vez amor le afrente,
y ha de pensar que siempre el gusto miente
y que el disgusto siempre verdad diga.
Él lo hace; yo no sé lo que le obliga.
Sale Flérida.
Flérida
Dijo Fabio que en el puente
del parque esperar le manda
Federico; conque es fuerza
que, repetidas, mis ansias
vuelvan a pensar que ha sido
su amor en palacio. Laura
tan presto se recogió,
que no he podido encargarla
que al jardín baje; y así,
por no fiarme de otra en tanta
pena, echando a mis tristezas
deste delirio la causa,
no me he recogido, y sola
bajo al jardín, por que hagan
a un tiempo mis sentimientos
dos diligencias tan raras
como lo que aquí ejecutan
y lo que allá a Arnesto encargan.
Y si la trémula luz
de las estrellas, que anda
entre bosquejos azules
brujuleando nubes pardas,
no me miente, un bulto veo.
Ya he cumplido mi esperanza.
¿Quién es?
Laura
(Flérida, ¡ay de mí!
Pero el ingenio me valga).
Quien aquí esperando está,
porque Flérida lo manda,
para conocer quién es
quien, de la noche amparada,
tantos respetos ofende,
tantos pundonores...
Flérida
Laura,
no des voces.
Laura
¿Quién es?
Flérida
Yo.
Laura
¿Tú, señora? ¿Al jardín bajas
a estas horas sola?
Flérida
Sí,
que, como hoy...
Laura
(¡Estoy turbada!).
Flérida
…no te dije que vinieras,
quise...
Laura
Mi cuidado agravias.
¿He menester yo, señora,
lo que una vez se me encarga
escucharlo cada día?
Fuera de que ha habido causa
que me ha obligado a venir,
demás de tu confianza.
Flérida
Pues, ¿qué ha habido?
Laura
Estando agora
–(¡oh, amor, hoy veré si sacas
de la culpa la disculpa!)–
en una de esas ventanas
que cain sobre el parque, oí
que unos caballos pasaban;
y como vi novedad
afuera, quise apurarla
reconociendo el jardín.
Flérida
Las señas que das son tantas,
y tan unas con las señas
que yo tengo, que doy gracias
a tu cuidado. Dime ahora,
¿qué has visto en el jardín?
Laura
Nada,
pues no ha habido hasta ahora seña
de lo que mi afecto aguarda.
Pero bien te puedes ir,
que, estando yo, no haces falta.
Flérida
Es así. Quédate pues.
Llaman a la ventana.
Laura
Sí haré.
Flérida
Mas oye; ¿no llaman? Otra vez.
Laura
El viento engaña mil veces.
Flérida
Pues ahora el viento no engaña.
Abre y responde.
Laura
¿Yo?
Flérida
Sí.
Llegaré yo a tus espaldas;
veremos quién es y a quién
busca, si llega a nombrarla.
Laura
Mi voz es muy conocida.
Flérida
¿Hay más de disimularla?
Llega, digo.
Laura
(¿Habrá precepto
más riguroso? ¡Que haga
yo el verdadero y fingido
papel hoy de aquesta farsa,
de noche, donde aun la seña
de la cifra no me valga!).
Flérida
Llama.
¿Qué temes?
Laura
Que me conozcan
en oyéndome.
Flérida
Qué estraña
estás. Llega ya.
Laura
¿Quién es?
Federico
Quien muerto, divina Laura...
Laura
¿No lo dije yo, que habían
de conocerme en el habla?
Mira si salió verdad
a la primera palabra.
Flérida
Así es, y aun yo también pienso
que te he conocido, Laura.
Laura
Caballero, pues sabéis
quién soy, también, cosa es clara,
sabréis que no soy yo a quien
buscan vuestras esperanzas.
Id con Dios, y agradeced
que no toma más venganza
hoy mi decoro ofendido
que daros con la ventana.
Cierra, y todo esto se representa a un tiempo, Federico dentro y ellas en el tablado.
Federico
Laura, señora, mi bien,
no fue culpa la tardanza.
Escucha, y mátame luego,
o harás que a matarme vaya.
Laura
¡Que hayas querido que aquí
me hayan conocido!
Flérida
Calla.
Laura
¡Si mi padre, si Lisardo,
supiesen que en esto andaba!...
Da golpes dentro. Abre la ventana Flérida y habla con ella.
Flérida
No des voces, no des voces.
Laura
(¿Quién vio pena más estraña?).
Federico
Óyeme, y mátame luego;
vuelve a abrir, hermosa Laura.
Flérida
¿Qué querráis decirme?
Federico
Que
esa fiera, esa tirana
de Flérida, me ha enviado
a tu padre por que haga
diversión a mis deseos;
y prendiéndome en mi casa
me ha estorbado, dueño mío,
venir hasta ahora. ¿Qué aguardas?
En el parque los caballos
esperan. Ya tengo cartas
del Duque que me aseguran
el vivir contigo en Mantua.
Ven conmigo; que, aunque ya
se va declarando el alba,
no importa, como una vez
contigo al camino salga.
Laura
(¡Si más que decir tuviera,
más dijera! ¡Estoy sin alma!).
Flérida
Federico, tarde es ya
para que hoy contigo vaya.
Mejor es que a la prisión
te vuelvas ahora, y mañana
se dispondrá de otra suerte.
Federico
Tuya es la vida y el alma,
y yo te obedeceré.
Pero ¿quedas enojada?
Flérida
Con mi estrella, no contigo.
Adiós.
Federico
Adiós.
Vase y cierra la ventana Flérida.
Flérida
¡Pues bien, Laura, ...
Laura
Señora...
Flérida
…nada me digas,
pues yo no te digo nada!
(¡Muriendo me voy de celos!).
Laura
Advierte...
Flérida
Adelante pasa;
que no has de quedarte aquí.
Laura
(Mucho temo su venganza).
Flérida
(Mostraré al mundo que soy
quien soy). Vamos, vamos, Laura.
Laura
(¡Ay, infeliz! Hoy murieron
de una vez mis esperanzas).
Abren la puerta y sale Arnesto con gente y Fabio preso.
Flérida
Mas ¿quién del jardín ha abierto
agora la puerta falsa?
Laura
Si la luz, que ya se muestra
temerosamente clara,
deja ver, mi padre ha sido.
Flérida
Él es. A esta parte aguarda;
sabremos con qué intención
la puerta a estas horas abra
del jardín.
Laura
(¡Valedme cielos!,
no pierda honor, vida y fama).
Arnesto
Tú, Fabio, me has de decir
a qué propósito estabas
en el parque con aquellos
caballos.
Fabio
Señor, repara
en que yo en mi vida estuve
a propósito de nada
porque soy hombre muy fuera
de propósitos.
Arnesto
¿Qué causa
te llevó allí?
Fabio
Yo, señor,
tengo de sentarme gana
a la mesa con mi amo,
y así hago lo que me manda.
Arnesto
¿Con quién Federico, dime,
ayer riñó?
Fabio
Con su dama
debió de ser, pues no vio
la hora de echarla de casa.
Arnesto
Yo te haré que la verdad
digas de todo. No hayas
miedo que te escapes.
Fabio
Eso
dijo un dotor, yendo a caza,
que viniendo uno a decirle:
«Allí está una liebre echada
en su cama; deme uced
su arcabuz para tirarla
primero que se levante»,
le respondió en voces altas:
«Que se levante no temas,
porque, estando ella en la cama
y siendo yo quien va a verla,
¿qué va que no se levanta?».
Arnesto
Mucho me huelgo que estéis
agora, Fabio, de gracias.
Fabio
Son naturales.
Arnesto
¡Señora!
¿Aquí estás?
Flérida
Mi pena rara
me sacó al jardín. ¿Qué es eso?
Arnesto
Yendo a hacer lo que me mandas,
prendí a Federico anoche,
porque no bastaron trazas
ningunas a detenerle;
y dejándole con guardas
en su casa, por que él
no saliese de su casa, ...
Flérida
(¡Y cierto que le guardaron
muy bien!).
Arnesto
…corrí la campaña,
por ver si en el campo vía
al hombre que le esperaba;
y solo, junto a la puente,
Fabio su criado estaba
con dos caballos. Quiriendo
que no corriese la fama
de su prisión, en mi cuarto,
por aquesa puerta falsa
de quien tengo llave maestra,
quise encerrarle.
Fabio
¿En qué agravia
a nadie en tener caballos
un hombre?
Arnesto
Mira qué mandas
hacer de él y del criado.
Flérida
Que aquí a Federico traigas
–pues solo mi intento fue
escusar una desgracia,
y ya, poco más a menos,
sé del disgusto la causa–
y que sueltes al criado.
Fabio
Beso mil veces tus plantas.
Arnesto
Al instante con él vuelvo.
Vase.
Laura
Señora, mira qué trazas.
Duélete de mi opinión.
Flérida
Laura, déjame.
Sale Enrique.
Enrique
Si alcanzan,
por forasteras, mis dichas
algún lugar en tu gracia,
que des libertad, te pido,
hoy a Federico.
Flérida
Nada
me pedís en eso, puesto
que él tiene libertad y harta.
Mas decidme vos, Enrique,
¿habéis hoy tenido cartas
del Duque?
Enrique
¿Yo? No, señora.
Flérida
Pues yo sí; ...
Enrique
(¡Ficción estraña!).
Flérida
…y en ellas me escribe el Duque
cómo tiene ya acabadas
vuestras cosas y compuestas;
y así, desde aquí a mañana
de Parma salid, pues no
tenéis ya qué hacer en Parma.
Enrique
Aunque del Duque, señora,
dije que no tengo cartas,
las tengo de un grande amigo,
en que dice que no vaya
tan presto, porque aún no están
cumplidas mis esperanzas.
Flérida
Eso os dice vuestro amigo,
y esto os digo yo: mañana
salid de aquí, pues aquí
nada hacéis y allá hacéis falta.
Enrique
(Con bien cuerdo estilo, ¡ay, cielos!,
me ausenta y me desengaña
Flérida). Sale Lisardo.
Lisardo
Dame tu mano,
y permite, ¡oh, soberana
deidad desta verde esfera!,
que bese la suya a Laura
en albricias de mis dichas,
pues agora en estas cartas
tuve la dispensación
que ha tantos siglos que aguarda
mi deseo.
Flérida
A muy buen tiempo
ha venido, ...
Laura
(¡Pena estraña!).
Flérida
…que hoy ha de ser..
Salen Arnesto y Federico.
Arnesto
Federico
está aquí.
Federico
¿Qué es lo que manda
vuestra Alteza?
Flérida
Que le deis
–vea el mundo esta causa,
que yo valgo más que yo–
la mano de esposo a Laura.
Los Dos
¿Qué dices?
Flérida
Que soy quien soy.
Arnesto
Pues, señora, ¿no reparas
que ofendes mi honor?
Lisardo
¿No adviertes
en que mi fineza agravias?
Flérida
Esto, Lisardo, esto, Arnesto,
importa a los dos.
Arnesto
Ya halla
nuevas razones mi honor
en sola aquesa palabra
para que no lo consienta;
que no ha de decir la fama
que por oculta ocasión
diste a Federico a Laura.
Federico
Que sea pública u oculta,
¿qué pierdes conmigo?
Arnesto
Nada;
mas basta ser sin mi gusto.
Federico
Para sentirlo sí basta,
pero no para ofenderte,
fuera de que la palabra
de darme a Laura me has dado.
Arnesto
¿Yo a ti?
Federico
Sí.
Arnesto
¿Dónde?
Federico
En mi casa
anoche, cuando dijiste
que haríais que quien me esperaba,
llamado por un papel,
me diese la mano. Laura
fue quien me llamó; y así,
para conmigo esto basta.
Arnesto
Sí, mas no para conmigo,
que sabré en esta demanda
perder la vida.
Flérida
(¿Qué es esto?).
Federico
Y yo sabré sustentarla.
Arnesto
Lisardo, a tu lado estoy.
Enrique
A Federico
Y yo al tuyo.
Flérida
(¡Pena estraña!,
mas, si el amor supo hacerla,
sepa el honor remediarla).
Si el ser éste gusto mío,
enmendarlo yo no basta;
baste saber que a su lado
se pone el Duque de Mantua.
Arnesto
¿Quién?
Enrique
Yo, que a Flérida bella
sirviendo estoy en su casa,
y tengo de defender
a Federico y a Laura.
Flérida
Y yo también, por que vea
el mundo que mi alabanza
es mayor que mi pasión.
Arnesto
Si los defienden y guardan
los dos, Lisardo, no queda
a mi honor otra esperanza
que ampararlos yo también.
Lisardo
Aunque es la pérdida tanta,
igual a ella es el consuelo,
viendo que a voces declara
sus favores Federico.
Enrique
Y yo, rendido a tus plantas,
te suplico mis finezas
logren sus desconfianzas.
Flérida
Esta es mi mano, que quiero,
ya de lo que fui olvidada,
acordarme lo que soy.
Laura
Cumplió el cielo mi esperanza.
Federico
Cumplió mi ventura el cielo.
Fabio
¡Oh, cuántas veces, oh, cuántas,
la dama de Federico
quise decir que era Laura!
Pero ya «El secreto a voces»
lo ha dicho. De nuestras faltas
dad el perdón, que pedimos
humildes a vuestras plantas.

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